28 de Septiembre
Lunes XXVI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 28 septiembre 2026
Job 1, 6-22
El libro de Job es, en principio, un cuento folklórico fechado en el II milenio a.C, que pone en escena a un rico propietario del sureste del Mar Muerto. Se trata de un hombre íntegro, atacado en su persona y en sus bienes más queridos, y que en esa situación muestra una paciencia ejemplar.
El poeta bíblico tomó la obra antigua para adaptarla a las cuestiones planteadas por su época, por obra de un judío de la 2ª generación del destierro, atento al profundo malestar de sus compatriotas y que se sirvió del cuento mesopotámico como trampolín para intentar dar respuesta a una serie de interrogantes.
El cuento plantea varias cuestiones. Por ejemplo: ¿existe una piedad desinteresada? La respuesta es afirmativa, pues en medio de las calamidades que se abaten sobre él, Job mantiene una serenidad total: "El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, sea bendito el nombre del Señor". Otra cuestión es la de la retribución personal, pues el epílogo describe la reintegración del fiel en sus bienes anteriores.
Con esto vuelve a ponerse sobre el tapete el problema que el cuento plantea: "¿Es desinteresado el temor de Dios?". La pregunta era muy actual para los deportados, que habían visto la victoria de los enemigos de Dios. No es que ellos mismos no fueran merecedores de ningún reproche, pero ¿de qué les había servido su fidelidad a la Alianza, si aquello había terminado en un abandono tan terrible por parte de Dios? En todo caso, fue en el exceso de sufrimientos ( que representó el destierro para el pueblo elegido) donde Job planteó la cuestión de la justicia divina.
Una palabra sobre "el Adversario", ese personaje misterioso que se pone entre Dios y el hombre, y que obliga a Job a pensar en el mal y en la muerte, antes que en el individuo y que en la propia comunidad. En efecto, en el libro hay un exceso de mal, anterior y posterior a cada uno de los personajes que van saliendo, y cuyas consecuencias repercuten en cada uno de ellos. Por otra parte, dicho Adversario (Satanás) acusa a Dios, y le viene a decir que si los hombres le aman, es por los beneficios que les concede. Es decir, que trata de convertir la fe en un amor interesado.
Durante esta semana seremos testigos de una parábola cuyos acentos dramáticos seguramente nos conmoverán. Job, delante de nosotros, se alzará frente a Dios, y frente al Adversario optará por Dios. Su prueba es la del creyente que tiene que enfrentarse al drama de la vida y a su propio Dios.
El libro que vamos a recorrer es, por tanto, un debate, un proceso con 3 personajes: Dios, Satanás (que siembra la división entre Dios y el hombre diciéndole a Dios "los hombres te olvidarán", y al hombre "Dios te ha olvidado") y Job (que, sin sospecharlo, va a ser árbitro en el debate).
Debate de todos los tiempos, en el que Satanás tiene la parte más fácil, y hace que todo hable contra Dios. La situación del creyente, en un mundo en el que existe el mal y la injusticia, es una situación de prueba. ¿Cómo se comportará? ¿Se va a hacer ateo? ¿Se va a resignar? Ni lo uno ni lo otro, responde el libro de Job. El creyente es el contestatario que no desiste de recurrir a Dios.
Satanás y Dios luchan por la posesión del corazón del hombre. Y Job es aquel que, sin saberlo, acepta el desafío. El verdadero discípulo conocerá la Pascua, pero será al final de la prueba.
Frederic Raurell
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Entre los libros sapienciales, el libro de Job es merecidamente célebre. Fue escrito hacia el s. V a.C, se inspiró en las escenas del viejo folklore siro-fenicio, y plantea el problema del mal de una manera inolvidable: "¿Por qué existen el sufrimiento y la muerte?".
Los amigos de Job tratarán de decirle: "A causa del pecado", pues el mal es un castigo. Pero Job modifica la pregunta haciendo otra más radical: "¿Por qué el sufrimiento de los inocentes?". Y ésta sí que es una de las preguntas más graves de todos los tiempos.
