24 de Septiembre

Jueves XXV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 24 septiembre 2026

Ecl 1, 2-11

         Entre los libros sapienciales, el Eclesiastés es célebre hoy porque expresa en un lenguaje sumamente práctico algunos de los sentimientos humanos más corrientes de nuestra época moderna: el desencanto, el aburrimiento, el peso de la condición humana y la aparente absurdidad de la vida y de la muerte. Tras lo cual, concluye con un rotundo estribillo: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad".

         Este es el tema general de todo el libro: que nada puede satisfacer totalmente al hombre, ni el placer, ni la riqueza, ni el trabajo. Es decir, que nada puede garantizar al hombre su felicidad.

         El autor de estas decepcionantes palabras, Qohelet, vivía hacia el s. III a.C, en una época de brillante civilización helénica, que en muchos casos se lanzaba ávidamente a la facilidad, al confort y al lujo. Sin embargo, vuelve a decir una vez más: "Todo es vanidad". Es decir, vacío, hueco e insatisfacción, pues "¿qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol?".

         En efecto, si buscamos solamente "bajo el sol" (es decir, en este mundo) el sentido de la existencia humana, encontraremos que no tiene sentido. Y si sólo disponemos de la luz del sol para descubrir el valor de la vida, sacaremos la conclusión de que no hay nada que valga la pena de ser vivido. Y si el hombre no tiene más que al hombre para iluminar lo que él es y adónde va, nada sale del monólogo gris.

         Mientras se mantiene la ilusión de que la vida "bajo el sol" podría aportar una felicidad sin límite, se corre el riesgo de quedarse a ras del suelo, y provocar un vacío de insatisfacción. Es la angustia que acompaña el diagnóstico pesimista del Eclesiastés.

         ¿Sabemos mirar nosotros de frente esa situación de muchos hombres, y de las grandes corrientes contemporáneas? ¿O la observamos morbosamente y de forma complaciente? Porque lo que hemos de hacer es que esos hombres descubran el sentido para el que han sido creados, y que sepan que el fin último y verdadero de todo hombre está sólo en Dios.

         En efecto, el corazón del hombre está hecho para Dios, y ninguna otra cosa podrá satisfacerlo, ni siquiera los pequeños solaces parciales de aquí abajo. Sólo Dios puede colmar al hombre, y la insatisfacción terrestre causa un vacío que sólo podrá llenar la revelación de Dios.

         Pero continuemos con el diágnostico de Qohelet: "Sale el sol y el sol se pone, sopla el viento y gira al norte, todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena". Es decir, que todo es fastidioso, aunque nadie pueda decir que "se cansa el ojo de ver, y el oído está harto de oír".

         Este diagnóstico es de un realismo muy lúcido, pues se tiene la impresión que nada avanza y que todo se repite indefinidamente. Y nada es más deprimente para el hombre que esta impresión de inutilidad, o de ese estar haciendo algo que no sirve para nada. El carácter cíclico de la vida nos da precisamente esta sensación, la de estar encerrados en un círculo y dando siempre vueltas en él.

         ¿Y quién romperá ese círculo? ¿O no hay ninguna salida? El autor sabe por experiencia que la salida no se halla en la saciedad carnal, pues "nuestros sentidos no están nunca saciados, y el deseo renace". Danos, Señor, esa lucidez necesaria para que se agudice en nosotros el deseo de ti.

Noel Quesson

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         Al contrario de Job, Qohelet es un hombre a quien la felicidad y la fortuna parecen haberle sonreído. Pero el sentido de la existencia le inquieta tanto o más que a Job, porque si bien este último se revolvió ante la falta de sentido del sufrimiento, el Eclesiastés no ve más que vanidad en "una felicidad que deja insatisfecho". Pertenece a un mundo en el que la idea del más allá es prácticamente desconocida, y la solución que se busca ha de encontrarse "bajo el sol", buscando a su luz el sentido de la vida.

         La respuesta de Qohelet (autor del Eclesiastés) está clara: si no se dispone de la luz del sol para ver lo que vale la vida, hay que concluir que no hay nada que merezca la pena. Y si el hombre no cuenta con más herramientas que las que tiene, para aclarar el asunto del ser humano y el mundo, "no hay más que vanidad" (v.2).

         La causa profunda de esta última es el carácter cíclico de la vida (vv.4-9): todo se repite indefinidamente en una triste monotonía, y si el hombre cree descubrir algo nuevo es que su memoria le falla (vv.10-11). Aun así, los elementos fundamentales (tierra, sol, viento, aguas: vv.4-7) conocen un perpetuo volver a empezar a través del cual, al menos, perduran. E incluso el hombre se mueve tanto o más, pero sin la satisfacción de durar (v.3).

         El Eclesiastés carece de ese sentido de la historia que le permitiría compartir el optimismo del Salmo 103 o de Job 38-40 sobre el mundo. E incluso su sabiduría no está aún iluminada por la meditación de la historia de la salvación (que no tiene nada de cíclica, puesto que va a parar en línea recta a la escatología). Y no espera lo suficiente de los tiempos, que son siempre nuevos en cuanto que son dones de Dios.

         Y porque carece del sentido de la historia, carece también del sentido del hombre, al cual no se imagina liberado (por Dios, su Señor) de las presiones y de las alienaciones, e incluso capaz de colaborar en la construcción del tiempo de Dios. Qohelet es el portavoz de quienes, por no tener ante la vista la plenitud de la revelación, desesperan del mundo y de la vida, sin saber que algún día se manifestará su verdadera significación.

