26 de Agosto
Miércoles XXI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 26 agosto 2026
2 Tes 3, 6-10.16-18
Pablo acaba su Carta II a los Tesalonicenses abordando una cuestión penosa: la falsa espera escatológica, pues varios miembros de la comunidad se entregan a vanas habladurías, negándose a trabajar y contando con la caridad para subsistir (1Tes 4,10; 5,14).
La sanción contra estos perezosos es bien precisa: los cristianos deberán apartarse de ellos (vv.6.14), y se les dejarán sin recursos en la esperanza de que la pereza les abandone rápidamente. Pero antes de poner en práctica esta medida, Pablo invita una vez más, a los culpables, a tomar conciencia del valor del trabajo.
La caridad cristiana no puede favorecer a la pereza, y es preciso que cada uno coma del fruto de su trabajo, porque la dignidad de la persona se manifiesta "no siendo gravoso a nadie". Pablo no elabora consideraciones doctrinales en favor de esta tesis, sino que propone solamente su propio ejemplo: ¿No es él apóstol y no goza, por ello, de una autoridad normativa? (v.7).
Porque él no ha vivido de forma desordenada, ni ha comido el pan de otro, aun gozando de ese derecho (v.8). Al contrario, ha trabajado duramente, noche y día, aparte de realizar su trabajo apostólico. Pablo intenta evitar que el espíritu de lucro intervenga en la propagación del evangelio (v.9), y por eso propone su propio ejemplo como un ejemplo a imitar.
Los judíos amaban, en general, el trabajo, y la mayoría de los rabinos conocidos vivían de su actividad profesional. Los griegos, al contrario, dejaban a menudo sus tareas manuales a los esclavos, para dedicarse al ocio o a la filosofía. Como buen judío, Pablo reacciona contra este ambiente griego, y pone su ejemplo judío como al alcance de todos, y un tanto reaccionario: no solamente no siendo gravoso, sino modificando el clima griego en lo concerniente al trabajo.
Los escritos de Pablo no proponen una filosofía del trabajo, ni programas de reforma social. Sus comunidades agrupaban gentes de toda condición, y no era cuestión predicarles la revolución. Pero lo que sí hace el apóstol es amplificar la libertad adquirida en Jesucristo, que por sí misma era capaz de transformar, progresivamente, el rostro del mundo grecorromano.
Maertens-Frisque
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El trabajo no denigra a nadie, sino que ennoblece a la persona. Ya al principio el Creador encomendó al 1º hombre la guarda y el cultivo del jardín del Edén. Y hoy día sigue invitando a todos los humanos a que seamos corresponsables en la construcción de la ciudad terrena, en la que la justicia social será la que rija el trabajo de todos, y la justa retribución de los méritos, y el disfrute de una vida digna.
Los que creemos en Cristo no podemos vivir con las manos caídas, pensando que lo único que nos interesa es salvarnos. Y no podemos convertirnos en una carga para los demás, como si fuésemos unos inútiles. En medio de las realidades de cada día, debemos ser los más responsables en nuestras tareas diarias, preocupándonos no sólo de la realización de aquello que se nos ha confiado, sino de la santidad del mundo, logrando que las estructuras sociales sean cada vez más justas, y nuestras relaciones más fraternas. Entonces se hará realidad en nosotros la gracia y la paz que Dios nos ha concedido en Jesucristo, su Hijo y Señor nuestro.
José A. Martínez
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Terminamos hoy la lectura de la Carta II a los Tesalonicenses, y lo hacemos con una descalificación de Pablo a los que no quieren trabajar. Por lo visto, la creencia de la inminente vuelta del Señor había movido a algunos tesalonicenses a pensar que ya no valía la pena trabajar en nada, con la consecuencia de que, al no tener nada que hacer, se metían en todo y turbaban la paz de la comunidad.