La respuesta de Job a dicha pregunta va a ser silenciosa y misteriosa, como una aproximación todavía imperfecta. Efectivamente, habrá que esperar hasta la cruz de Jesús para tener una respuesta definitiva.
Pero entremos ya en el libro, porque en él se establece un diálogo entre Dios (el bien) y Satanás (el mal), y en ese diálogo dijo el Señor: "¿Te has fijado en mi siervo Job? Es un hombre cabal y recto, que teme a Dios y se aparta del mal. No hay nadie como él en la tierra".
Desde el comienzo del relato, y de los labios del mismo Dios, el sufrimiento no es un castigo sino una prueba, y en algunos casos (como en el del justo Job) una terrible prueba (porque él es feliz y rico, y en esa prueba lo va a perder todo de forma injusta: sus rebaños, sus propiedades, sus servidores, sus hijos, su salud...). Señor, ¡qué grande es el misterio en que nos introduces! Porque todo hombre, cuando sufre, siente la tentación de decir: ¿Qué hemos hecho para que Dios nos trate de ese modo?
Satán respondió a Dios: "¿Es que Job teme a Dios de balde? Tócale sus bienes, y juro que te maldecirá a la cara". En el AT, Satán es el adversario por excelencia. De hecho, eso significa su nombre en hebreo (el Adversario), aunque luego se tradujese al griego por diabolos (lit, el Calumniador). En el caso presente, Satán es el que lanza un reto a Dios, y duda que el hombre sea capaz de alcanzar la santidad en la adversidad, o de servir a Dios desinteresadamente. ¿Soy yo capaz de servir a Dios sin pedirle nada? ¿Sirvo a mis hermanos en la penumbra?
Job, postrado en tierra, dijo: "Desnudo salí del seno de mi madre, y desnudo retornaré allá. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Sea bendito el nombre del Señor". Es decir, que en vez de maldecir (como hubiera deseado el Tentador), Job aceptó su sufrimiento y continuó bendiciendo a Dios.
Conviene releer lentamente estas admirables palabras, porque del hombre, abrumado por ese desamparo inaudito, cabría esperar una actitud rebelde, y en cambio asistimos a una sumisión sublime y humilde: "Dios me lo dio, Dios me lo quitó". Satán ha perdido el 1º envite, pero volverá al ataque.
Noel Quesson
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Es posible que Job sea una figura histórica, pero la narración tiene sobre todo un valor simbólico, en torno a la profunda polémica doctrinal de la retribución, centrada en los bienes de la tierra. En esa polémica, Job es un hombre justo, y el problema que el autor se plantea es si su justicia venía por sí misma (sin esperar recompensa) o por interés (siendo imposible, en este caso, la practica de la virtud por la virtud).
Posiblemente heredó el libro actual la tradición más antigua de un Job paciente y justo, y la convirtió en una tesis más profunda: la vida del justo entre Dios y Satán, presentado como enemigo del hombre. De hecho, la doctrina tradicional aludía más bien a una recompensa divina ya aquí en la tierra (Job poseía muchos bienes y prestigio), y al castigo divino ya en vida ante el pecado. En cambio, el autor del actual libro de Job, tal como se nos presenta ahora, es más espiritual, y fija su atención en la virtud (en cuanto virtud, sin recompensas que por ella se pudiera recibir).
El lenguaje es estereotipado, y la narración sigue un proceso dramático. De hecho, al final Job lo pierde todo, menos la vida. Por ello, el v. 21 no sólo es de gran profundidad, sino que constituye la mejor respuesta que puede darse a la virtud desinteresada: "Desnudos venimos al mundo, y desnudos tenemos que partir". Es decir, que los bienes de este mundo son un don de Dios, pero que lo que interesa a Dios es el hombre. Y con eso, el autor ya tiene su tesis: aceptar la desnudez, como la mejor conformidad a la voluntad de Dios.
