7 de Septiembre

Lunes XXIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 7 septiembre 2026

1 Cor 5, 1-8

         Los problemas de la comunidad de Corinto no se limitaban a las disensiones internas. Y a Pablo le duele hoy la pasividad con que la comunidad contempla y soporta casos de inmoralidad sancionados tanto por la legislación judía como por la romana.

         El hecho concreto a que se hace referencia es el de un hombre de la comunidad que mantiene relaciones con la segunda mujer de su padre. La ley vigente tipificaba el caso como adulterio si el padre había muerto ya y como incesto si todavía vivía. Pablo hace notar, en cualquier caso, que la misma sociedad pagana prohíbe tal práctica. Según la tradición judía, el incestuoso y el adúltero debían ser lapidados.

         Parece claro que Pablo había escrito ya una carta instando a los corintios a no mezclarse "con los libertinos" (v.9), pero la interpretación de los corintios había sido evasiva.

         Deseosos de buscar diferencias que halagasen su propio orgullo, interpretaron que tales palabras sólo significaban que era preciso separarse de «los libertinos de este mundo», actitud puritana que se repetirá varias veces a lo largo de la historia de la Iglesia. Una vez más, Pablo tiene que rectificar el pensamiento de los corintios: "No os juntéis con uno que se llama cristiano y es libertino" (v.11).

         Pero es la comunidad cristiana la que continuamente ha de ponerse en actitud de conversión. A ella se ha dirigido la palabra de Dios y ella se responsabilizó un día de tal palabra. Si está permitido algún juicio, es el que la propia comunidad debe ejercer en su seno, único juicio purificador mientras hay tiempo.

         Con estos principios elementales como postulados de conversión eclesial, la perícopa nos ofrece el ejemplo del procedimiento empleado por una comunidad apostólica para salir al paso a quien desmentía radicalmente con su comportamiento el don de la fe.

         Notemos dos cosas. En 1º lugar, quien excomulga al impenitente no es sólo el apóstol, sino toda la comunidad reunida al efecto, porque ella posee siempre la fuerza del Señor. En 2º lugar, la excomunión no es un juicio para condenación del pecador, sino que persigue su salvación en el día del juicio definitivo, cuando ya no habrá tiempo.

Antón Sastre

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         Se oye hablar de una falta grave de conducta entre vosotros. Un cristiano de Corinto vivía maritalmente con la segunda mujer de su padre. Este tipo de unión tenía pena de muerte por la ley de Moisés y por la ley romana. En Grecia no había nada legislado sobre este asunto, pero la opinión pública lo reprobaba. Y ¡vosotros permanecéis tan engreídos! en lugar de doleros para que fuera expulsado de entre vosotros el autor de tal acción.

         Para Pablo este escándalo repercute en toda la comunidad cristiana. Ciertamente los corintios no tienen de qué gloriarse... Y sin embargo ¡pretenden ser una comunidad de 1ª línea y misionera! Este asunto plantea 2 cuestiones importantes:

         1ª Fe y moral están ligadas. Ciertos cristianos suelen tender hoy, como en tiempo de san Pablo a pensar que la fe o la práctica religiosa son de un orden tan diferente a la moral que, en un corazón humano podrían coexistir la "fe en Cristo" y unas "conductas dudosas". Pablo reacciona con violencia ante esta aberración.

         "Vosotros sois como el pan de Pascua que no ha fermentado. Y mirad que Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado", recuerda Pablo. Celebremos, pues, la fiesta, no con vieja levadura (la perversidad y el vicio) sino con pan ázimo (la rectitud y la verdad).

         Para celebrar la pascua del Señor, ciertamente se requiere una conducta recta y una vida moral. La Pascua de Cristo no es una ceremonia ritual, es una "vida nueva", que está en juego cada día. Y Pablo evoca la práctica judía del rechazo de la vieja levadura, la víspera de Pascua, a fin de comer pan ázimo (no fermentado) en ese día. ¿Qué es la "vieja levadura", lo agrio que debo rechazar de mi vida, para hacerla digna de Cristo y de la eucaristía?

