30 de Octubre

Viernes XXX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 30 octubre 2026

Flp 1, 1-11

         En Filipos había fundado Pablo su 1ª comunidad en Europa (Hch 16, 12), y de ella había recibido ayudas económicas (Flp 4, 15). Un nuevo donativo, que le llega por medio de Epafrodito (v.18), podría haber sido la ocasión para escribir la Carta a los Filipenses que hoy comenzamos, cuyo saludo sugiere la imagen de una comunidad desarrollada y organizada (v.1).

         Por de pronto Pablo da fe de cómo le impresiona la constancia de los filipenses en su entrega, desde el 1º momento, al evangelio (vv.3-5). Este reconocimiento, por el que da gracias a Dios, le proporciona a la vez la ocasión de orar por ellos "con satisfacción y gozo".

         El apóstol se siente animado por la confianza de que "la obra buena realizada en ellos no dejará de llevarla a término aquel que la empezó, hasta que llegue el día de Jesucristo" (v.6). Tiene motivos para pensar así de ellos, pues los lleva en su corazón y, en la prisión y defensa del evangelio, ellos han participado con él de esa gracia (v.7).

         Con todo esto, Pablo les expresa cuánto les ama en las entrañas de Jesucristo, y que "sólo Dios puede ser testigo de ese amor suyo por ellos" (v.8). Lo que pide para ellos es que su caridad "aumente en conocimiento y percepción, para elegir las cosas mejores" (v.9). El crecimiento en la caridad es el que purificará y mantendrá a todos sin pecado hasta el día de Cristo, llenos de frutos de santidad "por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios" (v.11).

         En este mundo no hay amor que no produzca desazón, pues el amor busca lo mejor para aquellos a quienes ama. Pero también manifiesta la impotencia de quien ama, de cara a hacerlos felices de forma total y definitiva. Podríamos hablar de una especie de tragedia del amor, y de ella es de la que da testimonio hoy Pablo.

         Su plegaria rezuma, pues, incapacidad, pues no tiene en su mano el poder hacer a los filipenses todo lo que les desea, y eso que los ve expuestos al peligro del cansancio y desaliento. Por eso ruega por ellos, movido por la propia incapacidad, y por la confianza en el único que puede llevar a cabo la obra buena. Quién sabe si rezar quiere decir precisamente eso: acoger la propia inutilidad, con la confianza puesta en quien todo lo puede. Sobre todo delante de aquellos a quienes amamos, y en el silencio frente a lo inaccesible.

Miguel Gallart

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         Comenzamos hoy la lectura continua de la Carta a los Filipenses, una de las cartas más personales de San Pablo, y la de mayor tono confidencial. Sobre todo porque la Iglesia de Filipos, la 1ª de las comunidades nacidas en el continente europeo (tras llegar allí desde el Asia Menor), era donde San Pablo se encontraba más a gusto.

         En su presentación, Pablo no se da el título habitual de apóstol, sino el de servidor (lit. esclavo de Cristo, en griego): "Nosotros, Pablo y Timoteo, servidores de Cristo Jesús". Adivinamos en esta palabra todo lo que comporta de abnegación total, de pertenencia absoluta, de servicio concreto y de vida entregada hasta el fin.

         Tras lo cual, dota a su carta del tono que va a marcar todo su escrito: "Doy gracias a Dios cada vez que pienso en vosotros y cada vez que ruego por vosotros, siempre con alegría". Es decir, la acción de gracias y la alegría. Y da las causas de este motivo de alegría: "A causa de la colaboración que habéis prestado al evangelio, desde el primer día", y porque "estoy convencido de que quien inició en vosotros su obra la irá consumando hasta el final". ¿Suelo orar yo así por los que amo y conozco?

         Como se ve, Pablo ha ido ya introduciendo en su saludo cierta precisión de las perspectivas teologales y humanas. Los filipenses han trabajado por el evangelio, pero era Dios quien hacía "su obra" en ellos, en íntima colaboración de la libertad y de la gracia. Es decir, Dios y nosotros, y ni Dios sin nosotros ni nosotros sin Dios.

         Todavía hoy está Dios trabajando en nuestro mundo y en mi vida, pero de esa manera. ¿Trato habitualmente de meditar lo que Dios está haciendo en este momento para incorporarme a él y para colaborar con él? ¿Estoy persuadido de que Dios conducirá su obra "hasta el final"? Porque lo que Pablo rezuma es optimismo fundamental y alegre certeza: "Yo os llevo en mi corazón, partícipes como sois de mi gracia, tanto en mi cautividad como en la defensa y consolidación del evangelio, pues testigo me es Dios de cuánto os quiero en la ternura del corazón de Cristo Jesús".

         Hemos destacado ya esa fórmula de Pablo, que tiene la impresión de ser suplantado desde el interior: no es él (el pobre Pablo) quien ama, sino que es "la ternura del corazón de Cristo" (la que habita en él) la que ama a los hombres a través de él. Pablo puede morir de un momento a otro, pues está prisionero y no sabe como acabará su proceso. Sin embargo, exulta de gozo y de ternura. Ayúdanos, Pablo, a no apesadumbrarnos por nuestras propias miserias.

         Me gustaría quedarme con una de las frases de este pasaje: "En mi oración pido que vuestro amor siga creciendo cada vez más, en conocimiento perfecto y en un discernimiento que os permita aquilatar lo más importante". Como se ve, es el amor lo que hace progresar el conocimiento, y no al revés.

