6 de Octubre
Martes XXVII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 6 octubre 2026
Gál 1, 13-24
Para defenderse de las insinuaciones calumniosas de los judaizantes de Galacia, Pablo cree hoy conveniente explicar los acontecimientos que han precedido y seguido a su conversión, y dejar claro que si abandonó la tradición judía recibida (en su juventud) fue debido a una llamada personal de Dios:
"Hermanos, sin duda habéis oído hablar de mi conducta pasada en el judaísmo, y con qué saña perseguí yo a la Iglesia de Dios, tratando de destruirla. Pues yo sobrepasaba en el judaísmo a muchos de mis compatriotas, defendiendo más que nadie las tradiciones".
No, que nadie trate de dar lecciones de ortodoxia doctrinal a este Pablo, a este fariseo que defendió las tradiciones de los judíos hasta la violencia, "sobrepasando en el judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos". Pues si cambió de parecer no fue por fantasía personal, sino porque se vio constreñido a ello, por algo decisivo que sucedió: "Dios, que me separó del seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo".
Pablo recurre, pues, a la terminología bíblica tradicional, a la hora de demostrar que fue Dios quien tuvo la iniciativa en este proceso decisivo ("me separó desde el seno de mi madre"), como summum de una revelación divina que se impuso sin ni siquiera poder él expresar el propio parecer. El caso de Pablo, pues, pertenece a una elección radical y soberana de Dios, sin tener él parte ni mérito alguno.
En otras circunstancias, Pablo dirá de qué modo supo responder libre y generosamente a esta llamada. Pero de momento deja que sea la gratuidad abrupta de la gracia de Dios la que tenga todo el protagonismo. En el camino de Damasco fue asido Pablo a pesar suyo, en plena acción persecutoria contra la Iglesia. Y fue reincorporado sin mérito alguno, y sin hacer él nada por su parte.
Ayúdame, Señor, a creer en tu gracia todopoderosa, y en tu previsora iniciativa conmigo. Porque desde mi cuna también tú pensaste en mí, Señor, y en el papel que me asignabas en el mundo. ¿Lo cumplo, Señor? Ayúdame a estar donde tú quieres que esté, Señor, tal como tú quieres que yo sea.
Tras lo cual, pasa a describir Pablo lo que sucedió tras ese momento revelador de Dios:
"Al punto, sin pedir consejo a nadie, y sin subir a Jerusalén a ver a los apóstoles, partí a Arabia. A los tres años, de allí subí a Jerusalén para conocer a Pedro, y permanecí quince días con él. Allí no vi a ningún otro apóstol, excepto a Santiago".
En resumen, Pablo quiere subrayar la unidad de la misión eclesial, en la que él no ha querido ser un francotirador o situarse al margen de la evangelización, sino que ha querido estar de acuerdo con el resto de la Iglesia, y en particular con la jerarquía eclesial (sobre todo con el primado de Pedro).
Sin embargo subraya con claridad que lo que él enseña (el evangelio) no lo ha recibido de los Doce, sino directamente "de Dios". Y que no se puede poner en tela de juicio la autenticidad de su apostolado, pues su obediencia inmediata a Dios es la prueba más inmediata. Señor, ayuda a la Iglesia a tener ese mismo respeto por las vocaciones particulares (las grandes vocaciones), y la misma preocupación que tuvo Pablo por el amor fraterno y la unidad eclesial.
Noel Quesson
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Pablo ve hoy con toda claridad la contradicción que hay entre el evangelio y la circuncisión de los convertidos del paganismo. Y defiende la continuidad entre los 2 testamentos y una comunión entre los cristianos circuncisos e incircuncisos. Como no sería fácil presentar su pensamiento de manera meramente conceptual, Pablo recurre lo más posible a la experiencia: a la suya y a la de los mismos gálatas.
La 1ª prueba de que existe contradicción entre el judaísmo legalista y el evangelio está en la persecución de los cristianos por parte de los judíos, en la que Pablo había participado activamente. Él era un judío celoso por las tradiciones de los judíos, e incluso persiguió a muerte a la Iglesia porque comprendió que el evangelio hacía saltar en pedazos los esquemas de la legalidad judía.
La conversión de Pablo fue obra personalísima de Dios, que lo había escogido desde el seno de su madre judía, y que lo había escogido para romper, entre otras cosas, con la rutina del judaísmo. Dios le mostró a Jesucristo como Señor de toda la tierra, y por eso Pablo lo repensó todo en función de este reinado de Cristo.
Otra experiencia importante fue el encuentro de Pablo y Bernabé con los grandes apóstoles de Jerusalén, 14 años después de la conversión de Pablo. Ambos llevaron para ese encuentro a Tito para que fuese también él sucesor de los apóstoles, como exponente de una multitud de paganos convertidos que llevaban en su vida los frutos del Espíritu, y no estaba circuncidado.
