20 de Octubre
Martes XXIX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 20 octubre 2026
Ef 2, 12-22
Recuerda hoy Pablo a los efesios "cómo en otro tiempo estabais lejos del Mesías, excluidos de la comunidad de Israel y extraños a las alianzas, sin esperanza y sin Dios en el mundo". En efecto, en otro tiempo existían para la Escritura los privilegiados (judíos) y los no privilegiados (el resto), y esta separación radical era ferozmente mantenida, prohibiendo a los goyim (lit. naciones paganas) atravesar el recinto del Templo de Jerusalén bajo pena de muerte.
Este desprecio a los paganos había suscitado, a su vez, un anti-judaismo muy generalizado. Pero cuidado con juzgar a nadie, pues ¿puede decirse que esas actitudes orgullosas han desaparecido totalmente? ¿No hay todavía entre nosotros racismo y apartheid, con separaciones sociales y complejos de superioridad y de de casta? ¿No sucede también que el mismo término católico, desviado de su sentido propio, toma un aire despectivo? Perdón, Señor, por nuestras estrecheces y exclusiones.
Pues bien, Jesucristo derribó el muro que los separaba (el odio) con su carne resucitada, suprimiendo las prescripciones jurídicas de la ley. Y así "Cristo es nuestra paz, y de los dos (Israel y los gentiles) ha hecho un solo pueblo".
Uno de los frutos esenciales de la redención es la unidad, la paz y la destrucción de los "muros que separaban" a los hombres entre sí. Y esto es simbolizado por Pablo por la coexistencia, en el seno de la misma Iglesia, de cristianos procedentes tanto de Israel como del paganismo. ¿Cuáles son los riesgos y los puntos de ruptura de hoy día, y los puntos por los que el odio se infiltra? Porque "Cristo quiso reunir a unos y otros en la paz, y crear en él un solo hombre nuevo".
Esto es lo que Cristo quería, y lo que sigue queriendo todavía: "Reunidos en un solo cuerpo, reconciliándolos con Dios por la cruz". Notemos que Pablo, hasta ahora, hablaba de "lo que separaba a unos y a otros", y que a partir de ahora habla de "reconciliarse con Dios". Las 2 perspectivas están ligadas, pues tener un mismo Padre es fomentar la fraternidad.
Entrar en la aventura del amor que agrupa, que hace la paz, que reconcilia, que reúne... esto cuesta sangre, y a Jesucristo le costó sangre de cruz. No es, pues una empresa fácil, y por eso hemos de pedirle a Dios que nos enseñe a ser esos constructores de paz y de amor.
Estamos lejos de las exclusiones de antaño, y ya no hay metecos ni razas inferiores. Hoy día, todos los hombres se sienten iguales ante Dios, y saben que como hijos suyos forman una misma familia. El verdadero templo de Dios, por tanto, no está hecho de piedras sino de personas vivas. Dios habita en la humanidad, y esto confiere una preeminente dignidad a todo ser humano. Por lo cual ¿qué debería cambiar en mis relaciones con las personas? ¿Y en mi manera de pensar y de actuar?
Noel Quesson
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San Pablo hace hoy una exposición sobre uno de los frutos más importantes de la obra redentora de Cristo: la reunión de paganos y judíos en la única Iglesia de Dios (vv.11-18), con una conclusión (vv.19-22) que hace pensar en un antiguo himno bautismal.
Cristo es paz en un doble sentido, en cuanto que ha inaugurado un nuevo tipo de humanidad en el que desaparecen las diferencias entre judíos y paganos (vv.14-16) y en cuanto que ha hecho la paz entre Dios y la humanidad, que se ha constituido en Iglesia por su muerte de cruz (v.16) y por el don del Espíritu Santo (v.18).
Cristo ha realizado así la paz que anunciaron y predicaron los profetas (Is 57, 19), al restaurar unas relaciones normales entre los hombres y entre éstos y Dios, con tal eficacia que hasta los más alejados han escuchado y aceptado su mensaje, al igual que los más cercanos.
Refiriéndose especialmente a los paganos, Pablo enumera para ellos los frutos particulares de esta paz: ellos no son ya extranjeros, sino conciudadanos del nuevo pueblo y familiares de la casa de Dios (v.19).
Esta imagen de la casa de Dios ofrece la ocasión a Pablo para componer una especie de Himno a la Iglesia, templo (v.21) y nuevo habitáculo de Dios (v.22), cuya construcción empezó por la palabra de los apóstoles y de los profetas. Pablo da mucha importancia al papel de la palabra de éstos en la construcción de la Iglesia, así como en la organización de las asambleas litúrgicas (1Cor 12, 28), con prioridad sobre los demás fenómenos religiosos.
