7 de Noviembre

Sábado XXXI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 7 noviembre 2026

Flp 4, 10-19

         Leemos hoy el final de la Carta a los Filipenses, con la despedida que hace Pablo a los filipenses. Un momento que quiere aprovechar el apóstol para agradecerles la ayuda económica que le han enviado, así como para recordarles lo contento que está con ellos. Lo que le han enviado le ha ayudado a hacer frente a su situación de arresto domiciliario en Roma (v.14), y por lo que se ve su apuro se ha resuelto satisfactoriamente. De ahí la delicadeza con que bendice la ofrenda: "incienso perfumado, un sacrificio aceptable que agrada a Dios" (v.18).

         Aparentemente, la iniciativa de la ayuda partió de los mismos filipenses, y no de un ruego del apóstol. Y por tal espontaneidad es por la que aprecia Pablo el gesto y lo acepta. De hecho, no parece que fuera éste su comportamiento habitual, sino muy al contrario (1Tes 2,5-9; 2Tes 3,7-9; 1Cor 9,4-18; 2Cor 11,7-10; 12,13-18).

         Y es que por más que creyese tener derecho a ello, Pablo se resistía a solicitar ayuda para vivir, prefiriendo remediar sus necesidades con el propio trabajo. Por las razones personales que fuesen, hizo una excepción con los filipenses, habiendo aceptado de ellos con anterioridad al menos 2 remesas de dinero (v.15).

         De cualquier forma, Pablo quiere dejar claro que él no busca su ayuda ni tiene necesidad alguna, pues ha aprendido a arreglarse con lo que tiene, tanto si le sobra como si le falta (v.11) . Sólo él sabe a qué precio le costó mantener, de hecho, la fidelidad a este principio.

         Hasta ahora ha salido a flote de todas las dificultades, como él mismo recuerda: "Todo lo puedo en aquel que me conforta" (v.13). Y está seguro de que en este momento también se habría arreglado. Pero agradece a los filipenses su cortesía y cariño, y por eso ha aceptado su ayuda (v.17). Dios les recompensará.

Miguel Gallart

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         Pablo debió haber recibido en Roma algún paquete de ayudas por parte de sus fieles de Filipos, y por eso se muestra contento y les da las gracias: "Hermanos, me alegré mucho en el Señor de que pudierais expresar de nuevo vuestro interés por mí". Pero sabe también salvaguardar su independencia apostólica, y por eso se lo recuerda: "No lo digo movido por la necesidad, pues he aprendido a contentarme con lo que tengo".

         ¿Sé yo andar escaso y sobrado? ¿Y estar saciado y pasar hambre? Porque dice Pablo que "vivo en la abundancia y estoy falto de todo". En efecto, Pablo ¡es libre! El dinero recibido de sus fieles no le ha hecho desviarse de lo que tiene que decir, y por eso hace notar que hubiera podido pasar muy bien sin sus limosnas.

         El afecto a Cristo es el que llevaba a Pablo a ese hermoso equilibrio, y a ser feliz en cualquier situación. Cuando estaba "en la abundancia" lo agradece y da gracias, y cuando estaba "en la privación", no se queja, pues "Cristo me basta".

         He ahí uno de los secretos de la felicidad, que a todos nosotros debería hacernos tomar la vida tal como se presenta, apreciando las cosas buenas cuando las tenemos (sin apegarnos a ellas) y sabiendo aceptar las privaciones (cuando todo falta). De otra parte, esto es fácil de decir, pero no deja de ser un hábito que hay que adquirir, pues hasta el mismo Pablo tuvo que decir que lo consiguió "gracias a aquél que me conforta" (en otra de esas maravillosas definiciones paulinas de Jesús: Aquel que me conforta).

         San Pablo, pues, reconoce su debilidad ("no hago el bien que quisiera"; Rm 7,19) y su fortaleza ("lo puedo todo"), pero no es por su propia fuerza sino por "aquel que me conforta". Danos, Señor, esta visión serena y lúcida, y haz que aceptemos nuestras alegrías y penas con este mismo equilibrio, con sencillez y como algo natural. Y con la certidumbre de que tú sabrás confortarnos cuando llegue el momento de soportar los pesos pesados, o las situaciones humanamente insoportables.

         Pero quedémonos con una de las frases finales: "Nado en la abundancia, después de haber recibido lo que me habéis enviado. Dios proveerá con magnificencia a todas vuestras necesidades". Porque nos viene a decir que sirviendo a los hermanos, y aliviando sus necesidades, ¡ofrecemos un culto a Dios! Y esto vale no sólo por la ofrenda en dinero, sino por cualquier servicio realizado, o por cualquier compromiso aceptado. Ninguna acción generosa, incluso la más material, es ajena a Dios.

         Pablo lo interpreta todo "en Cristo", porque nada es indiferente a Dios. Tenemos una cuenta abierta en el banco de Dios, donde se inscriben todas nuestras acciones amorosas. Nuestra vida terrestre tiene un valor infinito, si por lo que está movida es por el amor.

