18 de Agosto

Martes XX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 18 agosto 2026

Ez 28, 1-10

         La palabra del Señor le fue dirigida de nuevo por Dios a Ezequiel: "Hijo de hombre, habla al príncipe de Tiro". Tiro era una ciudad de la costa mediterránea, que con Sidón y Biblos había sido uno de los grandes puertos fenicios de donde éstos partieron para conquistar la cuenca del Mediterráneo. Al dirigirse al príncipe de Tiro, en nombre mismo de Dios, Ezequiel afirma la universalidad de su mensaje que no queda confinado en el interior de su propio pueblo.

         En el evangelio, Tiro seguirá siendo el símbolo de la ciudad pagana. Allí hará Jesús un milagro en favor de una mujer siro-fenicia (Mc 7, 24), y Tiro seguirá siendo la referencia de la "ciudad que no ha oído el anuncio del evangelio", y a la que Dios ama como también ama a todos los paganos: "Habrá menos rigor para Tiro y para Sidón que para ti, Cafarnaum" (Lc 10, 13-15).

         Pues bien, así habló el Señor Dios al príncipe de Tiro, por boca de Ezequiel: "Tu corazón se ha engreído, y te has dicho a ti mismo: Soy un dios, y habito en una residencia divina en el centro de los mares. Pero tú eres un hombre y no Dios, y tomas tu voluntad por la voluntad de Dios".

         Tiro era una isla cercana a la costa, y su posición estratégica ("en medio del mar") le confería una situación de fuerza que la hacía invencible, hasta el día que Alejandro Magno mandó construir un dique que la unió al continente. El profeta se alza contra la pretensión orgullosa de esta ciudad. Una situación que nos parece oír, por adelantado, las invectivas de Jesús contra todas las ciudades que se pasan de listas ante Dios: "Y tú, Cafarnaum, ¿crees que llegarás hasta el cielo? Serás precipitada a los infiernos" (Mt 11, 23).

         ¿A qué experiencia humana, actual y personal debo aplicar esta advertencia, atendiendo a la influencia del Espíritu que es quien me repite hoy estas palabras? Porque como siguió diciendo Ezequiel al rey de Tiro, "con tu sabiduría y tu inteligencia has adquirido una fortuna, y por tu habilidad en el comercio has amontonado oro y plata. Pero eso ha engreído tu corazón".

         Sucede a veces que nos preguntamos por qué la Iglesia nos propone meditar ciertos pasajes del AT. Algunas páginas resultan de veras difíciles:

-ya porque corresponden a una mentalidad religiosa que nos parece demasiado elemental y demasiado simplista;
-ya porque ciertas páginas aluden a sucesos históricos que uno se pregunta por qué sacarlos a la luz.

         Muy frecuentemente Jesús hizo suyos los temas más importantes del AT, para terminarlos en sí mismo. Por lo tanto, toda lectura cristiana de la Biblia debe conducir a él como a su fin. El Espíritu está siempre vivo, y siendo él quien inspiró a los autores del AT, sigue siempre actuando en nuestro tiempo. Los viejos textos adquirirán así una actualidad concreta, al vivificarse a partir de nuestras propias experiencias de vida y a partir de la historia contemporánea.

Noel Quesson

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         En el libro de Ezequiel podríamos distinguir, más o menos delimitadas, 3 partes: una 1ª con oráculos precedentes a la destrucción de Jerusalén, y con frecuencia contra ella (Ez 1-24); la 2ª, con los oráculos contra las naciones (Ez 25-32); y la 3ª, posterior a la Caída de Jerusalén, con oráculos de restauración y consuelo (Ez 33-48).

         El fragmento de hoy pertenece a la 2ª parte, ocupada toda ella por 7 oráculos contra Amón, Moab, Edom y los filisteos (muy breves), contra Tiro y Sidón (bastante más extensos) y contra Egipto (el más extenso de todos). El motivo de estas invectivas contra las naciones obedece siempre a agravios relacionados con Israel. Lo que demuestra que, a pesar de todo, Dios cuida de su pueblo.

         La lectura de hoy ofrece 2 oráculos contra Tiro, representada en su rey (cosa corriente en la Escritura). Eso indica, por tanto, que el oráculo va menos contra el rey concreto (Itobaal III de Fenicia) que contra el poder de la ciudad globalmente. Su culpa y pecado es juzgarse dios, no siendo más que hombre.

         En el 1º oráculo es interesante ver el proceso por el que Tiro se hace o se cree dios. Todo arranca de su sabiduría, que en lugar de llevarle a la reflexión le lleva al deseo de riqueza, generando una sensación de presunción que llega al extremo de creerse dios. Un orgullo y presunción que será, por otra parte, su propia causa de aniquilamiento, por parte de los asirios. Con gran fuerza lo afirma la pregunta irónica del v. 9: "¿Dirás ante tus asesinos, en poder de los que te apuñalen: soy dios?".

