21 de Agosto

Viernes XX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 21 agosto 2026

Ez 37, 1-14

         Escuchamos hoy un pasaje de Ezequiel que se lee también en la víspera de Pentecostés, como una de las más magistrales visiones del profeta. Depende de nosotros dejarnos sobrecoger por su aliento sobrehumano, aplicándolo a nuestra vida y a nuestro mundo de hoy: "La mano del Señor se posó sobre mí, su espíritu me arrebató y me puso en medio de la vega, la cual estaba llena de huesos completamente secos, que cubrían todo el suelo. Y la mano del Señor me hizo pasar entre ellos".

         En Babilonia se echaban al osario los cadáveres de los deportados, pues el horno crematorio estaba reservado a los difuntos de la ciudad. En dicho osario, los chacales y los buitres se encargaban de despedazar todo lo que era comestible, y el sol se encargaba de secar los huesos restantes. Todo parece terminado.

         Para contemplar este espectáculo, Dios invita a su profeta a "dar una vuelta", como símbolo de la desesperación y de la muerte, pues los huesos "estaban completamente secos". Tras lo cual, dijo a Ezequiel: "Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?". A lo que él contestó: "Señor Dios, tú lo sabes".

         La muerte es, ciertamente, la cuestión radical a la que la humanidad no puede responder por sus propios medios. Y si algo es posible ante la muerte, eso ya no está en nuestro poder, sino sólo en la mano de Dios. La muerte es el símbolo radical de la finitud del ser creado, de todo lo que no es Dios. Señor, tú sabes si podemos vivir.

         Dijo entonces Dios a Ezequiel: "Profetiza sobre estos huesos, y diles que Yo voy a hacer entrar el espíritu en ellos, y vivirán". A lo que Ezequiel exclamó: "Ven, espíritu de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que vivan". Y profetizó como se le había ordenado, y "el espíritu entró en ellos, y los huesos revivieron, y se incorporaron sobre sus pies". En conjunto, los huesos revividos formaron "un inmenso ejército".

         Incluso desde el punto de vista literario, se trata de una gran página de la literatura de todos los tiempos y países, que ha inspirado a centenares de pintores, músicos y escultores de catedrales. Preferentemente hay que aplicar dicha profecía a la resurrección de Jesús, y a nuestra fe en la resurrección de la carne, aunque para Ezequiel no representara más que el renacimiento de su pueblo después del exilio a Babilonia.

         Cuando los huesos estaban todavía secos, y su esperanza destruida, se decían: "Estamos perdidos". Pero Dios les dijo, por boca del profeta: "Yo abriré vuestras tumbas, y os llevaré de nuevo a Israel".

         Es normal que apliquemos esta promesa a nuestras situaciones humanas desesperadas, a nuestras incapacidades, a nuestros horizontes cerrados, a problemas humanamente sin salida con los que a veces nos enfrentamos. Pero es posible que esta profecía sólo sea realizada una vez conocida la muerte.

         Lo que sí debemos empezar es a dejarnos llevar por su dinamismo, ya desde aquí abajo y desde ahora, para revitalizar y dar un nuevo arranque a nuestras vidas. Eso sí, sin olvidar proyectar esta visión sobre nuestro futuro escatológico, sabiendo que la plenitud de esta promesa sólo se cumplirá en el más allá. "Infundiré en vosotros mi espíritu y viviréis", dijo el Señor. Y así fue.

Noel Quesson

*  *  *

         Hoy leemos una de los más famosos pasajes de Ezequiel: el montón de huesos secos que reviven a la voz poderosa de Dios. El espectáculo es impresionante: un valle lleno de huesos completamente secos, que representa al pueblo de Israel asolado en el destierro, con el Templo de Jerusalén también destruido tras la 2ª deportación a Babilonia (ca. 587 a.C). Pero el profeta recibe la orden de pronunciar sobre ellos una palabra de parte de Dios. Y ve que los huesos se recubren de tendones y de carne, y que luego reciben el espíritu y vuelven a la vida.

