17 de Octubre
Sábado XXVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 17 octubre 2026
Ef 1, 15-23
Trata de explicar hoy Pablo a los efesios la forma de descubrir y conocer el misterio de Dios: "Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda el espíritu de sabiduría para conocerle perfectamente". Y nos da una pista sobre el camino para poder adquirirla, en una de las frases más humanamente inverosímiles que ha proclamado San Pablo hasta ahora: "La soberana grandeza de su poder para con los creyentes es la misma fuerza, poder y vigor que desplegó en Cristo: resucitarle de entre los muertos y sentarle a su diestra en los cielos".
Es decir, que la "fuerza divina" ya trabaja en mi corazón de creyente, y es (ni más ni menos) ¡la misma que resucitó a Jesús y lo elevó a los cielos! Hay que dejarse captar por esa fórmula audaz, sobre todo cuando uno se ve a sí mismo y no para de descubrir pecados y debilidades. Pero ¿lo creo de veras, firmemente?
¿Y qué hago para conectar con ese torrente de fuerza de alto voltaje divino? Porque en lugar de gemir por mis pecados, ¿busco la comunión con Cristo? ¿Y me aferro a la fuerza de resurrección, que es la que trabaja en el fondo de mí mismo?
Los efesios vivían con cierto temor a los espíritus, de forma supersticiosa, y por eso Pablo trata de explicarles la fuerza de lo espiritual, a la vez que liberarles de esos miedos: "Dios estableció a Cristo por encima de todas las potestades y seres que nos dominan, sea cual fuere su nombre. Y no sólo en este mundo, sino también en el venidero". Es decir, que en Jesucristo tenemos conseguida la victoria, pues él está por encima de todas las potencias angélicas.
Pero todavía hay más, pues tras decir Pablo que "Dios sometió bajo sus pies todas las cosas", dice también que "Dios lo constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo", así como "plenitud total del que lo llena todo en todo".
Saboreemos en silencio las palabras de Pablo, y disfrutemos al escuchar que la Iglesia es ¡el cuerpo de Cristo, el lugar de su presencia activa, el instrumento que el Padre dio al Hijo! En efecto, entre Cristo y la Iglesia rigen las relaciones de la cabeza con el resto del organismo, en un influjo vital pasa de Cristo a la Iglesia.
Lo cual es también válido a la hora de mirarnos a nosotros mismos, y ver a ese pobre grupo humano lleno de debilidad y pecado, que a menudo hace de tapia que tapa a Cristo, y que en contadas ocasiones es cuando ofrece su versión de cumplimiento. Ruego, Señor, por la Iglesia, para que sea de veras lo que tú quieras que sea.
Noel Quesson
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Acomodándose a las leyes tradicionales judías, Pablo pasa hoy de su himno de bendición de ayer (Ef 1, 1-14) a una oración epiclética, en la que pide a Dios para los efesios la gracia del conocimiento de su designio.
La sabiduría que Pablo pide a Dios para los efesios (v.17) es ese don sobrenatural ya conocido por los sabios del AT (Prov 3, 13-18), pero que en el caso cristiano no se queda tan sólo en el conocimiento de la voluntad divina sobre el mundo, o en una explicación del mundo, sino que incluye la revelación del destino de un hombre (v.17) y de la herencia de gloria que resulta de ello (Ef 1, 14), en total contraste con la miseria de la resistencia humana (Rm 8, 20). Se trata, por tanto, del descubrimiento del poder de Dios, manifestado en la resurrección de Cristo (v.20) y garantía de nuestra propia transfiguración.
Pablo se detiene a describir, por tanto, la omnipotencia divina. Y la describe mediante 3 términos sinónimos: poder, vigor y fuerza (v.19).
En 1º lugar, este poder no es tan sólo el que Dios ha desplegado para crear la tierra e imponerle su voluntad (Job 38), sino el que ha desplegado para cambiar incluso esas leyes, puesto que ha transformado a un crucificado en resucitado (v.21a) y sobre ese hecho a forjado las nuevas estructuras del mundo (v.21b). Por eso la sabiduría de Dios es nuestra esperanza (v.18), porque ha hecho que todo el destino del mundo pase a través de Jesucristo.
Pero el poder de Dios no se reserva sólo para su manifestación futura, sino que ya ha empezado a desplegarse, puesto que Dios ha puesto a Cristo como cabeza de todos los seres (en el misterio de la Iglesia) y como su plenitud (vv.22-23). Así, la Iglesia vendría a ser también signo del poder de Dios, a través de Jesucristo.
En efecto, es un privilegio para la Iglesia tener como jefe al Señor del universo, así como ser su propio cuerpo. Por tanto, la Iglesia no está solamente sometida al Señor de la misma manera que el universo, sino que le está indisolublemente unida, como un cuerpo a su cabeza. La Iglesia es pléroma de Cristo, como receptáculo de las gracias y dones que él reserva para toda la humanidad.
La expresión "todo en todos" sugiere que este receptáculo no tiene limites. Por otra parte, estas gracias no están reservadas tan sólo a la Iglesia, sino que una parte de ellas van destinadas al resto de la humanidad, con vistas a su crecimiento (Ef 4, 11-13). Y esto en un presente continuo, hasta el estado de "hombre perfecto" en que la humanidad pueda ser reunida en Cristo y gozar de la plenitud de la vida divina.
Maertens-Frisque
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Explica hoy Pablo a los efesios que vivir como cristianos significa creer en Jesucristo y consagrarse a él (v.15). Y sigue diciendo que les tiene presentes en sus oraciones, "a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la gloria, os dé un saber y una revelación interior con profundo conocimiento de él" (v.17), iluminándoles el corazón y haciéndoles conocer aquello a lo que están llamados.
