6 de Noviembre
Viernes XXXI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 6 noviembre 2026
Flp 3, 17; 4, 1
Escuchamos hoy en la 1ª lectura una frase que actualmente puede chocar un poco, pero que fue pronunciada por Pablo sin orgullo alguno: "Hermanos, sed imitadores míos, y fijaos en los que viven según el modelo que tenéis en nosotros".
Posiblemente se estaba refiriendo Pablo a la frase conocida de Jesús: "Que los hombres vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos". Y lo que trataba de decir a los filipenses es que dieran ejemplo y trataran de ser un modelo para los demás, como él mismo intentó.
Tras lo cual, da Pablo el por qué tiene que ser eso así: "Porque muchos viven como enemigos de la cruz de Cristo, y su Dios es el vientre, y el objetivo de su vida es terreno". Y eso supone una condena vigorosa: "Con ello van a la perdición".
Hoy día muy frecuentemente, como en tiempo de San Pablo, nos dejamos acaparar por las "cosas de la tierra", y eso nos impide ver más lejos y más alto. Eso nos lleva a estar faltos de horizonte, y a fijar nuestros objetivos en lo meramente terreno, entrando en contradicción cuando decimos querer aspirar a lo espiritual.
El vientre es una imagen que representa todo lo que, siendo perecedero, ocupa demasiado lugar en la vida, achata la existencia y lo reduce todo a un horizonte demasiado restringido, desprovisto de más elevadas aspiraciones. Se trata de las comidas copiosas y refinadas, de los placeres sexuales y no controlados, de los egoísmos y búsqueda del propio confort, de querer llevar una vida tranquila y sin complicaciones.
Y esto es condenable para un cristiano, pues "somos ciudadanos del cielo, y a este título esperamos al Señor Jesús". Oponiéndose a las perspectivas estrechas de la vida, Pablo propone "esperar la venida del Señor". Jesús es "el que viene", y por eso nuestra vida es una larga marcha, esperando ese momento de su venida.
Nuestro horizonte es inmenso, nuestro fin es Dios, y hasta entonces no hay que detenerse. Somos "ciudadanos del cielo", nuestra patria está en el cielo, y aquí abajo estamos manos a la obra, hasta que llegue ese cielo. Nuestra vida empieza aquí, y no acaba ya hasta llegar al cielo.
Efectivamente, los cristianos "esperamos al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene sobre todas las cosas". Para esto hemos sido creados, lo queramos o no. No nos confundamos, pues, con los objetivos.
Por otro lado, no hay en estas palabras ningún desprecio al cuerpo ni al mundo. Sino que hay una visión más completa del cuerpo y del mundo, que relativiza las enfermedades y limitaciones y que nos dice que nuestros cuerpos están destinados a la resurrección, "a imagen de su cuerpo glorioso". ¿Tengo yo, de veras, esta esperanza? Y además ¿Y oriento según ella mi existencia, y mi manera de apreciarlo todo?
"Así, hermanos míos queridos, manteneos firmes en el Señor". Ninguna tristeza, puesto que el Señor hace al hombre más hombre, nos vamos acercando cada vez más hacia la promesa, y cada vez está más cerca la fiesta eterna que Dios está ya preparando.
Noel Quesson
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Los antiguos concebían la tierra como una enorme superficie plana, por debajo de la cual estaba el sheol (lugar de los muertos) y por encima de la cual estaban las diversas bóvedas celestes (en la última de las cuales habitaba Dios). Con este trasfondo se comprende mejor lo que Pablo nos dice hoy en su carta. Nosotros, aunque vivimos en la superficie de la tierra, "somos ciudadanos del cielo". Por eso, como dirá en otro lugar, "debemos buscar las cosas de arriba, donde está Cristo a la derecha del Padre".
No creo que hoy, que tan rabiosamente defendemos nuestra condición mundana, y que tanto acentuamos el misterio del Cristo hecho carne, estemos habituados a considerarnos "ciudadanos del cielo". Pero hemos de sintonizar con esta expresión, dejándonos a través de ella educar por el Espíritu Santo.
Ser "ciudadano del cielo" no significa refugiarse en un paraíso feliz para huir de la compleja vida de esta tierra, sino creer profundamente (sin glosas que desnaturalicen el espesor del misterio) que "él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo".
Gonzalo Fernández
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No es probable que Pablo insulte hoy despiadadamente a sus hermanos judíos, llamándoles lujuriosos y comilones en su referencia a "su vientre y sus vergüenzas". Lo que yo creo que trata de descalificar Pablo es la tradición judía, que se enorgullecía de la circuncisión y prestaba una atención desmedida a la hora de distinguir alimentos puros e impuros.
De eso Pablo entiende mucho, pues durante mucho tiempo constituyó eso "mi propia ganancia" (que "ahora tengo por pérdida"), como veíamos ayer. Pero seguir afirmando esas ganancias sería seguir afirmando un camino de salvación distinto al que Dios acaba de proponer (el de Cristo crucificado). Por eso les llama también "enemigos de la cruz de Cristo".