Pero si la palabra de los apóstoles y de los profetas convierte los corazones, y es el fundamento de la Iglesia, Cristo es la piedra angular de todo ese edificio. La expresión está tomada de Is 28, 16, y se trata de una imagen mesiánica (Rm 9, 33) que designa la piedra más importante, sobre la que reposa todo el edificio y se garantiza la solidez, cohesión y armonía.
Maertens-Frisque
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La imagen que ofrece hoy Pablo sobre la casa lleva consigo la imagen de la edificación. Israel fue la construcción por excelencia de Dios, que la edificó a lo largo de una obra secular, la preservó de sus enemigos, le aseguró su fidelidad y la santificó (Sal 88,3-5; Jr 31,4.28; 24,6; 18,7-10), por una especie de milagro continuo.
Para construir a su pueblo, Dios se sirvió de edificadores (Sal 117, 22), que eran los jefes del pueblo y la élite religiosa. Pero estos no observaron las consignas, sino que rechazaron la piedra angular (Cristo) que Dios había establecido (Hch 4, 11), y descartaron las piedras vivas (las naciones paganas) que Dios pretendía incorporar en la construcción (Jr 12, 16).
Cristo debía haber sido la piedra cumbre del edificio. Pero los judíos lo rechazaron y el edificio judío se derrumbó, y la destrucción del templo reveló la ruina del edificio-Israel (Mt 23,37-38; 24,2). Sin embargo, Dios continuó pensando en su pueblo, y reemplazó el equipo de edificadores con Cristo (Mc 14, 58; Jn 2, 19) y sus apóstoles (Mt 16, 17-19).
Hay que hacer notar el carácter personalista de esta construcción, pues se trata de una acción personal de Jesús ("en él"; vv.21-22) confiada a otras personas. Por una parte, a los apóstoles, y por otra a los cristianos venidos del paganismo ("vosotros también"; v.22).
Pablo habla por 1ª vez de la participación de todos los fieles en la obra de la edificación, y eso que hasta ahora había reservado este privilegio a los apóstoles (1Cor 3,5-17; 2Cor 10,8; 12,19; 13,10; Rm 15,20). Además, la edificación no termina nunca, debido a la diversidad y perennidad de los ministerios, y por eso siempre ha de ponerse bajo el único impulso de Cristo.
Al presentar a la Iglesia como una edificación en la que todos colaboramos, Pablo no piensa tanto en estructuras e instituciones, ya que esta construcción no es un fin en sí misma, sino un medio que prepara el habitáculo escatológico de Dios en la humanidad, y se deja apreciar por ella.
La Iglesia se define con expresiones complementarias. Ella es templo y habitáculo, pero todavía está todavía en periodo de construcción. Está sólidamente fundada y establecida, pero siempre está siempre por terminar. Es obra personal de Cristo y del Padre, pero no puede avanzar sin la colaboración de los fieles.
La estructura de la Iglesia no puede perjudicar su dinamismo, así como el cuidado puesto por Cristo al fundarla no bastó para que fuese ya plenamente la morada de Dios. Es la Iglesia, pues, algo demasiado débil e inacabado, que necesita dejarse edificar sin cesar por Cristo, sobre el fundamento de la Palabra.
Maertens-Frisque
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La Carta a los Efesios nos ofrece hoy una serie de claves para entender la unidad del género humano: "Los que estamos lejos podemos estar cerca", y "no por la fuerza de las armas, sino por la sangre de Cristo". Es decir, que el odio que alimenta la violencia no se supera con tratados internacionales, sino que sólo puede ser vencido por Cristo ("con su cuerpo"). Entregando su vida en la cruz, Cristo dio muerte al odio, y nos regaló el don de la verdadera paz. Él ha pronunciado con su muerte un shalom para el mundo entero.
Esto significa que la lucha por la paz (que es un anhelo universal) es sólo es eficaz si uno está dispuesto a morir a sí mismo, para que otros vivan. ¿O es que puede construir una paz fructífera quien piensa sólo en sus intereses? ¿Y qué paz cabe esperar de los políticos que extienden una mano para saludar, y con la otra roban lo que pueden? ¿Qué paz cabe esperar de los pacifistas que van con televisiones en mano, exhibiendo sus propias frustraciones?
¿Y qué paz cabe esperar de nosotros mismos, cuando no aceptamos pagar el precio para que otros vivan? Fórmulas para la paz sí que las hay, como demostró Jesucristo. Pero no se expiden en ninguna escuela diplomática. Puede ayudarnos la célebre oración: "Haz de mí, Señor, un instrumento de tu paz".
Javier Soteras
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Leyendo la lectura de hoy de Pablo a los hermanos de Efeso he terminado contemplando el don inefable de la eucaristía: "Ahora estáis en Cristo Jesús, y por la sangre de Cristo estáis cerca los que antes estabais lejos".
