4 de Septiembre

Viernes XXII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 4 septiembre 2026

1 Cor 4, 1-5

         Pablo reclama hoy para sí el mayor de los títulos apostólicos posibles: "Hermanos, es necesario que los hombres nos tengan simplemente por servidores de Cristo, y por administradores de los misterios de Dios". Un título, el de servidor, que también Jesús muchas veces se había otorgado, como un título de gloria. ¿Soy yo, verdaderamente, servidor de Cristo?

         ¡Cuán grandes y temibles son estas palabras! Porque los ministros de la Iglesia tienen entre sus manos las mayores responsabilidades (la gracia, la doctrina, los sacramentos... ¡los misterios de Dios!), y sin embargo no pueden guardárselos para sí mismos, sino que los han recibido para dispensarlos a los demás. E incluso tendrán que rendir cuenta de ellos, como decía Jesús (Mt 24, 45-51).

         Para Pablo, dichas responsabilidades no conllevan una rendición de cuentas (como sí lo hacen en Jesús), pero sí que conllevan una premisa: "Lo que se exige a los administradores es que sean fieles". Es decir, ser hallado fiel en la administración de los bienes ajenos. O lo que es lo mismo, merecer confianza de modo desinteresado, ser hombre de confianza para Dios (ser hombre de Dios), promover los intereses ajenos y no los propios.

         La fidelidad es una virtud que no tiene hoy muy buena prensa, y es objeto de burla por doquier. Pero cuando llegamos a ser víctimas de una infidelidad, la apreciamos como uno de los valores esenciales del hombre. Los apóstoles han de ser fieles al evangelio, no han de acomodar su mensaje a los gustos del día, no pertenecen a ninguna de las ideologías que flotan en el aire.

         Por parte de Pablo, "lo que menos me importa es ser juzgado por un tribunal humano", pues "ni siquiera me juzgo a mí mismo". Esto tiene un gran alcance, pues Pablo ha acabado de hablar de la gran dignidad de los fieles: "Todo es vuestro: Pablo, Apolo, Pedro, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro. Todo es vuestro". Pero de ahí no se sigue que los cristianos tengan derecho a erigirse en jueces de sus apóstoles, pues es a Dios a quien los ministros tendrán que rendir cuentas.

         Una confianza de Pablo ante Dios que surge de una constatación: "Mi conciencia no me reprocha nada, mas no por ello soy justo. El Señor es mi juez". Cuando Pablo retira a cualquiera el derecho a juzgar a su hermano (aunque fuera ministro del Señor), no lo hace por situarse por encima de todo juicio, o por actuar a su gusto y modo. Nada de eso, pues ni siquiera la conciencia (recta) sirve de justificación. La responsabilidad final no la habremos de demostrar ante los demás, ni ante uno mismo, sino ante Dios.

         Por lo tanto, añade Pablo, "no juzguéis prematuramente, sino esperad la venida del Señor. Porque él iluminará lo secreto en las tinieblas, y pondrá de manifiesto las intenciones del corazón". Jesús había repetido "no juzguéis" (Mt 7,1; Lc 6,37), y hoy Pablo añade un matiz capital: "No juzguéis, porque vuestro juicio será siempre prematuro". Es decir, porque no lo sabéis todo para que vuestro juicio sea equitativo, y os falta conocer las intenciones secretas de la gente que juzgáis.

         Todo esto es verdad, y cuando nos acontece ser mal juzgados, sabemos muy bien que los que nos critican no tienen todos los elementos para que su apreciación sea correcta. E incluso puede que ellos también incurran en aquello que critican. De todas formas, recuerda Pablo, "cada cual recibirá del Señor, en su día, la alabanza que le corresponda".

         Pablo y los primeros cristianos estaban realmente polarizados hacia esa espera, hacia ese día donde todo, al fin, será clarificado. Día feliz cuando nuestros valores desconocidos recibirán "la alabanza que les corresponda"; día veraz en que estallará a plena luz la belleza escondida; y día final que hoy no sabemos captar suficientemente.

Noel Quesson

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         San Pablo da hoy otra vuelta de tuerca a nuestros intentos, más o menos disimulados, de erigirnos en pequeños dioses de nosotros mismos y lo hace con una claridad meridiana, que no deja lugar a ningún tipo de duda: "No juzguéis antes de tiempo, sino dejad que venga el Señor. Él iluminará los escondrijos de las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones del corazón". Parece tan sencillo, pero ¡qué difícil resulta no juzgar!

