25 de Septiembre
Viernes XXV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 25 septiembre 2026
Ecl 3, 1-11
La 1ª lectura de hoy nos propone 3 cortos extractos del libro del Eclesiastés, un libro breve y fascinante que nos dice que "todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo", lanzando un interrogante final: "¿Qué provecho obtiene el que trabaja por toda su fatiga?".
El autor del libro (Qohelet) cita de ese modo, en un hechizo poético y monótono, 28 acciones humanas, opuestas y contradictorias, que siguen el ritmo de la vida del hombre: hacer y deshacer. En efecto, el hombre está siempre amenazado por la contradicción, y por tener que volver a empezar siempre de nuevo. Esta alternancia es decepcionante, porque hace más difícil la continuidad en el esfuerzo, y porque ¿para qué se va a construir una pared, si luego se va a derribar? ¿O por qué lavar los platos si se van a tener que volver a lavar? Y así indefinidamente.
Efectivamente, el hombre es el único ser de la creación que siente dolor por su fragilidad, por su carácter caduco y por su mutabilidad. Pero ¿no prueba esto que tiene que haber otro fin? De ahí cosquilleo interior de Qohelet: "Considero la tarea que Dios ha asignado a los hombres, y que ha hecho todo lo apropiado a su tiempo".
Es decir, que junto a su condición caduca, Dios ha puesto también en el hombre un deseo infinito. Y que el autor del Eclesiastés no es, por tanto, un ateo, aun cuando repita a menudo el análisis lúcido de ciertos ateos modernos.
Para Qohelet, en medio del flujo y reflujo del tiempo, está lo infinito, y esto es lo que en definitiva se va construyendo (aunque no se perciba). Y la fluctuación monótona y deprimente del tiempo (que va pasando) es el terreno misterioso de una eternidad naciente, en el seno mismo de la descomposición del tiempo.
El tiempo, por tanto, ¡tiene finalmente un sentido! Pero no en sí mismo, sino en Dios, o más bien en la eternidad de Dios. Sin embargo, no hay que buscar el sentido del tiempo solamente en el más allá y en el después, pues ni se va a refugiar en el cielo ni nos va a descubrir los planes del Eterno. Recordemos el texto: "Fue en su corazón donde puso Dios la infinitud del tiempo". La eternidad ya ha comenzado, y es concomitante con el tiempo: "No has comprendido nada, mientras no hayas comprendido que hoy es el día del juicio".
Hoy se desarrolla la eternidad, y en ella estamos inmersos. Y todo lo que hacemos, minuto tras minuto, toma una densidad eterna en Dios. En efecto, lo permanente se va construyendo en el núcleo mismo de lo que fluye y pasa. Como decía San Pablo, "incluso si en mí el hombre exterior se va arruinando, el hombre interior se construye día a día".
Noel Quesson
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El libro del Eclesiastés fue escrito entre el s. III y II a.C, por parte de un autor que se llama así mismo Qohelet (lit. el Predicador) y que parece reincidir en la melancolía, sometiéndose al pie de la letra a lo que hoy llamaríamos proceso de secularización. Es decir, viviendo las realidades terrestres sin referencia alguna a una explicación exterior, y eliminando todo sentido a la existencia humana.
El poema de hoy recoge el tema de los ritmos del mundo, y en él Qohelet va enumerando hasta 28 acciones opuestas que someten el ritmo de la vida y del hombre a una ciega ley, unas veces necesaria y otras imprevisible. Es decir, que lo únicamente seguro es que a una acción sucederá su opuesta, sin que nadie puede adueñarse de ella ni siquiera durante un instante, porque la inversión y la alternancia se van sucediendo al ritmo el tiempo.
Así pues, el hombre es incapaz de actuar siempre en el mismo sentido, y está llamado a contradecirse sin cesar, y a empezar siempre de nuevo. Las cosas tienen su tiempo, y una vez transcurrido ese tiempo desaparecen y dan paso a otra, en un ritmo y periodicidad ineludibles.
