9 de Octubre
Viernes XXVII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 9 octubre 2026
Gál 3, 7-14
Encontramos hoy en Pablo el eco de aquellas controversias de Jesús con los judíos de su tiempo, en las que Abraham era el prototipo de gran antepasado ideal. Un eco en el que Pablo sentencia: "Hermanos, sabed de una vez que los que viven de la fe, esos son los hijos de Abraham".
Es decir, que para Pablo el asunto de Abraham se había monopolizado, y los judíos habían reducido la cuestión de la fe a la pertenencia a una raza. Pero esto para Pablo no debía ser ya así, pues Jesús había abierto de par en par las puertas del pueblo de Dios: "De estas mismas piedras, Dios puede suscitar hijos de Abraham" (Mt 8, 11), y "si fueseis hijos de Abraham, haríais las obras de Abraham" (Jn 8, 39). En efecto, el evangelio de Pablo es el evangelio de Jesús.
Para Pablo, la propia Escritura ya había previsto que Dios justificaría a las naciones paganas por el don de la fe, anunciando con antelación esa buena nueva a Abraham: "En ti serán bendecidas todas las naciones". Pero los judaizantes seguían pretendiendo que para ser "hijo de Abraham" había que hacerse judío, incluso para los cristianos venidos del paganismo. Pablo no niega la filiación a Abraham, pero reconoce su continuidad en el nuevo proyecto de Dios, pues la Biblia de los judíos (el AT) es también la Biblia de los cristianos.
Pablo añade aquí una visión genial que desarrollará en la Carta a los Romanos: que todos los hombres pueden llegar a ser "hijos de Abraham" por la fe, y no por la práctica de la ley. De hecho, esto es lo que ha caracterizado a Abraham: ser el "hombre de la fe".
Pero detengámonos en la expresión "todas las naciones", pues ¿qué amplitud tiene mi forma de ver las cosas? ¿Es tan abierto mi proyecto como el de Dios? Y el término católico ¿tiene en mí esa amplitud? ¿O tiene para mí resonancias de ghetto con fronteras, o de conservación rígida de ciertos principios, o de exclusión de todos los que no comparten esos principios? ¿Significa para mí un término universal, abierto a todos y misionero? ¿Tengo ansias internas de anunciar la buena nueva a los ateos? ¿Qué hago yo para ser un testigo de ese amor universal?
Así pues, "todos los que viven de la fe son bendecidos en Abraham, el hombre de la fe". En cuanto a los que viven de las obras de la ley, Pablo dice que "incurren en maldición", puesto que la ley no justifica a nadie ante Dios: "Cristo nos rescató de la maldición de la ley, a fin de que la bendición de Abraham llegara a todas las naciones paganas en Jesucristo, gracias a la fe".
Para demostrar que esas perspectivas, aparentemente revolucionarias (dicen los judaizantes), son muy tradicionales (en el fondo), Pablo acumula citas de la Biblia, viniendo a decir que la Escritura, la verdadera doctrina que tenemos siempre en los labios, hay que leerla, porque ella es palabra de Dios. Y que esa Escritura es la que siempre ha dicho que la justificación del hombre es un don de Dios, y no un premio por practicar la ley.
Es un asunto grave, pues, volver a las leyes caducas. Sobre todo si lo que está en juego es la lealtad a Cristo: "Cristo nos ha rescatado de la maldición de la ley, haciéndose maldición por nosotros". ¡Qué misterio! Cristo ha aceptado por nosotros ser un hombre maldito, con tal de salvarnos de la maldición que pesaba sobre nosotros.
Noel Quesson
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Veíamos estos días pasados cómo Pedro había confirmado la "verdad del evangelio" (en este caso, la incorporación sin reservas de los gentiles a la salvación) no sólo mediante el Acuerdo de Jerusalén, sino también mediante una retirada honrosa una vez que se había equivocado en el Incidente de Antioquía.
