10 de Septiembre

Jueves XXIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 septiembre 2026

1 Cor 8, 1-7.11-13

         El núcleo de la enseñanza de hoy no presenta muchas dificultades, aparte de ciertas concepciones judías sobre los ángeles utilizadas por el apóstol Pablo en su mensaje a los corintios.

         Sin embargo, conviene recordar que en Corinto existía un grupo de cristianos que, en nombre de un conocimiento superior, creaban dificultades dentro de la comunidad. Es lo que encara hoy Pablo, a la hora de enfrentarse a ese grupo y resolver las continuas divisiones que creaba entre los cristianos de la comunidad.

         Podría parecer que el caso que trata Pablo es una cuestión insignificante. Pero ya vimos que, para él, la unidad de la Iglesia es intocable. En todo caso, la enseñanza es pastoralmente ejemplar. Lógicamente, el que no cree en los ídolos no se siente afectado por cuanto se refiere a ellos, y para quien ha rechazado su existencia no es posible creer que "la carne de las víctimas sacrificadas a los ídolos" en los templos sea otra cosa que carne.

         Sin embargo, en Corinto había cristianos que habían participado durante mucho tiempo en esas prácticas paganas, y que ahora, una vez que las habían abandonado, consideraban indigno que otros las siguieran haciendo. Son los débiles de los que habla Pablo.

         Pero precisamente por eso hay que respetar su conciencia, cosa que no comprendían ni hacían los que se enorgullecían de poseer un conocimiento superior. En resumidas cuentas, concluye Pablo, el conocimiento envanece, la libertad puede ser causa de escándalo, y sólo el amor construye. Así ocurre siempre.

         Pero no debemos entender esta lección de forma simplista, porque el apóstol que nos la da es el mismo que se enfrentó violentamente con Pedro por un motivo similar (cuando éste, en Antioquía, dejó de comer con los cristianos de origen pagano, por respeto a los judeocristianos que acababan de llegar de Jerusalén).

         ¿No siguió Pedro la línea de conducta que Pablo enseña aquí? El problema reside en no ponerse del lado de los fuertes, y sí en saber discernir en cada caso quiénes son los realmente débiles. Esta es una cuestión que interpela a la Iglesia constantemente.

Antón Sastre

*  *  *

         Los problemas concretos que se presentaban a los primeros cristianos, residentes en el núcleo de una civilización pagana, eran a menudo complejos. Y esto es lo que ocurrió en Corinto.

         En concreto, el problema que se presentó a los corintios procedía de la carne que se compraba en las tiendas, procedente de animales previamente "inmolados a divinidades paganas". ¿Tenían los cristianos derecho a comer de esos idolotitos? Cuando se come en casa, es fácil abstenerse. Pero ¿y si uno está invitado? ¿Había que hacer como todo el mundo, y comer lo que se presentaba? ¿No era esto un compromiso con los ídolos? San Pablo contesta, y lo hace desde un equilibrio admirable. Es decir:

-con libertad total, respecto a las carnes que se comen,
-teniendo en cuenta la conciencia de los demás.

         Respecto a lo de comer "lo sacrificado a los ídolos", sabemos que el ídolo no significaba nada para un cristiano, y que no hay más Dios fuera del único Dios. Luego si esas carnes habían sido "ofrecidas a la nada", porque los ídolos no son nada, se pueden comer sin reparo alguno. El hecho de haber sido presentadas a un bloque de piedra, o de haber recibido el incienso, no modifica para nada las carnes, luego ¡total libertad!, porque el ídolo es sólo una estatua de piedra.

         Pero quedémonos con el razonamiento de Pablo, el cual dice que "no hay más que un solo Dios: el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos. Y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros". ¡Qué libertad y qué certeza!

         Sobre todo porque si sólo hay un Dios único, lo restante no es Dios, y esta certeza libera totalmente al hombre de cualquier tabú o interdicto sagrado. Sólo Dios es sagrado, y el mundo no es sagrado sino profano.

