1 de Febrero

Sábado III Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 1 febrero 2025

Heb 11, 1-2.8-19

         La página que hoy leemos en Hebreos empieza con un comentario bastante extenso sobre el tema de la fe, en el que su autor extrae del AT algunos ejemplos de hombres de fe, añadiendo que esa fe fue "anticipo de lo que se espera, y prueba de las realidades que no se ven". Fórmula admirable que no hay que desflorar con ningún comentario de tipo demasiado racional, sino que que hay que dejar resonar indefinidamente en uno mismo.

         Así, pues, la fe es una paradoja, pues nos hace "poseer" lo que no tenemos y nos hace "conocer" lo que cae fuera de nuestros sentidos. Y eso implica un dinamismo vital extraordinario, aventura en compañía de lo invisible, familiaridad con el entorno de realidades invisibles, un modo nuevo de conocimiento, unos "ojos nuevos" para verlo todo.

         Millones de hombres y mujeres, ni más ni menos inteligentes que los demás, han dado sentido a su vida por la fe. Millones de hombres y mujeres, sobre todo en estos últimos siglos en que la vida no tiene ya ese sentido, o incluso ningún sentido, y marcha hacia la nada.

         Gracias a la fe, Abraham obedeció a la llamada de Dios, y partió "sin saber a dónde iba", esperando encontrar una ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor fuese Dios. La fe es confiar en la palabra de alguien, es ponerse en camino, es avanzar en la noche hacia la luz, es esperar una ciudad perfecta donde todo será edificado sobre el amor. La fe es también trabajar en ese sentido, sin ver aún los resultados pero con la seguridad de que el taller está ya preparado, y el que construye es un Dios que actúa, como planificador, como arquitecto y como constructor, trabajando día tras día.

         Gracias a la fe, también Sara ("avanzada en edad") recibió vigor para ser madre, y creyó que Dios sería fiel a su promesa. Creyó en la fecundidad de su vida, a pesar de las apariencias contrarias. Y eso es lo que a nosotros nos toca: trabajar según nuestros medios y confiar en las promesas de Dios, haciéndolo todo como si no esperásemos nada de Dios, ni nosotros hubiésemos hecho nada meritorio. El "hermoso riesgo de la fe" llega hasta aceptar morir. Y eso sí supone creer que no se caerá en la nada, sino en las manos del Padre; sí supone deja una patria, por creer en otra mejor.

Noel Quesson

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         Para animar en la perseverancia a sus lectores, el autor de la carta les pone delante unos modelos del AT, personas que han tenido fe y han sido fieles a Dios en las circunstancias más difíciles. Y ante todo, dice lo que podría ser la definición de fe: "Fe es seguridad de lo que se espera, prueba de lo que no se ve". Fe no es, por tanto, evidencia. El que tiene fe se fió de Dios, cree en él, le cree a él.

         El ejemplo de Abraham es impresionante: si salió de su patria "sin saber adónde iba", si vivió como extranjero, si creyó en las promesas de Dios, aunque parecían totalmente imposibles, si llegó a estar dispuesto a sacrificar a su único hijo, es porque tuvo fe en Dios, creyó en él, se fió totalmente de él. En verdad tenían mérito los creyentes del AT, porque creyeron en Dios en tiempos de figuras y sombras, sin llegar a ver cumplidas las promesas. Y la figura de Abraham es también estimulante para nosotros.

         Tendemos a pedir seguridades y demostraciones en nuestro seguimiento de Cristo Jesús. ¿Estaríamos dispuestos a abandonar nuestra patria y nuestra situación a los 75 años, sin saber a dónde nos lleva Dios? ¿Seguiríamos creyendo en él si nos pidiera, como a Abraham y a Sara, tener que vivir en tiendas, en tierra siempre extranjera, sin reposo, siempre esperando en las promesas, y hasta con la petición de que sacrifiquemos a nuestro Isaac preferido?

         Muchas veces nuestra fe es tan débil y hasta interesada, que si no vemos a corto plazo el premio que esperamos, se nos debilita y puede llegar a claudicar. ¿Creemos también en tiempos de crisis y de noche oscura del alma? ¿O sólo cuando Dios nos regala la sensación de su cercanía?

         Con razón presenta la carta a Abraham (el patriarca de los creyentes) como modelo de fe para animarnos en tiempos que a nosotros nos parecen difíciles. Su fe en la fidelidad de Dios la deberíamos tener también nosotros, los que en el Benedictus (y hoy como salmo responsorial), decimos que nos alegramos de la fidelidad de Dios, porque actúa "recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abraham"; los que confiamos en que, como decimos en el Magníficat, Dios se acuerda "de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y su descendencia por siempre".

José Aldazábal

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         Acercándose ya al final de su escrito, el autor de la Carta a los Hebreos, insiste en exhortar a la comunidad a asumir determinadas actitudes. Hoy la exhortación tiene que ver con la fe. Y, por ello, nos recuerda los modelos de la fe más radical que se encuentran en el AT: los patriarcas, Abraham, su esposa Sara, Isaac y Jacob.

         Estos remotos antepasados de Israel, cuyas historias leemos en el libro del Génesis (Gen 12-37), se convierten en modelos de una confianza ilimitada en el Señor. Abandonaron su propia patria para ir en pos de la que les prometía Dios, vivieron de la esperanza en la ciudad celestial mientras habitaban en tiendas de campaña. A pesar de la esterilidad creyeron en la promesa divina de que tendrían una numerosa descendencia; Abraham incluso llegó a dar un supremo testimonio de obediencia cuando dispuso todo para el sacrificio de su hijo Isaac, que al final Dios cambió por un carnero.

         La fe como "prueba de lo que se espera y seguridad de lo que no se ve" esta fundada en una profunda confianza en Dios que es capaz de dar vida a los muertos, como lo hizo resucitando a Jesús, ya prefigurado en el sacrificio de Isaac. Dice el autor que los patriarcas incluso murieron en la fe, pues no viendo cumplidas en vida las promesas divinas, tuvieron que contentarse con saludarlas de lejos, aceptando ser peregrinos y huéspedes que caminan hacia su verdadera patria y hogar.

         Esta exhortación a emular e incluso a superar la fe de los antiguos patriarcas, debe ser acogida por nuestras comunidades, también peregrinas y huéspedes en la tierra de la opresión y de la injusticia, de la guerra y de la desigualdad. Caminamos hacia el patria de la libertad y la solidaridad, de la verdadera fraternidad e igualdad entre los seres humanos, y la actitud que caracterice nuestro peregrinaje debe ser la de una inquebrantable fe en Dios, que hizo fértil el seno estéril de Sara, que devolvió vivo a Isaac cuando su padre se aprestaba a sacrificarlo. Una fe que nos lleve a esperar, incluso más allá de la muerte, en que las promesas de Dios se cumplirán.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 01/02/25     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A