21 de Octubre

Miércoles XXIX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 21 octubre 2026

Ef 3, 2-12

         Dentro del misterio de Cristo, nos dice hoy Pablo que "los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa". Es decir, que en sus planes entra un proyecto de amor universal y sin fronteras, en una apertura infinita que ha de tender a la unidad total de todos los hombres.

         Realmente, Cristo es el momento decisivo de la historia toda de la humanidad, es "el proyecto eterno que Dios ha realizado en Cristo". ¿Soy de veras consciente de que esto es el proyecto de Dios? ¿Es mi corazón lo suficientemente grande? ¿Estoy debidamente abierto a estas perspectivas? ¿O bien me he acomodado a cierta religioncilla, buena para mí y para mi salvación individual?

         Por otra parte, ¿participo yo en la aventura misionera de la Iglesia, que quiere ser fiel a ese proyecto de Dios? ¿Asocio a de asociar a los paganos a la misma esperanza? ¿Estoy comprometido en la evangelización del mundo? ¿Suelo orar por los que no conocen a Dios? Porque dice Pablo que "gracias al anuncio del evangelio he venido yo a ser ministro".

         En efecto, a diferencia de los misterios paganos y sus ritos sagrados (reservados sólo a los iniciados), el misterio de Cristo está hecho para ser revelado y anunciado a todos, y su secreto está en que Dios quiere dar a conocer su secreto, y que en su proyecto participen cuantos más mejor.

         Hay que contemplar detenidamente este proyecto en el corazón de Dios, en el querer de Dios. Y luego hay que contemplar el mundo desde ese punto de vista, discerniendo sus deseos de unidad y solidaridad, de comunión y armonía, de paz y amor. Sobre todo en medio de un mundo tan plagado de roturas y soledades, de egoísmos y violencias.

         Desde la creación inicial y desde siempre, Dios ha tenido en mente este proyecto, el de una humanidad reunida por fin en el amor. Y hasta el último de los fieles ha de representar su papel en este vasto proyecto, como bien recuerda San Pablo:

"A mí, el último de todos los fieles, me fue concedida la gracia de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo, y esclarecer cómo se ha dispensado el misterio escondido desde siglos en Dios, creador de todas las cosas".

         Todo ello con humildad, y analizando dónde me encuentro y cómo puedo hacer avanzar algo ese plan. Así pues, ¿cuál es mi tarea en esta construcción de la humanidad futura? ¿Trabajo yo en este sentido, o en el sentido opuesto? ¿Excluyo algo? ¿Mantengo privilegios? ¿O bien procuro amar siempre como Dios ama? Porque Dios ama a los que yo no amo.

         No alcanzaremos nunca a darnos cuenta de la inverosímil revolución que todo esto representa en la historia de las relaciones entre Dios y la humanidad. Pero es así, y por eso lo recuerda Pablo una vez más: "Gracias a la Iglesia, las mismas fuerzas invisibles conocerán los múltiples aspectos de la sabiduría de Dios. Y Cristo, mediante la fe en él, nos dará valor para llegar confiadamente a Dios".

Noel Quesson

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         La 1ª lectura de hoy suscita en mí el interrogante de cómo comprendo yo el misterio de Cristo. Porque dar respuesta a esto es nuclear para nuestra vida de fe, y para la misión que a cada uno se le ha confiado. Pablo lo tenía clarísimo, sabía muy bien quién era y quiénes eran los destinatarios de su misión.

         ¿Y cómo adquirir nosotros esta formidable conciencia? Pablo mismo nos lo dice: por la experiencia transformante de la gracia de Dios, desde la experiencia de la propia pobreza ("el más insignificante de los santos") y desde la apertura a la fuerza de Dios (que "se manifiesta en la debilidad"). Y todo ello con un repetido estribillo: que "la gracia se le ha dado gratuitamente, para bien de los demás".

         Pero continuemos planteando más interrogantes a esta 1ª lectura de hoy, porque el propio Pablo las va a contestar. Por ejemplo:

-¿cómo comprende Pablo el misterio de Cristo? De forma experiencial, "por revelación del Espíritu Santo";
-¿quién es ya realmente Pablo, una vez cristificado? Ministro del evangelio, "por la gracia que Dios le dio con su fuerza y poder";
-¿quiénes son los destinatarios de su misión? Los gentiles, "coherederos y miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa de Jesucristo";
-¿cuál es su misión? Anunciar "la insondable riqueza, que es Cristo";
-¿cuál es el camino para conocer el designio eterno de Dios? La Iglesia con sus apóstoles y profetas, "a quienes el Espíritu Santo revela y manifiesta todos estos misterios, escondidos desde el principio";
-¿qué alcanzamos en la revelación del misterio de Jesucristo? El libre y confiado acceso a Dios, "por la fe en él".