Ya Jesús había deslegitimado las observancias externas de lo judíos, declarando que "ningún alimento es capaz de hacer impuro al hombre" (Mc 7). Y por eso quizás le tildaron de "comilón y borracho". Lo que está claro es que a Jesús le encantaba compartir la mesa con todo el mundo, potenciando el ámbito humano de comunión. Y eso es lo que quiere salvar a toda costa San Pablo.
La religión nace siempre de una fuerte experiencia con la trascendencia de Dios. Y esa experiencia se pretende prolongar a través de algunas acciones o signos. El problema surge cuando esos signos se desligan de su origen en el día a día, y se van vaciando de trascendencia (interioridad) y llenando de terrenalidad (exterioridad).
Esto es lo que se llama rutina religiosa, de la que Jesús quiso sacar a sus contemporáneos y de la que Pablo quiere sacar a los filipenses. Sobre todo porque ese camino de comodidad está abocado a ir perdiendo la vida y la fidelidad creativa. Y Pablo no quisiera que eso se diese en sus comunidades.
Severiano Blanco
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Mantengámonos firmes en el Señor y vayamos tras sus huellas, sin fabricarnos dioses pasajeros ni querer ser nosotros los salvadores de la humanidad. Seamos tan sólo servidores fieles de ese Dios que llamamos Padre, y de esa entrega a los demás que llamamos amor, que es lo que se nos ha confiado.
Y estemos contentos por ello, porque los que alcanzan a Cristo a través nuestro, e inician un camino de fe tras sus huellas, se convierten para nosotros en nuestra alegría y nuestra corona. No obstante, sepamos que dichos trabajos no serán los que nos salven, sino ese Dios en quien hemos puesto nuestra confianza.
Pidamos al Señor que nos permita trabajar por su Reino e iluminar este mundo con su luz. Y que este trabajo sea la consecuencia de su presencia en nosotros, y de haberlo hecho vida propia en nuestras realidades terrenas. Así seremos los auténticos "ciudadanos del cielo" que pedía Pablo a sus iglesias.
Javier Soteras
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Si ayer se ponía Pablo como ejemplo de los que han sabido descubrir a Cristo en su vida, y dejar por él otras posibilidades que tenían, hoy se vuelve a poner como ejemplo en cuanto al estilo de vida.
Y lo vuelve a hacer dirigiéndose a la Iglesia de Filipos, en la que por lo visto algunos "andan como enemigos de la cruz de Cristo", otros "sólo aspiran a cosas terrenas", e incluso los hay para quienes "su dios es el vientre, y su gloria sus vergüenzas". Por lo que se ve, muchos filipenses todavía no han sacado las consecuencias de su fe en Jesús.
Un cristiano, dice San Pablo, debe considerarse "ciudadano del cielo", y debe tener la mirada fija en el futuro, "de donde aguardamos un Salvador, el Señor Jesucristo, que transformará nuestra condición humilde en condición gloriosa, como la suya".
Ser cristiano no es cuestión de rezar o practicar la religión, sino que es un estilo de vida que afecta a la manera de convivir y a la propia conducta vital. En 2 direcciones lo explica hoy Pablo.
La 1ª dirección es la moralidad de las costumbres. Los cristianos no podemos tener "como dios a nuestro vientre" (lo que Pablo en otras ocasiones llama "bajos instintos"). Y aunque el mundo nos ofrezca ese criterio (de satisfacción de los instintos, y del placer de los sentidos), un cristiano ha asumido ya unos valores superiores, comenzando por la cruz de Cristo. No podemos ser, por tanto, "enemigos de la cruz de Cristo", o querer aceptar a Cristo tan sólo en todo lo suave y consolador, esquivando lo que suponga sacrificio.
La 2ª dirección es la actitud de esperanza y vigilancia hacia el futuro. Un cristiano ha de hacer memoria del acontecimiento pascual de Cristo, actualizándolo en el presente y transmitiéndolo hacia el futuro. Y esa debe ser su visión profética, aguardando la manifestación final de Jesucristo y no olvidando que estamos destinados a una transformación gloriosa (a ser semejantes a Jesús glorificado), desde la que él quiere seguir salvando "con esa energía que posee para sometérselo todo".
Mientras tanto, entre el ayer y el mañana, el cristiano es el que vive el hoy con alegría y coherencia, sin perder la vigilancia. Es así como el cristiano puede dar ejemplo a los demás, no poniendo su meta en "las cosas terrenas" (dinero, placer, prestigio...) sino enseñando a todos su pasaporte de "ciudadano del cielo", que es lo mismo que explicar que está destinado a compartir con Cristo su mismo destino de gloria y felicidad eterna.
José Aldazábal
Act:
06/11/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
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R C A B A
M U R C I A
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