         Mas no todos tienen este conocimiento, y "algunos comen la carne inmolada como carne ofrecida al ídolo". Este era el caso de los paganos, y también de algunos cristianos recientemente convertidos, y que "tienen miedo".

         Efectivamente, en muchos casos de conciencia existen inmensas diferencias de apreciación moral, y lo que para algunos parece ser pecado para otros no lo es. Es lo que sucedió en Corinto, donde los fuertes se consideraban totalmente liberados de los pecados pasados, y los débiles necesitaban sentirse todavía más seguros, y defendían las posiciones más estrictas (pues "su conciencia, que es débil, se encuentra todavía manchada").

         Efectivamente, cuando uno cree cometer un pecado, lo comete, como regla esencial de la conciencia. Pero también es verdad que hoy se insiste quizás demasiado en esta apreciación subjetiva, como si fuese una de las dimensiones capitales de la conciencia.

         Por consiguiente, "si un alimento ha de causar la caída de mi hermano, no comeré carne jamás, antes que causar la caída de mi hermano". Es decir, para Pablo debe ponerse por encima de todo, y sobre todo en los casos de dudas de conciencia, una ley más fuerte que la conciencia: la caridad, criterio último de juicio.

         En otras palabras, viene a decir Pablo, por mucho que yo sea totalmente libre, y capaz de comer cualquier alimento, evitaré escandalizar a los hermanos más débiles, y para ello renunciaré a lo que tengo derecho, pues "ése es un hermano por quien murió Cristo". ¡Qué admirable fórmula, qué respeto hacia los más débiles! No tenemos derecho a aplastar y desconcertar a los demás, ni siquiera apelando a nuestras certidumbres.

Noel Quesson

*  *  *

         No podemos hacer de nuestra fe algo meramente racional, pues esto nos puede llevar a crearnos una religión meramente personalista, actuando conforme a nuestras convicciones sin importarnos si con ello pisoteamos a los demás. ¿Y por qué? Porque la fe, además de ser una respuesta personal al Señor, se vive en comunidad.

         Por eso, además de ilustrar nuestra fe, no podemos perder de vista que en el fondo hemos de poner siempre el amor a Dios y al prójimo. El amor al prójimo nos debe hacer conscientes de su madurez en la fe, de tal forma que amoldemos nuestro actuar para que él pueda madurar.

         Es decir, tendríamos que renunciar a todo eso que, siendo bueno para nosotros, no lo es para los hermanos débiles, al confundir todavía éstos su nueva libertad con su pasado libertinaje. Para quienes creemos en Cristo, la ley suprema del amor está por encima de todo, y entre esa ley del amor está la acción de dar tiempo al prójimo para que madure, sin perjudicar su proceso ni hacerle perder el rumbo de su camino hacia los bienes eternos.

José A. Martínez

*  *  *

         Nos encontramos hoy en la 1ª lectua con la consulta que hacen a Pablo los corintios sobre los famosos idolotitos, esas carnes inmoladas a los ídolos que luego se compraban y comían por las casas ("comer lo sacrificado").

         Efectivamente, los corintios habían estado acostumbrados, antes de convertirse, a participar en banquetes cúlticos en honor de los dioses paganos, comiendo carne gratis y celebrando la fiesta del dios de turno. Y de ahí su pregunta: ¿Pueden continuar haciéndolo? O mejor dicho: rechazada la participación cúltica, ¿pueden comer esa carne si se presenta el caso?

         La razón que expone San Pablo es rotunda: si esos dioses no existen, podéis comer tranquilamente cualquier tipo de carne, tanto comprándola en las carnicerías cuanto asistiendo a una cena a la que habéis sido invitados. Es lo que declara Pablo, fortaleciendo así la conciencia de sus cristianos y liberándolos de los escrúpulos.

         Pero hay otros hermanos que son más débiles, o todavía no están entre el grupo de los cristianos fuertes (de fuerte conciencia) Y para ellos pide Pablo una delicadeza especial, para no forzar su conciencia y sí mostrarles todo el apoyo posible, de cara a su maduración moral.

