27 de Agosto
Jueves XXI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 27 agosto 2026
1 Cor 1, 1-9
Comenzamos hoy una epístola paulina que trató de dar respuesta a las preguntas formuladas por los fieles de Corinto, una ciudad totalmente inmersa en el mundo pagano, de costumbres corrompidas y de las más variadas corrientes ideológicas. Se supone que si Corinto había aproximadamente 500.000 habitantes, de ellos más de 300.000 eran esclavos.
Pues bien, a esos fieles de Corinto se dirige Pablo: "Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, con Sóstenes, nuestro hermano, me dirijo a vosotros que sois en Corinto la Iglesia de Dios". Pablo indica, de entrada, con qué título se dirige a sus interlocutores. No es a nombre suyo personal, ni tampoco como simple delegado (a quien el grupo habría dado el papel de jefe de la comunidad), sino como apostolos (lit. enviado) de Jesucristo y kletos (lit. llamado) por voluntad de Dios.
Pablo, pues, se compromete a llevar todo el peso de una autoridad que no le viene de la elección de los hombres, sino de la libre voluntad de Dios. ¿Contemplo sólo a los ministros de la Iglesia con una mirada humana? ¿O más allá de sus cualidades y defectos descubro en ellos un misterio divino?
Tras lo cual, sigue diciendo el apóstol: "Vosotros, los santificados en Cristo Jesús, y los llamados por Dios a ser el pueblo santo, y cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo". Estamos siempre en pleno misterio, ya se trate de fieles o de ministros. En todo caso, estos pobres cristianos, que se reúnen cada domingo, han ido a su eklesia (lit. asamblea), y han sido de veras convocados por Dios (por la llamada de Dios), y por ello son santos. En mi oración trato de ser consciente de mi dignidad.
Prosiguiendo la lectura de la carta, veremos que esas gentes no eran santos, o personas perfectas en el sentido limitado que tiene hoy este término. Sino que entre ellos tenía que ser rectificado más de un abuso sonrojante. Entonces, ¿por qué los llama santos Pablo?
Nuestra santidad es la santidad de Dios en nosotros. Gracias, Señor. Pablo recuerda a los Corintios que no son una comunidad aislada. Ningún grupo de cristianos puede pretender vivir autónomamente, en circuito cerrado. Por pequeño que sea el grupo de fieles está unido a "todos aquellos que en cualquier lugar están en oración con el Señor Jesús". Te ruego, Señor, por todos aquellos que, renunciando a la gran universalidad de la Iglesia, se sienten tentados de encerrarse en las sectas.
Pues bien, a esos santos de Corinto les sigue diciendo el apóstol: "Vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Jesucristo, habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento de Dios". Demos gracias a Dios sin cesar. ¿Sé dar, a menudo, gracias? Gracias por, gracias por... y porque Cristo nos ha hecho conocer a Dios.
Tras lo cual, se despide de los corintios, y de momento, el apóstol: "Esperáis a ver la revelación de nuestro Señor Jesucristo. El os fortalecerá hasta el fin". Encontramos de nuevo la espera escatológica, el día en que Jesús se revelará perfectamente a nosotros. ¡De aquí allá tenemos que mantener nuestra firmeza! Esto parece ser bastante duro para los oyentes de Pablo, puesto que tan a menudo vuelve a hablarles de estas virtudes de la valentía y de la firmeza.
Pues "fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a vivir en comunión con Dios y con su Hijo Jesucristo". Vivir en comunión con Jesús. Vivir una misma vida con Cristo. La vida de Jesús circula en mí. Que sea yo fiel a esta vida, Señor.
Noel Quesson
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Durante 3 semanas y media vamos a leer la Carta I a los Corintios del apóstol Pablo. Corinto era y es una gran ciudad, puerto de mar, situada también en Grecia, como la de Tesalónica, pagana, con mala fama en cuanto a sus costumbres.
La comunidad cristiana de Corinto había sido fundada por Pablo durante su estancia de los años 51-52. Y por lo que se ve, era una comunidad muy viva, con cualidades y con problemas. Virtudes y defectos de unos cristianos de hace 2.000 años, que nos iluminan en nuestra vida comunitaria de ahora. Parece que Pablo les escribió 4 cartas, de las que se han conservado la 2ª y la 4ª (las que llamamos 1ª y 2ª a los Corintios).