Los apóstoles dieron fe de la obra de Dios entre los gentiles, y confirmaron que la comunión entre los cristianos no dependía de la uniformidad de las prácticas, sino del Espíritu que animaba a unos y otros.
Jordi Sánchez
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Reflexionamos hoy la conversión de San Pablo como obra de Dios, que comenzó (como dice el texto) desde el seno de su madre y que se va a ir confirmando con su fe en Dios, la honradez de vida, la preocupación por la palabra de Dios y el afán por las exigencias de esta palabra, que se realizarán en la vida propia y en las de los creyentes. Tales son las características del apóstol Pablo, como también lo eran las del Pablo como activista judío.
Entonces, ¿qué es lo que le faltaba al Pablo perseguidor de la Iglesia? Le faltaba la comprensión por la fe de los demás, como él mismo dirá más tarde: "Todo lo que no proviene de la fe es pecado". Y le faltaba la apertura a la nueva revelación de Dios, pues hasta entonces creía que todo estaba contenido "en las tradiciones de los padres".
Esta revelación de Dios irrumpió en Pablo como un relámpago, y en ella Dios le mostró (le hizo oír) a su propio Hijo como Señor del universo, y le hizo comprender que su Hijo (que vivió en esta tierra, que murió y resucitó) era el mensaje que debía predicarse por todo el mundo.
Desde aquel momento, la rutina y el miedo a ser perseguido como traidor ("en la carne y en la sangre") no significaron nada para Pablo, porque Cristo había penetrado ya en él.
Adoctrinado directamente por Cristo, Pablo se incorporó en seguida a la predicación, en contacto con las comunidades incipientes de Arabia y Damasco. Estableció contacto con Pedro, y luego marchó a las regiones de Siria y Cilicia (su tierra natal), en las que el cristianismo estaba destacando por su penetración teológica y vigor evangelizador. De este modo, el que había sido el más activo de los perseguidores se convirtió en el más activo de los apóstoles. Dios demostró en él qué grande es el poder de su gracia.
Jordi Sánchez
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Pablo vuelve hoy al asunto de la revelación, como credencial suya por excelencia. Y explica que en ella hay un hecho revelador fundamental: su propia vida, entre el antes y el después de ese hecho de gracia. ¿En qué consistió ese hecho revelador? Lo explica Pablo con claridad: en que Dios "se dignó revelar a su Hijo en mí". No es que Pablo, judío fanático, descubriera de pronto a Jesús, sino que se sintió descubierto por él, o "alcanzado por él" (como dirá en su Carta a los Filipenses). Pablo experimentó así el poder de la gracia, que retiró el velo que lo tenía ofuscado.
Entonces comenzó Pablo a ver, y a caer en la cuenta de que, bajo apariencia de fidelidad, estaba viviendo para sí mismo y sus intereses. Tras su encuentro con Jesús, Pablo descubre una nueva misión, y empieza a prepararse para "anunciarlo a los gentiles". Pero antes siente la necesidad de subir a Jerusalén, y conocer personalmente a Pedro.
La revelación de Dios vinculó inmediatamente a Pablo a Jesús, y por eso ya nunca se sentirá Pablo inferior a ningún otro apóstol (incluido Pedro), ni superior a cualquiera que hubiese recibido ese mismo don revelador del Padre. En ese sentido, Pablo no se separa de la comunidad apostólica (como un iluminado), sino que se inserta en ella como un apóstol más.
Gonzalo Fernández
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Dios llama hoy a Pablo al apostolado, y a la participación en su vida divina de un modo gratuito. Y en esa llamada no importa tanto su pasado personal, sino la iniciativa de Dios, que propone a su elegido una misión y que espera de él una respuesta al respecto. Se trata de un proceso que Pablo llevó a cabo tras una profunda conversión (en la que pasó de perseguir a la Iglesia a ser su máximo defensor), y de una completa destrucción de sí mismo para asimilarse por completo a la persona de Cristo.
El Señor nos quiere totalmente comprometidos con él, y que sólo contemos en adelante con el amor que él nos tiene. Y de nosotros depende la respuesta que cada uno dé, ante ese amor, esa gracia y esa misericordia que él ha tenido para con nosotros.
No dudemos que, ante la fragilidad de nuestra naturaleza, sólo él puede alejar nuestros pasos del camino equivocado, hacer que permanezcamos siendo fieles testigos suyos y darnos la gracia necesaria para colaborar en la edificación de su Iglesia, conforme a la medida de la gracia que cada uno ha recibido.
