19 de Septiembre

Sábado XXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 septiembre 2026

1 Cor 15, 35-37.42-49

         La gran división que había entre los corintios, en torno al tema de la resurrección, venía en parte por 2 esquemas mentales diferentes, y por 2 concepciones distintas del hombre:

-la de los griegos, que tenían una concepción dualista, que separaba el cuerpo del alma y no dudaba en dotar de plena autonomía al alma, respecto a su "cárcel corporal";
-la de los judíos, que tenían una concepción unitaria del hombre, que subrayaba que solamente la unión de cuerpo y alma era lo que constituía a la persona.

         Pablo trata de solventar la controversia, y lo hace yendo a la raíz: "¿Cómo resucitarán los muertos?". Pues de lo que se trata no es tanto del hecho de la resurrección (que nadie discutía, sobre todo la de Cristo) sino de la resurrección de los cuerpos (del cómo, que volvía locos a los corintios). Para contestar a sus objetores, Pablo usará 3 tipos de argumentos:

         1º Una comparación con la semilla: "Insensato, lo que siembras no revive sin morir primero, pues no siembras la planta sino un simple grano".

         En efecto, el universo visible, si sabemos mirarlo, nos ofrece cada día numerosos signos del poder divino, y miles de anuncios de diversas resurrecciones. Es el caso de los millones de granos vivos que se pudren en la tierra, y que mueren en el frío húmedo del invierno, y que vuelven a revivir en primavera, para hacerse cuerpos enteros en verano. De hecho, Jesús utilizo esta imagen del "grano que muere" para expresar su muerte y su resurrección: "Ved que ya salen los brotes, y la primavera y el verano están viniendo".

         2º Una reflexión sobre la calidad del cuerpo resucitado: "Se siembra un ser perecedero, y lo que crece es imperecedero; se siembra un ser despreciable, y lo que crece es vigoroso; se siembra un cuerpo humano, y lo que crece es un cuerpo espiritual".

         La comparación de la simiente prosigue, y lo que crece es diferente de lo sembrado, pues no crece otro grano de trigo sino un tallo verde, no una bellota sino un roble. Comparación muy simple, pero elocuente. De hecho, todas nuestras objeciones vienen, en el fondo, de aquí: imaginar lo que es un cuerpo resucitado. Pues bien, renunciemos a representaciones extravagantes, y contemplemos la naturaleza, contemplando en ella el poder maravilloso de Dios.

         Efectivamente, resucitados seremos otros (mejores que hoy, esperemos), y lo feo será hermoso, y lo débil fuerte. Pero ¿deseamos todo esto? ¿O preferimos la vida terrestre? ¿Somos hombres de deseo? ¿Cuál es nuestra ambición? ¿Vamos trabajando para esta resurrección que viene? ¿En nosotros y a nuestro alrededor?

         3º Un argumento de tipo filosófico, sobre el principio vital del hombre: "Adán fue hecho de barro, y el primer hombre que vino a la tierra tenía un cuerpo humano".

         Un argumento en el que Pablo sigue diciendo que el 2º hombre (Cristo) vendrá del cielo, y tendrá un cuerpo espiritual, psíquico (de psyje, lit. alma) y no pneumático (de pneuma, lit. espíritu). Resumiendo, decimos que Adán recibió un principio de animación (espíritu humano, en minúscula), mientras que Cristo posee en sí mismo el principio de animación (espíritu divino, en mayúscula). Y san Pablo, siguiendo a Jesús, dice que "este hombre viene del cielo" y no de la tierra.

         La resurrección, pues, no es producida por el propio hombre, no algo exigido por la naturaleza humana (como sí lo es en la naturaleza vegetal). Naturalmente, el hombre es mortal. Pero ha recibido el Espíritu, que lo hace participar de lo divino.

Noel Quesson

*  *  *

         Para responder a las objeciones de los corintios sobre la resurrección de los muertos, Pablo se ha basado hasta ahora en la íntima conexión entre la resurrección de Cristo y la nuestra. Es lo que escuchamos ayer y antesdeayer, mientras que lo que hace hoy es ayudar a entender el cómo de este hecho: "¿Y cómo resucitan los muertos?".

         Para Pablo es evidente que el modo de existir de nuestro cuerpo resucitado no será como el anterior. Y recurre para ello a una comparación muy gráfica: la semilla muere y con el tiempo revive, convirtiéndose en espiga y planta (seres vivos distintos a la semilla que se plantó). Es lo que ocurrirá con el cuerpo humano: "Se siembra corruptible (cuando muere y es enterrado), pero resucita incorruptible".

         Hay aquí, de por medio, una transformación: era miserable y ahora glorioso, era débil y ahora fuerte. Antes se podía llamar cuerpo animal, y ahora cuerpo espiritual. Es lo que ha pasado entre el 1º Adán y el 2º y definitivo Adán. El 1º era terreno y estaba hecho de tierra muerta. El 2º será celestial y estará hecho de espíritu vivificante. Y nosotros pasaremos de ser "imagen del hombre terreno" (del primer Adán) a ser "imagen del hombre celestial" (de Jesucristo).

         En definitiva, Dios nos tiene destinados a la vida, como repite el salmo responsorial de hoy: "Libraste mi alma de la muerte y mis pies de la caída, para que camine en presencia de Dios a la luz de la vida". No sabemos cómo sucederá, pues eso lo dejamos en sus manos. Pero nos ayuda a entender algo del misterio la comparación de la semilla y la planta, del 1º Adán y del 2º Adán. En nuestra resurrección seremos los mismos, pero transformados. Igual que Jesús, que en su Pascua no volvió a la existencia de antes, sino a una nueva y definitiva vida, en la que ahora está.

         Al igual que niño pasa del seno materno a la vida exterior, así nosotros al morir atravesaremos la puerta de la Pascua, hacia una existencia nueva. La semilla habrá muerto, pero para dar origen a la espiga y a la planta nueva, porque "si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no puede dar fruto por sí". El prefacio de la misa de difuntos expresa esta convicción con otras comparaciones: "La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma. Y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo".

José Aldazábal

*  *  *

         Los seres humanos somos hijos de Adán, inclinados al pecado a causa de nuestra concupiscencia. Y aquel que continúa pecando sigue sujeto a Adán, terreno y pecador.

         El bautismo borra este pecado original y nos hace hijos de Dios. De ahí que nuestra vida deba ser como un terreno fecundo, en el cual se siembre el evangelio viviente del Padre que es su hijo Jesucristo. Pero para que esto suceda, no sólo sus palabras han de resonar en nuestros oídos, sino él mismo habitar en nuestro corazón.

         Jesucristo es la buena semilla sembrada en nosotros, y gracias a su muerte y resurrección estamos nosotros sembrados de esa misma muerte y resurrección. Somos así vivificados por el Espíritu de Dios, para que seamos hombres celestiales. Y aunque nuestra frágil condición humana nos haga ser todavía barro tierno, no olvidemos que el Espíritu de Dios trabaja constantemente en nosotros, para conformarnos en la imagen del Hijo de Dios.

Dominicos de Madrid

 Act: 19/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A