         Ayer Dios prometía "infundiré un espíritu nuevo", y hoy lleva a efecto lo prometido sobre Israel, a pesar de que parece que está totalmente muerto. Su palabra es eficaz, como en el principio del Génesis ("dijo y se hizo"). Dios es Dios de vida, también ahora.

         Puede parecernos que este mundo no tiene futuro, o que la Iglesia es estéril, o que una persona determinada no tiene remedio. Pero Dios nunca desiste de su amor ni de su proyecto de vida. Hay momentos en que puede dominarnos la desesperanza ("nuestros huesos están secos, nuestra esperanza ha perecido, estamos destrozados"), y nos viene a la mente (como a Ezequiel) una pregunta llena de escepticismo: "¿Podrán revivir estos huesos?".

         Es entonces cuando se puede experimentar que la palabra de Dios es eficaz, y que su Espíritu sopla sobre lo que parecía muerto: "Vino sobre ellos el espíritu, y revivieron, y se pusieron en pie. Y era una multitud innumerable". No nos extrañe que esta página del profeta la leamos en la vigilia de Pentecostés.

         Ezequiel anunciaba la vuelta del destierro y la reconstrucción de Israel. Para nosotros, la fiesta que concluye la Pascua, con el don de Pentecostés, nos reafirma la convicción de que tanto la Iglesia como la humanidad tienen futuro, porque el Espíritu de Dios sigue estando en acción. Y para Dios no hay nada imposible, como recuerda el salmo responsorial de hoy: "Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia. Porque ellos erraban por un desierto solitario, y no encontraban el camino. Mas gritaron al Señor en su angustia y él los arrancó de la tribulación".

         Cada vez que participamos en la eucaristía recordamos lo que Jesús prometió hace 2.000 años: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. El que me coma vivirá por mí, como yo vivo por mi Padre" (Jn 6, 54.57).

José Aldazábal

*  *  *

         Las imágenes y metáforas que utiliza hoy Ezequiel, sobre los huesos que recobran vida, son muy bellas, pero muy raras y con cierto tinte de humor negro.

         Sin embargo, hay estados de vida humana que simbólicamente se parecen a cúmulos de huesos desarticulados, sin esperanza de vida. Entendamos que, bajo apariencia de muerte, dichos huesos están suspirando por vivir nuevamente y en plenitud, por vía de conversión. Y no pensemos sólo en una conversión de vida y esperanza final (cuando acontezca la resurrección de los muertos), sino fijemos la mirada más bien en la restauración del pueblo de Dios, a nivel moral, espiritual y social.

         Para provocar esa vida nueva entre nosotros, asociémonos al profeta y digamos a Israel y a cada uno de nosotros: os estáis secando, sois víctimas de vuestros pecados; poneos de nuevo en manos de Dios, que no abandona a nadie sino que espera y llama.

         En medio de un mundo que hace agua por todas partes, o en medio de muchas ilusiones perdidas, el Señor envía a su Iglesia como entidad profética. Y no sólo para anunciar palabras de consuelo, sino para hacer realidad la restauración y la salvación de la humanidad. El Señor lo dice y lo hace, y por eso hemos de creer en el poder salvador de Aquel que es la Palabra que ha plantado su tienda de campaña en medio de las nuestras.

         Cuando proclamamos el nombre de Dios, hemos de esforzarnos también por realizar el bien a nuestro prójimo, conscientes de que no somos nosotros, sino el poder del Señor, el que actúa a través de su pueblo, y el que llevará a cabo su obra salvadora entre nosotros. Por tanto, no ideologicemos el anuncio del evangelio, sino vivamos fieles a Aquel que nos llamó, y nos envió para que sigamos sus huellas y no la de líderes meramente humanos.

Dominicos de Madrid

 Act: 21/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A