Para evitar malentendidos, Pedro había estado dispuesto a separar las reuniones litúrgicas de los cristianos paganos de las reuniones litúrgicas de los cristianos judíos. Y no por cuestión de lengua, ni por ayudar a que los gentiles desarrollasen un estilo más propio, sino porque así los judíos conservarían sus leyes mosaicas. Pablo entendió que eso era ceder a una cuestión de principio. Y Pedro, ante su protesta, le dio la razón.
En efecto, no son las obras de la ley las que hacen al hombre aceptable delante de Dios, sino la fe en Jesucristo y la vida que nos viene por esta fe. La antigua identificación entre judíos-justos y gentiles-pecadores cae así con Pablo por tierra, cuando unos y otros reconocen la necesidad de la redención por Jesucristo.
Pablo fue el 1º en comprender que todos sus valores eran papel mojado ante el don de Cristo. Y el 1º en saber que la auténtica vida es la de Cristo en el cielo, por haber sido previamente crucificado. Y hoy descubre que también Abraham fue aceptado por Jesucristo, a causa de su fe. Da así el máximo valor a la profecía de Habacuc: "El justo vivirá por la fe".
Sin ir más lejos, los mismos gálatas habían sido testigos de esta verdad, pues en su pasado no figuraba ninguna de las obras de la ley, y sin embargo recibieron toda la plenitud de los dones del Espíritu Santo. ¿Y quieren ahora volver al pie de la montaña, cuando ya están colocados en la cumbre?
Jordi Sánchez
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Pablo está obsesionado con el asunto de la gracia, de la fe, de las obras y de la ley, y en el día de hoy viene a poner a todas ellas por ese orden de importancia. Es el asunto central de su Carta a los Gálatas, y lo será también de la Carta a los Romanos.
Planteado en estos términos, el tema no resulta muy actual. Sin embargo, se está refiriendo al núcleo mismo de la existencia cristiana. Lutero decía que esta era la cuestión de la que dependía que la Iglesia se mantuviera en pie o cayera. Y merece la pena que nos detengamos en ella, no sea que acabemos cayendo como Lutero, y no nos mantengamos en pie.
Vivimos en una cultura de la ley y de las obras, y sobre nosotros llueven millones de leyes para regularlo todo, desde el funcionamiento administrativo hasta la circulación de los coches o el mercado de las verduras. Las sociedades avanzadas hacen leyes para todo, con la esperanza de que cuanto más se legisle todo va a funcionar mejor. Naturalmente, no hay leyes sin penas para aquellos que las incumplan, y quien la hace la paga. De manera que donde hay ley siempre hay control y temor.
Lo mismo podría decirse de las obras. Si quieres encontrar un buen trabajo tienes que presentar un currículo abultado. Los políticos disfrutan inaugurando lo que han hecho por los ciudadanos (o por sí mismos), desde una autopista hasta la recogida de la basura. Y así vamos avanzando en sociedad, creyendo que haciendo más es como transformamos el mundo.
Lo que no oiremos nunca en esta sociedad es que poniendo la confianza en la ley, y en las obras, estamos cavando nuestra tumba. Porque esta sociedad está marcada por el código penal y por el balance de resultados, ¿y quién se va a atrever a anunciar la primacía del amor y de la gracia?
Hoy, como en los tiempos de Pablo, el futuro del evangelio está en recordar que todo es gracia, y que fuera de ella no hay salvación. Uno puede acoger esta revelación fresca como un niño, o puede aguardar a que la vida lo vaya colocando ante las cuerdas de la depresión.
Gonzalo Fernández
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Pablo recurre hoy al ejemplo de Abraham, que bien pueden entender sus interlocutores judaizantes de Galacia, orgullosos de ser hijos de Abraham. Y viene a decir que también él estaba bajo el evangelio de Jesucristo, y al servicio de esa buena noticia.
