8 de Junio
Lunes X Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 8 junio 2026
1 Rey 17, 1-6
Durante 3 semanas reemprenderemos las lecturas del AT, partiendo del libro I de los Reyes. Se trata de un período de la historia del pueblo de Dios que cubre cerca de 3 siglos, desde el año 935 a.C (fecha del cisma en dos reinos) hasta el año 589 a.C (fecha de la destrucción de Jerusalén por el rey Nabucodonosor II de Babilonia).
Asistiremos a la decadencia humana y religiosa del pueblo de Dios: la idolatría, las divisiones, las injusticias sociales... todas ellas arruinando poco a poco las relaciones humanas en el interior del pueblo de Israel, y haciendo a éste presa fácil de los grandes imperios vecinos.
Durante ese periodo, los profetas hebreos intervienen como defensores de la fe y de los que combaten para la justicia, y dejan oír sus potentes voces personajes como Elías, Eliseo, Isaías o Amós. En el caso de hoy, se nos presenta al profeta Elías, natural de Tisbé de Galaad, y que en su caso se dirige al rey Ajab I de Israel.
El rey Ajab I era uno de esos reyes que se aprovechaban del poder para amontonar riquezas prodigiosas, a expensas del pueblo. Y mientras sus súbditos vivían en la miseria, bajo el yugo de impuestos demasiado onerosos, él se acostaba en camas de marfil (cuyos restos se han encontrado en las excavaciones de su palacio). Además, Ajab construyó un templo a Baal, y empujó a sus súbditos a este culto idolátrico.
Es preciso valorar por ello la actitud de Elías, que aun siendo profeta de Dios, fue a a decir las verdades al rey. Ayúdanos, Señor, a saber interpretar los acontecimientos de nuestro tiempo, a la luz de la fe. Ayúdanos a tener la valentía de nuestras convicciones.
Lo que dijo Elías al rey Ajab no deja desperdicio: "No habrá durante tus años rocío ni lluvia". Porque se trataba de una amenaza en toda regla, a un rey seguro de sí mismo. Y a mí, ¿me falta la valentía necesaria para decir ciertas cosas? ¿Me falta la valentía necesaria para comprometerme al servicio de mis hermanos, o para aceptar ciertas responsabilidades colectivas?
Entonces le fue dirigida a Elías la palabra del Señor: "Sal de aquí y escóndete en el torrente de Querit. Bebe agua del torrente, y ordena a los cuervos que te lleven allá el sustento". Exponer la palabra de Dios con valentía conduce, a veces, a esta soledad. De hecho, para Elías, era un medio de huir de la policía del rey. Y se escondió en el matorral.
Para Elías también supuso esto el comienzo de su vida eremítica, en la que se ha visto el origen de la vida monástica: retirarse a un cierto desierto, para vivir solo con Dios. En el seno de un mundo que reniega de Dios para lanzarse a los "alimentos terrestres" y a los placeres de aquí abajo, el monje afirma con su vida que "solo Dios basta".
La vocación religiosa de hoy debe saber revivificarse en esta fuente austera. La soledad y la oración de Elías son el comienzo de su ministerio y el tiempo de preparación a las funciones que en los textos siguientes le veremos ejercer. Guardadas todas las proporciones yo he de vivir también una parte de desierto y de soledad, unido a Dios, testigo de Dios. Y el "cuervo de Elías" es el símbolo de ese alimento que Dios da a los que se consagran a él.
Noel Quesson
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Los textos de hoy sobre el profeta Elías recogen diversas historias populares que eran transmitidas de generación en generación. Se trata de textos difíciles, llenos de elementos arcaicos en el ámbito religioso y cultural. Y por ello es necesaria una reconstrucción histórica de los acontecimientos.
Dichos textos, sin embargo, contienen una riqueza teológica innegable, y fueron conservados en el pueblo de Israel como testimonios de la actuación de Dios, que servían para despertar la conciencia del pueblo y provocar en él acciones semejantes a las de Elías, en defensa de la vida y de la Alianza.
En el texto de hoy Elías aparece repentinamente y de forma misteriosa. Sólo sabemos que viene de las áridas regiones de la Transjordania, desde la zona de Galaad. Y que se presenta ante el rey Ajab I de Israel con un título que es al mismo tiempo una misión: "Vive el Señor, Dios de Israel, a quien sirvo" (lit. "delante del cual estoy vertical y disponible", en hebreo). Elías se define en función de Dios, y su mismo nombre (Eliyahu) es ya una profesión de fe: "Yahveh, él es mi Dios".