         2ª La Iglesia es responsable de los signos o contrasignos que ella pueda dar. La medida de excomunión pronunciada contra el hombre que vive en estado de mala conducta notoria, muestra el celo de Pablo para que la comunidad cristiana sea un "signo de salvación" y sea misionera revelando así al mundo lo que es vivir una vida de hombre ¡a la luz del Resucitado!

         "Reunidos en asamblea, en nombre del Señor Jesús, y con su poder, sea entregado ese individuo a Satanás para destrucción de la carne". Pablo usa fórmulas solemnes: "en nombre del Señor Jesús", "con su poder"... exige que la comunidad se reúna para promulgar la condena. La Iglesia es un signo visible y público, y no es una pequeña secta cualquiera espiritual y subterránea.

         Y eso "a fin de que el espíritu se salve en el Día del Señor". La dureza de la condena no prejuzga, en absoluto el juicio de Dios, al contrario. El castigo tiene carácter medicinal: se le excluye del grupo, se le rehúsan los sacramentos... y esto será una prueba muy onerosa para ese hombre (tal es el sentido de la frase "entregado a Satanás"). Pero es a fin de que reflexione y un día se salve. La excomunión no afecta más que al estatuto y a la «imagen» misionera que la comunidad tiene el derecho de presentar: pero en rigor cada cristiano conserva el deber de caridad hacia el culpable, hacia su salvación.

Noel Quesson

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         Somos criaturas nuevas en Cristo. Los que hemos unido a él nuestra vida por medio de la fe y del bautismo no podemos continuar viviendo bajo el signo del pecado; no podemos hacer convivir dentro de nosotros a Cristo y al demonio. Aquel que pertenece a Cristo debe ser una levadura nueva, capaz de hacer fermentar la masa para convertirla en alimento bueno para todos.

         La Iglesia debe alimentar las ilusiones y esperanzas de salvación de toda la humanidad. Pero no podrá hacerlo si sólo se conforma con anunciar con los labios el evangelio de Cristo mientras la vida de sus miembros continúa entregada a la realización del mal. Debemos ser un signo de Cristo resucitado. Hombres nuevos por la presencia del Espíritu de Dios en nosotros.

         Por eso, cuando nos demos cuenta de que el mal comienza a adueñarse de nosotros, hemos de iniciar de inmediato un proceso de conversión para volver al Señor con sinceridad, y no quedarnos en una hipocresía religiosa, dándole culto al Señor mientras nuestro corazón está lejos de él.

         Al mismo tiempo, hemos de preocuparnos constantemente por aquellos hermanos nuestros que se alejaron del Señor, para que su vida de fe sea sincera y no sean ocasión de que el santo nombre de Dios sea denigrado ante las naciones. Si somos de Cristo no vayamos tras la maldad sino tras el Espíritu de Dios, que nos conducirá a la verdad plena y nos convertirá en testigos auténticos del amor y de la misericordia que Dios nos tiene a todos.

José A. Martínez

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         En los siguientes capítulos de su carta, Pablo toma postura ante algunos desórdenes y abusos que existen en la comunidad. Esta vez, el famoso caso del "incestuoso de Corinto".

         Incluso dentro de una ciudad famosa por su amoralidad, debía llamar la atención un hecho que la comunidad cristiana toleraba: uno que vivía (se entiende maritalmente) con la mujer de su padre, O sea, con su madrastra. Esto estaba perseguido legalmente tanto entre los judíos como por la ley romana.

         Pablo echa en cara a esta comunidad que tolere un escándalo semejante. Les urge a que "excomulguen" a esa persona. La expresión "entregar en manos del diablo" es difícil de interpretar: una vez fuera de la comunidad, estará expuesto a las fuerzas del mal. Pablo toma esta medida, por drástica que parezca, con una intención medicinal: "humanamente quedará destrozado, pero así la persona se salvará en el día del Señor".

         Pone la comparación del pan ácimo, sin levadura, que es el que los judíos usaban y siguen usando para la Pascua. Aplica esa imagen a la comunidad, que debe ser, toda ella, "pan ácimo", sin "levadura vieja de corrupción y de maldad", sino un pan "ácimo con sinceridad y verdad". Los cristianos vivimos siempre en Pascua, porque Cristo es el Cordero Pascual que se ha inmolado.

