18 de Julio
Sábado XV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 18 julio 2026
Miq 2, 1-5
Después de una breve incursión en Isaías, leeremos 3 páginas de uno de sus contemporáneos, el profeta Miqueas, de quien hizo célebre la profecía: "Y tú Belén no eres la más pequeña entre las familias de Judá, de ti nacerá el que ha de conducir a Israel".
Como los demás profetas, Miqueas es a la vez violento y pacífico, amenazador cuando se trata de fustigar la injusticia o la idolatría: "Ay de aquellos que meditan iniquidad, que traman el mal en sus lechos. Al amanecer lo ejecutan porque el poder está en sus manos". He ahí a gentes especialmente repugnantes, que no sólo hacen el mal, sino que lo meditan y lo traman: "Codician campos y los roban; casas, y las usurpan; hacen violencia al hombre y a su casa, al individuo y a su heredad".
La economía rural en tiempos de Miqueas estaba en plena crisis, y los hombres de negocios, poco escrupulosos, la aprovechaban para acaparar las tierras de los labradores en dificultad. Pero dichas prácticas, ¿eran sólo de aquellos tiempos, o también de ahora? ¿Se siguen amontonando fortunas en detrimento de los pobres? Y en el plan internacional ¿no sigue siendo verdad que una parte de nuestro nivel de vida, tan superior al del Tercer Mundo, es fruto de injusticias?
¿Y qué podemos hacer en ello? Por lo menos concienciarnos. Y participar por todos los medios al desarrollo de los demás, sin malgastar ni ampliar nuestro tren de vida. La oración más espiritual y sincera nos pone ante esas realidades candentes.
La palabra de Dios, si la tomamos en serio, nos conduce a estos interrogantes. Por eso dice el Señor: "Yo medito contra esa ralea una calamidad de la que no podrán apartar su cuello. No andaréis con altivez, porque será un tiempo de desgracia".
Escuchemos una vez más la toma de posición de Dios en favor de los pobres. Si la repetición de ese tema nos irrita, o si lo encontramos demasiado revolucionario, o si pensamos que los profetas abusan a la hora de volver a él tan a menudo, ¿no será porque nos atañe personalmente? ¿En qué soy yo, yo mismo, un aprovechado? Señor, ayúdame a obrar siempre en verdad en mis relaciones con los demás. Y dame la valentía suficiente para cambiarme.
Aquel día se proferiré sobre vosotros una sátira (añade Miqueas), se plañirá una lamentación y diréis: "Estamos despojados del todo. Se quedan con lo que me pertenece, se reparten nuestros campos. Y no habrá nadie que en la comunidad del Señor, os restituya una parte". Los acaparadores han despojado a los demás, pero serán ellos los despojados, y los que perderán su prestigio, y de quienes se reirá la gente.
Una vez más, los profetas (como hoy Miqueas) no condenan la injusticia social solamente en nombre del derecho. Ser justo no es sólo un deber social, sino un deber religioso ante Dios. Y el peor castigo no es "ser despojado", sino no estar ya asociado a Dios y a los hermanos, y ser borrado de la comunidad del Señor.
Noel Quesson
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Se empieza hoy presentando al profeta a quien se atribuye el libro. Se llama Miqueas (lit. quién como el Señor), y vivió en tiempos de los reyes Jotán I, Ajaz I y Ezequías I, todos ellos de Judá. La expresión "palabra del Señor", que abre el libro, quiere reclamar la atención hacia lo que se va a decir. Se trata de la visión del profeta que contempla la suerte de Samaria y de Jerusalén.
En el 1º texto (Mi 1, 1-9), el profeta ve a Dios "a punto de salir de su morada" (v.3), como la amenaza de una fuerza que, al desbordarse, trastorna y arrasa la tierra amada de los que escuchan a Miqueas (v.4). El profeta intenta, de este modo, hacer sentir al pueblo la inseguridad de su existencia, hacerles tomar conciencia de ella.
En el fondo, el temible no es Dios, sino la propia condición humana. Y si la gente fuera consciente de eso, vería el contrasentido que supone pensar en vivir de una manera estable ("en una tierra firme") mientras se vive entregados a la vaciedad de unas esculturas e ídolos que no son nada (v.7). En realidad, el objetivo del profeta es que Israel ponga fin a la prevaricación, y que desaparezca el culto idolátrico ilegítimo (que ya ha llegado de Samaria).
