10 de Octubre

Sábado XXVII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 octubre 2026

Gál 3, 22-29

         Hasta el momento, Pablo ha hablado principalmente de sus experiencias, y no ha parado de citar el AT como refrendo y norma de fe. Pablo ha reafirmado siempre la continuidad de los 2 testamentos, aunque sosteniendo siempre que el verdadero contenido del AT no son las obras de la ley, sino la fe en Jesucristo.

         Por testamento entiende hoy Pablo las promesas que hizo Dios a Abraham, desde la "voluntad inamovible y expresa de legar algo a alguien". Ahora bien, esas promesas hechas a Abraham no podían estar condicionadas al cumplimiento de una ley, dado que ésta fue concedida 430 años después, a través de muchas manos intermedias.

         El contenido de esas promesas es, como recuerda hoy Pablo, la bendición para todos los pueblos. Y la mera promulgación de una ley no es capaz de vivificar a una humanidad pecadora, dominada por la muerte. Sino que sólo Cristo puede dar cumplimiento a esas promesas.

         ¿Y para qué nos fue dada, pues, la ley? Para encaminarnos hacia Cristo, concluye Pablo, que explica que la situación del hombre bajo la ley es como la situación del niño, que tiene instintos de esclavo (y hasta de enemigo) a pesar de estar destinado a ser el amo de la casa.

         La ley fue ese pedagogo (esclavo que enseñaba a los niños en sus casas) que mantuvo al niño (Israel) dentro de un orden, hasta el momento en que tuviera suficiente uso de razón como para disponer de lo que es suyo. Y sólo el Espíritu Santo, que Cristo nos ha enviado, es capaz de darnos el uso de razón propio de los hijos de Dios.

Jordi Sánchez

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         El pasaje paulino que meditamos hoy responde a los ataques de los judaizantes que se habían introducido en Galacia, y que querían imponer las prácticas antiguas judías a los nuevos convertidos. Ante ese fixismo, Pablo desarrolla una visión evolutiva de la historia de la salvación, pues es verdad que Dios llamó primero a Abraham, y que mucho después dio la ley a Moisés. Pero ahora ha venido Cristo, que es el elemento decisivo de la historia prevista por Dios.

         La ley mosaica, viene a explicar Pablo, fue por su mismo hecho de ley algo caduco, y su vigencia fue transitoria, y su papel fue meramente pedagógico, hasta desaparecer una vez aparecido Jesucristo:

"Hermanos, antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la vigilancia y el dominio de la ley, en espera de la fe que debía manifestarse. De manera que la ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo, para ser justificados en virtud de la fe".

         Para los judíos la ley era comparable a esos pedagogos antiguos (a la vez útiles y molestos) que cuidaban de la educación de los niños, para vigilar a los pequeños y reprimir sus tonterías. Pero el hombre maduro no necesita de esta tutela, sino que ya es libre y sabe dirigirse por la vida: "Una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el celador o pedagogo, porque en Jesucristo sois todos hijos de Dios, por la fe".

         Este es el acontecimiento decisivo de la historia, y la novedad radical que interviene en la historia de la humanidad: que desde ahora hay un Hombre-Dios, un hombre que es Hijo de Dios, Jesucristo. Y éste es el don supremo y definitivo que Dios pueda ofrecer a la humanidad, porque cada hombre de hoy, a partir de Jesucristo, puede también llegar a ser "hijo de Dios, por la fe" y por su fidelidad al Padre. 

         Jesucristo ha abierto para todos esta posibilidad, y un camino de libertad. ¿Soy yo de veras un hijo para Dios? ¿Cómo es mi fidelidad al Padre, en las huellas de Jesucristo? Porque "todos los bautizados en Cristo están revestidos de Cristo".

         Detengámonos por un instante en la última frase: "Revestidos de Cristo", porque se trata de una fórmula de una excepcional densidad. Y unámosla a la que dirá más tarde Pablo a los romanos: "El bautismo nos hace participar de la muerte y resurrección de Cristo".

         En el caso presente nos dice que el bautismo nos une a Cristo, y nos hace revestir de él. La comparación del vestido es una imagen simbólica muy hermosa, porque explica que el bautizado está ya transformado, y ha recibido una nueva manera de ser. Y por eso ha de adquirir también una nueva apariencia, que represente a Cristo incluso visiblemente. Viendo a un bautizado, debería verse a Cristo.

         Así, tras hablar de la fe, pasa Pablo a hablar del bautismo, como algo íntimamente ligado en su pensamiento: "Hijos de Dios por la fe, unidos a Cristo y revestidos de Cristo por el bautismo". El bautismo es signo de la fe, que incorpora al hombre a Cristo y ofrece un estado de filiación divina, a semejanza de Aquel que es Hijo de Dios por naturaleza.

         Por tanto, concluye Pablo, tras el bautismo "ya no hay judío ni gentil, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús". Efectivamente ¡cuán mezquina resulta a ese nivel la estrechez de los judaizantes! Y ¡qué visión más universal la de Pablo, y qué fermento para una acción humana a escala mundial!