La 1ª carta a los corintios, que es la que empezamos a leer hoy, y Pablo escribió hacia el 56-57, desde Éfeso y en su 3º viaje apostólico. Su temática no es la que podríamos llamar judía (la relación entre la fe y la ley), ni tampoco la típicamente cristiana (el seguimiento de Cristo), sino una más helénica (la relación entre el conocimiento y el amor, entre la gnosis y el ágape). La finalidad de las recomendaciones de Pablo será la edificación de la comunidad, por encima de los entusiasmos filosóficos y carismáticos que puedan tener los corintios.
El comienzo no puede ser más positivo y esperanzador. Pablo describe a los cristianos como "el pueblo santo que Jesucristo llamó" y "la Iglesia de Dios que está en Corinto", que han recibido "la gracia de Dios en Cristo Jesús" y han sido "enriquecidos en todo", pues "no carecen de ningún don".
Destaca, sobre todo, el don de la sabiduría, "en el hablar y en el saber". Los griegos se distinguían por su sabiduría, y eran maestros en filosofía. También los convertidos parece que estaban muy satisfechos de este don, lo que Pablo irá constatando, no sin cierta ironía, a lo largo de toda la carta.
Pero lo que más subraya Pablo es el protagonismo de Jesús: en los versículos que leemos hoy, nada menos que nueve veces aparece su nombre. Jesús es quien da sentido a toda la gracia que Dios ha hecho a los Corintios y a su respuesta de fe.
Haremos bien en ir leyendo esta carta como escrita para nosotros mismos, deseando merecer las alabanzas de Pablo y procurando corregirnos de sus reproches, si es que se nos pueden aplicar. La de Corinto es una comunidad cristiana que vive en un ambiente pagano: de ahí su actualidad pastoral.
La Escritura no se proclama en nuestras celebraciones para que nos enteremos de que hace 21 siglos las comunidades tenían tales o cuales problemas. Sino para que nos miremos al espejo y procuremos que nuestros caminos vayan coincidiendo cada vez más con los de Dios.
Ojalá tuviéramos todos esa riqueza de gracia y de dones de que habla Pablo. Y al mismo tiempo, nos "mantengamos firmes hasta el final", porque todos somos llamados "a participar de Jesucristo, Señor nuestro, y él es fiel".
También en nuestra generación, una comunidad cristiana, situada en medio de una sociedad pagana o distraída, tiene que cumplir su misión evangelizadora, anunciadora de la salvación de Dios, como pide el salmo reponsorial de hoy: "Una generación pondera tus obras a otra, y le cuenta tus hazañas; difunden la memoria de tu inmensa bondad y aclaman tus victorias".
José Aldazábal
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Vida entregada, vida premiada. Este lenguaje no es totalmente correcto, si lo analizamos espiritualmente, pero expresa una lógica por la que todos nos entendemos. El amor verdadero no tiene como objetivo alcanzar el amor y premio de los demás, pues quien ama profundamente ama "porque ama", sin otros complementos. Pero el amor es puerta de entrada en todos los corazones, incluso el de Dios, y es siempre coronado, aunque no lo parezca. Amor con amor se paga, o se corresponde.
Muchas veces repetimos en nuestra historia de grandezas y miserias humanas que participar del espíritu de Cristo, es hacernos solidarios y animadores de cuantos lloran y no ríen, de cuantos sufren y no tienen consuelo, de cuantos envejecen y pierden a sus amigos, de cuantos lo dieron todo y, al final, se encuentran abandonados. Ese gesto de amor cristiano, cumbre del obrar gratuito, no tiene precio, no se realiza a precio. Pero siempre crea un tesoro en el corazón de la humanidad, de la Iglesia, de Dios nuestro Padre. Y de ese tesoro participaremos eternamente.
Dios nos ha llamado a todos a participar de la vida y de la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Y quienes hemos hecho nuestro el don de Dios, formamos la Iglesia de Cristo. Y él va enriqueciendo a su Iglesia con una variedad de dones, de carismas para el bien de la misma.
Y puesto que el Señor nos quiere al servicio del evangelio, nos entrega de un modo especial su Palabra, y nos concede el don del conocimiento para que comprendamos su Palabra, la encarnemos en nosotros mismos y la proclamemos como testigos. La Iglesia siempre estará en camino, como peregrina hacia el encuentro definitivo con su Señor.
Dominicos de Madrid
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