26 de Septiembre
Sábado XXV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 26 septiembre 2026
Ecl 11, 9; 12, 8
Un libro tan humano como Eclesiastés termina hoy con una hermosísima evocación de la juventud, el tiempo de la vitalidad que debe vivirse en la alegría, sin olvidar que es pasajera (y vanidosa, como todo lo restante) y que ha de contrastarse con la vejez, en términos llenos de poesía: "Alégrate joven, y en tus años mozos ten buen humor. Sigue los senderos de tu corazón y los deseos de tus ojos".
Esta exhortación a los jóvenes parece muy optimista, e invita a aprovechar los buenos años de la juventud, porque la vejez nos acecha. No obstante, si lo tomásemos como una invitación al placer desenfrenado, no habríamos entendido nada del pensamiento profundo del autor, pues "tienes que saber que por todo ello te emplazará Dios a juicio".
La juventud es un don de Dios que hay que vivir en la expansión y alegría. Pero también es un tiempo del que tendremos que rendir cuentas. Efectivamente, Qohelet anima a la juventud a que desarrolle su vitalidad: "Aleja de tu corazón el malhumor, aparta de tu carne el sufrimiento". Y esto es muy positivo y también muy moderno, pues facilitaría las relaciones actuales entre las generaciones.
Por otra parte, ¿de qué modo podrían los jóvenes descubrir a Dios, si lo que se les ha inculcado es una imposición sobre determinado estilo de vida a gusto de los ancianos y adultos, y no el suyo propio? Nos atrevemos a decir así, con el autor, que el único terreno en que Dios está presente para los jóvenes es el de su vitalidad desbordante, y el de dejarles vivir su juventud. Eso sí, "acuérdate de tu Creador en tus días mozos, antes que vengan los días malos".
Tras lo cual, pasa el Eclesiastés a analizar el tiempo de la vejez, "cuando tiemblen los guardas de la casa y se doblen los hombres vigorosos, cuando dejen de moler las mujeres y se ahogue el son del molino, cuando enmudezcan las canciones, y la altura cause recelo, y haya sustos en el camino".
Es imposible resumir esta hermosa descripción de la vejez, y por eso conviene leerla por entero. A través de esta descripción poética, sobre la caducidad de la vida, a la par que sobre la caducidad de las cosas, se siente un profundo amor hacia los ancianos, y una especie de nostalgia amorosa que pone de relieve la realista belleza de esa edad. Resulta inútil añorar la juventud, y lo mejor es vivir cada edad de la vida con realismo.
No obstante, muchas de estas imágenes poéticas no son muy claras, sobre todo las que evocan belleza y fragilidad ("florece el almendro, está grávida la langosta y da fruto el alcaparro") y las que aluden a los últimos días ("el hombre se va a su eterna morada", "los del duelo circulan por la calle" y "el hombre se va a su eterna morada").
En medio de esta evocación realista, encontramos una fórmula muy hermosa, en la que podemos detenernos y en la que la nueva liturgia de difuntos se ha detenido como hermoso canto de despedida: "Nuestro Padre te espera a la puerta de su morada, y los brazos de Dios se abrirán para ti". ¿Podemos continuar diciendo que todo es vanidad, cuando todo acaba con esta promesa? Sólo la fe nos abre a esta certeza.
Noel Quesson
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En esta parte conclusiva del Eclesiastés reaparece el tema de la vanidad (o inconsistencia de la vida) y se nos invita a saber vivir durante la juventud y la vejez. Reaparece la fórmula de tesis-antítesis, y la tensión constante entre alegría y tristeza, entre optimismo y pesimismo, entre luz y sombra, entre la gozosa belleza de la vida en flor y la desconsolada visión de la vida que se acaba.
Ante la fugacidad que representa ser joven, el Pseudo-Salomón (o Qohelet) recuerda que el gozo de la vida sólo tendrá sentido si está enmarcado en el temor de Dios, y esto antes de que se oscurezcan el sol y la luna, y antes de que vuelvan las nubes y la lluvia.
