1 de Octubre

Jueves XXVI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 1 octubre 2026

Job 19, 21-27

         Job contesta hoy a Bildad, pero no exactamente a sus palabras (pues éstas no aportan nada nuevo) sino a través de sus palabras, de las cuales se sirve para seguir ahondando su teodicea. En este caso, viene a decir que no son las potencias del mal (contra lo que cree Bildad) las que han reducido a Job a la situación de castigo de sus pecados, sino que es toda la creación la que está sometida a juicio.

         Es decir, que la sentencia tradicional de los sabios no sirve, pues en este mundo (según Job) son castigados todos los seres humanos, incluyendo también los inocentes. Como buen oriental, Job no matiza esta sentencia, y de ella hace responsable directamente a Dios. Por supuesto, el concepto que sus amigos tienen de Dios queda por el suelo, pues ver en el mal una obra de las potencias enemigas de Dios sería lo mismo que profesar el maniqueísmo.

         La situación de Job es triste, pues su mujer le desprecia, sus siervos no le obedecen, sus hijos le desdeñan, y él pide piedad. Pero él sigue a lo suyo, y consciente de su inocencia (que es lo que da sentido al drama) ansía que sus palabras "se graben en roca firme, para que se conserven eternamente". En cualquier caso, hay que darle la razón.

         A partir del v. 25 leemos el gran acto de fe de Job que la liturgia aplica, en la misa de los difuntos, a la esperanza de la salvación. Las palabras de Job no tienen exactamente el sentido que les da la liturgia, como tampoco hay que ver a Jesús en el vocablo goel.

         Según el Levítico (Lv 25, 25), goel es el que puede hacer valer un derecho: "Si un hermano tuyo se arruina y vende parte de su propiedad, vendrá el rescatador (goel), su pariente más próximo, y rescatará lo vendido por su hermano". Según esto, Job desea que se examine su causa, aunque sea después de la muerte. De hecho, el autor del libro desconoce en realidad la resurrección (y todos los libros del AT, hasta la llegada de Daniel).

         La fuerza de Job está precisamente en que espera en Dios, sin conocer una recompensa en la otra vida. Y en que, aunque sólo piense en la vida umbrátil del sheol, quiere ver el triunfo de su causa. Así el libro de Job preludia la idea de la resurrección, y aclara el concepto de Dios: Dios no se reduce a nuestras pobres concepciones (con frecuencia interesadas), las que tenían los amigos de Job.

Josep Mas

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         Rechaza hoy Job la consolación que le ofrecen sus amigos, diciéndoles: "Callaos, no aumentéis mi pena, y guardad silencio a mi alrededor". Tras lo cual pasa directamente a acusarles: "¿Por qué me perseguís, vosotros mis amigos, como hace Dios?". Y a proponerles su propia visión de las cosas: "Quisiera que se escribiera lo que voy a deciros, y que mis palabras se grabaran sobre bronce con punzón de hierro y buril, y que para siempre en la roca se esculpieran".

         En efecto, Job es consciente de que lo que ahora dirá es decisivo, en unas palabras que la Iglesia ha seleccionado para su liturgia de difuntos: "Sé que mi libertador está vivo, y que al final se levantará sobre el polvo de los muertos".

         Job se halla a las puertas de la muerte, y no ha ganado su pleito. Y por lo menos desea que sus palabras queden grabadas de modo definitivo sobre un material indestructible, para que después de su muerte su proceso (la defensa del inocente, frente a su injusto sufrimiento) pueda continuarse. En efecto, hay que afrontar la muerte misma para descubrir el sentido último del sufrimiento.

         En líneas generales, la respuesta final a esta cuestión, viene a decir Job, no está aquí abajo, sino que hay que esperar hasta el final para juzgar la obra de Dios: "Tras mi despertar me mantendré en pie y con mis ojos de carne veré a Dios". ¿Cómo no ver en esas palabras el anuncio de la resurrección?

         Vimos ayer que la respuesta de Job a la pregunta clave ("¿por qué existe el mal, el sufrimiento y la muerte?") era clara y nítida: "El mal es incomprensible, pero soy demasiado débil para comprender, y quiero confiar en Dios que ha hecho cosas tan buenas y tan hermosas". Hoy su pensamiento ha progresado, hasta el punto de creer que nada es imposible para Dios.

         Incluso la muerte no puede ser un obstáculo para Dios. O más todavía: aunque todas las apariencias terrenas me digan lo contrario, yo continúo creyendo en Dios. La fe es una apuesta, un salto total en lo desconocido total, una confianza absoluta en "aquel a quien me he confiado".

         Sí, responde Job, "yo mismo veré a Dios, y cuando mis ojos le miren, él no se apartará de mí". El punto final será ese, en el más allá y no antes ni en otra parte. Es decir, que la obra de Dios en la tierra está inacabada, y hay que esperar el final.