         En el 2º oráculo (vv.12-19) encontramos elementos alegóricos (inspirados en recuerdos bíblicos y en la mitología oriental) al lado de datos históricos: el rey de Tiro es presentado como el 1º hombre (con cierta referencia a Gn 2-3), puesto en un jardín y engrandecido por Dios. Su conducta es perfecta, hasta el momento en que, a causa de su comercio, llega hasta el crimen y es lanzado fuera del jardín. De hecho, las relaciones de Israel con Tiro fueron, durante muchos años, relaciones pacíficas, sobre todo al comienzo de la monarquía (1Re 9, 10).

         En la vida de las personas, y de los pueblos, llega a veces un momento en que se hace difícil vivir la dependencia de Dios. Uno se siente lleno de poder, de riqueza o de sabiduría. Y a uno le parece que no necesita ya de nada, porque nada le falta. Es entonces cuando la tentación de prescindir de los demás (el v.16 habla de atropellos) se hace fuerte, y acaba prescindiendo hasta de Dios. Cuando se superan las deficiencias naturales, es fácil creerse un dios. Por eso la riqueza, el poder, la plenitud y saciedad de los bienes temporales (incluida, a veces, la sabiduría) son tan peligrosos (aparte de exponer a tantas injusticias).

Pedro Tosaus

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         El de hoy es un oráculo de Ezequiel contra uno de los reyes que tuvieron parte de culpa (junto a otros 6 reyes, citados más adelante por Ezequiel) en las desgracias de Israel: el rey de Tiro.

         En aquel momento (s. VII a.C), las cosas iban bien para la región de Tiro (capital de Fenicia), y sus ciudadanos (personificados por el rey, como se suele hacer en la Biblia) se burlaban de la desgracia de Israel. El ataque del profeta va por ahí, y por eso le recuerda a su monarca que también ellos van a recibir la paga de su orgullo.

         Se trata de un rey fenicio (Itobaal III de Fenicia) que está tan satisfecho de su poder, y de sus riquezas, que no ve lo que se le viene encima. Y eso es lo que le dice Ezequiel: "Te hundirán en la fosa, morirás con muerte ignominiosa". Y entonces, cuando esté a punto de morir ¿se atreverá a decir "soy dios" delante de sus asesinos?

         ¡Cuántas veces nos enseña la historia que Dios "derriba del trono a los poderosos y ensalza a los humildes", como dijo María en su Magníficat! Siempre hay personas que se creen dioses, pegadas a sí mismas y llenas de caprichosa prepotencia. Pero también a ellas les llega su hora, y se suceden unas a otras con caídas estrepitosas. Pronto o tarde, el orgulloso queda humillado, y se convierte en hazmerreír de aquellos a quienes antes había despreciado.

         Es lo que le sucedió al rico de la parábola de Jesús, satisfecho de sí mismo y empeñado en ensanchar sus graneros, cuando Dios le decía que "esa misma noche te reclamarán el alma" (Lc 12, 1-6). Al rey de Tiro, Ezequiel le reprocha eso mismo: "Te hiciste una fortuna, acumulaste oro y plata en sus tesoros. Pero ¿de qué te va a servir?".

         Son lecciones que nunca acabamos de aprender, por más que la historia sea maestra de la vida. El salmo reponsorial de hoy nos dice que la última palabra la tiene siempre Dios: "Yo doy la muerte y la vida, y el día de su perdición se acerca, y su suerte se apresura". El Señor "enaltece a los humildes", como dijo la Virgen y Jesús reafirmó en el evangelio: "Todo el que se ensalza será humillado" (Lc 14,11; 18,14).

         Podemos denunciar prepotencias y abusos. Pero también examinarnos, no vaya a ser que nosotros mismos estemos pecando de presunción y orgullo, atrayéndonos la antipatía de las personas y del mismo Dios.

José Aldazábal

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         En la 1ª lectura de hoy hemos escuchado de la boca de Ezequiel un canto a la soberbia humana, que cuando las cosas van bien, y alcanza algún poder, se dice "soy Dios". Y cuando las cosas se tuercen por la enfermedad, o por los negocios, o por cualquier desastre, ¡qué pronto desiste de su vergonzosa actitud! Efectivamente, los hombre no somos dioses, sino unos pobres seres que hemos recibido el don de pensar y ser libres, y que malgastamos buena parte de nuestras facultades en fáciles idolatrías momentáneas.

         Frente a esa actitud de los pequeños dioses, que quieren engañar a los demás y se engañan a sí mismos, está la reflexión de Ezequiel sobre el apego al dinero y las riquezas: la ambición de dinero y dominio sobre los demás (como era el caso del rey de Tiro), es un factor que esclaviza el espíritu, cierra las puertas al exterior, y acaba sucumbiendo en una catástrofe exterior.

         Es muy fácil perder de vista el horizonte de la vida eterna, y tal vez preferimos relegar esos pensamientos para cuando seamos viejos, o para cuando nos sorprenda alguna enfermedad. Y mientras tanto, preferimos buscar nuestra propia, sin importarnos lo que tengamos que hacer por lograrla (aunque sea pisoteando los derechos de los demás). Es lo que le pasó al rey de Tiro, al que tanto echó en cara Ezequiel. Porque al final sólo será digno de crédito el amor con que hayamos tratado a los demás. De lo contrario, a pesar de que hubiésemos llegado a ser dueños del mundo entero, nuestro fracaso será irremediable.

Dominicos de Madrid

 Act: 18/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A