Hasta el último momento, nuestro autor hace gala de una sutil ironía que le permite percibir las incongruencias de la existencia humana. Pero su ironía es creadora, busca la corrección y no la destrucción, y quiere enseñar a actualizar la actualidad, como momento presente abierto al futuro y sin anacronismos paralizantes. Es una ironía que no destruye aniquilando lo incongruente, sino que construye tratando de integrarlo en la racionalidad.
La vanidad o inconsistencia que denuncia Eclesiastés es algo muy cercano a la idolatría, y por ello ¿vale la pena vivir en estas circunstancias?
Nuestro autor responde que Dios creó tanto los días buenos como los malos, y que por tanto el hombre debe estar preparado para recibir el don que Dios le dé: "Sé feliz el día de la felicidad". Es una respuesta positiva al problema de la vida, y es posible reconocer en ella un designio de un Dios benévolo para el hombre.
La obra termina con un bellísimo epílogo, lleno de simpatía por este Sócrates bíblico que "además de ser sabio, enseñó al pueblo lo que él sabía, estudiando, inventando y formulando muchos proverbios" (Ecl 12, 9). Las comunidades judía y cristiana, al aceptar al Eclesiastés como libro canónico (es decir, oficial), reconocen el valor de unas palabras que hacen pensar, alaban la labor de un hombre que tuvo como 1ª ilusión ayudar a razonar, y apuntan al autoritarismo como una señal de debilidad, constatando que las ideas no necesitan el apoyo de la fuerza.
Utilizar el cerebro significa ir en busca del sentido de la vida, aunque esto engendre dolor. El epiloguista sabe que interpreta a nuestro autor cuando repite la invitación final: "Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque eso es ser hombre" (Ecl 12, 13).
Frederic Raurell
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Hoy el predicador se nos pone escatológico, pues esto va a tener un final, y en ese final el cuerpo humano volverá al polvo del que fue formado, y su espíritu volverá al Dios que se la dio. Reconocer el señorío de Dios sobre nuestra vida es un cuestionamiento acerca de nuestra fidelidad, y ser conscientes de que Dios tiene derecho a pedir cuentas.
Nuestro autor parece muy experimentado, y hoy escribe como un anciano que hubiera pasado por todo. Sobre todo sabe que ciertas formas de goce de la vida sólo se dan en la juventud, y que un creyente con sentido ético no puede entregarse a excesos irracionales. Es decir, que el Gaudeamos igitur Juvenes dum Sumus debe entonarse con algo de sordina.
Sabe, además, que las dolencias y achaques de la vejez no son la circunstancia ideal para la mejor entrega a nuestro Hacedor, y que el enfermo carece frecuentemente de la debida paz en su trato con Dios, y que el dolor limita, deteriora y hasta puede desesperar. ¿Cuántos son capaces de una oración serena desde un dolor agudo? Mejor aprovechar la juventud.
Severiano Blanco
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Qué difícil es llegar a hacer una comunión entre el pasado y el presente, con una visión de futuro. Sobre todo de un futuro que tratamos de construir a base de grandes esfuerzos, procurando conquistar la justicia y la libertad. Pues cuando uno llega a viejo, lo único que desea es conservar es, como únicamente válido, aquello que ha sido fruto de su entrega e ilusiones.
Puede suceder entonces, reflexiona Qohelet, que la nuevas generaciones nos traten de anquilosados y retrógrados, y de momificados en un pasado que nos impide seguir luchando por un mundo mejor.
Por ello, los que ya han entrado en edad han de seguir esperanzados en el futuro, entregando a la siguiente generación la herencia sobre la que ésta ha de continuar su trabajo. También han de seguir disfrutando, sobre todo de aquello que ha sido fruto de sus esfuerzos y sudores.
