9 de Junio

Martes X Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 9 junio 2026

1 Rey 17, 7-16

         La 1ª lectura de hoy narra el encuentro entre una pobre viuda de Sarepta, una ciudad de la región pagana de Fenicia, y el profeta Elías, que ha sido enviado hasta aquel lugar por Dios. Desde hacía algún tiempo toda la zona costera de Fenicia e Israel estaba siendo azotada por una terrible sequía que había sumido a la población en una terrible pobreza. La zona de Fenicia era pagana, y sus habitantes adoraban a Baal (dios cananeo de la fertilidad), de quien esperaban la lluvia y los frutos de la tierra.

         Y es precisamente a esa tierra adonde el Señor envía al profeta Elías, que estaba siendo perseguido por el rey Ajab I de Israel a causa de su lucha contra la difusión del baalismo en Tierra Santa. Baal, la divinidad extranjera que el rey Ajab y la reina Jezabel habían implantado en Israel, había seducido a muchos pues era presentado por sus seguidores como el dios que daba el agua a los campos y la fertilidad a la tierra.

         La viuda que acoge a Elías es pobre, y solamente tiene lo necesario para sobrevivir ella y su hijo: un puñado de harina en una vasija, y un poco de aceite en una jarra. Elías también es pobre, forastero y fugitivo, pero posee un mandato del Señor y la seguridad de la palabra de Dios. El profeta obedece a Dios, y la pobre viuda se fía de la palabra del profeta a pesar de no ser israelita, y le da todo lo que tiene. Ambos representan a todas las personas que viven con fe sencilla la tragedia de su tiempo.

         Ambos, la viuda y el profeta, están abiertos a Dios, y muestran un corazón generoso. Y por eso "tuvieron comida para él, para ella y para toda su familia durante mucho tiempo" (v.15). Dios muestra así que es el único capaz de sostener la vida de sus adoradores, porque es el Señor de la naturaleza y el Dios de la vida. Las divinidades fenicias, en cambio, demuestran que son incapaces de producir la lluvia y de nutrir a sus habitantes.

         El profeta perseguido es salvado de la muerte por la generosa sencillez de una pobre viuda pagana, que también sobrevive gracias a la acción providente de Dios en favor de los que se fían de él: "No faltó harina en la vasija ni aceite en la jarra, según la palabra que el Señor pronunció por medio del profeta Elías" (v.16).

Miguel Gallart

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         Elías había ido al desierto, junto al torrente, por orden de Dios, y al cabo de los días se secó el torrente. Verdaderamente, Señor, a veces das la impresión de dejar abandonados a tus fieles. Y en el sufrimiento y la duda nos preguntamos: ¿Por qué dejas a tu profeta Elías en el dolor?

         Entonces le dijo el Señor a Elías: "Ve a Sarepta, al territorio de Sidón, a casa de una mujer viuda". Efectivamente, el profeta recibe la orden de ir a un territorio pagano, y aunque no ha sido escuchado por el rey Ajab I, jefe oficial de un sector del pueblo de Dios, será ahora atendido por esa pagana de buena voluntad, en el territorio de Sidón. Elías, en misión divina, dirige la palabra de Dios a los pobres, más allá de las fronteras del judaísmo.

         Jesús también subrayará esa dimensión universal, hablando con admiración de esa viuda de Sarepta en el momento en que era rechazado por sus propios compatriotas de Nazaret (Lc 4, 16-30). ¿Cuál es la apertura de mi vida a Dios? ¿Cuál es mi actitud profunda frente a los paganos, o los que no son fieles, o los que no están en mi línea? Porque Dios también ama a los paganos.

         La viuda replicó a Elías: "No tengo pan, y tan sólo me queda un puñado de harina y un poco de aceite". Dios envía al pobre Elías (hambriento y sediento) a otra pobre hambrienta y sedienta. Y el diálogo entre Elías y la viuda de Sarepta es realmente trágico, pues rezuma de sequía y hambre. Acabadas todas las reservas, sólo queda unos gramos de harina.

         "No temas, y da lo que tienes", indicó Elías a la joven viuda. Elías necesita tener mucha fe en Dios para atreverse a pedir a esa pobre que le dé lo poco que le queda. Y la viuda necesita también tener mucha fe para arriesgarlo todo sobre esta Palabra que le ha sido dicha por el profeta. ¿Presto yo suficiente atención a las promesas de Dios? Todavía hoy, es solamente el amor ("da lo que tienes") lo que puede hallar soluciones a las inmensas miserias y al hambre del conjunto del mundo. ¿Qué voy a dar yo, hoy? ¿Qué es lo que el Señor me pide sacrificar, como le pidió a esa mujer?

         Entonces "no se acabó la harina en la jarra, ni se agotó el aceite en la orza", según la palabra que el Señor había dicho por boca de Elías. Concédenos, Señor, que tengamos puesta en ti toda nuestra confianza. ¿A quién iríamos? Hoy quiero ponerme en tus manos.