         Con todo, y aún a sabiendas de que el horizonte no se iluminará aquí abajo, y de que no ganará el proceso antes de morir, Job sigue luchando a pesar de todo, esperando una salvación. Y lo hace porque sabe que, aunque se lance hacia lo desconocido, de la mano de Dios no caerá en la nada, sino en las manos del Padre: "Veré a Dios con mis ojos, y él no se apartará de mí". Así lo hizo Jesús: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".

Noel Quesson

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         Sigue doliéndole hoy a Job la llaga del sufrimiento, y sigue reafirmando su inocencia frente a las dudas de sus amigos contertulios, que quieren convencerle de que los males que le afligen se deben a sus pecados. Y lo hace con una queja desgarradora: "Piedad de mí, amigos míos, que me ha herido la mano de Dios, y desfallezco de ansias en mi pecho".

         En el fondo, Job tiene fe en Dios, y aunque en el AT todavía no se tenía una idea clara sobre la otra vida, él se fía de Dios e intuye de alguna manera lo que más adelante se revelará más plenamente: "Sé que está vivo mi redentor, y veré a Dios". Este redentor es por el momento (s. V a.C) la figura del goel, que es "el pariente más próximo que sale en defensa de una viuda o de un huérfano, o de uno que ha sido tratado injustamente" (Lv 25, 25).

         En el leccionario de las exequias de difuntos aparece esta lectura de hoy, y nosotros sí que podemos decir con razón "sé que mi redentor vive". Para nosotros, nuestro Redentor es Jesucristo, en quien todo dolor y muerte tienen su sentido más profundo. Por el bautismo ya fuimos incorporados a su muerte y a su resurrección. A ambas cosas juntas, y no sólo al dolor sino también a la vida, y no sólo a la vida sino también al misterio del dolor.

         Esto ilumina la vivencia de los momentos difíciles, y nos ayuda a poder comunicar a otros nuestra fe y esperanza. Cuando nos encontramos cerca de alguien que sufre, o que tal vez se rebela contra Dios, ¿cómo le ayudamos? ¿Como los amigos de Job, que en vez de ayudarle le hunden más? ¿O pretendemos darle argumentos imposibles? ¿Sabemos transmitirles nuestra esperanza, con nuestra presencia y apoyo?

         Jesús, en su crisis de Getsemaní, buscó la amistad y la cercanía de Pedro, de Santiago y de Juan, pero no la encontró porque estaban dormidos. ¿Nos enteramos de cuándo alguien necesita nuestra cercanía? ¿O cuando él nos busca estamos perdidos?

         El salmo responsorial de hoy, una vez más, nos quiere infundir sentimientos de fe y confianza en Dios. No entendemos el misterio del mal ni de la muerte, pero sí sabemos confiar en Dios, que es siempre Padre: "Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo y espera en el Señor".

José Aldazábal

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         Las cosas se han complicado para Job, y Dios parece haberse olvidado de él en medio de su dolor. E incluso sus amigos también le han dicho que son sus pecados los que le han llevado a esa situación tan ruin. Pero Job sigue fiel a Dios, y está dispuesto a morderse su propia carne con tal de no abrir la boca para enjuiciar u ofender a Dios.

         Por eso él sigue creyendo que, incluso después de la muerte, Dios lo defenderá y salvará, pues no habrá encontrado malicia en él. Entonces podrá contemplar a Dios y alegrarse en él. Esta es su firme esperanza, y lo que le mantiene fiel en medio de la prueba tan difícil por la que está pasando.

         También a nosotros hay veces en que la vida se nos complica, y en que la desgracia se ceba sobre muchos sectores de la sociedad, y en que hasta naturaleza se desata contra la gente más débil. Entonces, ¿por qué calla Dios? ¿O es que se ha olvidado de nosotros? Pero preguntémonos rigurosamente: ¿Tiene la culpa Dios, o los malvados? ¿Es Dios responsable del calentamiento de la tierra, o somos nosotros los que la destrozamos?

         Mejor es que cerremos la boca y nos pongamos a escuchar la palabra de Dios, antes de echarle a él la culpa de algo que es nuestro. Y por supuesto, comencemos a amarnos unos a otros, para que vivamos con mayor amor y mayor justicia. Aprendamos a utilizar racionalmente los recursos naturales, y Dios quiera que algún día se cumplan nuestras esperanzas de ver un mundo mejor y con todas las personas implicadas en sofocar el sufrimiento. Y mientras tanto, cerremos la boca.

         Con humildad y persistencia, dirijámonos a Dios para pedirle que nos dé capacidad para superar nuestros egoísmos, para saber configurar una comunidad mundial llena de respeto y cariño. Y sepamos que el Señor, entonces, caminará con nosotros, dispuesto a liberarnos de todo aquello que nos oprime y destruye.

Dominicos de Madrid

 Act: 01/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A