23 de Octubre
Viernes XXIX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 23 octubre 2026
Ef 4, 1-6
Cuando Pablo escribe a los efesios, está recluido en un piso de Roma a causa de los judaizantes, que en Jerusalén habían logrado atraparle y le habían hecho prender por la policía del Imperio Romano, acusándole de perturbar el orden establecido y ser el causante de los motines y tumultos (Hch 22, 22-29). Pero no está abatido, sino orgulloso de ser cautivo de una causa divina, y por eso anima a sus fieles a mantenerse firmes: "Yo Pablo, preso por Cristo, os exhorto a que viváis de una manera digna de la vocación a la que habéis sido llamados".
Tras lo cual, explica en qué consiste vivir dignamente el cristianismo: "Con mucha humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros por amor, reunidos en la paz, poniendo empeño en conservar la unidad en un mismo espíritu".
Pablo no tardará en elevarse a las altas esferas teologales (lo que para él no es quedarse en abstracciones), pero hoy nos da un respiro, con ideas hermosas y una convicción que compromete todo su ser para la vida corriente: humildad, dulzura, paciencia y ayuda mutua, con especial insistencia en conservar la unidad. Señor, ayúdame a mirar mi vida cotidiana desde este ángulo.
Tras lo cual, vuelve el apóstol a la carga, con una fórmula trinitaria que exige de todos los hombres (y mucho más de los cristianos) una unidad esencial: "Un solo Cuerpo, un solo Espíritu, un solo Dios y Padre". Es decir, que el secreto de la unidad del género humano procede de la vida común de las 3 divinas personas. Como dijo el Concilio Vaticano II, en su esquema sobre la Iglesia:
"La Iglesia es el sacramento, el signo e instrumento, de la intima unión con Dios, y de la unidad de todo el género humano. Las condiciones de estos tiempos añaden a este deber de la Iglesia una nueva urgencia. Es preciso que todos los hombres, unidos hoy más íntimamente entre ellos por toda clase de relaciones sociales, técnicas y culturales, consigan también la plena unidad en Cristo" (LG, 1).
"La Iglesia se manifiesta como una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (LG, 4).
Reflexionemos un instante, pues, en este dinamismo trinitario obrando en el mundo: el progreso de toda solidaridad, todos los trabajos en equipo, el acuerdo entre gentes que no se entendían, todo compromiso al servicio de los demás... Efectivamente, Dios está allí donde varios forman uno solo. Que esta sea la vida concreta, humilde, modesta, pequeña y cotidiana de todos nosotros, siguiendo la estela del dinamismo trinitario de Dios.
Pero volvamos a la fórmula trinitaria, porque habla Pablo de Cristo, el Espíritu Santo y el Padre. Tal es el orden (no habitual) en el que les coloca Pablo, y como se ve el Padre ocupa el 3º lugar (en lugar del 1º) para indicar la unidad dinámica que se está construyendo (que está llegando a ser), y que no es estática ni está terminada.
Se trata de una unidad que se va haciendo progresivamente por la labor de Cristo, en el Espíritu Santo y hacia el Padre. La humanidad parte de la división, pero Cristo es capaz de remontarla hacia la unidad. "Una sola esperanza, una sola fe, un solo bautismo", concluye Pablo. Dios es la oportunidad de la humanidad, es el único porvenir del hombre.
Noel Quesson
* * *
Hace años no me gustaba mucho la Carta a los Efesios, pues me parecía muy especulativa. Pero hoy encuentro en ella mucha luz para iluminar nuestro camino de fe en el mundo actual, que por lo que se ve es bastante parecido al que se vivía en las regiones de Asia Menor de mediados del s. I.
El fragmento de hoy podría titularse Llamados a la Unidad, pues ¿por qué tenemos que vivir unidos? Porque compartimos la fe en un solo Dios (Padre de todo) y en un solo Señor (Jesucristo), y porque tenemos "una sola fe, un solo bautismo", y eso nos hace tener una misma vocación, formar un solo cuerpo y aspirar a una misma meta. ¿A alguien se le ocurre algún otro motivo de más envergadura?
Ahora bien, ¿cómo se pone en marcha la unidad? San Pablo nos recuerda que se trata de la "unidad del Espíritu", que es como decir que la verdadera unidad sólo la puede crear un experto en unidad (el Espíritu Santo), y que todo empeño obsesivo por superar las diferencias acaba consiguiendo el resultado contrario, pues refuerza nuestra autoafirmación, agota nuestro sistema nervioso y nos hace sentir más responsables de la cuenta. Es más fácil unirse con gente humilde y normal que con gente super preocupada por la unidad, pues la preocupación cierra la apertura al don del Espíritu Santo, y la humildad la dilata.
En la carta se nos recuerdan las recetas que favorecen la auténtica unidad, que para Pablo han de ser las de andar por casa: la humildad, la amabilidad, la comprensión. ¿Tienen algo que ver eso con mi experiencia? ¿Son aplicables dichas recetas a mis problemas de desunión familiar? ¿Podrían indicarme en qué dirección debo dialogar yo ecuménicamente?