Pero esto es sólo la 1ª parte, porque lo mismo aquí que en el Eclesiastés, el autor expresa un pensamiento muy importante para interpretar tanto las palabras de Job como las de sus amigos: los bienes del mundo son vanidad de vanidades. Si Job logra desprenderse de ellos con un espíritu tan noble, es porque para él Dios tiene mayor importancia que todo cuanto posee. Y por ello no duda en ofrecer holocaustos por sus hijos, como más adelante los ofrecerá por la virtud.
Josep Mas
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Durante varios días nos va a acompañar la historia de Job. ¿Quién no ha oído hablar de este personaje bíblico? Porque su nombre ha saltado al habla popular, cuando se dice que "tienes más paciencia que el santo Job". No sé si la paciencia es su virtud más destacada, pero tendremos ocasión de averiguarlo a medida que leamos sus peripecias. Hoy, como presentación, escucharemos el encuadre estremecedor. Pero la historia no acaba aquí, y los próximos días irá subiendo de temperatura.
Job es "el bendito" (es decir, el favorecido por Dios), y empieza a experimentar una cadena de penalidades. Unos sabeos le roban el ganado, un rayo fulmina a sus pastores, y una banda de caldeos apuñala a sus camelleros. Para colmo de desgracias, un huracán mata a todos sus hijos, y ni el más trágico de los tangos cuenta una historia tan semejante.
Pues bien, sobre este fondo negro, destaca con más intensidad la reacción de Job: "El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor". Así pues, tenemos ya una 1ª reacción creyente ante la desgracia: la bendición. Una reacción que a muchos puede parecer insana y humillante, pero que es la que nos ofrece la 1ª clave (sólo la primera) para afrontar el mal inmerecido: bendecir.
¿No os parece que no hemos sido educados para la bendición, sino para todo lo contrario? Y si no, examinemos nuestro lenguaje, en el cual no paramos de decir "maldita enfermedad, maldito gobierno, maldita persona". La maldición prolonga hasta el infinito los efectos del mal, y aunque procura un 1º desahogo emocional, con el tiempo nos va atenazando, pues bajo la apariencia de liberación nos fija a la fuente del mal (a la maldición), y de este manera nos va convirtiendo en herramienta del mal.
No es nada fácil ver las cosas desde esta perspectiva. Es más, probablemente nunca llegaríamos a ella si no fuese por la palabra de Dios, verdadera "lámpara para nuestros pasos" en todas las encrucijadas de la vida. Como decía San Jerónimo, "ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo".
Gonzalo Fernández
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La desgracia y el dolor son realidades con las que nos tropezamos frecuentemente, y también ahora en el libro de Job son siempre actuales. Job era un hombre temeroso de Dios, que había recibido innumerables bendiciones. Y de repente fue despojado de todos sus bienes y de su salud. No obstante, su conformidad con la voluntad divina se mantuvo firme, y eso que empezó a sufrir hasta las burlas hirientes de su mujer. Ante la cual, no dudó en contestar: "Si recibimos de Dios los bienes, ¿porqué no también los males?" (Job 2, 10).
Hoy puede ser un buen día para que examinemos nuestra postura ante el Señor, sobre los momentos de nuestra vida en que se han hecho presentes la desgracia y el dolor, o sobre cuando nos ha visitado la aflicción. ¿Fuimos en esos momento hijos agradecidos? Porque solemos serlo en la abundancia y en la salud, pero ¿y en la escasez y la enfermedad?
Fuera de la fe, el sufrimiento del inocente y del justo causa ciertamente desconcierto, pues mientras que a unos la vida les sonríe, a otros les toca vivir de espaldas a Dios. La pasión de Cristo es la única que puede dar luz a este misterio del sufrimiento humano, de modo particular al dolor del inocente.
En la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido. Los padecimientos de Jesús fueron el precio de nuestra salvación, y desde entonces nuestro dolor puede unirse al de Cristo, y mediante él participar en la redención de la humanidad entera.
Nunca pasa el dolor a nuestro lado y nos vuelve a dejar como antes. Porque o bien purifica el alma, y aumenta el grado de unión con la voluntad divina, y nos ayuda a desasirnos de los bienes, y nos desapega de la salud... O bien nos aleja del Señor, y deja el alma entristecida y torpe para lo sobrenatural.
