17 de Agosto
Lunes XX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 17 agosto 2026
Ez 24, 15-24
La 1ª lectura de hoy tiene 2 partes. La 1ª nos habla de la muerte de la esposa de Ezequiel y de la prohibición que éste recibe de hacerle duelo (vv.15-24), y la 2ª anuncia la llegada de un fugitivo del Asedio de Jerusalén, que dará a los exiliados la noticia de la destrucción de la ciudad (vv.25-27). En realidad, las 2 partes tienen el mismo objetivo: anunciar la destrucción inminente de Jerusalén, y que los israelitas acepten esto como un castigo por parte de Dios.
Ezequiel recibe de Dios la noticia de la muerte de su esposa ("encanto de tus ojos"; v.16), pero no la debe llorar. Para entender el sentido y la grandeza del gesto que se le pide hay que tener presentes las grandes manifestaciones de duelo que se producen en el Próximo Oriente cuando muere alguien (ir con la cabeza descubierta, descalzos, etc).
No llorar a esposa tan querida podía hacer pensar a la gente que él no tenía sentimientos o bien que no la amaba tanto. Pero, de hecho, la acción resultaría sorprendente para todos los exiliados. La muerte de la esposa simboliza la destrucción de Jerusalén, y la actitud de Ezequiel la actitud del pueblo cuando esto ocurra. Ezequiel es un signo.
Cuando Dios permita la destrucción del templo ("encanto de los ojos de los judíos", como la esposa lo era para Ezequiel), entonces el dolor, la consternación, la desesperación, y el destierro, serán tan inesperados que a los de Jerusalén no les dará tiempo ni de hacer las señales de duelo, los de Babilonia serán incapaces incluso de llorar, de grande que será su sorpresa.
Todo les desaparece: los hijos y parientes que podían tener en la ciudad, la belleza del templo que tanto dicen amar, la ciudad misma. Cuando llegue el fugitivo anunciando la verdad de lo que ha predicado Ezequiel conocerán los exiliados realmente quién es Dios. Este es el objetivo de toda la acción simbólica: conocer y reconocer a Dios.
La obligación del profeta no es sólo la de proclamar la palabra en un momento o en unas horas determinadas, sino que toda su vida se ve envuelta en esa misión: ha de profetizar con su vida, en todas las circunstancias de su existencia, toda la persona y toda la vida han de ser una proclamación. De esta forma, un mensaje hecho vida es mucho más comprensible y cautivador para el que ve o escucha.
Con frecuencia quedamos sorprendidos por las experiencias personales de los diferentes profetas, sea la infidelidad de la esposa en Oseas o diversos gestos simbólicos en Jeremías. Pero pocos llegan a la profundidad de sentimientos que nos presenta el gesto simbólico que leemos hoy.
Pedro Tosaus
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Como ya hemos visto varias veces, también hoy un acontecimiento personal de la vida del profeta será el símbolo de una situación de todo el pueblo de Israel. La mujer de Ezequiel muere el mismo día de la caída de Jerusalén, y lo que es para él ocasión de vivir, de algún modo se convierte en drama de Dios.
"La palabra del Señor me fue dirigida", comienza diciendo Ezequiel. Si sabemos estar atentos, Dios se dirige verdaderamente a nosotros, en medio de todas nuestras situaciones humanas.
Y he aquí lo que le dijo: "Mira, voy a quitarte súbitamente a tu mujer, al encanto de tus ojos". Hay ternura en estas palabras: "el encanto de tus ojos". De hecho, también para Dios Jerusalén era hermosa, y una esposa a la que se había unido por amor, y que era "el encanto de sus ojos".
A partir de esta expresión, nada me impide imaginar lo que es el corazón de Dios para la humanidad. Porque todas las experiencias humanas han sido aprovechadas por los profetas para decirnos algo respecto a Dios. La experiencia conyugal, en particular, es una de las más utilizadas.
¿Suelo orar a partir de mis experiencias? Pues hagámoslo, sobre todo en la experiencia de la separación de un ser amado. Porque Dios sabe lo que esto supone, y nos lo revela en esta página: "No te lamentes, no llores, no derrames ni una lágrima. Suspira en silencio, y no hagas ostentación de luto".
Pero ¿que significa esa aparente insensibilidad? Ezequiel tendrá que explicar a la gente este comportamiento insólito. El día que cayó Jerusalén, nadie tuvo tiempo de llorar, pues tal fue la prisa por subir a los carros de los deportados que partían hacia Babilonia. Además, aquel día, todo resultó ya inútil, y demasiado tarde para lamentarse (algo que tendría que haberse hecho mucho antes, como bien profetizaban los profetas).
Se trata de un mensaje riguroso y casi desesperante, en que el profeta tiene que decir que es demasiado tarde: "Yo hablé al pueblo por la mañana, y por la tarde murió mi mujer. Y al día siguiente obedecí la orden recibida". Mucho valor es necesario para ser profeta. Señor, danos el valor de asumir todas nuestras pruebas, descubriendo en ellas, si es posible una significación. Tras lo cual, Ezequiel anima al pueblo a seguir su ejemplo: "Haréis lo que yo he hecho: no lloraréis". A veces, en el paroxismo del sufrimiento, no hay ánimo ni para llorar, pues se está a tope y no se puede más.
