22 de Agosto
Sábado XX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 22 agosto 2026
Ez 43, 1-7
Los últimos capítulos de Ezequiel están consagrados a una visión sorprendente sobre la Jerusalén celestial, en la que el profeta traza las líneas de un templo imaginario y perfecto, describe los nuevos ritos del culto venidero, y entrevé el papel futuro de los sacerdotes del retorno del exilio. ¿Seríamos capaces nosotros de trazar, también hoy, esta utopía constructora? O en medio de nuestros actuales días desgraciados, ¿seríamos capaces de soñar en la perfección del mañana que Dios nos invita a preparar.
En efecto, nos dice Ezequiel que "el Señor me condujo hacia el pórtico del nuevo templo, el pórtico que mira a oriente". Por lo que se ve, el templo imaginario está orientado, y por una de sus puertas entra el "sol naciente", en la que cada amanecer tiene lugar una brillante salida de sol.
"Y he ahí que la gloria de Dios llegaba de la parte de oriente, con un ruido como el de muchas aguas, y la tierra resplandecía de su gloria". Es decir, nos habla Ezequiel de la gloria, del peso real, de la densidad y de la presencia de Dios.
¿Soy yo también capaz de dejarme deslumbrar por la gloria de Dios? ¿Soy capaz de contemplar en la naturaleza el resplandor de la gloria de Dios? ¿Es el mundo para mí un mundo sin relieve, insulso y banal, y un simple juego de fuerzas anónimas y materiales? ¿O bien soy de los que ven transparentarse el rostro de una inteligencia y de un amor excepcionales? ¿Veo la tierra resplandeciente de Aquel que le dio su esplendor? Y el Océano, montaña y cosmos, ¿son signos parlantes para mí?
Esta visión, nos sigue diciendo Ezequiel, "me recordaba la que yo había visto, cuando vine para la destrucción de la ciudad, y como la que había visto junto al río Kebar". En su día meditamos el abandono del templo por parte de Dios (Ez 9, 10), que había decidido seguir a los deportados y que a Ezequiel se le apareció junto al río Kebar. Con sus fieles que retornan a Jerusalén, la gloria de Dios retornará también.
"Entonces caí rostro en tierra", sigue diciendo Ezequiel, pues ¿cómo hablar de la omnipresencia divina de manera más manifiesta? Concédenos, Señor, saber adoptar ante ti las actitudes más convenientes para captar tu presencia. Ayúdanos a entrar en comunicación con lo invisible con todo nuestro ser, alma y cuerpo.
"La gloria del Señor llegó al templo por el pórtico que mira a oriente", sigue diciendo Ezequiel, y "el Espíritu me levantó y me introdujo en el atrio interior. Y he ahí que la gloria del Señor llenaba el templo". Es entonces cuando Ezequiel oyó una voz que venía del templo: "Hijo de hombre, este es el lugar de mi trono, el lugar donde se posan mis pies. Aquí habitaré, en medio de los hijos de Israel para siempre".
Hay altos lugares, privilegiados para la presencia divina. Y me corresponde a mí descubrirlos, para saber llegar hasta ellos y recogerme en ellos. Con tales palabras, Ezequiel trataba de infundir esperanza en los deportados, esperando así contra toda esperanza exterior. Para nosotros, la presencia de Dios no es una evidencia que se impone fácilmente, sino un acto de fe y de esperanza que amplifica nuestras mejores investigaciones intelectuales.
Noel Quesson
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El fragmento que leemos hoy no es el más emotivo de Ezequiel, pero sí uno de los más importantes en la perspectiva del profeta. De hecho, el cap. 43 (que leemos hoy en su 1ª parte, con el retorno de la gloria de Dios al templo de Jerusalén) da el tema central de los cap. 40-48. Los capítulos anteriores preparan el terreno para este acontecimiento, y los posteriores expresan las consecuencias.