Pablo, una vez más, se pone a sí mismo como ejemplo de trabajador, recordando que cuando estuvo en esa ciudad se ganó la vida con sus propias manos. Eso es lo que tienen que hacer los demás, sin prestar oídos a los rumores de un próximo fin del mundo. La consigna de Pablo se ha hecho famosa: "El que no trabaja, que no coma".
En todas partes puede haber perezosos y gandules, y no porque crean que está próximo el final del mundo, sino porque se inhiben así de sus obligaciones, aprovechándose de la buena voluntad de los demás y viviendo a costa de los demás. Y como ya ocurrió en Tesalónica, acaban metiéndose en todo y sembrando desorden en todas partes, porque no hay nada como el ocio para darse a la murmuración.
La llamada al orden de Pablo nos alcanza a todos, para que no seamos remisos en aportar nuestra parte al trabajo común. En el aspecto humano, contribuyendo al mantenimiento de la sociedad. Y en cuanto a la tarea evangelizadora, compartiendo con el resto de cristianos "el peso del bochorno y del día". El ejemplo de Pablo sigue al del mismo Jesús, trabajador e hijo de trabajadores, que nos recomendó hacer fructificar en el mundo, y no enterrar bajo tierra, los talentos que cada uno haya recibido.
Las motivaciones que da Pablo para ello no hace falta que sean de alta teología, sino el sentido común: la honradez, y el sentido de responsabilidad. Como nos ha hecho decir el salmo responsorial de hoy: "Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos; comerás el fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien".
Todo tiene que empezar por ahí: con que cada uno cumpla su parte en el trabajo comunitario. Eso es lo que nos produce la mejor satisfacción y felicidad. Luego vendrán otras filigranas que podremos decir y hacer. Pero si dichas filigranas no tienen como base el trabajo responsable, serán sólo palabras huecas y demagógicas. La carta termina con deseos de paz y de gracia para todos los tesalonicenses.
José Aldazábal
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Interesante es el criterio de hoy de Pablo: trabajar para sostenerse, de forma que no tenga que "vivir del ministerio de la predicación". Teóricamente, esto último sería lo correcto, pues si alguien se ha consagrado al servicio de la Iglesia, estaría justificado que esa Iglesia le sostuviera y alimentara.
Pero en la práctica esto es más complejo, porque no va a quedar bien eso de estar predicando y pasando la bandeja, al parecer que se predica para recibir una paga. Y lo que debería ser un mensaje de amor y por amor, se convertiría en una prestación con su contraprestación económica (un comercio sagrado, como otro cualquiera).
Pablo corta por lo sano esta opción, y se decanta por la independencia económica respecto al ministerio eclesial: trabajar y sostenerse a sí mismo, y a partir de ahí regalar gratuitamente su servicio al evangelio. Así nadie podrá decir que el ministerio se ejerce por oficio o por interés. ¡Qué bella lección, y qué útil sería ponerla en práctica hoy día! Porque ¿realmente los ministros ordenados deberían ejercer otra profesión civil? ¿O preferimos que se profesionalicen en su ministerio?
Quien considere atentamente la realidad de la vida social, se dará perfecta cuenta de lo que hoy significa tener trabajo: un regalo caído del cielo, tanto a nivel personal como familiar y social. Porque con un programa de trabajo va anejo el pan, el bienestar, el sosiego económico y la posibilidad de acceder a la cultura.
A partir del trabajo, se pueden programar otras muchas cosas. Y sin el trabajo, todo entra en crisis. Y el ocio desmedido o indeseado, o la juventud abandonada a su suerte, o el hambre no satisfecho, son fuente de vicios incalculables.
Si estamos de acuerdo en estas verdades, seamos coherentes y asumamos, cada cual en su medida, el papel que nos corresponde. Busquemos para todos la paz, la cultura, el pan, la educación, la convivencia digna... Y no caigamos en incoherencias e hipocresías que oculten nuestro espíritu enfermo, bajo capa de hombres honrados y de servidores sociales.
Dominicos de Madrid
Act:
26/08/26
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