Cada página de la Biblia nos revela la temible presencia del pecado en la humanidad. Quisiéramos a veces olvidar su presencia, pero él permanece aquí. Es un don saber desenmascararlo, y de ahí que sea sacado también por Ezequiel a colación: "Os consumiréis a causa de vuestros pecados y gemiréis los unos con los otros".
Sentirme agobiado por mis pecados, ser más consciente, gemir por mis faltas, reconocer que soy pecador... todo ello es finalmente un gran beneficio. Cuando las circunstancias dolorosas de nuestra vida nos conducen al reconocimiento de nuestras culpas, hay que dar gracias a Dios de esta luz, pues eso nos permitirá reemprender el camino.
Noel Quesson
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A veces los profetas convierten acontecimientos de su vida personal en signos de la voluntad de Dios para con su pueblo. Así le había pasado a Jeremías (con su celibato) y a Oseas (con la infidelidad de su mujer).
En el caso presente, es a Ezequiel a quien se le muere la mujer, el "encanto de sus ojos", en tierras de Babilonia. Muere precisamente el día en que, allá a lo lejos, empieza el Asedio de Jerusalén. Dios le dice a Ezequiel que no llore ni se aflija, ni se quite el turbante, ni se descalce ni se cubra la cara. En definitiva, que no haga duelo por ella.
Y todo ello porque su muerte va a ser una señal para todo el pueblo. Pues así como el profeta ha perdido a la mujer que amaba, todos van a perder a Jerusalén y su templo amado, "el encanto de vuestros ojos, el tesoro de vuestras almas". Y no tendrán ni tiempo de hacer duelo. Además, no conviene que hagan duelo, porque Dios abrirá salidas de esperanza.
De nuevo, nos encontramos con la afirmación de que un profeta es "señal para el pueblo". El profeta se mete de lleno en la historia, y le dice al pueblo lo que tiene que hacer por medio de palabras y con su propia actuación.
Un profeta debe ser valiente, como Ezequiel, para ayudar a recapacitar a la sociedad sobre dónde está su pecado. Como hace el salmo responsorial de hoy, que señala los fallos que han llevado a Israel al descalabro del destierro: "Despreciaste a la roca que te engendró, y olvidaste al Dios que te dio a luz. Son una generación depravada, unos hijos desleales, y me han irritado con ídolos vacíos".
¿Somos capaces de discernir los signos de los tiempos y de hablar con claridad ante nuestros contemporáneos, apreciando los valores de nuestra generación y ayudando a darse cuenta de lo que va mal, aunque la sociedad lo esté aplaudiendo? Porque no todo es malo, ni tampoco es todo bueno. Hay valores y contravalores en nuestra cultura, y eso es sobre lo que tiene que alertar el profeta.
Un profeta debe ayudar a descubrir la voluntad de Dios a través de su propia vida, como dice hoy el propio Dios: "Ezequiel os servirá de señal". ¿Nos preguntan también a nosotros, viendo nuestro estilo de vida, distinto del de la sociedad, cuál es el motivo de nuestra conducta? ¿Hacemos creíble nuestra evangelización con el lenguaje que todos entienden? ¿Damos ejemplo con las obras, con nuestra opción por la esperanza, con nuestra entrega desinteresada?
José Aldazábal
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En la liturgia de hoy se nos muestra una experiencia larga de dolor y sufrimientos por la que pasa el profeta Ezequiel. Se trata de una dura experiencia externa, que está acompañada interiormente por el buen trabajo del Espíritu en su noble empeño: ejercitar su vocación y misión de profeta de Dios ("que todos sepan que hay un Dios en el cielo y sobre nosotros").
La lección de hoy de Ezequiel, dada en turbación y fidelidad, es tan elocuente como para impulsarnos a poner nuestro futuro en manos de Dios y de su providencia, sin desmayar en el trabajo por el reino de Dios.
El mensaje de Ezequiel ya nos es conocido: llamada de cada uno a su conciencia, reconocimiento del mal que hacemos, apertura a la esperanza de nueva gracia, y conversión de vida. Así es nuestra jornada espiritual, día a día.
Para la jornada de hoy, basta que retengamos las palabras finales de la 1ª lectura: "Ezequiel os servirá de señal". Pues en el llanto fue Ezequiel sufrido, en la persecución fue fiel, en el anuncio del mensaje fue humilde, en la aceptación de la voluntad de Dios fue íntegro. ¡Qué hermosura de vida! Viviendo de ese modo, Ezequiel se mostró fuerte y santo, y se desprendió de todo (hasta de sí mismo).
El Señor nos ama de una forma mucho más perfecta de como el esposo ama a su esposa. Él nos invita a arrepentirnos, pues muchas veces hemos permanecido lejos de él convirtiendo en Dios nuestro a las obras de nuestras manos. Cuando nos arrecie el dolor, y se cierna sobre nosotros la desgracia, vayamos ante Dios para derramar lágrimas, pensando que así seremos escuchados. Pero sepamos que ese llanto, en sí, no puede hacernos propicios a Dios. Él nos quiere a nosotros, y él nos espera a nosotros. Nosotros somos "el encanto de sus ojos" y el amor de su corazón.
Dominicos de Madrid
Act:
17/08/26
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