12 de Octubre

Lunes XXVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 12 octubre 2026

Gál 4, 22-27.31; 5, 1

        Pablo vuelve a hablar hoy de la experiencia de los gálatas y de su proceso de conversión: "Vosotros estabais como encadenados a adorar a los falsos dioses". Y esto porque muchos de ellos, al cabo de años, todavía comían carne con conciencia de ídolo, y eso que ya habían sido liberados de esa esclavitud por un milagro del Espíritu.

        También fue un milagro, sigue diciéndoles Pablo, que "cuando me visteis debilitado, adorasteis en mí la imagen de Cristo crucificado, y me recibisteis como a un ángel (o enviado) de Dios". Una debilidad o enfermedad anómala de la que el apóstol da su propia explicación: "Mi dolor, continuación del de Cristo, era como dolores de parto, para que Cristo se formase en vosotros".

        Tras lo cual, asimila Pablo ambas afirmaciones para sentenciar: "Sed, pues, fieles a aquel Cristo que lleváis dentro. Y no me hagáis pasar de nuevo aquellos mismos dolores".

        A continuación, con un estilo totalmente distinto, Pablo compone una alegoría (él mismo la llama así) sobre la relación entre los 2 testamentos. O mejor dicho, entre una vida conducida por la ley (esclava) y una vida conducida por el Espíritu (libre). Y lo hace recurriendo al ejemplo de Isaac e Ismael: "Los que viven bajo la ley son como Ismael". Este Ismael era hijo de una esclava de Abraham, que fue expulsado de casa junto con su madre porque perseguía al hijo libre de la Sara (la mujer legítima).

        Con ello, viene a decir Pablo que los que no quieren entender el mensaje de la libertad (Ismael y su madre Agar), contenido en el AT y explicitado en el evangelio, merecen ser también expulsados de la familia de los hijos de Abraham (la Iglesia).

Jordi Sánchez

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        Abraham tuvo 2 hijos, uno de su esclava Agar (Ismael) y otro de su esposa Sara (Isaac), y esto para Pablo tuvo algo más que una enseñanza alegórica, pues las 2 mujeres y sus hijos representan 2 alianzas distintas: la libre y la esclavista.

        A los judaizantes que admiten el valor de la Escritura, y quieren volver a la Antigua Alianza, Pablo les recuerda hoy que esa misma Escritura había anunciado una Nueva Alianza. Y siguiendo el procedimiento dialéctico, muy usado por los rabinos judíos, da una aplicación simbólica de la historia de Abraham: "El hijo de la sirvienta nació según la naturaleza, y el hijo de la mujer libre nació en virtud de la promesa".

        Se trata de una manera nueva de afirmar la misma verdad de siempre: que la salvación del hombre no puede venir sólo de las fuerzas naturales, ni podemos salvarnos por nosotros mismos, "ni por el bien que hacemos", ni por el cumplimiento exacto de la ley. Sino que la salvación es un don gratuito y un regalo sobrenatural, procedente de una promesa gratuita: la gracia de Dios, el joyel de la Nueva Alianza que ya estaba presente en ese don inesperado de Isaac. Humanamente, nada podía permitir a Sara dar un hijo a Abraham, y por eso Isaac fue un don absoluto de Dios.

        Dios es el amo de lo imposible, nada es imposible a Dios, y la esterilidad dando a luz es un bello símbolo de la gracia y gentileza gratuita de Dios. Dios da la fecundidad y la alegría a la que ya no podía esperar. Señor, cólmanos de tu gracia, y haznos disponibles y abiertos a las gracias que quieras otorgarnos.

        Tras lo cual, Pablo sentencia: "Si Cristo nos libertó, es para que seamos verdaderamente libres". Pero ¿de qué libertad habla San Pablo? ¿O con relación a qué nos libertó Cristo?

        Queda claro que la ley era para Pablo una esclavitud, en la medida en que en ella se buscaba la propia auto-justificación, la del propio esfuerzo. Es lo que se puede ver también hoy día en muchos cristianos, que se han quedado en la Antigua Alianza y no viven más que de las obligaciones y preceptos a cumplir.

        Para Pablo, ser de veras hijo es ser libre, y es tener con el Padre unas relaciones tan inmediatas e íntimas que la ley ya no es sino un elemento exterior alienante. De ahí que no pare de insistir: "Manteneos, pues, firmes, y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud". Como decía San Agustín, "ama y haz lo que quieras".

        Se comprende el furor de Pablo ante esos cristianos de Galacia, que quieren caer de nuevo bajo el yugo de las prácticas legalistas. ¿Soy yo libre, interiormente? ¿Es mi religión onerosa, y una carga que hay que arrastrar? ¿O bien es una liberación y una alegría, que vivo con espontaneidad?

Noel Quesson

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        Pasión por la libertad podría ser un buen lema cristiano. Suena un poco a eslogan publicitario, pero expresa bien uno de los frutos de lo que Cristo ha hecho por nosotros. En su Carta a los Gálatas, Pablo dice que "para vivir en libertad Cristo nos ha liberado". Y la consecuencia es clara: "No os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud".

        Cuando somos liberados del pecado que nos esclaviza, somos liberados también de todas sus consecuencias. Somos liberados del complejo de cristianos (tan típico en ciertas sociedades), de la obsesión por ofrecer siempre una imagen impecable (típica del narcisista o autosuficiente), de los agoreros que ven por todas partes calamidades y callejones sin salidas. En definitiva, somos liberados de los que continuamente nos timan con propuestas insuficientes de salvación: una idea reveladora, un pastor carismático, un partido político, una terapia psicológica...

