31 de Agosto
Lunes XXII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 31 agosto 2026
1 Cor 2, 1-5
Antes de hablar en Corinto, Pablo había tratado de evangelizar Atenas, donde se había encontrado ante unos griegos ergotistas y frívolos, poco preocupados de buscar la verdad pero deseosos de discusiones a la moda del día. Y eso lo recuerda Pablo, a la hora de presentarse a los corintios: "Cuando fui a vosotros, hermanos, no fui a anunciaros el misterio de Dios con el prestigio de la palabra o de la sabiduría".
En Atenas había fracasado Pablo (Hch 17, 16-32), y ante los corintios, cuya comunidad estaba constituida por gente sencilla ("Dios escoge lo débil"; 1Cor 1,26), Pablo confirma este principio, proponiendo su propio ejemplo: no soy elocuente, sino débil, no soy más que un pobre testigo de algo que me sobrepasa.
La autoridad de los apóstoles no proviene de su ciencia ni de su valer humano, sino de anunciar el misterio de Dios. Señor, hazme más humilde cuando escuche tu Palabra, y líbrame de los entusiasmos superficiales.
De ahí que no lo dude ya Pablo de Atenas en adelante, comenzando por Corinto: "No quise saber otra cosa sino a Jesucristo crucificado". Es decir, ninguna otra cosa, sino a Jesucristo. ¡Ah! ¡Cuán lejos nos hallamos de la elocuencia humana y de las mentes cultivadas! El calvario no es el punto de reunión de los razonadores de este mundo: tan sólo se dan cita allí los que humildemente aceptan que Dios les conduzca donde no irían por sí mismos...
¿Qué tiempo dedico a la contemplación de la cruz? Perdón, Señor, por no detenerme a menudo, a fijar mis miradas en tus ojos de crucificado, para leer en ellos, mejor que en cualquier razonamiento, la locura de tu amor por mí.
Lo sigue explicando el propio apóstol: "Me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso. Mi palabra y mi proclamación del evangelio no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría". Pablo, uno de los más grandes santos, era consciente de su debilidad humana, y se confiesa "tímido y tembloroso", sin tratar de salvaguardar ningún prestigio personal.
¡Qué gran ejemplo! Pablo no trataba de convencer a fuerza de argumentos. Hablaba con cierta timidez, y exponía su testimonio. El valor de la evangelización no depende de los medios humanos empleados, sino de "la experiencia vivida del encuentro con Cristo". Pablo estaba impregnado de Cristo.
Pero "el Espíritu y su poder eran los que se impusieron", recuerda el apóstol, pues esta inseguridad que experimenta Pablo ante los pobres medios humanos de que dispone, en vez de abatirle le confiere una razón de mayor seguridad: ¡el vacío que siente en sí mismo es el lugar donde puede expansionarse la "potencia del Espíritu"!
La fe no es una adhesión de orden intelectual, de orden puramente humano. La teología dirá más tarde que es un don de la gracia, "para que vuestra fe no repose en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios". La fe que deseamos para las personas que amamos, no les llegará a fuerza de discutir o de querer probar... sólo llegará por un testimonio de vida de fe que, algún día quizá, los interpelará... y por la oración.
El cristianismo no es una demostración, ni una ideología, ni un sistema filosófico, es una relación de amor con Dios: y esta relación depende primero de una iniciativa divina. Toda nuestra cooperación, de hecho necesaria, consiste en dejarse modelar por Dios. ¡Esta postura es la contraria a la de poner condiciones a Dios y querer que pase por nuestras propias exigencias!
La primera idolatría es la del pensamiento seguro de sí mismo: tomar nuestro pensamiento como medida de lo divino; pretender que yo tendría que comprenderlo todo; ¡convertirme en medida de Dios! La fe es el maravilloso privilegio de los humildes.
Noel Quesson
* * *
La Carta I a los Corintios la empezamos a leer el jueves de la semana pasada, y nos acompañará todavía 3 semanas. Vimos ya cómo Pablo planteaba el tema de la sabiduría humana (la griega), comparada con la cristiana (la espiritual).
Pablo insiste: lo que él ha predicado a los habitantes de Corinto no estaba basado en "sublime elocuencia" ni en "sabiduría humana", sino en "el poder del Espíritu" y "el poder de Dios". Se muestra valiente presentando a los griegos, tan satisfechos con su filosofía, la figura de Cristo Jesús, y "éste crucificado", lo que parece la antítesis de la sabiduría y la paradoja mayor para una cultura que aprecia sobre todo la coherencia y la profundidad de un sistema de pensamiento.
El mundo de hoy no parece tampoco tener oídos muy prestos a escuchar el mensaje de Cristo crucificado. Más bien nos regalamos con palabras bonitas y con sabidurías más o menos persuasivas de este mundo. La comunidad cristiana, desde hace 2.000 años, se presenta ante el mundo "débil y temerosa", como Pablo en Grecia, porque sabe que el mensaje que predica es difícil (Cristo crucificado), y que la palabra misma que anuncia tiene una fuerza intrínseca capaz de hacerla fructificar en los ambientes menos predispuestos. Pablo fracasó en Atenas, cuando en el Areópago intentó revestir su mensaje de lenguaje helénico más cuidado. Y ahora anuncia la cruz de Cristo.
Para Dios, la fuerza verdadera está en lo sencillo y lo débil. En la cruz de Cristo, símbolo del fracaso y de la fragilidad, está la sabiduría y la clave para la salvación. Una invitación a que no nos dejemos engañar por los señuelos de unas palabras brillantes ni de unas ideologías deslumbrantes.
¿En qué nos apoyamos nosotros: en argumentos filosóficos, en recursos pedagógicos, en la eficacia de los métodos pedagógicos? ¿o en la fuerza del Espíritu de Dios? El salmo responsorial de hoy nos dice dónde está la fuente del verdadero saber: "Tu mandato me hace más sabio que mis enemigos, y más docto que todos mis maestros. Yo medito tus preceptos, y no me aparto de tus mandamientos, porque tú me has instruido".
José Aldazábal
Act:
31/08/26
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