22 de Octubre
Jueves XXIX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 22 octubre 2026
Ef 3, 14-21
"Doblo mis rodillas ante el Padre, que es la fuente de toda paternidad". Arrodillarse no era algo normal en los judíos, que oraban de pie o sentados. Así, este gesto de postrarse (con todo el cuerpo inclinado hasta el suelo) ponía de relieve, en Pablo, un profundo sentimiento de adoración.
A los orientales les es grato hoy día este gesto profundo, para expresar con él una intensa adoración. Nos conviene hallar de nuevo unas expresiones corporales que expresen y faciliten la oración. Es verdad que en nuestra civilización occidental es difícil singularizarnos de esta manera, pero en casa esto es siempre posible.
Tras lo cual, da comienzo Pablo su oración por los efesios: "Dios, fuente de toda paternidad en el cielo y en la tierra". Gracias, oh Padre de habernos hecho partícipes de tu propia alegría de ser padre, y porque de esta manera tu vida divina está presente en todo hombre y en toda mujer que ama y da la vida.
Pero no sólo es esto una delegación de paternidad (de Dios a los humanos), sino que significa que Dios continúa siendo personalmente el Padre de todos nosotros. Él sigue siendo Padre, y nosotros somos padres con él, a la hora de tener otros seres a quienes amar. Esto es verdad para todos, casados o célibes.
Tras esta introducción invocatoria, Pablo pasa al contenido de su oración por los efesios, mostrando toda la potencia y fuerza de los dones divinos: "Que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu, en vuestro hombre interior".
El "hombre interior" es la parte de nosotros que está bajo la influencia del Espíritu, y que se renueva de día en día aun cuando el "hombre exterior" vaya decayendo (2Cor 4-16). Es lo que explica el propio apóstol en otra ocasión: "En mi interior, ciertamente me complazco en la ley de Dios, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado" (Rm 7-22).
Oh Señor, afianza en mí ese hombre interior, ese hombre que ama, que es generoso y acogedor, que es casto y está comprometido en el servicio de todos. En definitiva, ese hombre conducido por tu Espíritu Santo. Y eso a pesar del otro hombre que bulle también en el fondo de mí mismo, y que es el hombre egoísta, mezquino, cerrado, impuro, perezoso e indócil.
He ahí el verdadero hombre, que Pablo pide para los efesios: "Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones". En efecto, el "hombre interior" es, y debería ser, la propia reproducción de Jesucristo, que se desarrolla en el hondón de mi vida. Qué sea así verdaderamente, Señor.
Pero este hombre interior (el Cristo interior en mí) no debe ser producto de la fe, sino del amor. Lo dice Pablo: "Permaneced arraigados en el amor". Y esto porque Dios es amor, hemos sido amados por el Espíritu de Dios, y hemos sido creados y recreados para amar. De esta manera, recuerda Pablo, "seréis capaces de comprender cual es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad".
Es decir, que conocer el amor de Cristo es algo que excede a todo conocimiento, y lo que realmente colmará al ser humano, hasta la total plenitud de Dios. Se trata, para Pablo, de un amor infinito (que nunca se acaba), un amor inmenso (inconmensurable), un amor amplio (en extensión y profundidad) y un amor elevado (santificador, que impregna todo de amor). Dejémonos impresionar por esas imágenes, porque de esta manera "conoceréis lo que excede a todo conocimiento". Es decir, que nunca habremos terminado de conocer a Dios, ni las capacidades de Jesucristo.
Siempre descubrimos algo nuevo, y con el apóstol Pablo mucho más. Eso es conocer, pero no a la manera seca y fría de la ciencia, sino afectivamente y con el corazón. Conocer el amor de Cristo es saborear a Dios, es adivinar intuitivamente, es pasar largos momentos con Aquel a quien se quiere conocer.
Noel Quesson
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El texto de hoy nos lleva a considerar uno de los motivos profundos de la plegaria de Pablo por los fieles: que Dios obre en ellos lo que sólo él puede hacer. El apóstol es consciente, con toda lucidez, de la gratuidad total del don de Dios que pide para los efesios, y de la importancia radical que tiene para su vida cristiana el recibirlo.
