27 de Octubre

Martes XXX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 27 octubre 2026

Ef 5, 21-33

         Leemos hoy una de las páginas célebres de Pablo, sobre todo para los momentos que vivimos hoy día y las relaciones entre parejas cristianas. Pues el apóstol se apoya en la dependencia legal (romana) de la mujer respecto a su marido, y desde ahí sugiere que la Iglesia depende enteramente de Cristo.

         Respecto a la pareja Cristo-Iglesia, Pablo dice que "Cristo es cabeza de la Iglesia, y el salvador del cuerpo". Es decir, que la Iglesia ha de someterse a Cristo, así como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla y presentarla sin mancha ni arruga, ni defecto alguno. O lo que es lo mismo, que Cristo cuida con cariño a la Iglesia, porque todos los que la forman son miembros de su cuerpo.

         En estas frases hay 2 imágenes entrelazadas, que a continuación vamos a analizar: la Iglesia es el cuerpo de Cristo, la Iglesia es la esposa de Cristo.

         Como cuerpo de Cristo, los cristianos estamos en unión vital con Jesucristo. La Iglesia es Jesucristo, y los cristianos son Jesucristo en el mundo. Estamos ante una imagen de inmensa belleza y ricas consecuencias. Pero esta imagen, por sí sola, tendría el inconveniente de no marcar bastante la diferencia entre la Iglesia y Cristo. Pablo matiza este pensamiento, diciendo primero que "Cristo es la cabeza de ese cuerpo". No somos Cristo por nosotros mismos, sino porque lo recibimos todo de la cabeza.

         Como esposa de Cristo, los cristianos estamos en unión íntima con Jesucristo, como cualquier relación entre 2 personas distintas. Conviene meditar esta hermosa imagen: Cristo se ha desposado con su Iglesia, se ha vinculado a ella, ha hecho causa común con ella, y nunca se separará de ella porque la ama. Ha entregado su vida por ella, ha muerto por ella para embellecerla, la quiere santa e inmaculada y cuida de ella.

         Cristo y la Iglesia son una sola cosa, se dan totalmente el uno al otro y así dan entre ambos la luz al mundo. Apoyándose en el estado esponsal de la época, Pablo insiste en la sumisión de la Iglesia a Cristo, porque el "esposo es la cabeza".

         Respecto a la pareja marido-mujer, Pablo dice que "el hombre se unirá a su mujer, y los dos serán uno solo", y que "éste es un misterio grande, pensando en Cristo y en la Iglesia".

         Está claro que Pablo habla de Cristo y de la Iglesia, pero habla también a los esposos. A ellos les da Pablo a Cristo y a la Iglesia como modelo, y no existe modelo más alto. La relación conyugal es así promovida al nivel de sacramento, de signo de gracia y vía de santidad.

         Para evitar toda irritación inútil a las parejas modernas, y a los encarnizados defensores de la promoción feminista, bastaría releerles estos textos, para que vean que desde el punto de vista esencial no se reparten los papeles en una única dirección, y que en ambos casos tanto marido como mujer han de ser fuente de gracia y de santidad, el uno para el otro.

Noel Quesson

*  *  *

         El pasaje de hoy de Pablo está sacado de un contexto en el que el apóstol describe la "vida nueva en Cristo". Hasta ahora es algo que ha presentado desde la vida moral propiamente dicha (Ef 4,17; 5,20), pero hoy decide presentarla bajo las imágenes de algunas instituciones: el hogar conyugal (Ef 5, 21-23), la familia (Ef 6, 1-4) y las relaciones sociales (Ef 6, 5-9).

         Es normal, pues, que Pablo piense en "el amor de Cristo" cuando piensa del matrimonio, y que diga a los esposos cristianos que cuando se aman realmente son portadores del amor de Cristo. Sobre todo porque el matrimonio cristiano se convierte, así, en signo de ese amor de Dios para los demás. Un amor que, perfectamente realizado por Cristo, es también realizable por cada uno de los miembros del cuerpo de Cristo, y por ello ha de ponerse en práctica (v.30).

         No siempre será fácil dar este sentido al amor, y muchas veces habrá que acudir al Espíritu de Cristo para ser capaz de llevar ese amor hasta el extremo que él lo llevó (vv.25-28). Pero los esposos son invitados a ello, y a continuar realizando, en su estado propio, este misterio realizado por Cristo en su Iglesia.