Respecto al conocimiento de Cristo, explica Pablo que el hombre no puede conseguir ese conocimiento por sí mismo, sino que ha de llegarle como don y regalo, pues el hombre no puede cambiar por sí mismo su interior, y si no cambia su interior no puede comprender qué es lo que Cristo significa.
Esto es así porque la lucha por la vida, y lo que ésta nos hace arrastrar, puede hacernos perder el sentido de la vida verdadera, y de la verdadera inteligencia en la cual encontrar a Cristo. Por tanto, es una trampa pensar que ya conocemos a Dios (y a Cristo) por mero hecho de conocer la Escritura, o la doctrina de la Iglesia o la teología.
Pablo rechaza tal comprensión, y trata de apoyarse en la propia experiencia vivida. Pero no en la experiencia particular adquirida por cada uno (la cual es diferente en cada caso), sino en la experiencia recibida de Dios, a través del don de sabiduría que su Espíritu infunde en nosotros, hasta "comprender la esperanza a la que somos llamados, las riquezas de su herencia y la grandeza sin medida de su poder para con nosotros, los creyentes".
Todo esto es puro don de Dios, y por eso sólo cabe pedirlo, al tiempo que se vive en la fe y la caridad. De no recibir ese don, el cristiano puede que siga viviendo en la ignorancia de lo que realmente es, a lo que ha sido llamado, y de todo aquello que Dios (en Jesucristo) ha hecho por él.
Mientras este don no haya sido recibido todavía, hay que evitar las asechanzas de la insatisfacción y desilusión. Pablo no se pone en este caso como ejemplo, sino que se pone a desear y pedir ese don para todos. Mientras tanto, lo que cabe es seguir viviendo en la fe y en la caridad.
Miguel Gallart
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Después del himno al plan salvador de Dios de ayer, hoy Pablo dirige su saludo a la comunidad de Efeso, con sus mejores deseos para todos ellos. Alaba Pablo en ellos su fe y su amor para con todos (algo que personalmente a él le llena de satisfacción), pero en su oración pide que sigan progresando todavía un poco más, a través de un mejor conocimiento de Dios: "Que él os conceda sabiduría para conocerle mejor, que ilumine vuestros ojos y os llene de esperanza, en vistas a la riqueza de gloria que Dios concederá en herencia a los suyos".
Tras lo cual, lanza Pablo una 1ª batería de principios cristológicos, en una cristología llena de vigor. Dios ha "desplegado una fuerza poderosa en Cristo, resucitándolo, sentándolo a su derecha, poniendo todo bajo sus pies, constituyéndolo cabeza de la Iglesia". Lo cual nos lleva a dirigir la mirada al salmo responsorial de hoy, aplicando (en apariencia) a Cristo lo que se decía del hombre: "Lo hiciste (en apariencia) poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos".
Tras lo cual, lanza Pablo una 2ª batería de principios eclesiológicos, en una eclesiología llena de vigor. Y es que si a la Iglesia se la podía llamar rebaño de Cristo, pueblo de Dios, familia santa, reino de Dios, esposa de Cristo y nuevo Israel (lo cual está bien, y ayuda a entender la rica identidad de la Iglesia), Pablo opta por llamarla "cuerpo de Cristo", y a Cristo, "cabeza de la Iglesia". Como se ve, el salto es cualitativo, pues establece una inquebrantable relación entre Jesucristo y su Iglesia.
Nosotros ya conocemos a Cristo, y le seguimos. Pero eso no es suficiente para Pablo, el cual exhorta a ser parte de Cristo. Esto nos debe llevar a profundizar mucho más nuestra fe, nuestro amor y nuestra esperanza. Y no sólo para iluminar algo más nuestra vida, sino para poder comunicar a los demás este gran misterio que supone ser cristiano: ser miembro de Cristo.
En este proceso de profundización, Pablo habla de llegar a la epignosis (lit. superconocimiento). Es decir, no de llegar tan sólo al conocimiento de Cristo, sino de llegar a un conocimiento profundo de él, "con la fuerza poderosa que Dios Padre desplegó en él". Este conocimiento es que el nos llevará a vivir en él y como él.
José Aldazábal
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No puede uno unir su vida a Cristo sin dejar de experimentar, como consecuencia necesaria, el amor de Dios. Y sin dejar de tener un verdadero y sincero amor fraterno hacia el prójimo, pues es nuestro el amor que el Padre le tiene a su Hijo, y en nosotros están y actúan los mismos sentimientos del amor de Cristo hacia la humanidad. Unidos a Cristo, los cristianos obtendremos la sabiduría y la revelación de Dios, experimentaremos su presencia y albergaremos su amor dentro de nosotros.
Gracias al misterio pascual, Cristo no sólo experimenta la glorificación, sino que la extiende hacia todos nosotros, su Iglesia (su cuerpo, cuya cabeza es Cristo). Unidos a Cristo, estamos por encima de todo lo creado, tanto en el cielo como en la tierra.
Ante esta prueba de amor de Dios por nosotros, no podemos vivir esclavizados a lo pasajero. Sobre todo si como Iglesia hemos de ser nosotros esa revelación del amor de Dios para todos los pueblos y naciones. Caminemos siempre guiados por el Padre, unidos a Cristo y movidos por el Espíritu Santo, para que como cuerpo suyo seamos santos como él es santo.
Dominicos de Madrid
Act:
17/10/26
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