        Un cristiano ha sido dotado por Cristo de un 6º sentido (la libertad), para no dejarse llevar por nada ni por nadie que lo esclavice. Y eso le convierte en el mayor de los críticos, ante todo lo que es falsa libertad, falsas ideas de salvación (del pecado) o falsos intentos de liberación (de la pobreza). Sobre todo porque estas falsedades buscan sus propios intereses (y convertirte en su esclavo), y no los intereses de Dios (que te hace libre).

        Naturalmente, en nuestros juicios históricos podemos equivocarnos, y lo que hoy parece claro mañana puede parecer oscuro. De ahí que no debamos despreciar (libremente, eso sí) el liderazgo científico, artístico o moral de los hombres y mujeres de hoy, porque eso nos ayuda a orientar nuestro presente. Pero siempre sin dejarnos embaucar.

        Mantener la libertad de Jesucristo es hoy en día uno de los grandes signos del evangelio, para este mundo perdido.

Gonzalo Fernández

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        Para recibir buenas noticias no hay como leer la palabra de Dios. El apóstol Pablo se dirige hoy a los Gálatas, a los que el jueves pasado había llamado insensatos, para recordarles que son "hijos de la mujer libre" y no de la esclava. Y que serían insensatos si pasaran por alto esta buena noticia: que "para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado".

        Pero la insensatez parece tener más éxito que la libertad, y dentro del cristianismo también. Y con frecuencia nos sometemos, y nos dejamos llevar por el yugo de la esclavitud (modas, televisión, ideología...). Entonces, ¿quién puede salvarse? Pues quien siga leyendo más y creyendo más, sin buscar más signos que la presencia animadora, renovadora e inspiradora de Jesucristo.

        Seamos libres, y no aceptemos ningún yugo de esclavitud. Esto es lo que hoy nos inculca la palabra de Dios, aludiendo a que Dios es un Dios de amor, libertad, solidaridad, justicia y paz. Y por eso hemos de compartir y dar esta esperanza a los demás, aunque el mundo nos sea tantas veces hostil.

        Todos los redimidos por Jesucristo somos hijos de Dios, e hijos del amor, de la elección y de la libertad. Y por eso hemos de vivir conforme a la condición espiritual que se nos ha otorgado: ser hijos en el Hijo. Esa condición (lo que hizo Jesucristo) es lo que hemos de practicar por todas partes, sin atribuirnos privilegios o como si hubiera mérito por nuestra parte.

        Quien se siente hijo de Dios debe profundizar en esta filiación divina, con humildad y sencillez de vida. Y eso le hará ir entregándose en gratuidad a los demás, sobre todo a los más necesitados. Esta es la ley del amor y de la gracia divina, que nunca nos engaña.

Luis de las Heras

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        Continuaremos leyendo durante 3 días más la Carta a los Gálatas, en torno a la lucha que Pablo mantiene con los integristas judaizantes que se aferran a la ley (la Torah del AT), e implícitamente rechazan la novedad evangélica de Jesús.

        Hoy utiliza Pablo una comparación, que él mismo considera como una alegoría: los 2 hijos de Abraham (Gn 16 y 21). En efecto, Abraham tuvo 2 mujeres, una esclava (Agar, de la que tuvo a Ismael) y otra libre (Sara, de la que tuvo a Isaac). Y para Pablo, los cristianos estamos en las promesas que Dios hizo a través de la mujer libre (a través de Isaac), como sucesores legítimos de Abraham.

        Por tanto, ya no seguimos el camino de la esclavitud ni la dependencia de la ley antigua, pues "para vivir en libertad nos ha liberado Cristo". Y eso tiene sus consecuencias: "Manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud". Volver al seguimiento servil de la ley (del AT) es volver a caer en la esclavitud.

        Somos "hijos de la libre", dice San Pablo, con el énfasis de que "Cristo nos ha liberado y nos ha hecho libres". ¿Es verdad eso para cada uno de nosotros? ¿O se podría decir que estamos apegados a "lo viejo"? ¿Hemos experimentado ya "lo nuevo", o todavía no? ¿Habría en nuestra mentalidad algo equivalente a la involución de aquellos judíos que añoraban la ley de Moisés? ¿Vivimos el cristianismo con el corazón libre de hijos, o con la actitud de miedo de los esclavos?

        Hace años experimentamos en la Iglesia una serie de liberaciones interesantes, como las del Concilio II Vaticano en los asuntos de liturgia, organización eclesial o promoción de laicos, en una inédita apertura al mundo de su época. Todas ellas fueron liberaciones legitimas, porque fueron promovidas por el Espíritu del Señor y porque supieron generar amor y libertad.

        Pues bien, ese es el camino de la Iglesia, el de seguir dando pasos adelante desde el discernimiento meditado. Sería una pena volver atrás por pura añoranza o por comodidad, porque las nuevas fronteras del mundo son bastante menos definidas, y esto es una oportunidad irrepetible.

        Una de las mejores lecciones que podemos aprender del mismo Jesús es su admirable libertad interior. Él fue libre de las ataduras familiares, raciales, sociales, políticas y económicas, así como de las interpretaciones religiosas esclavizantes que habían implantado (incluso jurídicamente) los judíos.

        Ser libres significa vivir la fe cristiana con coherencia y fidelidad al espíritu de esa fe, que es la "libertad que Cristo nos ganó". Y por eso hemos de movernos por amor y convicción, y no por el interés o el miedo. Nuestro ánimo ha de estar, pues, esponjado, libre de las modas permisivas del mundo (basadas en la trasgresión moral) y de los voluntarismos espiritualistas (basados en los preceptos del grupo).

José Aldazábal

 Act: 12/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A