Gonzalo Fernández
* * *
El Señor nos ha llamado a vivir unidos a Cristo, pues "hechos uno con él y en él" no podemos generar divisiones entre nosotros mismos. Pero esa unidad es fruto de la presencia del Espíritu Santo en nosotros, y por eso hemos de ser dóciles y estar dispuestos al servicio de los demás, así como amables y comprensivos unos con otros.
San Pablo nos invita a vivir como hermanos en torno a Dios Padre (que reina sobre todos), de tal forma que nadie sea más importante para los demás, ni nadie se sienta inferior a los demás.
Dios actúa a través de la unidad ("el Padre de todos"), y nadie puede apropiarse de modo exclusivo de la obra de salvación, pues cada uno colabora en y desde la Iglesia, "conforme a la gracia que a cada uno se le ha concedido para el bien de todos".
Dios Padre vive en todos, él ha hecho su morada en nosotros y, a pesar de nuestras fragilidades y miserias, él permanece fiel y no retira su gracia de nosotros. Una gracia que, por lo demás, no es tan sólo su ayuda, sino su presencia en nosotros.
Por eso hemos de vivir en oración y vigilantes, de tal forma que no perdamos ese don de Dios (la unidad). Y para que, reconociéndonos pecadores, vivamos en una continua conversión, que nos haga cada vez más dignos hijos de Dios y mejores hermanos entre nosotros.
Javier Soteras
* * *
Los primeros capítulos de la Carta a los Efesios habían sido más teológicos, y hoy Pablo, "prisionero por Cristo" (pues está retenido en Roma) nos presenta con entusiasmo el misterio de Cristo y de su Iglesia. A partir de este cap. 4, la carta entrará en una sección más exhortativa y práctica.
En 1º lugar, aplica Pablo el misterio que ha ido describiendo hasta aquí a la vida cotidiana, pidiendo que "andemos como pide la vocación a la que hemos sido convocados", empezando por la unidad eclesial.
La raíz última de esta unidad está en que todos tenemos "un solo Espíritu, un solo Señor, un solo Padre". También todos tenemos "una misma fe" y "una única esperanza", e incluso "un solo bautismo". Pero todo esto no dará nunca fruto si no se cumplen las otras recomendaciones: "Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos y sobrellevaos mutuamente con amor".
Como se ve, todos los argumentos en favor de la unidad, por profundos y teológicos que sean (la fe y la esperanza, la vocación e incluso la alegría trinitaria) nunca podrán ser llevados a efecto, si antes no existe la caridad y el amor entre los que han de unirse.
Ahí tenemos el retrato ideal de una comunidad cristiana, según la intuición y la experiencia de Pablo. La situación de hoy día sigue siendo muy parecida, porque nuestras debilidades hacen que la Iglesia no esté tan radiante como debería, y que no ofrezca la imagen unitaria que Pablo quisiera que ofreciera.
Tenemos una lista estupenda de motivos por los que deberíamos estar unidos, pero no lo estamos del todo, ni con los demás ni entre nosotros mismos. La unidad eclesial no es una mera coexistencia pacífica y civilizada, sino que debe basarse en estas raíces de fe, y concretarse en una mutua tolerancia y amor (que es lo que crea un ambiente de fraternidad y credibilidad apostólica).
Las últimas líneas de la lectura de hoy se han convertido en un himno que cantamos con gusto, sobre todo con el músico Deiss: "Un solo Señor, una sola fe". El texto de nuestros cantos tiene particular eficacia cuando se inspira en la Palabra revelada.
En uno de los prefacios dominicales le damos gracias a Dios porque ha querido que su Iglesia esté "unificada a imagen de la Trinidad", y que aparezca ante el mundo "como cuerpo de Cristo y templo del Espíritu". Y como en la práctica esto no es siempre así, sigamos pidiendo a Dios:
"Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado" (Plegaria Vb). "Que crezcamos en la fidelidad al evangelio, que nos preocupemos de compartir en la caridad las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas de los hombres" (Plegaria Vc).
José Aldazábal
* * *
Hoy Pablo encarece a los fieles de Efeso a que "guarden la fidelidad a la vocación de hijos a que han sido llamados", y que lo hagan en unidad de espíritu, de amor, de fe y de compromiso fiel. Es secundario describir en qué ámbito haya de desarrollarse esa vocación, y por eso Pablo no lo dice, aunque se supone que en el mundo de los padres y madres, de los hermanos, de los obreros y profesores, de los informáticos y agricultores.
Entre el plan amoroso de Dios (con su invitación a vivir la vocación en el amor) y nuestra respuesta fiel, debe haber sintonía perfecta. Pero eso no se da, ni se logra fácilmente. Para sintonizar con lo divino en la vida humana hace falta apertura de espíritu y ejercicio de virtudes, así como percibir lo que Dios me pide (en comunicación alegre y generosa con él) y lo me piden los demás (en trato humilde y amable, paciente y abnegado).
Pidamos al Señor un alma grande, y tratemos de alcanzarla con el noble cumplimiento de nuestro deber, día a día y sintiéndonos hijos y hermanos.
Dominicos de Madrid
Act:
23/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()