Pero este don no está al alcance del esfuerzo humano (cualquiera que sea, propio o ajeno), ni se puede reducir a una simple conversión de conciencia (que trate de eliminar el mal, para obrar siempre el bien). Lo que hoy pide Pablo es algo más:
-que el Espíritu
Santo robustezca con su energía a los fieles, haciéndoles crecer en el hombre
interior (v.16),
-que Cristo se establezca de forma permanente en sus corazones (v.17a),
-que los fieles estén arraigados y cimentados en el amor (v.17b).
Sólo así, por la acción de Dios, regalo y misterio al mismo tiempo (que los transforma de manera insospechada y oculta), podrán los efesios gozar de esta especie de autonomía personal cristiana, que hace que el hombre creyente no viva de otra inteligencia y comprensión que la de Cristo y su amor, con un conocimiento que sobrepasa cualquier otro conocimiento humano posible sobre él (v.18).
Pablo ruega "de rodillas ante el Padre" (v.14) que esto sea concedido a los creyentes (vivir de Cristo), y que éstos sean conscientes de lo que esto significa. Eso los liberará de los vínculos humanos que condicionan y entorpecen su conducta, o de las dudas y tribulaciones de la fe.
Por tanto, propone aquí Pablo a los creyentes ser conscientes de su situación personal respecto a Dios, viviendo del don de Dios como un puro don, sin tratar de atraparlo ni manipularlo. Dios es el que ha desarrollado su potencia sobre ellos, e incluso puede hacer mucho más de lo que pidan y entiendan (v.20). De esta convicción ha de brotar su conciencia cristiana, en todas partes y siempre (v.21).
Miguel Gallart
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La oración de hoy Pablo por la comunidad de Efeso es estremecedora. Os invito a guardarla como oro en paño, porque para empezar dice el apóstol que "doblo las rodillas ante el Padre". Tras lo cual pide para los efesios "todos los tesoros de su gloria", e incluso "aquellos que no podemos ni imaginar ni abarcar". En concreto, pide también Pablo para los creyentes que el Padre, por medio de su Espíritu:
-"os robustezca en lo profundo de vuestro
ser",
-"os conceda la gracia de que Cristo habite por la fe en vuestros corazones",
-"os permita que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento".
Sólo así comprenderemos lo más esencial e importante, eso que da sentido y color a toda nuestra vida y a todos nuestros caminos: el amor, auténtica piedra angular del cristianismo. Así de sencillo y de claro, y así de inmenso e insondable. Ése es el único camino de plenitud humana, y de la plenitud total de Dios (que es la nuestra).
Una vez más acudimos a la eucaristía, escuela de amor activo al prójimo (Dominicae Cenae, 6). Elevemos el corazón uniéndonos a las palabras finales de Pablo: "Al que puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos, con ese poder que actúa entre nosotros, a él la gloria de la Iglesia y de Cristo Jesús por todas las generaciones".
Y apoyados en esta plegaria, asumamos generosamente nuestro compromiso de vida: dejar que Cristo habite dentro de nosotros, para que el amor nos prenda y podamos ser hombre y mujeres que abrasan por donde pasan.
Carolina Sánchez
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Que Dios nos conceda lo que hoy le pide San Pablo por nosotros: que "su Espíritu nos fortalezca interiormente", y que Cristo "habite por la fe en nuestros corazones". Entonces Cristo y su Iglesia serán una sola cosa, y conoceremos a Cristo no tanto mediante el conocimiento humano, sino mediante la experiencia que tengamos de su amor.
Entonces podremos hablar de Cristo, pero no de oídas sino conforme a lo que de él hemos conocido de un modo personal y experiencial. Que al Padre, "de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra", le sea dada la gloria en la Iglesia y en Jesucristo, pues él ama a su Iglesia con el mismo amor que le tiene a su Hijo amado (en quien él se complace).
Si en verdad queremos ser testigos de Dios (de su amor), para el mundo entero debemos ser los primeros en vivir nuestra cercanía a Dios, dejándonos no sólo amar por él, sino llenar de su Espíritu y permitirle a Jesucristo ser huésped de nuestra propia vida. Así quedaremos hechos "uno con él", y podremos dar un fiel testimonio de su amor en el mundo.
