5 de Septiembre

Sábado XXII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 5 septiembre 2026

1 Cor 4, 6-15

         Si leemos por 1ª vez el pasaje paulino de hoy, no podemos menos que encontrarlo excesivo: "Hermanos, pienso que, a nosotros los apóstoles, Dios nos ha asignado el último lugar entre los hombres, como condenados a muerte, expuestos a modo de espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres". 

         ¿Cómo? ¿Que los apóstoles y el papa serían "los últimos entre los hombres"? Pues sí. Y Pablo encarecerá todavía más el final del pasaje: "Hemos venido a ser basura del mundo, desecho de los hombres". En la ciudad de Corinto Pablo estaba lejos de ser una autoridad, y por eso se compara a esos vagabundos lastimosos que en las ciudades de la época servían de víctima expiatoria en las calamidades públicas (como los condenados destinados a las fieras en las anfiteatros, bajo la mirada de los espectadores).

         ¿Y cómo entender esas fórmulas tan violentas? En referencia a Jesucristo. Porque el verdadero apóstol, ¿no tendría por criterio el parecerse a Jesús, que aportó la verdadera salvación muriendo en el Gólgota, como un condenado y a la vista también de los espectadores? Es así como se da un testimonio de amor absoluto. Es Jesucristo crucificado, pues, a quién quiero contemplar, una vez más.

         Me detengo en estas reflexiones, incluso si no van a la par con mis tendencias habituales, ni con las tendencias del mundo. ¿En qué puede esto hacerme reconsiderar mi modo de concebir el apostolado y la evangelización? ¿Cómo ilumina todo ello lo que hay de cruz en mi vida concreta? ¿Soy consciente de que tengo que participar en la redención? Porque "nosotros somos necios, por seguir a Cristo", y hay que ser loco o necio para lanzarse a una empresa tan insensata: anunciar a los hombres el escándalo de la cruz.

         Todo el pasaje siguiente es de una ironía chirriante, que opondrá la suficiencia orgullosa de los corintios a la vida pobre y paciente de Pablo. Y es que nada más decir que "nosotros somos necios", dice Pablo que "vosotros sois sabios". Y lo repite: "Nosotros locos y vosotros sabios. Nosotros débiles y vosotros fuertes. Nosotros despreciados y vosotros alabados".

         Bajo estas diatribas, afloran las bienaventuranzas. Si uno quiere ser cristiano, no ha de olvidarlas. La satisfacción de sí mismo, la suficiencia farisaica, incluso la espiritual, son contrarias al evangelio. Es lo que recuerda Pablo: "Hasta el presente, pasamos hambre, sed, desnudez, somos azotados, vagabundos, fatigados trabajando con nuestras propias manos".

         Una vez mas: ¡no! Los apóstoles no son los satisfechos, ni gente revestida de poder, ni los triunfadores, ni los carentes de preocupaciones, ni los que nunca son sometidos a la prueba. Sino que "somos injuriados y bendecimos; somos perseguidos y soportamos; somos calumniados y consolamos". Es la repetición, bajo otra forma, de la paradoja de las bienaventuranzas. Gente pobre que es dichosa, gente que ha recibido daño de otros y que pasan su tiempo haciendo felices a los demás.

         No olvidemos nunca esta cara del cristianismo, porque es el rostro auténtico de Jesús. Y es una de las enseñanzas más importantes de la Carta I a los Corintios. No es discípulo de Cristo el que no reproduce alguno de sus rasgos. Tras lo cual, se despide Pablo: "No os escribo estas cosas para avergonzaros, sino para instruiros como hijos muy queridos. En Cristo, no tenéis muchos padres, y por haberos anunciado el evangelio soy yo quien os ha engendrado".

Noel Quesson

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         Pablo sigue hoy hablando de la difícil relación de los corintios con los ministros y pastores, y tal vez también de estos mismos en su comprensión del papel que tienen en la Iglesia. Y se pone a sí mismo (y a Apolo) como modelo, porque no se han buscado a sí mismos, sino que han servido humildemente a la Iglesia. Pablo plantea una serie de antítesis, llenas de ironía muchas veces, sobre su lugar en la Iglesia de Corinto:

-ellos son ricos, lo tienen todo, mientras que los apóstoles son los últimos, los condenados a muerte y los entregados a los espectáculos públicos,
-ellos son muy sensatos, y él es un loco,
-ellos son fuertes, y Pablo es débil,
-ellos son célebres, y él es despreciado, pasando incluso hambre y sed, falta de ropa y una casa fija.