Noel Quesson

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         Pablo solía ganar con sus propias manos lo necesario para subsistir, sobre todo tejiendo lonas para tiendas o toldos (Hch 18, 3). Sin embargo, no fue nunca una persona autosuficiente, sino que supo valorar también los regalos. A nivel personal era escrupuloso a la hora de evitar cualquier atisbo de interés, y para él tan sólo pidió a los demás el apoyo espiritual. Pero a nivel comunitario supo unir a la oración entre hermanos el cubrimiento de las necesidades más urgentes.

         Esto queda particularmente claro en la 1ª lectura de hoy, que nos presenta un episodio más del entrañable afecto que unió a San Pablo con la Iglesia de Filipos. Los filipenses habían sido solícitos en los gastos y estrecheces que veían que pasaba Pablo, y él aceptó todo eso por el cariño mostrado.

         Pero lo más hermoso es que Pablo, que estaba adaptado a todo ("a vivir en abundancia y necesidad"), se regocija por los bienes enviados por los filipenses porque eso "atrae las bendiciones de Dios", aparte de generar una mayor fraternidad y compromiso entre los hermanos. Una preciosa lección para nosotros.

Nelson Medina

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         La Iglesia de Filipos era la comunidad predilecta de Pablo, con tal confianza que permitía que le enviasen cuantos presentes quisieran, sabedor de que nunca se lo echarían en cara. Pero el apóstol les recuerda hoy el origen de esa confianza, que no había sido humana ni abstracta, sino la fuerte comunión "en Cristo".

         Suena ya a tópico hablar de la necesaria relación entre vivencia de fe y economía, y de que la adhesión a Jesús se traduce (entre otras cosas) en opción por los demás. La Carta I de Juan trata el tema taxativamente: "Si alguien tiene bienes de la tierra y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo estará en él el amor de Dios?" (1Jn 3, 17).

         Los bienes de la tierra son buenos, porque Dios creó el mundo para disfrute del hombre. Pero la posesión del mundo está expuesta a muchas deformaciones, como la del rico Epulón (cuyo dinero dejó sin entrañas, ante su hermano sufriente). En la Iglesia tenemos la vieja costumbre de hacer la colectas por los demás, desde que San Pablo las instituyó (1Cor 16, 1). Y esto significa que la comunidad eclesial no puede ser un colectivo egoísta, sino un colectivo que abre sus ojos al mundo para ver dónde hay necesidad.

         Quienes tenemos lo necesario, no olvidemos la lección de Pablo: el cristiano es el libre frente a todo ("a tener y a carecer"), porque hay Otro "en quien todo lo puede". El verdadero cristiano es el que no se hunde antes las eventuales carencia, ni pone en duda nunca que Dios le sigue amando.

Severiano Blanco

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         La última página de la Carta a los Filipenses la dedica Pablo a agradecer a los filipenses la ayuda material que le han facilitado por medio de Epafrodito, y que le ha llegado a su casa de Roma (donde está confinado). No es la 1ª vez que habían hecho esto los filipenses, y Pablo se lo agradece con unas líneas que tratan de poner el objetivo, y el acento de todo ello, en el Señor.

         Pero el apóstol aprovecha también la ocasión para mostrar su actitud ante los bienes materiales: "He aprendido a arreglarme en toda circunstancia: sé vivir en pobreza y abundancia". Y siempre apoyado en Cristo: "Todo lo puedo en aquél que me conforta".

         En 1º lugar, la enseñanza de Pablo nos sirve para valorar los favores que otros nos hacen, y para que aprendamos a ayudar a los demás cuando los vemos en necesidad. Una de las cosas que más agradecemos es que nos visiten cuando estamos enfermos, o que se acuerden de nosotros cuando lo necesitamos (como era el caso de Pablo, que estaba prisionero en Roma).

         La alabanza del salmo responsorial de hoy se nos tendría que aplicar de lleno a nosotros: "Dichoso el que se apiada y presta, y reparte limosna a los pobres, y su caridad es constante y no falta". Sobre todo porque Dios no se dejará ganar en generosidad: "Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús".

         Para el apóstol, esta caridad hacia el prójimo es verdadera liturgia, y un culto que agrada a Dios más que los cantos y las fiestas. Lo que han hecho los filipenses, mandándole esa ayuda y ánimo, "es un incienso perfumado, un sacrificio agradable que agrada a Dios".

         En 2º lugar, la enseñanza de Pablo es una lección sobre la actitud que hemos de adoptar ante los bienes materiales: una cierta indiferencia. Es decir, una lección sobre cómo saber arreglarnos con lo poco y lo mucho, "en la pobreza y en la abundancia, en la hartura y en la estrechez".

         Igual que Pablo no buscó nunca aprovecharse de su ministerio (para que las comunidades le mantuvieran a su costa), los cristianos también deberíamos buscar lo necesario para la propia vida y para las tareas evangelizadoras, conformándonos con lo que nos va deparando la vida.

         ¿No es ése el secreto de la verdadera felicidad y de la credibilidad ante los demás? Ni riquezas ni miseria, ni servir a dos señores. Sino considerar a Cristo como el valor fundamental, y "considerar todo lo demás una pérdida y basura" (como nos decía ayer Pablo).

José Aldazábal

 Act: 07/11/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A