José A. Martínez
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¿A qué viene hoy, en esta Carta a los Gálatas, la página autobiográfica que hoy Pablo nos dedica? En 1º lugar a que Pablo quiere poner un ejemplo (el suyo propio) de cómo hay que pasar de lo antiguo a lo nuevo, y de la ley (judía) a la gracia (cristiana) sin dar pasos hacia atrás. Él había sido ante un entusiasta defensor del judaísmo ("partidario fanático de las tradiciones de mis antepasados"), pero una vez convertido a Cristo, ahora es coherente con su proceso y deja de apoyarse en aquella ley perseguidora de Cristo ("predicando ahora la fe que antes intentaba destruir").
En 2º lugar, estos rasgos biográficos son utilizados por Pablo para defender su ministerio apostólico, pues es verdad que él no conoció personalmente a Jesús, y que fue perseguidor de la Iglesia. Pero "Dios me escogió desde el seno de mi madre", replica Pablo, y "me llamó a su gracia", y "se dignó revelar a su Hijo en mí para que yo lo anunciara a los gentiles". Es decir, que Pablo es un apóstol legítimo, aunque lo sea de distinto modo que lo fue Pedro y los demás. Además, recuerda que su ministerio ha sido legitimado por Pedro y Santiago, cuando fue a Jerusalén a confrontar con los apóstoles su doctrina.
Por tanto, los cristianos de Galacia no tenían porqué cambiar lo que Pablo les había enseñado.
No es de extrañar la malvada maniobra de que fue objeto Pablo y muchos de sus colaboradores, pues esa misma maniobra es la que también hacemos nosotros. Así, cuando una doctrina no nos gusta, intentamos desacreditar al que la proclama. Y cuando la Iglesia defiende unos valores que resultan incómodos (como el no al aborto, a la homosexualidad, a la ideología de género...), empieza a ser el blanco de una campaña brutal de desprestigio o incluso de violencia anti-eclesial.
En el caso de Pablo fueron los tradicionalistas, o instalados en la formación recibida, los que no querían que se cambiara nada, y los que atacaron a Pablo por no respetar (según ellos) los valores más sagrados del judaísmo, a base de deslegitimar su ministerio.
La reacción de Pablo tiene una mezcla de decisión y humildad, y muestra una actitud muy alejada de los caminos de la violencia y del interés personal. Pablo se defiende para proteger el evangelio que ha predicado, y para poner en guardia ante la intromisión de los falsos profetas.
Al igual que Pablo, nosotros no debemos buscarnos a nosotros mismos, ni debemos angustiarnos por el juicio crítico de los demás. Más bien debemos sentirnos juzgados por Dios (que nos conoce en profundidad) y buscar su aprobación: "Señor, tú me sondeas y me conoces, tú conoces hasta el fondo de mi alma". Nuestra meta no es defender la propia honra ni conseguir aplausos, sino anunciar la salvación de Dios. Eso sí, con la energía de la que da muestras Pablo.
José Aldazábal
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Desde los primeros versículos del cap. 1 de la Carta a los Gálatas, se lamenta el apóstol Pablo de que un grupo de fieles se dejara influir fácilmente por doctrinas que desfiguraban el evangelio, que él mismo les había mostrado en su predicación: "No hay otro evangelio, pero algunos se complacen en turbarnos en nuestra fe. Y si alguien predica un evangelio distinto del que hemos recibido y predicado, sea amonestado por la verdad". ¡Qué trabajo más duro, pero hermoso, es mantener limpia la fe! Recordémoslo.
En efecto, en el pasaje de hoy nos encontramos con un Pablo sorprendido y enérgico, que explica quién es él y con qué fuerza (o poder) les expuso la palabra del Señor, intentando provocar el retorno sincero a la fidelidad al evangelio recibido. Sintonicemos, pues, con el espíritu del apóstol Pablo, porque cuando una persona habla a corazón descubierto hay que detenerse a escuchar, sopesando el peso de sus palabras.
Hoy nos interesa grabar el pensamiento y sentimiento de Pablo, que se reconoce tal cual era antes de haber encontrado a Cristo (enemigo de Jesús, terco en sus convicciones, perseguidor de los discípulos) y que un día se encontró con la luz de Cristo (reflexionando sobre su conducta y dando un giro total a su vida).
Pablo aprendió a leer las Escrituras a la luz de Jesús como Hijo de Dios. Y a través de ese prisma empezó a descubrir las evidencias existentes en la predicación y hechos de Jesús. De esta manera surgió el cambio mental de Pablo, que de judío terco y tradicionalista empezó a considerar al judaísmo como anquilosado en la vieja ley.
Reflexionemos sobre cómo cambian nuestros papeles y actitudes en la vida, y si en ella ha aparecido ya un nuevo sol. Mantengamos las claves fundamentales de nuestra existencia de cristianos, pero dejémonos transfigurar por el Espíritu Santo, y por la propia historia que él va escribiendo.
Dominicos de Madrid
Act:
06/10/26
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ordinario
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A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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