         La Iglesia debe sentirse corresponsable del bien de cada uno de sus miembros. Cuando detecta una falta grave, deberá echar mano (como Jesús nos enseñó en el evangelio) de la corrección fraterna. Y a veces deberá llegar a la decisión que Pablo exige a los corintios, lo que luego se llamó excomunión: apartar al escandaloso de la comunión con los demás.

         El motivo es que una situación así va contra los valores básicos de la ética humana y sobre todo cristiana. Hay hechos puntuales malos, y además todos somos débiles y pecadores y, por tanto, dispuestos a la tolerancia. Pero aquí se trata de situaciones continuadas, públicas, de incoherencia grave con la identidad cristiana, que pueden resultar contagiosas: "un poco de levadura fermenta toda la masa". A veces, la "levadura vieja" que puede contagiar a toda la comunidad se refiere a problemas ideológicos. Otras, como en esta ocasión, a actitudes de moral.

         El salmo responsorial de hoy nos habla de un Dios que no quiere el mal: "Tú no eres un Dios que ame la maldad, ni el malvado es tu huésped, y detestas a los malhechores". Jesús, que nos enseñó el perdón y la corrección fraterna, también pronunció unas palabras duras: "si ni a la comunidad quiere oír, sea para ti como el gentil y el publicano" (Mt 18, 17), y "al que escandaliza a uno de estos pequeños más le valdría que le arrojaran al mar" (Lc 17, 1-6).

         Es la excomunión que aquí recomienda Pablo. La que aplicó el obispo Ambrosio de Milán al emperador Teodosio, hasta que pidiera públicamente perdón por la matanza que había hecho en Tesalónica: ¿cómo puede acercarse a la comunión una persona que no ha dudado en sacrificar miles de vidas?

         Claro que no aplicamos esta decisión a todas las situaciones irregulares que se dan en la comunidad cristiana. El discernimiento es importante, y es sancionado por los responsables últimos de la comunidad. Pero no nos debe extrañar que también ahora se disuada de acercarse a la comunión eucarística (el signo mayor de comunión con la comunidad y con Cristo) a los que se encuentren en alguna situación (de vida matrimonial o de justicia social, por ejemplo) gravemente en contradicción pública con el evangelio que Jesús nos enseñó.

José Aldazábal

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         Pablo y algunos cristianos de Corinto, que eran hombres como nosotros, con sus caracteres, puntos de vista, y actitudes mentales incompatibles, no acababan de ponerse de acuerdo. Y cierto número, entre ellos, miembros de la comunidad, no sólo le discutían a Pablo sus puntos de vista sino que moralmente no reaccionaban contra el fermento del mal que estaba apoderándose de parte de la masa, como levadura ya corrompida.

         El caso es de inmoralidad en grado escandaloso, y el juicio que sobre él daría cualquier cultura religiosa, no sólo la cristiana, es condenatorio. Si las relaciones morales en la familia se envenenan, toda la masa queda envenenada.

         Por eso, Pablo, tras poner de manifiesto en sus palabras el sacrificio que le ha costado formar aquella comunidad, actúa con energía y rigor, primero, para tratar de resolver los problemas morales que la entenebrecen, y, además, para sacar de su debilidad espiritual a quienes se hicieron cristianos y no han profundizado todavía en el misterio de la nueva vida según Jesucristo.

         Barramos de la vida, de nuestra vida, la levadura del mal en su nacimiento, no sea que nos corrompa toda la masa. El ideal paulino es claro y certero; pero su realización es difícil. Pidamos, pues, por la salud espiritual en la familia, en la sociedad, en la Iglesia. La levadura vieja ya consumió, desgraciadamente, sus potencialidades. La levadura nueva tiene que seguir transformando el mundo. Pero ¿cómo será elaborada?, y ¿quién la administrará?

         El poder para transformar el mundo proviene de lo alto del cielo, de la energía y bondad de Dios, y nadie puede crear otra fuente que la alimente. Pero todos y cada uno de los mortales podemos ser instrumentos y canales para que esa divina energía vaya invadiendo las mentes, corazones, leyes, costumbres de los pueblos, haciéndonos portadores de justicia, paz y felicidad. Quien nos dio la vida y la conciencia responsable, nos dio la llave del futuro para la humanidad.

Dominicos de Madrid

 Act: 07/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A