         Para Pablo, el matrimonio cristiano representa el amor esponsal de Cristo por su Iglesia, evocando la imagen de las bodas de Dios con su pueblo. Pero alude también una realidad muy profunda: la forma de amar Dios a los hombres, que es tendiendo a la comunión. No hay en Pablo, pues, nada que se parezca a las hierogamias gnósticas de su época o de la época presente, en las que no juega prácticamente nada el amor.

         Si San Pablo pasa de la imagen esponsal de Dios e Israel a la imagen esponsal de Cristo e Iglesia, lo hace para subrayar que es en Cristo en quien alcanza su plenitud el amor unificante de Dios hacia la humanidad, y recalcar que esto sí es decisivo para la historia del mundo.

Maertens-Frisque

*  *  *

         Desarrollando el pensamiento de hoy de Pablo, vemos que en una 1ª etapa sitúa el matrimonio "en Cristo" (que es para él una realidad concreta, de la que tenemos que participar) y en una 2ª etapa hace referencia a los esponsales de Cristo y de la Iglesia (para calificar el tipo de amor que debe animar las uniones cristianas). Y todo ello bajo el ejemplo de la pequeña célula eclesial (la familia cristiana), cuyo amor esponsal es tan importante para los esposos como para la Iglesia.

         Esta asociación del hogar cristiano con los esponsales de Cristo e Iglesia se realiza concretamente por medio del bautismo. En el acto de amor de Cristo en su muerte redentora (v.25) es donde se realiza de hecho su unión con la Iglesia, y la realidad del bautismo, al hacernos miembros de Cristo (v.30), es el acceso concreto al misterio de Cristo y de la Iglesia.

         La palabra que acompaña al rito bautismal (v.26) no es otra cosa que la Palabra de Dios, puesta de manifiesto en ese acontecimiento que es Cristo, y la que, en el kerigma y la catequesis, proclama ese acontecimiento. La adhesión de la fe al suceso pascual de Cristo asocia automáticamente al fiel a la obra de amor de Cristo hacia su Iglesia, que es el "gran misterio" (v.32) del plan salvífico de Dios respecto a todos los hombres.

         Pero San Pablo lleva muy lejos la comparación de la célula conyugal con las bodas de Cristo y la Iglesia, asignando dentro del hogar menesteres característicos de los esponsales Cristo-Iglesia. Así es como, de manera particular, asigna al marido la prerrogativa de Cristo-Cabeza, confundiendo la misión simbólica del Cristo-Cabeza (Ef 1,18-20; 2,19; Col 2,10) y el título jurídico de cabeza atribuido al marido.

         En este momento Pablo se expone a llevar demasiado lejos el pensamiento de sus lectores. Si es cierto que el amor de una pareja cristiana es el signo del amor de Dios (evocado en la imagen de las bodas de Cristo y de la Iglesia), eso no quiere decir, que, partiendo de una simple imagen (los esponsales de Cristo y la Iglesia), haya que imponer a la pareja cristiana obligaciones particulares como si el marido fuera el único habilitado para desempeñar el papel de Cristo mediador (v.23) y la mujer la única habilitada para representar a la Iglesia receptiva (v.27).

         Una imagen, por hermosa que sea, no puede tener repercusiones tan concretas en la diversificación de las funciones. Lo que tiene que repetirse en el amor conyugal es el amor que circula entre Cristo y la Iglesia y no las funciones evocadas por la imagen de las bodas de Cristo y la Iglesia.

         En este terreno Pablo está demasiado influenciado por su judaísmo y por el marco jurídico de la familia que él conoce como para admitir que la esposa pueda ejercer ciertas funciones de mediación respecto a su esposo y, por tanto, ser la figura de Cristo, y que el esposo pueda también ser aceptación y receptabilidad, a la manera de la Iglesia.

         El deseo de Pablo de encontrar el amor de Cristo para con la Humanidad en el amor de los esposos cristianos está perfectamente justificado: eso mismo es lo que constituye el contenido del sacramento. Pero el apóstol vivió en un tiempo en que todas las mediaciones del hogar pasaban por el hombre. Y Pablo ha diferenciado, naturalmente, en la situación cristiana, un papel de mediador específico del esposo, figura de Cristo, y una función de receptividad propia de la esposa, figura de la Iglesia.

Maertens-Frisque

*  *  *

         El pasaje paulino de hoy es uno de los mejores textos sobre la Iglesia y el matrimonio cristiano. Partiendo de una situación concreta, común en aquella época (la autoridad incondicional del padre de familia), Pablo renueva profundamente la visión de la pareja humana, y viene a decir que tanto la autoridad familiar como la autoridad eclesial son, ante todo, autoridades de servicio. Así, el marido "tiene que amar a su mujer como a su propio cuerpo", al igual que Cristo hace con su Iglesia.

