26 de Octubre

Lunes XXX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 26 octubre 2026

Ef 4, 32; 5, 8

         Como en todas las cartas de San Pablo, después de una 1ª parte dogmática nos encontramos con una 2ª parte de cariz más moral, en la que el apóstol se dedica a dar consejos prácticos, derivados y entremezclados con las grandes elevaciones doctrinales. Es así que dichos consejos no tratan de configurar una simple moralina, sino de manifestar que Cristo está siempre ahí, y es él quien justifica y configura nuestra conducta respecto a lo que se nos pide.

         Pues bien, nos viene a decir hoy Pablo que "desborde entre vosotros la generosidad y la ternura, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Jesucristo".

         Las páginas de la semana anterior nos presentaron el misterio del cuerpo de Cristo, del que brotaba inmediatamente una actitud: el amor entre nosotros. Así que hoy, siendo miembros unos de otros, ¿como podríamos vivir sin mutuo amor? Lo cual no tiene nada que ver con la simple solidaridad humana o de una ayuda mutua, sino que implica una exigencia fundada "en Cristo".

         Dentro de esta lógica, lo que resultaría incoherente es que quisiésemos ser miembros de Cristo y a la vez dar rienda suelta al "desenfreno, impureza, codicia, groserías, inmoralidades...". Porque "todos estos actos excluyen del reino de Cristo y de Dios", recuerda Pablo, y porque todo ello va contra la simple moral natural, y contra la forma de vivir como hijos de la luz.

         Detengámonos a observar, desde este ángulo, mi propia vida y la de aquellos con los que vivo habitualmente. Porque en todas ellas nos dice el apóstol: "Sed imitadores de Dios, como hijos muy amados". Jesús ya había dicho "sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5-45), luego de lo que habla Pablo es de imitar a Dios.

         Esto apunta particularmente al terreno del amor: Dios es amor, y "mi mandamiento es que os améis los unos a los otros, como Yo os he amado" (Jn 15-12). Es decir, a vivir en el amor, como hizo Cristo.

         No, esto no es una moralina, ni una ley o código de preceptos, ni se trata de permisos o prohibiciones. Sino que se trata de Alguien a quien hemos de imitar. De ahí la importancia de tener continuamente a Cristo ante nuestros ojos, observando qué hacía, qué pensaba y cuál era su reacción ante cada situación.

         Y si observamos bien a Cristo, nos daremos cuenta de que "Cristo nos amó y se entregó por nosotros, ofreciendo a Dios el sacrificio que podía agradarle". Es decir, que la pasión en cruz fue el momento esencial de su vida y de su amor.

         Tenemos tendencia a olvidar esto, y a imitar a Jesús en el resto de su vida menos en el camino de la cruz. Sin embargo, esa actitud esencial de Jesús nos es recordada en cada misa: "Esto es mi cuerpo entregado". Comulgar con Cristo es comulgar con alguien que "entrega su vida por amor".

         Pero volvamos a la frase de Pablo, porque en ella se distingue el doble amor que llenaba el corazón de Jesús en la cruz: se entregaba "por nosotros" y se ofrecía "al Padre" para agradarle. Jesús hablaba de los 2 mandamientos que se funden en uno, y él mismo fue el 1º en vivir esa realidad.

Noel Quesson

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         Desde luego, Pablo no se anda hoy por las ramas, y comienza la semana con fuerza a la hora de pedirnos "portarnos como hijos de la luz". Y sobre todo, a "usar buenas palabras". Puede que ahí nos duela, pues si revisamos nuestras conversaciones, ¿qué porcentaje se nos va en conversaciones absurdas? ¿Y en murmuraciones, difamaciones, chismorreos o cotilleos? Y todo ello mientras, alguna que otra vez, hablamos de la buena nueva.

         A San Antonio Mª Claret no le gustaban estas conversaciones, y tan es así que, cuando sus amigos querían murmurar, o hablar mal, le decían: "Antonio, vete, que vamos a hablar cosas malas". No sé si con nosotros debería pasar lo mismo, pero lo que sí sería bueno es que la gente se reprimiera en nuestra presencia, a la hora de perder el tiempo con murmuraciones.

