18 de Septiembre

Viernes XXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 18 septiembre 2026

1 Cor 15, 12-20

         Una vez más, Pablo parte hoy de una pregunta, de una duda, sobre las cuestiones que se hacía la gente de su tiempo: "¿Cómo es posible que haya entre vosotros quienes dicen?". En concreto, se está dirigiendo Pablo a los griegos, que con sus mentes racionalistas tendían a pensar que la resurrección del cuerpo (enterrado y descompuesto) era imposible, filosóficamente hablando.

         Por otra parte, es verdad que la resurrección de la carne es un objeto de fe, y no hay que entretenerse en imaginar cómo sucederá, pues se trata de un misterio de fe. Pero el hombre moderno, que en esto ha heredado mucho del hombre griego, ansía resolver y facilitar sus dudas.

         La respuesta de Pablo está clara: "Nosotros proclamamos (lit. gritamos) que Cristo ha resucitado de entre los muertos". En efecto, en el texto auténtico está escrito el término grito (kerigma, en griego), y por eso Pablo dice que está "gritando al mundo que Jesús ha resucitado". Un grito es una palabra, pero una palabra vehemente, toda ella cargada de afectividad y de emoción, que activamente remueve al que la oye y lo hace sobresaltar. En fin, es una palabra urgente, pues se grita cuando hay peligro o para alertar rápidamente a todos los que están alrededor.

         Mi fe en Cristo resucitado ¿tiene estos caracteres? ¿O es una fe apagada, fría y formal? ¿O bien penetra hasta el hondón de mi alma? ¿Puedo decir que mi fe compromete todo mi ser: intelecto, corazón, acción? Porque "si Cristo no resucitó, vacío es nuestro mensaje, y vacía es nuestra fe".

         La resurrección es la piedra angular, y el punto esencial del cristianismo. Y si esto no fuera verdad, todo el mensaje estaría hueco, y la estructura del mensaje reducida a la nada. La alegría pascual es la señal del cristiano, y su característica principal. ¿Se nota en mí que yo creo en ella? ¿Se hace presente a través de mi conducta? ¿Y en todas las dificultades que pesan sobre mí?

         Porque "si Cristo no ha resucitado, somos falsos testigos de Dios". En efecto, es Dios quien se ha comprometido en la resurrección. Y su veracidad y verosimilitud quedaría como algo cuestionable en este punto tan esencial de "su plan sobre el mundo". Directamente Dios ha unido la resurrección a su propia persona, y ha comprometido su verdad en esta apuesta: o bien la resurrección existe (tal como Dios ha dicho), o bien no existe (y seríamos unos impostores hablando de Dios).

         ¿Es así como Dios está presente en mis convicciones esenciales? ¿O soy tan sólo un hombre que tiene algunas convicciones simplemente humanas? ¿Trato verdaderamente de ser testigo de Dios? ¿O lo soy de mí mismo, de mis ideas y de mis opciones?

         Para terminar, aporta Pablo un 3º argumento: "Si Cristo no resucitó, estáis todavía en vuestros pecados. Por tanto, los que durmieron en Cristo perecieron". Es decir, que la resurrección es una fuerza activa que destruye el pecado y la muerte, como misterio con 2 caras:

-un hecho histórico, que sucedió el año 33 en Jerusalén,
-una realidad permanente, que sigue operando en el corazón del mundo día a día.

         La vida divina, que hizo surgir a Jesucristo de la muerte, continúa en todas partes sacando al hombre del pecado y de la muerte. ¿Es ésta mi fe?

Noel Quesson

*  *  *

         Se propone hoy Pablo resolver una dificultad que no dejaba dormir a los corintios, y sobre la que repetidamente le habían pedido más explicaciones: la resurrección de los muertos. Y lo hace comenzando con una pregunta: "¿Cómo es que dicen algunos que los muertos no resucitan?". Para el pensamiento griego era impensable que el cuerpo, al que despreciaban y al que consideraban la cárcel del alma, pudiera ser transformado para una vida nueva. Ayer Pablo reafirmaba la verdad central de la fe (que Cristo ha resucitado), y hoy la explicita.