En la 2ª parte del texto (Mi 2, 1-11) el profeta se encara con los poderosos que abusan de su poder (v.1). El razonamiento de fondo es semejante al anterior: el poder, poseído a semejanza de la tierra que pisan, fascina y seduce, y eso hace que los poderosos se establezcan en él de manera engañosa y frágil.
Pero el poder no es visto simplemente como un ídolo, sino que sus adoradores son culpables de cometer injusticias y de oprimir al pueblo (v.2). De ahí que no será sólo su poder el que se tambaleará, sino que ellos mismos se verán arrastrados por la destrucción (v.3). El profeta no puede renunciar a su propia mirada escrutadora, que le muestra la caducidad de este mundo y de la vida, y la necedad y el riesgo de los que, deslumbrados, creen poder comportarse como asentados y firmes para siempre: "Levantaos y echad a andar, que no es sitio de reposo" (v.10).
Miguel Gallart
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Terminamos la semana con el profeta Miqueas, contemporáneo de Isaías, y que entona un amargo lamento por la injusticia que sufre el pueblo (o mejor dicho, y como siempre ocurre, una parte del pueblo). Cuando hay oprimidos, tiene que haber opresores, y según Miqueas esos son los que ostentan el poder. La imagen que elige Miqueas para expresar el sufrimiento causado por la injusticia es la "imposibilidad de caminar erguidos", porque el robo, la mentira y la avaricia son un yugo que oprime a cada persona y la va encorvando.
Y esto, en tiempos de Miqueas y en todos los tiempos, como parte de la naturaleza humana. Así como también es de todos los tiempos la capacidad para salir de esa opresión, denunciándola y eligiendo con claridad de qué lado estamos. Dios lo tiene claro: "ve las penas y los trabajos, los mira y los toma entre sus manos".
El profeta Miqueas, que para la historia pasará como el profeta de los agricultores y campesinos, actuó en el Reino del Norte poco antes de la caída de Samaria del 722 a.C. Su predicación se centró en la denuncia contra los dirigentes que se apropiaban de las tierras y casas de los campesinos, haciendo una llamada a la justicia en ese contexto de opresión y explotación. A quienes se encargan de robar la tierra, les recuerda el profeta, Dios les quitará del medio.
Rosa Ruiz
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Durante 3 días vamos a escuchar al profeta Miqueas, cayo nombre significa "quien como el Señor". Vivió en tiempos de Ajaz I de Judá y Ezequías I de Judá, y por tanto fue contemporáneo de Isaías, llamado por Dios para hacer oír su palabra en los difíciles tiempos anteriores a la ruina de Judá.
De este profeta conocemos, sobre todo, su oráculo sobre Belén (Mi 5, 1), en el que se anuncia que de este pequeño pueblo saldrá un caudillo que apacentará a todo el pueblo de Israel (Mt 2, 6). Aquí se nos presentan unas páginas acerca de la situación histórica de su pueblo.
Miqueas se enfrenta con los poderosos de su época, y denuncia con valentía sus despropósitos: abusan del poder, traman iniquidades, codician los bienes ajenos, roban siempre que pueden, oprimen a los demás, son idólatras de sí mismos. Y les anuncia el castigo de Dios: les vendrán calamidades sin cuento, y serán objeto de burla por parte de todos, cuando caigan en desgracia.
Los peligros del poder y del dinero siguen siendo actuales. También en nuestro mundo nos enteramos continuamente de atropellos contra los débiles, de injusticias flagrantes, de abusos cínicos por parte de los poderosos. Basta leer las llamadas continuas de los papas por una justicia social en el mundo, como la que Juan Pablo II escribió en su Sollicitudo rei Socialis. O en las voces proféticas de tantos misioneros y personas honradas, en muchas partes del mundo.
No están anticuadas, pues, las situaciones que denuncia el salmo reponsorial de hoy: "La soberbia del impío oprime al infeliz, y lo enreda en las intrigas que ha tramado. Y eso porque el malvado dice con insolencia: No hay Dios que me pida cuentas".
Una vez más, nos encontramos con que Dios no quiere que separemos el culto litúrgico de la justicia social para con los pobres y débiles. Pocas veces se eleva tanto la voz de los profetas a la hora de reclamar un culto más perfecto en el templo. Casi siempre lo hacen para denunciar la injusticia contra las personas, que son imágenes de Dios: "Tú ves las penas y los trabajos. A ti se encomienda el pobre, tú socorres al huérfano".
José Aldazábal
Act:
18/07/26
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