En efecto, en la eucaristía es donde podemos actualizar el misterio de la redención, por el que Cristo murió por todos (los de cerca y los de lejos) y se hizo presente sacramentalmente a lo largo de la historia: "Haced esto en memoria mía" (Lc 22, 19).
Alimentados en él, los creyentes comprenden que la tarea misionera consiste en el ser "una oblación agradable, santificada por el Espíritu Santo" (Rm 15, 16), para formar cada vez más "un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32), miembros activos de la única familia de Dios y testigos de su amor hasta los extremos confines de la tierra.
La eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la eucaristía (Ecclesia de Eucaristía, 26). Es decir, que la misión de la Iglesia se encuentra en continuidad con la misión de Cristo, y obtiene fuerza espiritual de la comunión con su cuerpo y su sangre.
Cuando se participa del sacrificio eucarístico se percibe más a fondo la universalidad de la redención y de la misión de la Iglesia, cuyo programa se centra en Cristo mismo. Un Cristo al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en la vida trinitaria y para transformar desde ella la historia, hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste.
Alrededor de Cristo eucarístico la Iglesia crece como pueblo, templo y familia de Dios, comprende mejor su carácter de sacramento universal de salvación y se convierte en una realidad visible y jerárquicamente estructurada.
Carolina Sánchez
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Hablando de los que provienen del paganismo, y de los que pertenecían al pueblo israelita, Pablo resalta hoy que todos estamos unidos por el mismo Jesús: "Ya no son dos pueblos, sino uno solo". No dos casas vecinas, porque se ha derribado el muro que las separaba. Él ha hecho las paces entre los judíos y los no judíos, "uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, y dando muerte en él al odio".
Los cristianos provenientes del paganismo no son extranjeros ni forasteros, sino "ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios". Todos formamos un solo edificio, que tiene a Cristo como piedra angular, a los apóstoles y profetas como cimientos, y todos juntos (judíos y paganos convertidos) como templo del Señor y morada de Dios.
El misterio de Cristo y de la Iglesia sobrepasa, por tanto, lo personal e individual. Y apunta a la comunión de todos los creyentes en un solo pueblo, en una sola familia y en un solo edificio. Esto nos interpela a intentar conseguir un espíritu más universal, en el que nadie pueda ser considerado extraño en esta familia. Por nuestra acogida fraterna, debemos hacer sentir a todos que son ciudadanos e hijos, y piedras vivas de este edificio que siempre está en construcción.
Ahora no será ya la distinción entre paganos y judíos lo que nos preocupa. Pero hay otras actitudes parecidas, porque ¿nos creemos superiores a otros? ¿Tenemos un corazón capaz de comprender y dialogar con los que piensan distinto de nosotros, seguramente con la misma voluntad que nosotros? ¿Practicamos el ecumenismo en nuestra propia casa, en las relaciones entre jóvenes y mayores, entre laicos y religiosos? ¿Acogemos a los emigrantes y a los turistas? ¿Les facilitamos que se sientan en su casa?
¡Qué hermosa la consigna y la promesa de Pablo: "Paz a vosotros, los de lejos, paz también a los de cerca: así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu".
Igual que Cristo hizo caer el muro divisorio entre Israel y el resto de la humanidad, o igual que en Berlín cayó felizmente el muro que separaba el Este del Oeste, tal vez tendrán que desaparecer más muros en nuestra vida personal o eclesial, para que puedan cumplirse estas perspectivas de Pablo y lo que ya el salmo responsorial cantaba: "Dios anuncia la paz a su pueblo".
José Aldazábal
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Las palabras y el razonamiento que hace hoy San Pablo a la Iglesia de Efeso no puede ser más iluminativo y consolador. Los efesios vivían sin Dios y sin esperanza, y una luz nueva se les encendió. Vivían lejos del horizonte mesiánico de Israel, y fueron invitados a ser partícipes del mismo.
Pero para eso fue necesario que "fuesen bañados en la sangre de Cristo", tras lo cual ya podrían formar parte del único pueblo de Dios, como hombres nuevos cuya ley era el amor, cuyo ambiente vivencial era la paz, y cuyo horizonte a largo plazo era la eternidad del Padre.
Los efesios y nosotros mismos, pues, "ya no somos extranjeros y forasteros, sino que somos ciudadanos del pueblo de Dios", así como "miembros de la familia de Dios". Y estamos "edificados sobre el cimiento de apóstoles y profetas", para ser "morada del Espíritu".
Después de leer esas vigorosas y confortantes palabras de Pablo, fuente de toda la teología eclesial, acomodémonos a una vida digna de hijos. Quien cada día vive como si fuera el último, dando lo mejor de sí mismo para gloria de Dios y de los hermanos, puede esperar que el Señor venga a visitarlo a la aurora, a mediodía o al atardecer.
Dominicos de Madrid
Act:
20/10/26
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M U R C I A
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