20 de Agosto
Jueves XX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 20 agosto 2026
Ez 36, 23-28
El pasaje de Ezequiel de hoy es propuesto por la liturgia para la vigilia pascual, lo que nos habla de su importancia y enorme simbolismo bautismal. En efecto, de nuevo fue dirigida la palabra del Señor a Ezequiel: "Os manifestaré mi santidad, y las naciones sabrán que yo soy el Señor, cuando por medio vuestro manifieste mi santidad". Se trata de la responsabilidad de los creyentes (de los bautizados), cuya misión es visibilizar la santidad de Dios, y ser para los demás una presencia de Dios.
Esta palabra de Dios se pronunció por 1ª vez en Babilonia, en pleno corazón del paganismo y en medio de una civilización completamente entregada a los ídolos mundanos. Fue una Palabra que apuntó muy alto, e invitó los judíos a dar a conocer, "por su vida", y en plena Babilonia hostil, la santidad de Dios. Tras lo cual, anunció Ezequiel la promesa divina: "Os tomaré de entre las naciones, os recogeré de todos los países, y os llevaré a vuestra tierra".
No obstante, para que eso suceda (la vuelta a la tierra prometida), es necesario algo más, aparte de haber dado testimonio ante la pagana Babilonia: "Os rociaré con agua pura, y quedaréis purificados de todas vuestras impurezas, y de todos vuestros ídolos os purificaré". Se trata de la visión anticipada del bautismo, purificador de los pecados y regenerador de la vida de gracia. Porque ¿cuáles son mis pecados habituales? ¿Y mis ídolos? Porque nosotros somos los que creemos en un solo bautismo para el perdón de mis pecados ¿Y para la destrucción de todo lo que me impide vivir y amar?
Lo responde el propio Dios, por boca de Ezequiel: "Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo. Os quitaré vuestro corazón de piedra y os daré un corazón de carne". Es decir, esto consiste en una operación radical, en una renovación total, en una recreación de un ser nuevo. El 1º día de la humanidad, Dios "insufló su espíritu" en el rostro de Adán. Y en este día (de la resurrección de Jesús), él "infundió su espíritu" en los apóstoles.
La iniciativa divina es necesaria para la gran transformación del hombre, con la que él sueña. Pues el surgimiento del nuevo hombre no se halla en las posibilidades de la naturaleza, sino en el "Yo os daré", en el "Yo os infundiré" y en el "Yo os quitaré". Señor, yo quisiera ser más consciente de esta gran operación que no cesas de querer realizar en mí: cambiar mi corazón de piedra, que es duro y no sabe amar, en un corazón de carne, vulnerable y sensible sin medida. Infúndeme, Señor, tu Espíritu.
Noel Quesson
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De 2 maneras va a mostrar Dios su santidad ante los pueblos: castigando a Israel (para purificarlo de sus males), y dándole un corazón nuevo y un espíritu nuevo (para empezar una vida feliz en su tierra). Estamos en los últimos capítulos de Ezequiel, llenos de esperanza y consuelo. Y en ellos todo es nuevo: un agua pura, un corazón nuevo, un espíritu nuevo, y una vida caminando según los mandatos de Dios.
Pero para que eso suceda, es necesario:
-por parte del pueblo, una sincera conversión, en sintonía con el salmo Miserere de hoy: "Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, y un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias";
-por parte de Dios, el perdón: "Os recogeré de entre las naciones, y os infundiré mi espíritu, y os purificaré de todas vuestras inmundicias". Y de este modo, se renueva la Alianza: "Vosotros seréis mi pueblo, y yo será vuestro Dios".
En efecto, toda esta transformación puede llegar a ser una realidad, si empezamos por hacernos cada uno un transplante de corazón, como el que promete Ezequiel: "Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne". Porque ese cambio no es superficial, sino profundo. Y requiere la intervención del cirujano (Dios, por medio de su Espíritu), aparte de nuestra colaboración.
Si oramos sinceramente con el salmo responsorial de hoy ("crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme"), por parte de Dios no va a faltar ni el perdón ni la renovación de la Alianza: "Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios" (1Cor 6, 11).
Cada año, en la vigilia pascual, escuchamos esta lectura de Ezequiel. Porque es la noche en que celebramos el paso de Cristo a la nueva vida, y la noche en que recordamos nuestro bautismo, cuando fuimos injertados en esa pascua de Cristo. Cada vez que la misa empieza con la aspersión con agua, deberíamos recordar que Dios quiere purificarnos, liberarnos de todo pecado y renovar nuestra existencia. Hoy es un buen día para rezar o cantar la invocación inspirada en los profetas: "Danos, Señor, un corazón nuevo".
José Aldazábal
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Muchas veces nosotros mismos, llamándonos cristianos e hijos de Dios, hemos profanado el nombre del Señor entre las naciones. Y es que santificar al Señor no puede ser el resultado de una buena voluntad (por parte nuestra), pues un árbol malo no puede producir frutos buenos. Para que eso suceda, el Señor ha de transformarnos por dentro, renovar nuestro interior, crear en nosotros un hombre nuevo.
Sólo a partir de un corazón nuevo, que sea dócil al Señor, y se deje amar por él, se podrá llevar adelante la obra de salvación de Dios en nosotros. A partir de entonces, y fortalecidos por su Espíritu Santo (que vive en nosotros), seremos realmente una criatura nueva, en continua alabanza del nombre de nuestro Dios y Padre. Él sea bendito por siempre entre nosotros.
Dominicos de Madrid
Act:
20/08/26
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