24 de Octubre
Sábado XXIX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 24 octubre 2026
Ef 4, 7-16
Prosiguiendo la meditación de ayer, Pablo nos propone contemplar a la Iglesia como signo e instrumento de esta ascensión de la humanidad hacia la unidad de Dios: "Descendió, y luego subió a lo más alto de los cielos para llenarlo todo, para dar al universo su plenitud". Es decir, que todo el itinerario de Cristo (su descenso a lo más hondo de la condición humana, y su ascensión a lo más alto de la señoría divina) tiene por finalidad, dice San Pablo, "dar al universo su plenitud".
No se repetirá nunca bastante que: los cristianos, la Iglesia, tienen en sus manos el proyecto de Dios. ¿Cómo explicar que, con tanta frecuencia estrechemos, achiquemos, recortemos, reduzcamos a polvo nuestra vida? Porque el futuro de la humanidad, y la plenitud del universo, están en Cristo. O bien la humanidad se dislocará en una especie de autodestrucción, o bien se construirá en la armonía de un solo cuerpo. Esta es su oportunidad.
Pero cada uno tiene un papel en esa construcción del porvenir del universo, viene a continuar diciendo Pablo, pues "él mismo dio a unos el ser apóstoles, a otros, profetas; a otros evangelizadores; a otros pastores y maestros. Así cada fiel ocupará su lugar en orden a las funciones de su ministerio y para edificación del cuerpo de Cristo". ¿Cuál es mi papel?
La Iglesia es un organismo jerarquizado, y no tienen todos el mismo papel. Pero en lugar de considerar a la jerarquía de la Iglesia como una institución molesta ajena a nosotros (interpretándola en términos de poderes y de sumisión, según las normas civiles) convendría interpretarla como Pablo, en su papel indispensable de compaginación de tareas, pues "en la armonía y la cohesión todo el cuerpo prosigue su crecimiento, gracias a las conexiones internas que lo mantienen según la actividad propia de cada miembro. Así el cuerpo se edifica en el amor".
La jerarquía eclesial, por las conexiones que establece, crea la unidad, trabaja al porvenir de la humanidad, promueve el crecimiento del universo hacia su plenitud. En efecto, "al final llegaremos todos a la unidad de la fe y al conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombres adultos, a la madurez de la plenitud de Cristo".
La Iglesia conduce poco a poco a la humanidad hacia su madurez, en la medida en que construye la cohesión y comunión. Por el contrario, todos los que dividen, todos los falsos doctores que se dejan llevar a la deriva por todas las corrientes ideológicas (a gusto de las gentes que se burlan de los demás), y que emplean la astucia para llevarlos al error, mantienen a la humanidad en un estado de infantilismo.
Termina diciendo Pablo que "viviendo en el amor creceremos en todo, hasta Aquel que es la cabeza (Cristo), de quien todo el cuerpo recibe trabazón y coherencia". Y nada lo detendrá. Pero ¿participo yo en ello?
Noel Quesson
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Hoy encontramos en la Carta a los Efesios una de las varias listas de ministerios eclesiales que nos ofrece el NT. Caigamos en la cuenta del orden: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y doctores. El primado lo ostentan los ministerios que tienen que ver con el anuncio de la Palabra.
Pero caigamos en la cuenta, sobre todo, de la finalidad. ¿Para qué existen los diversos ministerios en la Iglesia? Para la edificación de la comunidad. ¿Y cómo se edifica la comunidad? Realizando la verdad en el amor. Esta expresión ("la verdad en el amor") nos desborda por todas partes, y nos sitúa en la perspectiva correcta.
Hoy hemos flojeado un poco en la pasión por la verdad. Se dice que la mentalidad postmoderna no cree en la verdad sino en las aproximaciones que vamos haciendo a tientas, todas parciales y provisionales. Esto se puede afirmar sin problemas respecto de la verdad científica. Pero la verdad de la que habla la Carta a los Efesios no consiste en nuestra capacidad para captar la objetividad de las cosas, sino en nuestra capacidad de amar. Quien ama vive en la verdad que no pasa nunca, porque el amor no se devalúa.
Gonzalo Fernández
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Nos dice hoy Pablo que "a cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo". Es decir, una medida "colmada, remecida, rebosante". Aquí podríamos detenernos y tener más que suficiente para dejarnos interpelar por la palabra de Dios de hoy, aunque no sé si para morirnos de alegría o de pena. Porque si la gracia concedida es tan inmensa, ¿dónde están sus frutos? Os invito a que cada uno mire sencillamente su vida.
Creo que por hoy lo más conveniente es quedarnos extasiados, contemplando estas palabras de vida que nos dicen que Cristo la plenitud de todo, en quien se realiza la verdad (tan ansiada) por el amor.
En él Dios nos ha bendecido verdaderamente, y ha hecho "brillar su rostro sobre nosotros" (Sal 67). Cristo nos revela también el rostro del hombre, manifiesta el hombre al propio hombre (NMI, 23). En Cristo el Padre ha pronunciado la palabra definitiva sobre el hombre y su historia.