Los primeros versículos del cap. 40 (inicio de la lectura) quieren sólo subrayar la importancia de todo lo que leeremos después, y por eso se indica con tanta precisión el día, el mes y el año (573 a.C), y se invita a prestar la máxima atención a cuanto se escucha y ve.
Pero el centro de la secuencia es el cap. 43, con la profecía sobre la vuelta del exilio, en que Ezequiel intenta poner en marcha una nueva situación (las nuevas instituciones). Como 1º paso es necesaria la presencia de la gloria de Dios, que salió del Templo de Jerusalén en castigo por los pecados del pueblo (Ez 10). Por eso, una vez reconstruido el templo (Ez 40-42), volverá la gloria del Señor a llenar el templo.
De ahí la necesidad de la santidad por parte de los judíos, apartándose de los pecados y de todas las abominaciones pasadas, entre las cuales destacaba la idolatría (lit. prostitución; vv.7.9) y la poca distinción entre el espacio sagrado (el templo) y el espacio regio (el palacio real). Es decir, la falta de respeto a la santidad de Dios.
Así pues, las cosas no serán como antes, pues Dios "lo ha renovado todo". Y de ahora en adelante nadie volverá a profanar el templo, porque es un "templo nuevo". Los judíos, con la vergüenza de los pecados pasados sobre sus hombros, emprenderán una nueva vida, una vida santa.
Para reorganizar el pueblo tras el exilio, Ezequiel tiene muy en cuenta los fracasos anteriores y las malas experiencias, para no volver a caer en ellas. Y para eso es importante cuidar hasta el aspecto exterior, con un templo bien separado del palacio, y símbolo exclusivo de lo sagrado. Este es un buen principio para toda sociedad creyente, a la hora de crear estructuras externas (por un lado) y el templo espiritual (por otro lado), sin perder la adoración en "espíritu y verdad". Y todo ello porque Dios es espíritu (Jn 4, 24), y su Espíritu está presente en cada cristiano por el amor: "Si nos amamos unos a otros, Dios está con nosotros" (1Jn 4, 12.16).
Pedro Tosaus
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Hoy termina una serie de 8 semanas en las que la 1ª lectura ha sido tomada de aquellos profetas que acompañaron a Israel durante los tristes años previos y posteriores al destierro en Babilonia. Durante las últimas 2 semanas hemos ido siguiendo al profeta Ezequiel, que daba ánimos a los judíos en los calamitosos tiempos de su destierro en Babilonia, y les indicaba los caminos de Dios.
Ayer Ezequiel anunciaba que Dios iba a infundir su espíritu nuevo. Y hoy leemos cómo la gloria de Dios (él mismo) vuelve al Templo de Jerusalén. Se trata de una visión esperanzadora, pues si el miércoles pasado habíamos leído cómo abandonaba Dios el templo (para ir al destierro con su pueblo), la vuelta significa que el destierro termina, y se va a reconstruir el templo y la sociedad. Además, Dios afirma: "Voy a residir para siempre en medio de los hijos de Israel". Con el espíritu que Dios infunde, y con el corazón nuevo que aceptamos de él, todo es posible en el futuro.
La gloria de Dios, nos dice Ezequiel, entrará en el templo "por la puerta oriental". Para los cristianos, dicha puerta es Jesucristo, "el sol que nace de lo alto" y que nos visita por la gran misericordia de Dios, según las palabras de Zacarías en su Benedictus. Nuestro templo y nuestra luz es Jesucristo, en quien creemos y a quien seguimos. Y a quien en la celebración de la eucaristía recibimos, como palabra viviente de Dios y como alimento para nuestra vida.
Sea cual sea la situación en que nos encontremos, personal o social, tenemos que confiar siempre en Dios, que hace que la historia vuelva siempre a recomenzar. Digamos así las palabras del salmo responsorial de hoy: "Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La gloria del Señor habitará en nuestra tierra, y el Señor dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto".
José Aldazábal
Act:
22/08/26
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