En efecto, Abraham recibió de Dios una misión universalista: "Previendo que Dios aceptaría a los gentiles por la fe, le dijo a Abraham: Por ti serán benditas todas las naciones". Parece que los judíos de Galacia han olvidado este universalismo, y que dicho principio era el rasgo de su identidad, ya desde el principio.
Lo mejor de Abraham fue su fe, y a este respecto asevera Pablo que la ley del AT no salva a nadie (la llama maldición varias veces) si ésta se entiende como mero cumplimiento de leyes y obras. Incluso los que se salvaron antes de Cristo, dice Pablo, se salvaron por su fe, y no por sus obras. Y desde la venida de Cristo, mucho más.
El dilema para Pablo, pues, está claro: apoyarnos en nuestros propios méritos, o apoyarnos en la bondad de Dios; centrar nuestra espiritualidad en las obras cumplidas, o centrarla en nuestra apertura a la gracia de Dios. Un dilema que puede ser de actualidad en nuestra vida.
La fe de Abraham fue modélica, y a este respecto explica Pablo que Abraham era pagano cuando fue llamado a la misión por Dios (de ahí que no acabara de entenderla). Pero él se fió totalmente de Dios, y emprendió su peregrinación. Eso es lo que hizo a Abraham modelo de los creyentes, sentencia Pablo. Dios no le eligió por sus obras ni por sus méritos, sino que actuó con gratuidad, y Abraham se fió de él.
A nosotros también nos pide Dios una fe absoluta en su Hijo Jesús, a través de una conducta coherente. Pero sabiendo siempre que no será esa conducta lo que nos salvará, ni la contabilidad de las cosas buenas que hacemos por Dios. Sino que nos salvará la gracia de Cristo, pues ¿acaso lleva contabilidad una madre de lo que hace por su familia? A nosotros no nos salvará la ley que hemos cumplido, ni aunque la hayamos cumplido con amor, sino la gratuita generosidad de Dios.
Tampoco nos salvará el pertenecer "a la raza de Abraham", ni el formar parte de la Iglesia. Sino que será la respuesta de cada uno ante el amor y la gracia de Dios lo que decidirá. Ser "hijo de Abraham" no es proceder de él por lazos de raza, sino por imitarle en su actitud de fe.
José Aldazábal
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Hoy Pablo nos va a explicar que, como descendientes de Abraham, es por la fe como nos introducimos en el reino de la justificación y de la salvación. Pero ojo, porque al escuchar la 1ª lectura de hoy, alguien podría tomar el rábano por las hojas y decir: ¡fuera la ley, acabemos con las leyes, viva la libertad y la espontaneidad! Porque eso fue lo que hicieron los jipis de los años 70.
Cuidado con lo que decimos, porque ni Jesús ni Pablo condenan la ley, y mucho menos los mandamientos de Dios. Lo que hacen es purificar el espíritu de la ley (que ya cumplió su papel de preparación al reino de Cristo) y someterla al imperio de la gracia, de la fe y del amor, que son leyes de nuevo corte, mucho más exigentes que las anteriores.
En efecto, donde reinaba la ley del terror, allí puso Cristo la ley del amor. Y donde reinaba la ley de esclavitud, allí puso Cristo la ley de filiación. Y donde había conquista del más allá por fidelidad legal a los mandamientos, Cristo puso fe, confianza, oración, esperanza y gratuidad de dones. No nos cansemos de encarecer cómo Jesús siempre pide fe para hacer sus maravillas.
Comprenderemos así que, cuando Jesús hace maravillas o expulsa demonios en el evangelio, siempre hay algunos que le miran con ojos de resentimiento y amargura interior, porque "no obra según la ley". Lamentable, porque esa actitud supone gran inexperiencia sobre lo que es la gracia, y vivir de esa gracia en esperanza, en confianza, en reconocimiento de la propia pequeñez, y en la alegría de sentirse amados de Dios, como hijo suyos.
Dominicos de Madrid
Act:
09/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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