Noel Quesson

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         Cuando alguien se pone en un grave peligro, incluso con gran riesgo para su vida, decimos que se metió, por sí mismo, en la boca del lobo. Sidón era la tierra de Jezabel, esposa de Ajab I de Israel. Ella había inducido al rey a adorar a Baal, pues ese era su dios, el dios de su patria fenicia. Y a causa de esa idolatría el Dios de Israel había enviado una gran sequía sobre los suyos.

         Elías había salido, conforme a la orden de Dios, para refugiarse cerca de un torrente. Pero ahora recibe la orden de ir hacia Sidón. Ahí vivirá al refugio de una viuda pobre, la cual llegará a reconocer al Dios de Israel como el verdadero Dios, y a Elías como verdadero profeta de Dios. Con esto el Señor nos está indicando que no podemos despreciar a nuestro prójimo, ni huir de aquellos que han tomado caminos equivocados.

         El pecado, que ha dominado y enceguecido a muchos corazones, debe ser vencido con la victoria de Dios, de la cual nosotros somos portadores. No podemos proclamar el evangelio sólo a quienes consideramos gente buena, para no contaminarnos con el trato de los pecadores. Dios quiere que sus seguidores bajen hasta el fondo de la maldad, en que muchos se han hundido para rescatarlos, aún a costa de la entrega de nuestra propia vida.

José A. Martínez

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         La sequía impuesta por Dios a Israel afecta también al profeta Elías. Y será una mujer pobre, extranjera y viuda, quien le ayude. Es admirable la fe de esa buena mujer, porque se fía de Dios y pone lo poco que tiene a disposición del profeta. Con razón la alaba Jesús, en su 1ª homilía en Nazaret (Lc 4, 26), aun a costa de provocar las iras de sus paisanos (porque alababa la fe de una pagana).

         Dios premia a la joven viuda, y "la orza de harina y la alcuza de aceite no se agotaron hasta que volvió la lluvia". Cuando nosotros pasamos momentos malos, o cuando sufrimos alguna clase de sequía en nuestra vida y no experimentamos la cercanía de Dios, ¿seguimos teniendo confianza, o tendemos a un fácil desánimo?

         El salmo responsorial de hoy nos enseña a tener confianza: "El Señor me escuchará cuando lo invoque. Tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino".

         Y cuando vemos a otros en la misma situación, ¿les ayudamos, y sabemos compartir con ellos los pocos bienes o ánimos que nos quedan? Como aquí, en el caso de Elías, ¿será verdad que los extranjeros son más generosos que los del pueblo de Dios, a la hora de atender al necesitado?

         Dios no se dejará ganar en generosidad, si somos como esa buena mujer que, desde su pobreza, y fiándose de Dios, lo da todo. Lo será si somos capaces de correr la aventura de dar lo último que poseemos.

José Aldazábal

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         Nos quedamos hoy sorprendidos y admirados por la forma que Dios tiene de hacer las cosas, cargando sobre nosotros la responsabilidad. Elías continúa escondido, y aunque es alimentado por unos cuervos, decae por momentos. Hasta el agua del cauce se le seca, y tan debilitado estaba su cuerpo que, para no sucumbir del todo, hubo de peregrinar hacia Sarepta de Fenicia, donde una pobre viuda le conforta compartiendo su pobreza.

         Elías es luz y sal de la tierra, pero esto sólo podemos entenderlo desde la atalaya de la fe y de la esperanza. Porque sólo ellas nos permiten vislumbrar (entre nieblas) un futuro feliz, y nos colocan sobre la torre que se alza sobre base granítica de sufrimiento perseverante y fiel.

         "Orza de harina y alcuza de aceite". Estas palabras son bellas expresiones de lo que es la vida en el Espíritu. Cuando la sensibilidad de las personas es tanta, que al ver la necesidad de los demás se olvidan de sí mismas, y se arriesgan por ellas, es que han alcanzado la cumbre de la perfección. Están muy cerca del Señor en el amor y en la cruz.

         Esos signos de grandeza creyente y humana tienen el valor de la harina y aceite compartidos, y por sí mismos contribuyen a iluminar al mundo y a salvar los gérmenes de vida santa que haya en los hombres.

         El profeta Elías, perseguido y pobre, pudo haber sido enviado (con previsión humana) a una casa y refugio de israelitas poderosos, donde el pan fuera abundante y tierno. Pero allí probablemente no hubiera sido bien acogido, por 3 motivos:

-porque los dueños interpretarían su presencia como peligrosa políticamente,
-porque su pobreza y persecución denunciarían por sí mismas las injusticias,
-porque el pan que le dieran estaría cocido con poco amor.

         Bienaventurados los pobres que acogen a otros pobres con amor. Dichoso el pobre que desde la pobreza comprende al necesitado, dichosa la viuda que reparte cuanto tiene, que es muy poco, y dichosos los corazones generosos que son felices compartiendo.

Dominicos de Madrid

 Act: 09/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A