Hemos de mirar a Cristo en medio de nuestras pruebas y tribulaciones, pero no fijándonos tanto en la cruz como en el amor. Encontraremos que cargar con la cruz tiene sentido cuando la llevamos con amor, y por amor junto al Maestro. Como decía Tanquerey, "a los pies del Crucificado es donde comprenderemos que en este mundo nos es posible amar sin sacrificio, y que el sacrificio es dulce al que ama".
Francisco Fernández
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El libro de Job, libro sapiencial (y no histórico) del s. V a.C, es uno de los más impactantes del AT. Lo vamos a ir leyendo durante una semana a forma de parábola sapiencial, proyectando sus grandes interrogantes sobre nuestra vida, y también el interrogante que más ha preocupado a la humanidad: el problema del mal.
El libro está compuesto por un prólogo y un epílogo muy poéticos, mientras que el cuerpo central (40 capítulos) es un entrelazado de soliloquios y oraciones de Job, de coloquios con sus amigos y la respuesta de Dios. Su figura central es Job, un hombre justo y paciente, ante el cual sus amigos no pararán de interpelarle.
Según los amigos de Job, éste sufre porque habrá cometido algún delito en presencia de Dios. Pero el autor del libro no cree en esta explicación, y sigue buscando otra respuesta a la existencia del mal. Debe haber otra razón misteriosa, a no ser que Dios sea caprichoso y cruel. Aunque ni siquiera las palabras finales, que el autor pone en labios de Dios, aportan una solución del todo convincente.
Recordemos que estamos en el AT, y todavía no se tiene idea clara de la otra vida, ni se ha encendido la luz de la pascua de Jesús, el auténtico inocente que experimenta la mayor de las injusticias y la la muerte.
Empieza el libro con un prólogo a forma de cuento dramatizado. En el cielo, en la presencia de Dios, tiene lugar un consejo de sabios, y en él Satanás ("el Adversario") pone en duda la solidez de Job, y reta a Dios a que le ponga a prueba para ver si es tan fiel como parece.
Toda suerte de calamidades caen sobre el pobre hombre. Y de momento su reacción es acorde con su fama de paciente. Incluso sus palabras han sido una consigna para tantas personas a lo largo de los siglos: "Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor". El salmo responsorial de hoy refleja esta fidelidad de Job: "En mis labios no hay engaño, y aunque me pruebes al fuego no encontrarás malicia en mí. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío".
Job, de momento, no se rebela contra Dios, aunque más adelante tenga crisis profundas. Pero es admirable su 1ª reacción y nos puede hacer pensar. ¿Cómo hubiéramos reaccionado nosotros? ¿Sabemos aceptar como venido de la mano de Dios lo que nos pueda pasar? ¿O nos dejamos trastornar por cualquier contrariedad?
¿Mereceríamos el sarcasmo de Satanás, que interpreta nuestra bondad como muy poco gratuita? ¿Servimos con alegría a Dios porque nos colma de bendiciones? Y si nos llegara la desgracia, ¿le seguiríamos sirviendo con igual fidelidad?
José Aldazábal
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La 1ª lectura recoge los primeros versículos del libro de Job, una de las joyas de la literatura clásica hebrea y cuyos párrafos podremos escuchar toda esta semana. Se trata de un libro que plantea la trama, y a partir de ella elabora sus 40 capítulos, empeñados en responder al estado del protagonista: el justo que sufre sin razón, y la humilde aceptación de su situación.
El salmo responsorial de hoy expresa en forma de oración el estado al que ha llegado un creyente: angustia y dolor, debidos a la acusación falsa de sus adversarios.
A 1ª vista, el libro de Job aborda la irrelevancia de la condición humana. O mejor dicho, la humildad. Tratemos ahora de actualizar por ahora su mensaje principal: hay cosas que nunca podremos comprender. Job y el salmista lo expresan a su modo, y ése es el misterio de la vida, que no nos invita a la resignación sino a ser más confiados en Dios.
Dominicos de Madrid
Act:
28/09/26
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ordinario
E D I T O R I
A L
M
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R C A B A
M U R C I A
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