Noel Quesson

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         La ley ha sido para Pablo ese pedagogo para los creyentes, hasta la venida de Cristo. Este es el contenido de nuestro texto de hoy, en que la ley es descrita como un esclavo de confianza que vigila y guía a los hijos de los hombres libres (como era la función de los pedagogos o tutores de niños). Eso sí, el pequeño (el AT), aunque hijo y heredero del amo, vive durante su infancia bajo el control del esclavo pedagogo (la ley mosaica).

         Pablo polemiza así con la concepción judía, que consideraba la ley como la barrera contra el pecado. Pues según el apóstol, lo único que hace la ley es evidenciar el pecado y su poder, aparte de no ser portadora de vida. El esclavo únicamente puede dejar de serlo pasando al uso pleno de sus derechos de hijo del amo.

         Pero eso solamente puede darse por la fe en la acción salvadora de Dios, que lo transforma todo en Jesucristo. En él, la salvación es ofrecida a todos los hombres, porque ya no se trata de merecimientos (bajo la ley esclavista) sino de un don gratuito de Dios (bajo la gracia liberadora).

Frederic Raurell

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         En el contexto de una comunidad de Galacia tentada de volver a los valores del AT, Pablo ha explicado hasta hoy que todos esos valores estaban ya caducados, a la vez que presentaba la ley de Moisés con rasgos bastante peyorativos.

         En el texto de hoy dice que los hombres "éramos prisioneros, custodiados por la ley", y que "la ley fue nuestro pedagogo hasta la llegada de Cristo". El pedagogo, en las familias griegas, era el esclavo que enseñaba a los niños en sus casas, y se encargaba de su disciplina. Era un personaje, por tanto, no muy simpático, y sobre todo provisional. Hasta que cuando el niño llegaba a la adolescencia, se le despedía por no hacer falta.

         Pablo aplica este símil del pedagogo al AT, que durante la niñez (Israel) pudo servir de pedagogo, pero cuando llegó la mayoría de edad (Jesucristo) ya no fue necesario, pues todos pasamos a ser hijos (adoptivos) en la familia de Dios. Por tanto, concluye Pablo, es una insensatez querer volver al dominio del pedagogo, o a la ley de Moisés con sus prácticas meticulosas (circuncisión, sábado, rituales...).

         De hecho, ¡cuántas veces tuvo que criticar Jesús a los fariseos por su legalismo exagerado, que hacía del sábado un día de angustias en vez de un día de gozo! Y ¡cómo tuvo que esforzarse la Iglesia por encontrar los caminos justos en su apertura al mundo pagano, liberándose de la formación legalista del AT!

         Para los cristianos no es fácil la relación entre norma y libertad, entre la ley de la infancia (AT) y la libertad de la adultez (NT), y cada uno sabrá si se siente hijo o prisionero en la casa de Dios,  si se dirige a Dios como Padre o como Juez, si cumple por amor o sólo por interés, si enseña los elementos cristianos por mera tradición o por convicción.

         Si la fe es sentida en nuestra vida como una losa, eso es señal de que todavía somos esclavos, y nos sentimos prisioneros, y necesitamos del pedagogo de la disciplina exterior (como los niños griegos), y no hemos llegado todavía a la madurez.

José Aldazábal

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         El pedagogo era el esclavo encargado de la educación de los hijos de las familias griegas pudientes. Y eso es para Pablo exactamente lo que fue para Dios la ley de la Antigua Alianza.

         En 1º lugar, la existencia de una ley permite al hombre situarse con respecto a ella, sabiendo si la ha cumplido o infringido. Pero en el caso religioso, una vez que el judío había tomado conciencia de su pecado (y por tanto, de su culpabilidad), la ley ya no podía darle nada, porque por sí misma no era fuente de salvación. Encerraba al hombre en su maldición, y por eso su régimen tenía que ser necesariamente transitorio.

         En 2º lugar, la ley nos dice lo que hemos de hacer, pero no nos da vida y mucho menos eterna. En el caso religioso, la vida nos viene de Jesucristo, pues al creer en él, y ser bautizados en él, recibimos su vida y su espíritu, y somos revestidos de él, y entonces desaparecen de nosotros todas las divisiones (provenientes de raza, de condición social o de sexo). Unido a Cristo, cada cristiano pasa a quedar convertido en hijo de Dios, y éste le da como herencia la vida eterna.

         En 3º lugar, Dios no quiere que seamos fieles cumplidores de unos preceptos, sino que lleguemos a él a través del único camino que nos lleva a él (Jesucristo), y que nos unamos a él. Buscar otros caminos (como el de la ley) equivale a despreciar la salvación que Dios nos ofrece en su Hijo, que se ha hecho uno de nosotros y así se ha convertido en salvación nuestra.

         Por eso no podemos volver a la esclavitud de la ley, la cual ya cumplió su función de conducir a Cristo. Ahora hemos de vivir bajo el régimen de la gracia, y si cumplimos la ley no es porque por eso vaya a salvarnos, sino porque eso puede auxiliar a muchos que todavía no se han convertido, ni han llegado a comprender el amor a Dios y el amor al prójimo como norma de vida.

Dominicos de Madrid

 Act: 10/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A