         De ahí que apele Pablo a los fuertes a saber frenar su sabiduría ("sus conocimientos"), para no "llevar al desastre al inseguro", el cual fue "un hermano por quien Cristo murió". Como se ve, el criterio de la caridad es más importante, para con los hermanos, que el criterio de la verdad, o el del conocimiento o el de los derechos propios.

         En rigor, se podría comer carne inmolada a los ídolos en un contexto no sagrado (en una tienda, en un convite, en la propia casa...). Pero si hay alguien a quien eso va a escandalizar, entonces debemos renunciar a nuestro derecho. Lo explica el propio Pablo: "Si por cuestión de alimento peligra un hermano mío, nunca volveré a comer carne, para no ponerlo en peligro".

         Entre nuestro caso, no será exactamente el caso de los idolotitos lo nos ponga en esta encrucijada, pero sí hay muchos otros casos en que mis derechos pueden chocar con la conciencia delicada de un hermano (maneras de hablar, actuaciones que no son reprobables pero para él sí...).

         Pues bien, es en esto en lo que hay que tener cuidado, para no ocasionar que los otros se debiliten en sus convicciones, y por lo que dice el propio Pablo: porque "al pecar contra los hermanos, turbando su conciencia insegura, pecáis contra Cristo".

         Uno puede tener sus propias ideas y costumbres. Pero la delicadeza para con la conciencia de los demás es una finura espiritual que nos viene exigida como una de las maneras más concretas de la caridad fraterna. El respeto al hermano va por encima de nuestros conocimientos y derechos, y ése es el binomio central de hoy: la gnosis (conocimiento) y el ágape (caridad). La opinión de Pablo es clara: "El conocimiento engríe, lo constructivo es el amor".

José Aldazábal

*  *  *

         En el mundo antiguo, la carne de consumo diario procedía en gran parte de los santuarios, de todo lo que se ofrecía al templo con fines cultuales, y luego se vendía en el mercado. De ahí los interrogantes que hoy los corintios dirigen a Pablo, sobre si la consumición de aquella carne no llevaría al cristiano a estar pactando con la idolatría.

         En su respuesta, Pablo distingue el plano doctrinal del plano de la praxis. En teoría, es evidentemente imposible comprometerse con los dioses falsos por comer carne, puesto que éstos no existen. Y si el mismo Jesús había afirmado que lo que come el hombre no ensucia al hombre ("sino que lo echa por la letrina"), Pablo responde ahora que el cristiano es libre de comer lo que quiera, y que en este aspecto "todo me está permitido".

         "Pero no todo me conviene", añade Pablo. ¿Y por qué? Porque hay cristianos escrupulosos, convencidos de que obran mal cuando consumen carnes consagradas, y de que también obran mal quienes también las comen (porque con ello estarían infravalorando la idolatría). Por tanto, hay que tener en cuenta dicha situación.

         En último término, el criterio de la caridad es el que debe imponerse, para mantener las buenas relaciones en la comunidad. Y para ello hay que acallar, en ocasiones, los propios conocimientos y los legítimos derechos. Como explica San Pablo, la ciencia hincha, se construye altares para sí misma y se cree inmortal. Pero tiene pies de barro, como todo lo humano. En cambio, el amor hace cosas bellas en la vida, y sabe crear el equilibrio y armonía en la sociedad.

         En efecto, la ciencia humana endiosada y autosuficiente no moldea el corazón humano, ni hace a éste vivir la experiencia de hacer mejores a los demás. En cambio, el amor nos hace admiradores del poder creador de Dios, nos pone al servicio de los demás y se siente feliz en la pequeñez, al descubrir un infinito mundo por el que luchar.

         Aprendamos a adquirir, junto al saber humano, la sabiduría divina del amor de Dios, que conoce a los demás y que anima a los demás, no dañando su debilidad ni despreciando su conciencia personal, sino ayudándolos a ir creciendo y madurando en lo que realmente son: hijos e hijas de Dios.

Dominicos de Madrid

 Act: 10/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A