         Para empezar, introduce Pablo un razonamiento fácil de entender: nuestro destino es el mismo que tuvo Jesucristo. Es decir, que tan íntimamente unida nuestra suerte a la de Cristo, que si nosotros no vamos a resucitar, ¿para qué resucitó Cristo? O viceversa, "si los muertos no pueden resucitar, tampoco resucitó Cristo". Y eso si Cristo resucitó, porque si no resucitó, ¿para qué creer en él? Es decir, que todo se derrumba, pues "nuestra predicación carecería de sentido", y "vuestra fe no tendría sentido", y "podríais seguir con vuestros pecados".

         Para Pablo, pues, la resurrección de Jesús y la fe en Dios están inseparablemente unidas: "Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los más desgraciados". Esta es la convicción más profunda, y la parte central de todo nuestro credo y de la buena noticia de Dios para toda la humanidad. Así como lo que da sentido y llena de esperanza nuestra vida: que "Cristo resucitó, triunfando de la muerte", y "nosotros estamos destinados a la vida eterna, como él y con él".

         Si nosotros no vamos a resucitar, tampoco lo hizo él. Y si él no resucitó, tampoco lo haremos nosotros. ¡Pero no!, grita Pablo, "¡Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos!".

         La última palabra en esta vida, pues, no es la muerte, sino la vida, y la felicidad plena en la presencia de Dios. Si no fuera verdad esto, no valdría la pena seguir a Cristo, y nuestra fe "no tendría sentido" (lit. "sería estúpida"), y seríamos unos desgraciados (lit. "dignos de lástima"). Nosotros mismos hemos de vivir de esta fe, para cobrar ánimos y comunicarla a los demás. Es lo que más nos puede ayudar a vivir esta vida con un norte esperanzador. 

         El pensamiento de hoy de Pablo no ha de ser vivido tan sólo cuando celebramos las exequias de nuestros seres queridos, sino siempre. Porque da un tono pascual a toda nuestra vida, un tono serio y lleno de confianza. En la eucaristía que celebramos ya anticipamos de alguna manera esa vida definitiva que esperamos con Cristo: "El que me come tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día".

José Aldazábal

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         Nos invita hoy Pablo a reflexionar sobre el misterio del más allá, algo que la conciencia humana siempre ha añorado y por la que todo ser humano ha suspirado, anclado en su deseo de felicidad y fraternidad sin fin. Sobre todo porque el ser humano es incapaz de alcanzar, por sí mismo, el más allá. Y porque los planes del Creador (que sí que hablan del más allá) exceden nuestros límites de comprensión. En definitiva, porque tan sólo tenemos a nuestro alcance, junto a la honradez y dignidad de esta vida, la esperanza de seguir viviendo un día más allá, en las moradas de la casa del Padre.

         Entonces ¿cómo podemos dar un paso adelante, en esta seguridad en el más allá? Lo responde San Pablo: contemplando y sumándonos al acontecimiento pascual de Cristo. Porque "Cristo nos dijo que resucitaría, y cuando resucitó se apareció a los suyos para comunicárselo, y para decirles que confiaran en su verdad y su poder: que nosotros resucitaríamos en pos de él".

         Y esto porque al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, el Padre Dios aceptó la obra que su Hijo había hecho en favor nuestro. Porque lo que resucitó no fue su condición divina, sino lo que pertenecía a nuestro linaje, constituyéndose así en primicia de nuestro linaje y de los que (por ahora) duermen en el Señor. Algún día nosotros, junto con él, nos levantaremos de nuestros sepulcros (por el poder resucitador de Dios), y haremos realidad los planes que Dios había planificado sobre nosotros en su hijo Jesucristo.

         Si todo esto fuese mentira, y acabase con la muerte, seríamos los hombres más desgraciados del mundo. Pero si Cristo resucitó, y nuestra vida está escondida en él, tenemos la esperanza cierta de que también nosotros resucitaremos, y la muerte no tendrá la última palabra. Seamos ya desde ahora, pues, un signo de la vida. Esta es la tradición que recibió San Pablo, y que comunicó a sus fieles de Corinto. Los cristianos somos los grandes pregoneros del misterio de la resurrección y de la vida en el más allá.

Dominicos de Madrid

 Act: 18/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A