         La unión del hombre y la mujer, unión hecha de ternura y de amor, es el sacramento de la unión de Cristo y la Iglesia. Ya el profeta Oseas había visto en el sentimiento tan profundo que tenía por su mujer, a pesar de su infidelidad, un reflejo del amor de Dios a la humanidad; así el matrimonio, con sus alegrías y sus penas, con su parte de traiciones y de perdones, estaba destinado a convertirse en el símbolo más puro de la alianza eterna que Dios había establecido con los hombres.

         Vuelto por completo hacia el misterio de la cruz, Pablo medita en la Iglesia. La Iglesia ha nacido del sacrificio supremo de Cristo, de su exceso de amor. En efecto, no han sido los amigos los que han conducido hasta Cristo a la Iglesia bañada y engalanada, según la costumbre oriental, sino que ha sido el propio Cristo quien ha lavado a su esposa en el baño del bautismo para presentársela a sí mismo "sin arruga ni nada semejante". La esposa de la juventud.

Frederic Raurell

*  *  *

         Sobre el matrimonio se habla mucho, y hay quienes tienden a idealizarlo mientras otros proclaman su desaparición bajo el eslogan "el matrimonio ha muerto, viva la pareja", como si el término pareja aludiese el mundo zoológico. No obstante, la mayor parte del común de mortales considera al matrimonio una situación deseable, aunque compleja.

         En los últimos meses me ha tocado presidir la celebración cristiana de varios matrimonios. He percibido emoción, afecto, nerviosismo, perplejidad. Pero la mayoría no era consciente de que su opción de vida era un elocuente signo del misterio de Cristo y de la iglesia. ¿Cómo descubrir (o redescubrir) esta perspectiva cristiana? ¿Cómo vivir el matrimonio, no como un camino idealizado y a menudo frustrante, sino como el camino de Cristo y de la iglesia; por tanto, como un signo de entrega mutua?

         Del matrimonio podría decirse lo mismo que de la mostaza. Comienza siendo un grano pequeño y puede acabar convirtiéndose en un arbusto en el que aniden las aves. Ahora se están poniendo de moda las "bodas de oro". La prolongación de la vida permite celebrar efemérides que hace unas cuantas décadas eran más bien raras.

         Es emocionante el amor maduro de los matrimonios ancianos. Seguramente, muchos de ellos hubieran tenido mil motivos para romperse, para hacerse la vida imposible, para no transmitir nada. Y sin embargo, con el paso del tiempo, la pequeña entrega de cada día, aupada por la gracia de Dios, ha fructificado en hermosos signos de fidelidad. Yo me emociono más participando en las bodas de oro que en el comienzo del matrimonio.

         A veces, cuando algún casado me pregunta qué puede hacer para mejorar su vida cristiana, lo primero que le digo es si es consciente del tesoro que ha recibido con su vocación matrimonial. Sería triste buscar fuera lo que está dentro. No se trata de acallar la conciencia con un sinfín de actividades sino de vivir el camino de santidad de un proyecto en común. Las consecuencias de este pequeño grano de mostaza son incalculables.

         En un mundo como el nuestro, tan marcado por la búsqueda del interés y por la violencia, el matrimonio es un destello de otro mundo posible. Puede ser una reproducción del drama social (pensemos en las muchas violencias domésticas) o puede ser un laboratorio en el que los cónyuges, muriendo a sí mismos, hablen de quién es Cristo más y mejor que cualquier predicación sobre él.

         ¿Y qué podemos hacer para cambiar este mundo nuestro? ¡Redescubrir el potencial transformador del matrimonio y de la familia! Tu pequeño grano de mostaza lleva dentro el germen de la vida, porque reproduce la relación de vida que Cristo mantiene con su Iglesia.

Gonzalo Fernández

*  *  *

         El texto de la 1ª lectura de hoy es bien conocido por las parejas que se casaron hace algunos años. Corresponde a la epístola que se leía de manera habitual en el sacramento del matrimonio. También hoy se lee, pero el ritual actual permite escoger entre un surtido amplio de textos, de modo que ya se le oye con menos frecuencia en tales ceremonias.

         Mucha gente siente repulsión por lo que dice San Pablo, y lo toma sólo como ejemplo emblemático del supuesto machismo de este apóstol y aun de la Biblia entera. ¿Cómo así que el marido es cabeza de la mujer? ¿Cómo así que ella debe someterse a él? ¿Se necesitarán más pruebas de que la Biblia es patriarcal y machista, y que necesita ser revisada?

