17 de Septiembre

Jueves XXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 17 septiembre 2026

1 Cor 15, 1-11

         Recuerda hoy Pablo a los corintios la "buena nueva del evangelio que habéis recibido, y en la cual permanecéis firmes, y por el cual estáis salvados si lo guardáis tal como os lo anuncié".

         Se trata de una fórmula con muchas puntualizaciones. En 1º lugar, que el evangelio es una alegría (algo bueno), que no se inventa (se recibe) ni se deforma ("permanece firme"). En 2º lugar, que el evangelio es salvador, capaz de restaurar al hombre y reconstruirlo.

         De ahí que debamos preguntarnos: ¿Cuál es mi aprecio por el evangelio? ¿Hago selecciones en él? ¿O retengo quizás lo que me place, corriendo el riesgo (como dice San Pablo) de no hallar ya nada en él porque me encontraría sólo a mí? Si de vez en cuando Dios no nos desconcierta y nos choca, señal es de que el evangelio buscamos tan solo una justificación a nuestras propias tesis.

         Y ello porque, respecto al evangelio, el propio Pablo dice que "os he transmitido lo que yo mismo he recibido". Profunda humildad del apóstol, que se pone el 1º en someterse al mensaje que ha de transmitir.

         En cuanto al contenido de ese evangelio, asevera Pablo que "Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras". Tenemos aquí uno de los primeros Credos que recitaban las comunidades primitivas, como formula de profesión mínima de fe. Una fe extremadamente simple, y toda ella concentrada en 3 acontecimientos históricos: la muerte, la sepultura y la resurrección.

         Se trata de 3 hechos que se produjeron de una sola vez, pero que fueron anunciados en todo tiempo por las Escrituras. La fórmula repetida por Pablo para cada hecho ("conforme a las Escrituras") confirma que cada uno de ellos fue un hecho esencial en el plan de Dios, y que tiene que ver con la salvación del mundo ("por nuestros pecados").

         Tras lo cual, continúa Pablo recitando el evangelio: "Se apareció a Pedro, a los doce, luego a quinientos hermanos, y a mí el más pequeño de los apóstoles". Pablo cita una lista no exhaustiva de testigos (sin citar la aparición a María Magdalena) que se beneficiaron de las apariciones del Resucitado, pero totalmente exhaustiva a la hora de seguir el orden jerárquico, con la salvedad de ponerse él en último lugar: "Mas por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. He trabajado penosamente. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo".

         Así, los 3 acontecimientos citados no solamente son hechos históricos antiguos, sino fuente de una vida nueva: Pablo "ha muerto a su pecado" y "ha resucitado" (por así decir) con Cristo. La fórmula algo embarazosa de Pablo es muy reveladora: ni yo solo, ni Dios solo, sino Dios y yo, en una unión indivisible. Admirable expresión de la gracia que no trabaja sin nosotros, pero con la cual hacemos mucho más de lo que lograríamos con nuestras solas fuerzas. ¿Podría decir yo lo mismo? ¿Cómo es mi compañerismo con Dios? ¿Hay ósmosis entre Dios y yo, como en San Pablo?

Noel Quesson

*  *  *

         El cap. 15 de esta Carta de Pablo es largo y aborda uno de los temas que más preocupaba a los corintios: la resurrección, sobre todo que vayamos a resucitar corporalmente. De hecho, recordemos el fracaso de Pablo en Atenas, justo en el instante en que citó la palabra resurrección. Y esto porque la filosofía griega afirmaba que el alma era inmortal, pero con la muerte se liberaba del cuerpo, y sería impensable volverse a unir a él. Tenía una concepción dualista del ser humano, y se diferenciaba mucho de la concepción unitaria judía (que unificaba mucho más el cuerpo y el alma).

         En la página de hoy el apóstol da testimonio de la verdad básica de la fe cristiana: que Jesucristo resucitó. Y la expone a modo de un credo breve ("el evangelio que os proclamé, y en el que estáis fundados y que os está salvando"), el que los corintios acogieron ("que Cristo murió, que fue sepultado, que resucitó al tercer día, que se apareció").

         Enumera Pablo una serie de apariciones del Resucitado, algunas narradas por los evangelios y otras no (como la de los "quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía"). Y también su propia aparición, que fue "como a un aborto" en su camino a Damasco.

         Esto es lo que predica la Iglesia, asegura Pablo. Y tanto, que él es también apóstol (pues unos y otros anuncian lo mismo: la resurrección de Jesús) aunque de distinta manera que los demás. Ésta es la base en la que se apoya la fe y la tradición, y lo que se le ha transmitido a Pablo por parte de Cristo, y lo que él y los demás van proclamando en todas las comunidades.

         Cuando hablamos de evangelización, queremos decir lo mismo que Pablo: que Jesús ha resucitado y sigue vivo, y que nosotros también estamos destinados a la vida, como hizo nuestra cabeza y guía Jesús. Ésta es la base de nuestra fe, que Cristo ha vencido a la muerte. Y no como un milagro más, sino como el acontecimiento por excelencia, en que Dios ha mostrado cuál es su programa de salvación (que empieza en Cristo y seguirá en nosotros).

         Tal vez también al hombre de hoy le siga costando entender esto, como a los griegos de entonces y ante todas las sabidurías actuales. Pero los planes de Dios son distintos de los nuestros, y su Espíritu sigue actuando, un Espíritu que es "dador de vida".

         Eso creemos nosotros, y eso tenemos que predicar. ¿O nos entretenemos en otras verdades secundarias, sin llegar nunca a comunicar el meollo de nuestro credo cristiano, que es la glorificación de Cristo y nuestro destino de vida plena con él? El salmo responsorial de hoy ya se alegraba en el AT: "Dad gracias al Señor, porque es bueno. No he de morir, viviré, para contar las hazañas del Señor".

José Aldazábal

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         No todo acaba con la muerte, y con la muerte sólo pasamos a una nueva dimensión. Termina nuestra dimensión temporal y se inicia la dimensión de eternidad, dejamos de ser visibles y comenzamos a ser invisibles. Y la salvación no es sólo para nuestra alma, sino para el hombre completo, que es el que alcanza su plena realización en Cristo.

         Jesucristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al 3º día, y nos dio numerosas pruebas de que estaba vivo. Los que creemos en él, a él hemos unido nuestra vida, como se unen los miembros del cuerpo a la cabeza. Y si nos hemos hechos uno con Cristo, en la muerte no podremos ser abandonados por él, sino que viviremos eternamente glorificados con él.

         Este evangelio de Pablo es el que anuncia la Iglesia, y no titubeando en su fe, sino con la certeza que nos da lo acaecido en Jesucristo, nuestro Señor y cuya vida y Espíritu son también nuestros, desde el día en que fuimos bautizados en su nombre.

         No centremos nuestra fe tan sólo en el culto (que píamente ofrecemos a Dios), sino vivámosla experimentando en nosotros la vida de Dios, para que al anunciar a Cristo no hagamos relecturas de su evangelio, sino que lo proclamemos desde la auténtica fe, que nos hace ser hombres de esperanza en un mundo nuevo.

Dominicos de Madrid

 Act: 17/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A