         Creo que la palabra de Dios de hoy nos ofrece unas pistas demasiado importantes para pasar de largo. Os invito a que hagamos oración, dejando que el Espíritu Santo nos revele la veracidad de nuestra respuesta a la llamada que Dios nos ha hecho en Jesucristo. Porque en él Dios "nos ha bendecido verdaderamente, y ha hecho brillar su rostro sobre nosotros" (Sal 67).

         En la eucaristía, alimento que sostiene y transforma interiormente, somos (en palabras de San León Magno) "convertidos en aquello que comemos", somos asimilados por Cristo, somos transformados en hombres nuevos y somos unidos íntimamente a él, que es la cabeza del cuerpo místico. En estos momentos, me viene a la mente la invitación que Juan Pablo II nos hacía a "dejar abierta más que nunca la puerta viva, que es Cristo" (NMI, 59)

Carolina Sánchez

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         Jesucristo es el evangelio viviente del Padre, y por la fe y unión a él la humanidad entera puede convertirse en coheredera de la misma promesa de Dios. La Iglesia no sólo es la portadora de este mensaje de salvación, sino que, por voluntad del Señor, es la que "distribuye la gracia de Dios en favor de todas las gentes".

         Sin embargo, no podemos proclamar esta buena noticia sólo desde nuestras imaginaciones, o desde nuestros estudios (por muy eruditos que sean), pues la salvación sólo puede venir como fruto del Espíritu Santo, que habita en nuestros corazones. Él es el único que puede hacer que la palabra de Dios se encarne en nosotros, y que su salvación no sea estéril en nuestra vida.

         El Señor no quiere, pues, simples predicadores, sino testigos de su Reino en el mundo. Y que desde ahí (su fortaleza, su paz, su amor...) vayamos y demos testimonio de lo que hemos experimentado. Y eso aunque seamos "los más insignificantes de todos los fieles", porque para lo que Dios nos ha elegido es para dar testimonio de la verdad, cumpliendo amorosa y fielmente este designio de salvación de Dios sobre los hombres.

Javier Soteras

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         Pablo no puede ocultar hoy el orgullo que siente por haber recibido la misión de anunciar el misterio de Cristo a los paganos. Y por eso dice orgulloso que "la gracia de Dios se le ha dado" para anunciar "que también los paganos son coherederos, miembros del mismo cuerpo y participes de la promesa en Jesucristo".

         Hasta entonces tan sólo los judíos eran los herederos de la promesa de Dios, según la Escritura. Pero ahora Pablo tiene la alegría de "anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo", y proclamar que todos los que creen en Jesús, vengan del judaísmo o del paganismo, "tenemos libre y confiado acceso a Dios por la fe en Cristo".

         Al igual que Pablo, todos nosotros deberíamos sentirnos satisfechos. Y no sólo por la suerte de creer, sino por la gracia de poder comunicar, a todos los que nos quieran oír, esta buena noticia: que todos somos coherederos, sea uno de la raza que sea, tenga la edad que tenga y provenga de la cultura que provenga. Si cree en Jesús, ya es coheredero, y está llamado a compartir con los creyentes y los santos de todos los tiempos la vida que Dios nos tiene preparada.

         El salmo responsorial de hoy se hace eco de esta 1ª lectura, en tono que suena a eufórico: "Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas, gritad jubilosos". Lo podemos decir cantando, pero también con nuestra vida y con una cara de convicción y alegría.

José Aldazábal

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         San Pablo nos quiere contagiar hoy su celo misionero, y para eso nos hace saborear la dulzura del Espíritu Santo que ha llenado su corazón y su mente, y nos conforta con el gozo de saberse elegido y enviado a la gentilidad.

         El fragmento que recoge la liturgia de hoy tiende que movernos a la misión. Pero en el texto ampliado de Pablo se nos invita también a saber leer y releer su teología cristológica, que nos puntualiza "cómo es el misterio de Cristo". Cristo es todo para San Pablo, y éste está totalmente ganado para el Señor, pensando y viviendo en Cristo.

         Pero no sólo Pablo era un miembro ya de Cristo, sino que todos nosotros también somos miembros de Cristo: "Judíos y gentiles, todos estamos llamados a la salvación por la fe". Es decir, que "los gentiles están llamados a Cristo", y también a los gentiles les ofrece el Espíritu Santo la luz de la salvación de Jesucristo. Todos los creyentes estamos llamados a ser, pues, misioneros de Cristo. Seámoslo de verdad, transmitiendo a todos la gracia, la fe y el amor que vienen de Jesucristo.

Dominicos de Madrid

 Act: 21/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A