Baal, la divinidad extranjera que el rey Ajab y la reina Jezabel habían implantado en Israel, había seducido a muchos hebreos, y era presentado por sus seguidores como el dios que otorgaba el agua a los campos y la fertilidad a la tierra. Elías se presenta ante el rey proclamando la soberanía de Dios sobre la naturaleza, y recordándole que sólo el Dios de Israel es el Dios verdadero, y el único que puede dar la lluvia y quitarla.
Por eso Elías anuncia al rey un período de sequía de 2 años. Las palabras de Elías seguramente desataron la furia del rey, por lo cual el Señor ordena a Elías que vaya a esconderse al torrente Querit. El Señor le manda ponerse en camino, y Elías hace tal como se lo ordena el Señor (vv.4-5).
La idea central de los relatos de Elías es la del camino, y el camino marca toda la vida del profeta. La intervención constante de la palabra de Dios obliga al profeta a salir del lugar en el que se encuentra, para ir a otro sitio, allí donde Dios quiere. Muchas veces resuena el mandato del Señor al profeta: "Vete de aquí", "sal de aquí" (1Re 17,3.9; 18,1.12.46; 19,7.11.15; 21,18; 2Re 1,3.15; 2,2.3.5.6.11). Elías tiene que caminar, y su actitud va a ser siempre la misma: "Hizo según la palabra del Señor" (1Re 17,5.10; 18,2.15; 19,8.13.19; 2Re 1,4.15; 2,2.4.6).
Los textos bíblicos nos ofrecen en Elías la imagen de un ser humano que no se pertenece a sí mismo, y de un ser humano cuya vida es una despedida permanente, una peregrinación constante a la búsqueda de lo que Dios quiere de él. Elías vive en condición permanente de éxodo, hasta cuando será arrebatado al cielo (2Re 2, 11).
Los protagonistas del camino del profeta Elías son dos. En 1º lugar, la palabra de Dios, de la cual él se nutre en cada momento de su vida, tanto en los momentos de luz y de valentía como en los momentos de oscuridad, de confusión y de desánimo. Y en 2º lugar el mismo Elías, que se abre y camina, a fin que la Palabra pueda tomarlo y llevarlo por caminos que él no siempre conoce, y de los cuales no percibe todo el alcance.
Elías se esconde en el torrente Querit, y allí, tal como le había prometido el Señor, "los cuervos le traían pan y carne por la mañana y por la tarde, y bebía agua del torrente" (1Re 17, 6). El profeta de Dios vive una experiencia espiritual fundamental. Por una parte, aprende a depender totalmente de Dios dejándose nutrir cotidianamente por él; por otra, rehace personalmente el camino de su pueblo en el desierto, el cual bebió agua de la roca (Ex 17) y recibió pan y carne de parte de Dios (Nm 11).
De esta forma Elías, en el Querit, es iniciado en los rudimentos del quehacer profético: docilidad y abandono en las manos de Dios, y solidaridad existencial con la misma historia del pueblo.
Silvio Báez
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Elías, profeta y signo de Dios en medio del pueblo, manifiesta hoy en la 1ª lectura el enojo de Dios, porque lo han abandonado para irse tras Baal. Pero también es signo del pueblo, que vuelve al desierto y a la soledad, para iniciar no sólo un tiempo de reflexión, sino un nuevo retorno (no ya hacia la tierra prometida, sino hacia Dios mismo). Como el pueblo en el desierto, Elías será alimentado con "pan por la mañana y carne por la tarde", así como con "agua que brota de entre las piedras del torrente de Querit".
El Señor nos pide a nosotros, su nuevo pueblo, que no nos postremos ante los nuevos ídolos del poder, del tener o del placer, sino que seamos constantes peregrinos hacia la posesión de los bienes definitivos. Esto no puede desligarnos de nuestros deberes diarios en la construcción de la ciudad terrena. Pero no hemos de olvidar que nuestra meta final está escondida en Dios, y hacia él hemos de caminar, llenos de esperanza y tratando que su Reino y sus valores se vayan haciendo realidad, ya desde ahora.
José A. Martínez
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Durante 3 semanas leeremos, en los libros I y II de los Reyes, unas páginas muy agitadas de la historia del pueblo de Dios. Una historia que abarca desde el cisma que siguió a Salomón (ca. 935 a.C) hasta la destrucción de Jerusalén y el destierro (ca. 587 a.C). Malos tiempos, y tiempos de deterioro social y religioso, y de lenta destrucción de un pueblo y de sus mejores valores, por culpa de reyes decadentes. Las páginas que leemos son como una meditación sobre la debilidad del pueblo elegido de Dios, que es infiel, olvidadizo y voluble.
