25 de Agosto

Martes XXI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 25 agosto 2026

2 Tes 2, 1-3.14-17

         La gran cuestión de las 2 cartas de San Pablo a los tesalonicenses es la parusía (lit. venida) escatológica de Jesús al final de los tiempos: "Hermanos, queremos haceros una petición, respecto a la venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él". Por lo visto, algunos cristianos estaban persuadidos de la inminencia de este retorno de Jesús, y lo esperaban con tal impaciencia que eran negligentes en sus deberes cotidianos. En la lectura de mañana veremos de qué manera Pablo les reconduce a las banales realidades humanas.

         Quizás hoy, nosotros, hemos perdido esta dimensión esencial de nuestra fe. ¿Somos sinceros cuando decimos "esperamos tu venida gloriosa. Ven, Señor Jesús"? Porque se trata de admirables profesiones de fe, que proclamamos en la misa después de cada consagración.

         Las indicaciones del apóstol, ante tales esperanzas, está clara: "No os dejéis alterar fácilmente en vuestros ánimos, ni os alarméis por alguna revelación, palabra o carta presentada como nuestra, que os haga suponer que es inminente el día del Señor. Que nadie os engañe de ninguna manera".

         Pablo pretende repetir lo que Jesús había claramente proclamado: "Nadie sabe ni el día ni la hora", pero "hay que estar siempre a punto" (Mc 13; Mt 24; Lc 21). Según toda la tradición profética, el "día del Señor" es el que marcará el acto final de la historia, el día en el cual Cristo resucitado sacará de la perdición a todos cuantos se han dirigido hacia él.

         La venida escatológica del Señor es, por consiguiente, el gran día de la unión íntima de los creyentes con Cristo, y el final del gran proyecto de Dios: hombres radiantes de la gloria de Jesucristo: "Dios os ha llamado por medio de nuestro evangelio, para que consigáis la gloria de nuestro Señor Jesucristo".

         Estamos en marcha hacia esta plenitud. Así pues, la escatología ya ha comenzado, en la medida en que tratamos de vivir en comunión con Cristo, mientras esperemos la parusía o venida definitiva de Jesús.

         "Así pues, hermanos (continúa diciendo Pablo), manteneos firmes. Y que nuestro Señor Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones".

         El pensamiento del encuentro con Jesús es una especie de secreto que dinamiza desde el interior a los cristianos, que hallan en él un profundo consuelo. Y las persecuciones y padecimientos pasajeros no son nada en comparación con la "gloria que les espera" (Rm 8, 18).

         ¿Me mantengo yo también firme? ¿En qué se funda esta firmeza? ¿Considero a Dios como a Alguien que me da una gozosa esperanza? Y en razón de esta convicción, ¿qué tendría que cambiar en mi conducta habitual? ¿Da mi vida este testimonio? ¿Qué imagen presento ante tantos hombres desesperados que consideran absurda la condición humana? Mi rostro, mi manera de actuar, o alguna vez mis palabras, ¿dicen que "yo sé en quien he confiado" (2Tim 1, 12), y que sé adonde voy?

Noel Quesson

*  *  *

         Se ve que uno de los puntos de la doctrina cristiana que no acabaron de entender los de Tesalónica fue el relativo a la parusía o venida última de Jesús. Dificultad que, probablemente, compartieron otros muchos en las primeras generaciones.

         Pablo les pide que "no pierdan fácilmente la cabeza, ni se alarmen por supuestas revelaciones, como si el día del Señor estuviera encima". En otros pasajes de las Cartas a los Tesalonicenses afirma Pablo que "nadie sabe el día ni la hora". Aquí parece decir que no es inminente, y que no hagan caso de los rumores sobre visiones y revelaciones en ese sentido.

         A lo largo de la historia, ha habido varios períodos en que se han agitado los ánimos sobre la posible inminencia del fin del mundo. Menos mal que, ante los sucesivos fracasos de tales augurios, últimamente está el tema más pacífico. Pero sí sigue el afán de supuestas revelaciones, y de apariciones con mensajes más o menos repetidos y turbadores. Para nosotros, la revelación es la de Jesucristo, la que se contiene en el evangelio y en la Escritura. Ahí es donde nos ha hablado Dios y nos ha dicho lo que quería decirnos.

         Con relación al fin del mundo, todos estamos en las manos de Dios, y Jesús mismo nos dijo que no sabíamos el día ni la hora (Mt 25, 13). Vale para nosotros el consejo de Pablo: "Manteneos firmes y conservad las tradiciones". Porque "Dios nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza", y nos da fuerzas "para toda clase de palabras y de obras buenas". O sea, que hay mucho que hacer todavía, antes del final.

         Nos conviene mirar hacia delante, porque eso nos ayuda a enderezar nuestra ruta y a motivar nuestro trabajo. Pero sin ansias ni alarmas. Con vigilancia y con tensión, pero no con angustia. Por una parte, porque no sabemos cuándo será la venida del Señor. Y por otra, porque sabemos que él viene cada día, si le sabemos descubrir. La fecha final no importa mucho, pues lo que importa es cómo vamos haciendo el camino, con conciencia de pueblo peregrino, sin ciudadanía definitiva en este mundo, y cómo preparación para el encuentro final.

José Aldazábal

 Act: 25/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A