         En el fondo, se trata de una cuestión de orientación, pues "ex abundantia cordis, os loquitur" (lit. de lo que habla la boca, está lleno el corazón). Y nuestro corazón debe estar lleno de verdad y de amor, para que Jesús no nos diga que somos hipócritas (como sí dijo a los fariseos). Lo importante es la persona, y no la norma. Y si caemos en la cuenta de lo verdaderamente importante, y nuestro corazón se llena de Dios, nuestras conversaciones no serían tan absurdas y groseras, sino que alabaríamos al Señor como hace falta y daríamos verdadero testimonio cristiano.

Alejandro Carbajo

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         En la parte exhortativa de la Carta a los Efesios, que empezamos a leer el viernes pasado, toca hoy Pablo 2 aspectos básicos: la caridad fraterna y evitar la inmoralidad de la época.

         Para el amor a los demás tenemos 2 buenos maestros, apunta Pablo: Dios Padre y Cristo Jesús. Como dice en sus propias palabras: "Al igual que Dios os perdonó, sed vosotros imitadores de Dios como hijos queridos, y vivid en el amor, como Cristo os amó y se entregó por nosotros".

         Y esto porque los cristianos han cambiado de vida, y esa conversión se les tiene que notar. Como bien recuerda Pablo, "por algo sois un pueblo santo", y "si antes erais tinieblas, ahora sois luz". Así que la consecuencia es lógica: "Vivid como gente hecha a la luz".

         Buen programa para nuestra jornada, que si seguimos seguro que mejorará la calidad de nuestra vida personal y el clima de nuestra familia o de nuestro trabajo. Ante todo, " seamos buenos y comprensivos, perdonándonos unos a otros como Dios nos perdonó". El ejemplo más cercano lo tenemos en Jesucristo, que se ha entregado por todos. Así tenemos que actuar nosotros, pues eso es vivir como hijos de la luz.

         En la otra cara de la moneda, hay otros aspectos que los cristianos deberían evitar en su vida: la "inmoralidad, indecencia y afán de dinero". De esas cosas, como dice el apóstol, "ni hablar", pues "son las que atraen el castigo de Dios". Es decir, que los cristianos hemos de evitar toda indecencia e inmoralidad en las conversaciones y en la vida.

         Por lo que se ve, la cuestión de los "bajos instintos" es algo antiguo, con una vertiente comercial que por lo visto siempre se ha tendido a fomentar. A lo mejor tendría que repetirnos hoy Pablo aquella misma advertencia: "Que nadie os engañe con argumentos especiosos". Es decir, por la televisión y moda del momento, porque 1º se invoca la libertad de expresión, 2º se apela a la realidad pluralista del mundo, y 3º se abre la lata, sin casi limites, de la inmoralidad de las costumbres. Junto a esta indecencia, Pablo sitúa otro de los defectos de entonces y de ahora: "el afán de dinero, que es una idolatría".

         Los cristianos (el "pueblo santo") debemos mostrar, con sencillez pero con valentía, que no queremos ser como la mayoría de la gente, como esa mayoría que no tarda mucho en abandonar los valores fundamentales. Aunque la mayoría estadística sea egoísta, un cristiano no lo debe ser. Si la mayoría ha caído en el deterioro ético de las costumbres, un cristiano debe defender la limpieza de corazón. Y si la moda es la permisibilidad de lo malo, un cristiano debe asentar la perdurabilidad de lo bueno. Aunque se contra corriente.

         De nuevo el salmo responsorial de hoy nos pone en el camino de la verdadera sabiduría: "Dichoso el que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores. Será como un árbol plantado al borde de la acequia, que da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas".

José Aldazábal

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         Pablo nos presenta hoy el contraste entre los que viven en la luz y los que viven en las tinieblas, como una exigencia para ser discípulo de Jesús y poder llevar una vida de plena entrega. Y viene a decir que, desde esa urgencia diferenciadora, es la luz (de la alianza de Dios con el hombre) la que ha de disipar las tinieblas (de las concupiscencias humanas desbocadas). Si somos hijos de Dios, vivamos en la luz, que la noche del error ha pasado.

         Vivir como hijos de la luz significa "ser buenos y comprensivos", y "perdonarse unos a otros, como Dios nos perdonó en Cristo". Seamos imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivamos en el amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor. Si antes éramos tiniebla (por el pecado), ahora somos luz (por la gracia). Vivamos como gente familiarizada con la luz.

Dominicos de Madrid

 Act: 26/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A