Pero esta alternancia no es constante sino engañosa, viene a decir Qohelet, y eso hace imposible toda continuidad en el esfuerzo, y lo único que permite es liberarse de las acciones pasadas y olvidar lo que ha motivado el disgusto (vv. 9-11).
Para el Eclesiastés, el tiempo pasa de forma cíclica, en una incesante cadena de muerte y nacimiento. Lo cual inserta al hombre en una exigencia espiritual de su ego más profundo. Ciertamente, el hombre está sometido a la universal movilidad, y cada una de sus acciones es arrastrada por el flujo de la historia, causándole dolor ante la imposible posesión de lo inmutable y eterno. El tiempo tiene, pues, la última palabra, al ofrecer a cada uno su condición provisional.
Maertens-Frisque
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La reflexión que hoy ofrece el Eclesiastés se distancia de todas las concepciones fosilizadas, y en su empeño por descubrir el sentido de la vida va descartando las falsas ilusiones que suplantan a Dios, o lo hacen innecesario, o lo domestican, o lo convierten en un ídolo a disposición del hombre. Es decir, de todo apego a las ideas, sentimientos o sistemas religiosos, que ofrecen un camino seguro para llegar a Dios y adueñarse de él (en vez de permitir la irrupción de su iniciativa salvadora).
Eso es lo que hoy viene a decirnos el autor del Eclesiastés (para algunos Pseudo-Salomón y para otros Qohelet) en sus reflexiones sobre las diversas actividades humanas (vv.1-8), desde una visión del tiempo y del cosmos que parece participar tanto del panta rei (lit. todo fluye) de Heráclito como del eterno retorno de los estoicos: "Todo tiene su tiempo y sazón" (v.1).
Pero los tiempos sucesivos son contradictorios en su contenido, y se anulan recíprocamente en sus efectos (nacer-morir, plantar-arrancar, matar-curar, demoler-construir, llorar-reír, arrojar piedras-guardarlas, desgarrar-coser...), viene a observar Qohelet, y de ahí que se trate de alternancias fundamentales entre las que se halla prisionero el hombre.
Nuestro autor no comparte, así, el fatalismo cósmico y el determinismo histórico de la filosofía griega, sino que lo supera por su fe religiosa en un Dios que es Señor de la historia, aunque trascendente en el secreto de su acción en el tiempo: "Observé todas las tareas que Dios encomendó a los hombres. Todo lo hizo hermoso en su sazón, pero el hombre no abarca las obras que hizo Dios desde el principio hasta el fin" (v.10).
En la impenetrabilidad de los misterios de la vida, observa Qohelet, hay una última meditación sobre la realidad (evidente y misteriosa), y una extraña semejanza entre el hombre y la bestia. El hombre debe habituarse a aceptar lo que es inevitable y a vivir con lo que no puede cambiar, y no tiene más opción que aceptar el mundo en que ha nacido (al igual que el resto de animales), pues Dios no le ha hecho partícipe de los secretos de la creación y de la providencia.
Pero esto no debe llevarlo a una postura trágica. La ironía del Pseudo-Salomón (o Qohelet) es una invitación a tomar la vida con toda su ambigüedad. La soberanía de Dios y la finitud del hombre abren la puerta a un temor lúcido y sano que nos permite gozar de una vida que, al fin y al cabo, no es totalmente nuestra. En este sentido el Eclesiastés es un auténtico maestro de sabiduría.
Frederic Raurell
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Qohelet se presenta hoy apático y encogido de hombros (según su costumbre), y la vida le parece un indefinido hacer y deshacer sin horizonte ni sentido alguno. Pero de repente da un salto de fe, y reconoce (quizás con un lenguaje no muy correcto) que las fatigas del hombre en el mundo son un encargo de Dios, y que Dios no es indiferente a toda esta aparente prosa en que se desarrolla la vida humana.
Vuelve a ver las cosas entonces como creación de Dios, y reconoce que "todo es hermoso" y participa en un misterio inasible. En cuanto al hombre, reconoce que se distingue de las demás criaturas en que puede pensar, pero no en que su pensamiento pueda abarcar tanta maravilla.