Javier Soteras
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En la magnífica carta 147 a Paulina sobre la visión de Dios, funde San Agustín el pensamiento paulino y joánico sobre un fondo de platonismo, y nos ofrece una perspectiva sobre la fórmula que determina su propia piedad. Uniendo un texto paulino y otro joánico (Ef 3,18; Jn 14,9), dice el santo padre:
"El que ha conocido cuál sea la altura y anchura, lo largo y profundo de la caridad de Cristo que sobrepuja todo conocimiento, ése ve a Cristo y ve también al Padre".
"Yo suelo entender así las palabras del apóstol Pablo: la anchura significa las buenas obras de amor al prójimo, la largura es la perseverancia hasta el fin, la altura la esperanza de la recompensa celeste, la profundidad el designio inescrutable de Dios por el que esta gracia llega a los hombres" (Cartas, CXLVII, 14.33).
La existencia cristiana abarca estas 4 dimensiones que San Agustín ve representadas simbólicamente en la cruz, como fórmula fundamental de la vida cristiana. La anchura es el palo transversal, en que están extendidas las manos del Señor en un gesto en que son una sola cosa inseparable la adoración y el amor a los hombres. La largura es la parte del palo vertical que corre hacia abajo desde el palo transversal, en que cuelga el cuerpo como símbolo de la perseverancia paciente y generosa.
La altura es la parte del palo vertical que lleva hacia arriba desde el palo transversal, en que se apoya la cabeza como signo de la esperanza que apunta hacia arriba. La profundidad, finalmente, significa la parte de la cruz hundida en la tierra, que lo sostiene todo y que indica el libre designio de Dios, único que funda en absoluto la posibilidad de que el hombre se salve.
La piedad cristiana es, según San Agustín, una piedad que arranca de la cruz, y como tal comprende el palo vertical y el transversal, la dimensión de la altura y la de la anchura. Pero sólo se va al Padre en unidad con la madre, que es la santa Iglesia de Jesucristo.
Joseph Ratzinger
* * *
Termina hoy Pablo la 1ª parte de su Carta a los Efesios (la más teológica), con una oración y una doxología final de alabanza al Dios trino, e intentando que la vida de los efesios se arraigue cada vez en la profundidad y la fuerza de Dios.
La oración es muy sentida, pues la hace "doblando las rodillas ante el Padre". Y pide para los efesios que se afiancen más en las actitudes de fe que ya tienen. En concreto, les pide:
-"robusteceros
en lo profundo de vuestro ser",
-"dejar que
Cristo habite por la fe en vuestros corazones",
-"que
el amor sea vuestra raíz y cimiento",
-"comprender lo que trasciende toda filosofía: el amor",
-"llegar a la plenitud, según la plenitud de Dios".
Necesitamos que Pablo rece también por nosotros, para que lleguemos a esa mayor profundidad y fuerza en nuestra vida cristiana. Él está tan convencido de la riqueza del plan de Dios, que quiere a toda costa que dicho plan se cumpla cuanto antes en nosotros.
La catequesis y la teología paulina se han convertido, así, en oración. ¿Rezamos así nosotros por la Iglesia, pidiendo a Dios los ánimos y alegría de la fe? ¿Tenemos confianza en el poder de la oración, y en ese Dios "que puede hacer mucho más de lo que pedimos, con ese poder que actúa entre nosotros"?
Otra lección, tanto para nuestra fe personal como para nuestra evangelización a los demás: el centro de todo, y la plenitud de todo, y la clave para entender la historia y las personas, es el amor. El amor "trasciende toda filosofía", y no hay fuerza más eficaz para transformarlo todo. De otras cosas podemos olvidarnos, pero del amor no. Si vamos creciendo en el amor, iremos madurando hacia la plenitud de la vida que Dios nos ha concedido.
José Aldazábal
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Pablo acentúa hoy en su Carta a los Efesios el anhelo de que todos los fieles poseamos el Espíritu Santo, pidiéndole que él esté con nosotros y nos posea. Eso es lo que el apóstol, "hincado de rodillas ante Dios", pide hoy: que seamos inhabitados por Cristo, y que aprendamos la sublime sabiduría del amor.
Se trata de una sabiduría, claro está, que ve más allá de los pensamientos del saber humano filosofal. Es decir, de una sabiduría que enseña a vivir como personas, y que lleva a conocer a Dios de tal forma que su sentir y pensar pueda estar dentro de nosotros. Magnifico deseo y proyecto. Ése es el proyecto de Dios.
Dominicos de Madrid
Act:
22/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
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R C A B A
M U R C I A
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