Pablo fue el gran enamorado de Cristo, y en el camino de Damasco no se limitó a conocerle, sino que entró a ser parte de él, a ser todo él. La presencia viva de Cristo chorrea por todas sus cartas, y nos presenta el modelo del conocedor de Cristo: alguien para quien el conocimiento se convierte en amor, el amor en seguimiento y el seguimiento en lucha apasionada por el Reino.
¿Qué es la historia de los creyentes de todos los tiempos sino el asombro permanente ante los sucesivos descubrimientos de esta profundidad y hondura de Cristo? Jesús es un abismo cuya profundidad no se puede sondear, decía Teresa de Lisieux. O el mismo card. Newman, para quien un auténtico cristiano no puede oír el nombre de Cristo sin emoción.
Carolina Sánchez
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Ayer pedía Pablo para la Iglesia la unidad, basada en que uno solo es el Señor, la fe y el bautismo. Y hoy viene a decir que esta unidad no significa uniformidad, ni va reñida con la diversidad.
En la Iglesia el mismo Cristo (que es su cabeza) ha querido la riqueza de los ministerios y carismas: unos son apóstoles (obispos), otros profetas (contemplativos) y otros pastores y doctores (sacerdotes y sus equipos de enseñanza). Todo eso está pensado por Dios "para el perfeccionamiento de los fieles, y para la edificación del cuerpo de Cristo".
La Iglesia es un cuerpo u organismo viviente, que debe ir creciendo y madurando hasta que todos lleguemos a la estatura de Cristo, "el hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud". A eso va encaminada la existencia de los diversos ministerios.
Se trata, pues, de una unidad en la diversidad, aspecto que siempre crea tensiones y que nunca acabamos de conjugar constructivamente. Por un lado, porque unos subrayan la unidad, y la entienden casi como uniformidad (sin respetar la riqueza de carismas que el Espíritu suscita en su Iglesia). Y por otro lado porque otros valoran la diversidad, y tal vez no la armonizan suficientemente con la unidad eclesial (y pueden ser ocasión de que los carismas no construyan, sino que dividan).
Deberíamos alegrarnos de la riqueza de dones que hay en la Iglesia, y valorar su unidad dinámica aportando cada uno su contribución, sin pretender monopolios ni invadir el terreno de los demás. Es la comparación que a Pablo le gusta tanto: en el cuerpo humano cada miembro tiene su función, y todos contribuyen al bien del único cuerpo "actuando a la medida de cada parte". Es lo que pasa en una empresa, o en equipo deportivo, o en una coral de música.
La meta que Pablo pone a la Iglesia es su maduración progresiva:
-que
"ya
no seamos niños sacudidos por las olas, ni llevados al retortero por todo viento
de doctrina, en la trampa de los hombres",
-que "lleguemos a la altura
de Cristo, el hombre perfecto, a la medida de su plenitud".
Esta es la maduración orgánica: que Cristo es la cabeza, y de él todo el cuerpo recibe su crecimiento "a través de todo el complejo de coyunturas que lo nutren". Más aún, este crecimiento tiene una consigna clara: el amor, "realizando la verdad en el amor" para "construcción de sí mismo en el amor".
La idea de crecimiento indica que la Iglesia no es estática. Y de la crecimiento orgánico que su dinamismo ha de hacerse a partir de Cristo y las estructuras que él ha pensado ("todo el complejo de junturas que lo nutren"). Y todo esto basado en el amor. Entonces sí que la Iglesia sería un ambiente enriquecedor (para los de dentro) y un motivo de atracción (para los de fuera). Y podríamos cantar lo que los judíos decían sobre Jerusalén: "Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor. Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta".
José Aldazábal
* * *
Nos dice hoy Pablo que recibimos los dones de Dios para administrarlos de forma servicial. Todos los hombres son hijos del mundo, queramos o no. Pero los que somos creyentes también somos hijos de la Iglesia o reino de Dios. Nuestra conciencia, pues, ha de ser la de hijos de Dios, la de miembros de una Iglesia, la de integrantes de una sociedad humana redimida. ¿Y qué nos exige eso? Por lo menos la rectitud mental y la sencillez de corazón.
En cuanto a la rectitud mental, la rectitud de conciencia debe decirnos sin cesar que los dones recibidos en nuestras personas (por generosidad de Dios) no son exclusivamente para nuestro bienestar, sino para contribuir al bienestar y felicidad de los demás. Sin esta filosofía, no hay pensamiento cristiano auténtico.
En cuanto a la rectitud cordial, la rectitud nos debe conducir a ser personas que se gozan en el bien de los demás, al modo como Dios se goza de nuestra felicidad, y al modo como lo es Jesús de nuestra salvación. Trabajemos en esa línea de formación y concienciación, y contribuiremos a la felicidad de los hombres.
Dominicos de Madrid
Act:
24/10/26
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ordinario
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A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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