Pero entonces Dios decide intervenir, y suscita en este tiempo a los profetas Elías y Eliseo, defensores valientes de los derechos de Dios y del pueblo, que a base de fuego (sobre todo Elías) subrayan su predicación con signos milagrosos, para que el pueblo les haga caso.
Empezamos hoy la lectura del Ciclo de Elías, uno de los personajes principales de la historia de Israel. Su nombre significa "Yahveh es mi Dios", y en la escena evangélica de la Transfiguración aparecerá juntamente con Moisés acompañando a Jesús, y hablando de lo que sucederá en Jerusalén. Elías es figura de Jesús, sobre todo por las contradicciones que sufrió y su valentía frente a las denuncias.
Hoy se enfrenta al rey Ajab I de Israel, un rey débil que es manejado por su esposa Jezabel, una fenicia que ha empujado al pueblo hebreo a los dioses fenicios (Baal, Astarté, Moloc...). A la vez, es Ajab un rey que falta clamorosamente a la justicia social, aprovechándose del poder en beneficio propio.
Elías le anuncia a Ajab una gran sequía, que por otra parte era frecuente en las tierras de Israel. Pero él la interpreta como castigo a sus pecados. Hay una clara ironía en el relato, porque el dios fenicio Baal (al que se habían pasado muchos israelitas) era considerado precisamente como el dios de la lluvia y la fertilidad.
Elías tiene que huir, porque le persiguen, y se esconde junto a un torrente para empezar a llevar una vida de ermitaño, siendo ayudado milagrosamente por Dios en ese tiempo de sequía y hambre.
Los cristianos siempre han tenido algo de profetas, y han vivido en medio de una sociedad a la que no le gusta oír palabras exigentes contra la idolatría o la injusticia. Seguramente nos va a tocar sufrir, viendo cómo se pierden los valores y se constata la corrupción a todos los niveles. La sequía es un buen símbolo, pues cuando se abandona el pozo del agua buena (Dios) aparecen la sed y la esterilidad, tanto en nuestra vida personal como en la comunitaria. Un cristiano debe ser valiente y dar testimonio como Elías, a pesar de las dificultades que supone ir contra corriente. Y mantener la fidelidad a los valores de Dios.
Como eso no nos resultará fácil, el salmo responsorial de hoy nos dice dónde está la fuente de nuestra fuerza: "¿De dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que no permitirá que resbale tu pie y que te guardará de todo mal".
José Aldazábal
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El cap. 16 del libro I de los Reyes contaba las infidelidades sucesivas de los reyes de Israel (Reino del Norte), desde Basá I (ca. 909 a.C) hasta Ajab I (ca. 874 a.C), pues aunque hubiera por medio un proyecto de historia de salvación, ellos acusaban demasiadas flaquezas, tensiones y mezquindades. Al rey Ajab, por ejemplo, el profeta Elías le denuncia hoy por haberse contaminado con cultos idolátricos, y le anuncia años calamitosos de sequía.
Gran atrevimiento el del profeta, aunque ¿no sabía que el poder suele castigar a quienes lo denuncian? De hecho, por ese atrevimiento tendrá Elías que huir y esconderse a vivir a la orilla de un torrente, alimentado por unos cuervos que le llevan un mínimo de pan. ¡Dichosos los pobres que, sin consentimiento ni licencia de los poderosos, son amados de Dios!
Como hemos dicho, el profeta Elías actuaba en el Reino el Norte (Israel), separado del Reino del Sur (Judá) tras el reinado de Salomón. Su capital estuvo 1º en Tirsa y luego en Samaria, y en ella el rey Ajab se había casado con la pagana Jezabel de Tiro, cuya influencia en el culto al Dios único (Yahveh) acabó contaminando con extrañas creencias.
Elías, yahvista acérrimo y residente en Jordania, bramaba contra el idolatrismo, y su voz de profeta empezó a denundiar las maldades. Pero eso le costó tener que huir al desierto y vivir en soledad, al amparo del Altísimo.
Allí comprendió con toda claridad que, para luchar contra las injusticias y purificar los corazones idolátricos, la propia fuerza no basta. Los creyentes somos débiles frente a las grandes poderes humanos, si no contamos (con fe robusta) con la fuerza de lo alto, en defensa del bien, de la verdad, del amor.
Seamos pobres de espíritu, y Dios nos hará ricos de espíritu. Seamos profetas de la justicia, de la verdad y del amor, y contemos para ello con la única fuerza que nos mantiene: la del Espíritu. Trabajemos sin desfallecer como Elías, consumiendo nuestras fuerzas y orando con fe a Dios.
Dominicos de Madrid
Act:
08/06/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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