         En su pesimismo, Qohelet es testigo de la angustia y del absurdo, y no quiere recurrir a Dios para que le libere de ese absurdo. Y solamente llevando al extremo la vanidad humana (hasta en la muerte) puede descubrir una respuesta a su angustia. Qohelet, como el existencialismo moderno, espera sólo al hombre Jesús, y su muerte.

         Al celebrar en la eucaristía el memorial de un acontecimiento pasado y siempre nuevo "hasta que vuelva", los cristianos celebramos la libertad que el Señor trae a la humanidad, frente a los determinismos y desengaños de un universo que no extrae su sentido de más allá de sí mismo.

Maertens-Frisque

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         Más de uno se ha preguntado si el escepticismo del Eclesiastés es compatible con la fe cristiana y con el anuncio entusiasta del reino de Dios que viene. Y la pregunta, ciertamente, no carece de fundamento. Pero no hemos de perder de vista que su autor es un israelita creyente, que entiende a Dios como la única roca de apoyo consistente.

         Jesucristo también se preguntó de qué le valía al hombre "ganar el mundo entero si acaba perdiéndose él" (Mc 8, 36), y San Pablo alertó a sus fieles de Corinto de que "la apariencia de este mundo pasa" (1Cor 7, 31), de modo que lo sensato es vivir en la provisoriedad, en el "como si no" y sin hacer opciones definitivas por lo que es transitorio e inconsistente.

         El Eclesiastés cumple su papel en el conjunto de la Biblia, y como libro separado ni éste ni ningún otro libro poseería un mensaje vinculante por sí mismo, si no es en el conjunto de la Escritura bíblica.

Severiano Blanco

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         Después del libro de los Proverbios, durante 3 días leeremos una breve selección de otro de los libros sapienciales del AT: el Eclesiastés, escrito por Qohelet (lit "el predicador", el que habla a los demás en una asamblea de hermanos). Y de ahí el nombre griego de "el Eclesiastés", el que habla a la asamblea o sinagoga.

         Contiene el libro unas recomendaciones que nos orientan a vivir según la voluntad de Dios, aunque tiñendo sus palabras de un sano escepticismo, fruto de la experiencia humana.

         La 1ª frase ya resume todo el espíritu del libro: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad" (o vaciedad). Tras la cual, las comparaciones se van sucediendo expresivamente: "una generación sigue a la otra", "el sol sale y se pone", "el viento va cambiando de dirección", "los ríos van al mar y no parecen saciarlo"... En resumen, que "nada hay nuevo bajo el sol", en una perspectiva no demasiado alentadora, pues "¿qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol?".

         No obstante, se trata un escepticismo que puede resultar sano, pues ¿para qué afanarnos tanto y andar con tantas preocupaciones por la vida? ¿No estaremos perdiendo el humor y la serenidad, y por tanto, calidad de vida? Jesús nos enseñó a no angustiarnos por las pequeñeces de la vida, y nos puso el ejemplo de los pájaros y los lirios, invitándonos a poner un poco más de confianza en Dios y un poco menos de angustia. Si trabajáramos con un poco más de serenidad, todo seguiría su curso igual y no habríamos perdido la paz. Y no tendríamos los desengaños de buscar la felicidad donde no está.

         Es interesante que hace 2.300 años ya se nos diga que "nada hay nuevo bajo el sol", y que "si alguien afirma que algo es nuevo será porque ha perdido la memoria", porque seguro que eso ha pasado ya antes. Cada uno tiende a creer que es el único o el primero (en amar, en sufrir, en hacer cosas importantes...), y eso es, como dice Qohelet, propio de personas poco inteligentes.

         Lo único que no pasa es Dios. Por eso el salmo responsorial de hoy nos hace decir: "Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación, y mil años en tu presencia son un ayer que pasó". Este Salmo 89 tiene un versículo que gustaba mucho a Juan XXIII, del que el papa decía que ahí estaba el secreto para ver con sabiduría el discurrir de la historia: "Enséñanos a calcular nuestros años". Sin entusiasmarnos demasiado por nada, y sin desanimarnos demasiado por nada, sino fija la mirada en un Dios que no cambia y que da sentido a todo.

José Aldazábal

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         Lo pasajero y tal vez repetitivo, que hoy analiza Qohelet, no tendría sentido si no se contemplara con un horizonte de eternidad. Pues la vida temporal puede atraparnos en sus redes y embotar nuestra mente, e incluso hacernos creer que nuestra felicidad se concretará en este paraíso terrenal, construido por nosotros mismos.

         Deberíamos más bien vivir en la novedad del amor, que nos hace avanzar hacia la realización del hombre perfecto. Y no deberíamos quedarnos en medio del mar, dando vueltas constantemente sobre el mismo punto. Es necesario decidirse si quedarnos aquí ("bajo el sol", como dice Qohelet) o a pasar a la otra orilla, de tal forma que nos lancemos sin bote salvavidas al proyecto de Dios.

         Esa fue la invitación que nos hizo Jesucristo: "Sed perfectos como vuestro Padre Dios es perfecto". ¿Preferimos todavía quedarnos donde estamos ("bajo el sol"), dando vueltas para partir y retornar al mismo lugar?

Dominicos de Madrid

 Act: 24/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A