         No vamos a entrar en elucubraciones teológicas ni jurídicas (en términos de jueces o delitos) sino que nos quedaremos en el terreno más pedestre de la vida cotidiana, la que nos afecta a todos, las situaciones en las que todos podemos vernos reflejados.

         Me atrevo a asegurar que no habrá prácticamente nadie que no haya vivido la dolorosa experiencia de sentirse injustamente juzgado por las personas que quiere. A veces es un error, otras un despiste, quizás hasta puede que hubiese una chispita de mala voluntad. Pero, ¡cuánto nos duele sentir en nuestra propia carne que se nos atribuyen intenciones, que no se crea en nuestras disculpas!

         Sólo hay un modo de no equivocarnos: dejar que venga el Señor. Su mirada llega hasta lo más profundo del corazón humano, sólo él lo conoce del todo. ¿Quién soy yo para juzgar a mi hermano? Me viene a la memoria la escena de una obra de teatro en la que el personaje, una mujer joven, responde al conocido refrán "piensa mal y acertarás" con otra sentencia que le nace del amor: "Piensa bien aunque no aciertes". Vale la pena intentarlo.

Olga Molina

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         La 1ª lectura de hoy nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la manera de ser un servidor de Cristo. Pablo, en su Carta I a los Corintios, nos da a entender que servir a Dios nos lleva siempre (antes o después) a enfrentarnos al juicio y las criticas de los demás. Y muchas veces ese enfrentamiento puede llegar a ser duro, y hasta convertirse en una revolución según los parámetros del pensamiento común.

         En la Carta I a los Corintios, Pablo es conciente de todo ello, por haberlo vivido en 1ª persona. Y nos invita a abstenernos de las críticas ("no culpéis a nadie antes de que Jesucristo vuelva"), a la vez que da un gran consejo a todos los que ocupan un cargo de responsabilidad: "Los que están encargados de alguna tarea deben demostrar que se puede confiar en ellos". Si alguien no tiene esa confianza de parte de sus hermanos, o la ha perdido por su actuación, sería mucho mejor que dejara de ejercer su cargo. Sería mejor para él y para los que le rodean.

Carlo Gallucci

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         Se ve que el problema de los ministros, y su comprensión dentro de la Iglesia de Corinto, era grave, porque Pablo sigue tratando sobre ese asunto. Estos días pasados hemos visto cómo aludía a la división entre los partidarios de Apolo o de Pablo.

         Para él, los apóstoles (y todos los que de alguna manera ejercen un ministerio pastoral) son sólo "servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios". Y por tanto, deben ser fieles, que es lo que se pide de un administrador. No son dueños ni protagonistas, sino que predican una palabra que no es suya, sino de Dios. Por tanto, el prestigio que pueda tener entre los fieles es sólo relativamente importante.

         A lo que tiene respeto Pablo es al juicio de Dios, no al que él mismo haga de sí, ni al que puedan hacer de él los corintios, un tanto superficialmente. Si le alaban por algún motivo, no por eso es necesariamente bueno. Si le critican, no por eso es necesariamente malo. El salmo responsorial de hoy nos asegura que "el Señor es quien salva a los justos", y nos da un consejo: "Apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia y no abandona a sus fieles".

         Es ésta una buena ocasión para que los encargados de cualquier asunto se examinen a sí mismos, pues no son sino "administradores y servidores" de unos bienes que pertenecen a Dios y a los hermanos.

         Su actuación debe ser seria y responsable, con la mirada puesta en el juicio de Dios. Porque "él iluminará lo que esconden las tinieblas, y pondrá al descubierto los designios del corazón". Una persona que tiene autoridad no debe fiarse demasiado de la opinión que tiene de sí misma (que será benévola normalmente), ni tampoco depender obsesivamente del juicio que les merezca a los demás.

         La crítica de los demás nos tiene que infundir respeto, y nos puede ayudar a madurar y a mejorar nuestro servicio. Y haremos bien en hacer caso de las interpelaciones que se nos hagan con seriedad. Pero tampoco deberíamos estar continuamente pendientes de si agradamos o no a todos: si seguimos nuestra conciencia e intentamos agradar a Dios, podemos tener esa serenidad que parece tener Pablo, porque "la conciencia no le remuerde".

         ¿Qué buscamos en nuestro trabajo: el aplauso humano o el de Dios? Si la gente habla bien de nosotros, pero a Dios le estamos defraudando con nuestra actuación, malo. Es el juicio de Dios, que escruta nuestro corazón, el que nos debería preocupar.

José Aldazábal

 Act: 04/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A