         La oración de Pablo es de gran calidad. Su objeto es completamente espiritual, y pide a Dios que aquellos a quienes ama "progresen, por el amor, en el discernimiento de lo que es importante". Así como su finalidad es también espiritual: "A fin de que caminen sin tropiezos hacia el día de Cristo, y tengan en plenitud la santidad obtenida gracias a Jesucristo".

Noel Quesson

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         Pablo entregó todo su ser a cada una de las comunidades que gestó, y el amor fue el gran motor con que las fue cobijando, como él mismo dijo en una ocasión: "El amor de Cristo nos apremia" (2Cor 5, 14). Mas ese amor no siempre fue en todas partes igual de correspondido. Un caso especial fue el de la Iglesia de Filipos, cuyos lazos forjados aquí por Pablo tuvieron siempre el sello de una cálida y entrañable amistad. Es la característica principal de la carta que hoy empezamos a leer: la Carta a los Filipenses.

         Expresiones muy particulares de este afecto son:

-"siempre que me acuerdo de vosotros, doy gracias a Dios",
-"cuando rezo por vosotros lo hago con gran alegría",
-"vosotros habéis colaborado en la propagación del evangelio",
-"os llevo en mi corazón",
-"a todos os amo entrañablemente en Cristo Jesús".

         No hay nada parecido en el resto de los escritos de este gran apóstol. E incluso se trata de algo que, más allá del plano de la estricta confidencia, nos permite asomarnos por una ventana privilegiada al aspecto humano de la evangelización, por llamarlo de alguna manera.

         Más interesante aún es ver qué hace Pablo con todo ese cariño. Porque de él no hace un efluvio de sentimientos limpios y bellos, sino que lo traduce en oración por algunas intenciones específicas (básicamente por el crecimiento en la fe, el amor y las demás virtudes). Se trata de un ejemplo notable de unión entre afectividad humana y caridad sobrenatural y teologal.

Nelson Medina

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         Durante lo que queda de esta semana, y toda la siguiente, nos acompañará como 1ª lectura de la misa la carta de Pablo a los filipenses. Se trata de una de las cartas de la cautividad (junto con Efesios, Colosenses y Filemón), escrita durante el 1º cautiverio de Pablo en Roma (ca. 61-62). Va dirigida a la comunidad de Filipos, ciudad macedónica del norte de Grecia que había sido fundada en el s. IV a.C. por Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno.

         Filipos había sido la 1ª ciudad europea evangelizada por Pablo, a lo largo de su 2º viaje misionero del 49 d.C (Hch 16). El apóstol conservaba un recuerdo muy cariñoso de aquella comunidad, que colaboró con él y le ayudó en todo momento. Esta carta la escribe porque, al saber que había sido detenido, los filipenses le envían por medio de Epafrodito alguna ayuda, tal vez dinero y ropa.

         Hoy escuchamos el saludo, que firman Pablo y Timoteo. Ellos se llaman a sí mismos "servidores de Cristo Jesús", mientras que a la comunidad la titulan "el pueblo santo de cristianos que reside en Filipos". Se trata de un saludo y acción de gracias que están llenos de alegría y cariño cordial: "Os llevo dentro, y testigo me es Dios de lo entrañablemente que os quiero en Cristo Jesús".

         A la vez, Pablo desea que lo que ya tienen de bueno lo sigan manteniendo y vaya creciendo: "El que ha inaugurado en vosotros una empresa buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús", para que "vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más" y llegue al día del juicio "cargados de frutos de justicia". Es bueno que un apóstol reconozca los méritos de la Iglesia, y que vea sus valores y sus virtudes, no sólo los defectos. Y eso es lo que hace Pablo: reconocer a las personas buenas, la entrega personal y la ayuda ajena

         Ningún ser humano es el artífice del bien que se hace, pues seguramente los demás han puesto también su aportación, y a veces más generosa que nosotros. Eso sí, todos debemos desear que crezcan esos valores en el mundo y en las persona, reconociendo lo bueno que ya hay y trabajando para que todavía se mejore más. Buen programa el que nos propone hoy Pablo: "Que sigamos creciendo más y más en penetración y en sensibilidad, para apreciar los valores limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia".

José Aldazábal

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         Escuchamos hoy los sentimientos de gratitud y felicidad que San Pablo siente por sus amigos y discípulos de Filipos. El saludo que hoy les dirige revela una veta de delicadeza, gratitud y ternura, que corresponde al alma sensible de Pablo. Se alegra de la comunión entre los hermanos, de la amistad que le profesan, de haber trabajado juntos en la evangelización y de todo bueno que hay en el corazón de las personas que han descubierto a Jesucristo.

         Demos gracias a Dios por la madurez a la que ya van llegando muchos cristianos de hoy día, y por haberse puesto a colaborar una vez han conocido y amado al Señor. Sobre todo por lo que apunta Pablo a los filipenses: haber madurado a través de las cadenas de los demás (como si fueran suyas) y haber sufrido a causa del evangelio (y no sólo por su meditación personal).

         Jamás debemos dejar de orar por los que han comenzado a creer en Cristo, para que el Señor perfeccione la obra que él mismo comenzó en sus corazones. Nuestra oración debe elevarse por ellos, para que permanezcan fieles hasta el fin de su peregrinación por este mundo, y su entrada en la patria eterna.

Dominicos de Madrid

 Act: 30/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A