         Tales críticas tendrían fundamento para quien no conociera la obra de Cristo. Yo creo que si no se sabe nada de Cristo es posible hablar en el tono de las preguntas retóricas que he presentado y que son de lo más común hoy. Si, en cambio, uno sabe quién es Jesucristo y si entiende un poco de lo que ha hecho Cristo, entonces comprende que pocos pasajes exigen tanto del hombre en cuanto pareja como este pasaje de la Carta a los Efesios.

         Ser cabeza es aquí ser fuente de luz y de guía, ser principio de unidad y sobre todo permanecer digno de ser admirado y seguido. Todo eso hizo Cristo. Si uno piensa en ser cabeza para ser un tirano o un egoísta autosuficiente eso es simplemente retorcer y negar el pensamiento de san Pablo. De modo que si hay un texto en la Biblia que vaya en contra del machismo es el que hemos oído hoy.

Nelson Medina

*  *  *

         "Mujeres, amad a vuestros maridos". Muchas veces se han entendido estas palabras de Pablo en clave machista. Salvando el que Pablo pueda ser hijo de su época, me parece importante leer todo el texto, porque también se les dice a los maridos que "amen a sus mujeres como a su propio cuerpo". Y nadie desea nada malo para uno mismo.

         Así que Pablo exhorta a unas y a otros, sin distinción. Porque Pablo sabía leer la vida en clave cristiana. Y para Cristo, todos somos iguales. O mejor, no. Los más débiles son más queridos. Existe una discriminación positiva. Ojalá también nosotros pudiéramos trasladar a nuestra vida estos criterios.

Alejandro Carbajo

*  *  *

         Sigue Pablo con las recomendaciones sobre la vida de cada día, esta vez en las relaciones entre marido y mujer. La invitación al mutuo amor se basa en la voluntad originaria de Dios en el Génesis, cuando creó al hombre y la mujer y quiso que los 2 fueran "una sola carne". Por eso, que "cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido".

         Esta página de Pablo se leía antes mucho en las bodas, pero ahora no tanto porque invita a las mujeres a "someterse a sus maridos como al Señor", porque "el marido es cabeza de la mujer", así como "Cristo es cabeza de la Iglesia". Aunque luego urja a los maridos a que "amen a sus mujeres como Cristo, que amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella", parece que no se arregla la 1ª impresión.

         Hoy se subraya mucho más la igualdad entre hombre y mujer en su vida matrimonial. Pero Pablo, hombre de su tiempo en cuanto a la constitución de las familias (lo cual se notará mañana también en cuanto a la esclavitud), hay que reconocer que propone aquí valientemente unas consignas que para su tiempo eran revolucionarias.

         La unión entre hombre y mujer la entiende desde la perspectiva de Dios, y por tanto afirma que "amar a su mujer es amarse a sí mismo", porque "es la propia carne". Pero sobre todo, la relaciona con el amor que se tienen mutuamente Cristo y la Iglesia: "Es éste un gran misterio y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia". El amor de Cristo a su Iglesia no es precisamente romántico, sino que lo demostró en la entrega de la cruz.

         Ahí está, para Pablo, la razón de ser del mutuo amor. No habla de igualdad entre hombres y mujeres, impensable en su tiempo, pero sí da los criterios que más tarde llevarán a esa conclusión. En otra carta dirá que "ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gál 3, 28).

         En nuestras relaciones de familia deberíamos aceptar este criterio profundo: ver a Cristo en los demás, imitar a Cristo en su entrega. Esto vale para todas las culturas y para todas las situaciones.

         Como lo que dice el salmo responsorial de hoy, que también se podría entender como un retrato idílico de tiempos antiguos: "La mujer es como parra fecunda en medio de su casa, los hijos son como renuevos de olivo alrededor de la mesa". En el fondo, tanto Pablo como el salmo ofrecen el secreto de la verdadera felicidad y convivencia familiar: "Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos".

         Cuando comulgamos con el "Cristo entregado por", debemos no sólo buscar consuelo para nosotros, sino también pedirle su amor de entrega por los demás. Se tiene que notar durante el día, en las relaciones entre marido y mujer, entre hijos y padres, entre hermanos o compañeros de trabajo. Si no, será una eucaristía que no producirá los frutos que Cristo esperaba.

José Aldazábal

 Act: 27/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A