Nosotros, los del s. XXI, vivimos en una época de exploración tecnológica y espacial, de la macro y microfísica y de la física atómica. Pero el dotado de espíritu poético tiene la suerte de trascender las fórmulas físicas, y el creyente de ver a través de las cosas, y de percibir la inabarcable huella de Dios en ellas.
Severiano Blanco
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Hoy leemos otra de las famosas páginas de Qohelet, el predicador del Eclesiastés: "Todo tiene su tiempo y su momento". El sabio enumera 14 binomios opuestos (tiempo de nacer y de morir, de plantar y recoger, de callar y de hablar, de guerra y de paz...), tomados de la vida, para indicarnos que debemos saber en cada momento lo que toca hacer, con sensatez. No son disyuntivas, sino situaciones complementarias, pero que cada una tiene su tiempo adecuado.
Tras lo cual, vuelve a insistir en su visión escéptica: "¿Qué saca el obrero de sus fatigas?". A lo que él mismo se responde: es tal la hermosura de lo creado por Dios, y de cada cosa hecha "a su tiempo", que no vale la pena esforzarse demasiado, porque "el hombre no abarca las obras que hizo Dios".
La sabiduría cristiana está enraizada en la palabra evangélica de Cristo. Pero también puede beber en las páginas sensatas y con sentido del AT, que no presentan altas teologías pero sí una sensibilidad creyente que mira a Dios y tiene los pies bien puestos en el suelo.
Si supiéramos discernir, por ejemplo, cuándo es "tiempo de llorar o de reír, de guardar o de arrojar, de destruir o de construir", nos irían bastante mejor las cosas en nuestras opciones personales y eclesiales. Cada cosa tiene su tiempo, y nuestros disparates (pequeños o grandes) suelen venir de no distinguir estos tiempos.
No nos tendríamos que tomar tan en serio a nosotros mismos, y seríamos más felices si miráramos con humor lo que hacemos, sin subirnos a la altura cuando nos sale bien ni hundirnos cuando fracasamos. Lo cual no es una invitación al fatalismo o a la vaguería, sino a trabajar con más serenidad interior y exterior, sin asustarnos de casi nada.
Santa Teresa de Jesús, que tenía basante sentido común, supo expresar sabiamente esta disponibilidad serena ante lo que nos depara la vida: "Cuando penitencia, penitencia; cuando perdices, perdices". De nuevo se apunta en el salmo responsorial de hoy a que lo único sólido es Dios: "Bendito el Señor, mi roca y baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo y mi refugio". Mientras que "el hombre es igual que un soplo, y sus días una sombra que pasa".
José Aldazábal
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El ser humano es sólo dueño del presente, y por eso se aferra a él luchando por conquistar una vida mejor y más digna. E incluso también los cristianos se afanan en ese presente, trabajando por hacer realidad el reino de Dios. Pero eso no debe ser sólo así, sino que también hay que contemplar el futuro, sin todo aquello que hoy nos oprime o nos hace sufrir.
No basta, pues, con tener buenos, aunque sean sobre una vida plena. Sino que hay que ponerse en camino para llegar a la realización de nuestras esperanzas. Porque hay Alguien que camina junto a nosotros y que, con su ayuda, impulsa nuestra vida hacia el futuro que es Dios: Jesucristo.
En este camino hacia el futuro no podemos dedicarnos tan sólo a que las futuras generaciones disfruten de una existencia mejor, o de un mundo más perfecto del que nosotros recibimos. E incluso no podemos esforzarnos por construir la civilización del amor de Jesucristo sin que antes hayamos disfrutado nosotros, por propia experiencia, de esa civilización, rezumando el trabajo y esfuerzo de las generaciones anteriores a nosotros.
Lo único que se nos pide a los seres humanos es no estacionarnos, y que al gozar de nuestros logros continuemos esforzándonos y caminando hacia la meta, que es la plenitud del reino de Dios.
Dominicos de Madrid
Act:
25/09/26
@tiempo
ordinario
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M U R C I A
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