         Pablo trabaja hasta agotarse, y encima tiene que aguantar que lo insulten y calumnien, y le tratan como a basura del mundo. Lo que nunca podrán decir es que no les quiera, que no se haya portada generosamente: "Os quiero como hijos". Así como que tendrán "mil tutores, pero padres no muchos, pues soy yo quien os ha engendrado para Jesucristo". Buen espejo en el que mirarse los que han recibido en la Iglesia alguna clase de responsabilidad.

         El principio para todos, y de modo particular para ellos, debe ser la humildad. Ayer nos decía Pablo que somos servidores y no dueños. Y hoy apostrofa a los que creen ser algo: "¿Quién te hace tan importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido?". Esta frase se ve que le hizo impresión a San Agustín, porque alguien ha contado que la comenta más de 200 veces en sus escritos.

         ¿Se podría decir que nos buscamos a nosotros mismos o el poder, en nuestro servicio a los demás? ¿Reaccionamos con la humildad de Pablo ante las críticas e incluso frente a los desplantes que podamos sufrir en nuestro trabajo? El que está lleno de sí mismo es el que se perturba y se hunde cuando le pasan cosas de esas. El humilde reacciona con más serenidad, como Pablo, que, si de algo se enorgullecía, era de su debilidad, no de sus cualidades.

         De nuevo el salmo nos orienta hacia el juicio de Dios y nos invita a poner en él la confianza, no en nuestros méritos ni en el prestigio que podamos tener: "Del Señor es la tierra y cuanto la llena, pero ¿quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón; ése recibirá la bendición del Señor".

         La lista de bienaventuranzas que nos enseñó Jesús se parece a esta enumeración de actitudes de un apóstol, según Pablo: los que encuentran la verdadera felicidad interior son los humildes, los perseguidos, los que lloran, los que buscan la paz... Algo tendría que cambiar en nuestra actuación para parecernos más a Pablo y sobre todo a Jesús, que sufrió los mismos contratiempos que Pablo y dio incluso su vida por los demás.

José Aldazábal

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         En la liturgia de hoy hay que destacar el tono de la 1ª lectura. Es decir, el rigor de Pablo en sus manifestaciones frente a los rebeldes de la Iglesia de Corinto, disputadores de las directrices de Pablo e internamente divididos, que no son modelo a seguir en la Iglesia.

         En una colección de cartas, como las de San Pablo, es normal que encontremos expresiones ocasionales duras. Está hablando, formando y denunciando a miembros de las comunidades con sus virtudes y defectos. ¿No somos nosotros mismos testigos de múltiples experiencias de tensión e incluso ruptura en nuestras relaciones humanas? Incluso los creyentes en Cristo cargamos con el peso de nuestras inclinaciones torcidas y de nuestra soberbia o imprudencia.

         Pablo, aunque no quiere humillar ni avergonzar a nadie, pone a veces los puntos sobre las íes y convoca a todos a una revisión interior, a un discernimiento que restañe las heridas. El duro carácter de Pablo se revela a veces en términos irónicos que, ciertamente, podrían suprimirse, pero el apóstol es hombre, como los demás, es dialéctico, polemiza.

         El discernimiento y prudencia reclaman atención en la vida. Toda comunidad en que los intereses particulares, las diferencias, la raíces de pecado, las desigualdades, perturban el estado de tranquilidad y paz, deja de ser campo abonado para el triunfo del Espíritu. Diferencia e incluso incompatibilidad de caracteres pueden darse en la mejor familia, pero las pautas de caridad, fidelidad, colaboración, son indispensables para un buen gobierno, exigiendo a cada uno cierta dosis de cordura.

         ¿Y cuál es su lección viva? Que todos y cada uno de los hombres poseemos dones o facultades; pero que ninguno los tiene sin haberlos recibido. Todo es recibido, comenzando por el don de la vida y siguiendo por el don de la fe. Si esto es así ¿a qué viene la soberbia en nuestra conducta? Procuremos ser felices cambiando, arrepintiéndonos de nuestros errores, más bien que manteniendo actitudes disgregantes de la comunidad.

         ¿A qué viene cargar de orgullo nuestra vida, siendo de naturaleza muy débil? ¿Cuándo nos saciaremos de felicidad, si alimentamos ambiciones sin control? ¿No vale más una vida moderada, con amor, paz, amistad, solidaridad, fe, que otra vida desgarrada?

Dominicos de Madrid

 Act: 05/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A