Vivamos con tal responsabilidad que jamás destruyamos lo que nuestros antepasados pusieron en nuestras manos, no sea que al dejar un mundo más deteriorado (de como lo recibimos) vayamos a ser dignos del juicio de nuestro Dios, que nos ha puesto al servicio no de nuestros intereses, sino del bien hecho a todos, conforme al camino de progresiva perfección en Dios.
José A. Martínez
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A los jóvenes parece como si el predicador Qohelet les animase hoy a disfrutar y a pasárselo bien mientras puedan. Y es verdad que les dice que eviten las penas y los dolores que pueda acarrear la vida. Pero la sabiduría viene en el matiz siguiente: "Sabe que Dios te llevará a juicio, para dar cuenta de todo". O sea, que les invita a gozar honestamente de la vida, como don precioso de Dios.
En cuanto a los viejos, es hermoso, aunque un poco patético, el poema que compone Qohelet sobre la vejez y el atardecer de la vida, comparando a un anciano con una casa, en la que se suceden los paralelos:
-un anciano ya no le
saca gusto a las cosas,
-se le oscurece la luz,
-no logra oír el
ruido del molino o el canto de los pájaros,
-le da miedo las alturas por el vértigo,
-ronda los
terrores,
-le cuesta dormir por las noches;
-tiemblan los guardianes de la casa (brazos y manos),
-las que muelen (los dientes) se paran,
-los que miran por las ventanas (los ojos) se ofuscan,
-las puertas de la calle (los oídos) se cierran,
-cuando florezca el almendro (las canas).
No obstante, nos vienen bien los consejos de Qohelet, que relativiza un tanto las cosas y a la vez da un sentido de fe a la vida.
Los jóvenes ya pueden empezar a ser sabios si son capaces de aprovechar la vida y vivirla en plenitud. Pero responsablemente, porque darán cuenta de su vida ante Dios. Alegría, sí, pero haciendo el bien, que es la mejor manera de construir un futuro válido.
A los ancianos se les recomienda una sana resignación, pues como decía ayer el sabio, cada cosa tiene su tiempo. Pero los síntomas de vejez no tienen por qué ser necesariamente dramáticos, y en ellos puede el anciano seguir ofreciendo a Dios lo mejor de su vida. Tanto si es energía y fortaleza, como debilidad y quietud.
El salmo responsorial de hoy insiste en la visión escéptica de la vida y en la confianza en Dios: "Como hierba que se renueva, que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca. Señor, tú has sido nuestro refugio, y toda nuestra vida será alegría y júbilo".
El libro del Eclesiastés termina con una frase que no leemos en esta selección, y que parece dar un sentido de fe a todo lo anterior: "Basta de palabras. Todo está dicho. Teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso es ser hombre cabal" (Ecl 12, 13).
José Aldazábal
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He aquí un curioso poema del Eclesiastés, que constituye un inventario de las decepciones humanas: ¿Para qué una vida larga, si conduce a la decrepitud?
El estilo del poema es muy alegórico, y se compara la ancianidad con una casa todavía habitada, pero que se va degradando lentamente (pues "el vigor de las hombres va disminuyendo", y "la belleza de las mujeres se va marchitando"). Una casa en que "la rueda de moler se detiene" (porque hay pocos para hacerla girar), mientras que "las puertas de la casa siguen cerradas" (ya que no hay guardianes lo bastante aguerridos).
Una lectura rabínica del poema lleva la alegoría todavía más lejos, y relaciona cada una de las imágenes con una parte del cuerpo humano. Así, los "guardias que tiemblan" serían los brazos, y los "hombres vigorosos que se doblan" las piernas; las "mujeres que dejan de moler" serían los dientes, y las "ventanas que dan a la calle y han de cerrarse" los ojos. La "voz del molino" sería la voz humana, y las "flores del almendro" los cabellos blancos. Finalmente, la "langosta desfalleciente" y el "fruto de la alcaparra" representarían el sexo.
Se trata, pues, de un canto a la fragilidad humana, que medita hoy el Eclesiastés, y que el salmo 89 prolonga como salmo responsorial de hoy.
Dominicos de Madrid
Act:
26/09/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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