20 de Enero

Lunes II Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 20 enero 2025

Heb 5, 1-10

         "Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres, y está encargado de intervenir en favor de los hombres, en las relaciones de éstos con Dios". Empieza aquí una larga comparación entre el sacerdocio judío (el del templo de Jerusalén) y el sacerdocio cristiano (el de Jesucristo). Y he ahí ya una excelente definición: el sacerdocio es una especie de comunicación, de "relación" entre los hombres y Dios.

         De hecho, el término latino pontifex significa "constructor de puentes", pues el sacerdote es el que establece la comunicación entre 2 orillas tan aparentemente alejadas como son la tierra y el cielo. Es una lástima que la palabra pontífice haya perdido ese sentido en el lenguaje corriente, y sobre todo que hoy evoque más bien orgullo y grandilocuencia, cuando debiera evocar realidades como el "diálogo", la "mediación" y el "enlace".

         "Y ha de ofrecer dones y sacrificios por los pecados". La distancia que separa al hombre de Dios no es sólo el abismo normal entre Creador y criatura, sino la oposición entre 2 antagonistas (uno de los cuales se enemistó con el otro), pues el pecado no es una indiferencia más hacia Dios, sino un rechazo total de Dios, en que una de las 2 orillas se enemistó con la otra. Por ende, se hará más difícil ser mediador (sacerdote) y restablecer la amistad entre ambas partes.

         Todo mediador puede comprender a los que pecan (por ignorancia, o por extravío, dice Hebreos) si también él se ve "envuelto en la flaqueza". Y de ello se puede desprender la 1ª de las cualidades esenciales del sacerdote: ser comprensivo, delicado, abierto y acogedor hacia los pecadores. El autor de Hebreos se atreve a afirmar que dicho sacerdote tendrá esas cualidades si también él sabe lo que es ser pecador, pues escuchando las confidencias de los pecadores será "capaz de comprenderlos".

         El sacerdocio de Cristo es único, y arraiga en su misma divinidad. Y por eso decimos que hay un solo sacerdote, capaz de de ser vínculo entre la humanidad y Dios, y que en los días de su vida mortal "ofreció ruegos y súplicas a Dios, y aprendió la obediencia a base de sufrimiento". Es ésta una de las más emocionantes traducciones de la agonía de Jesús: si bien jamás pecó, tuvo en todo que obedecer, y conocer las consecuencias del pecado.

Noel Quesson

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         El autor de la Carta a los Hebreos está entrando en su tema central (el sacerdocio de Cristo), al que compara con el templo de Jerusalén. ¿Y qué cualidades debe tener un buen sacerdote? Ante todo, debe ser llamado por Dios, y no ser él el que se arrogue ese honor. Ahora bien, Jesús no perteneció a una familia sacerdotal judía oficial, ni tampoco se llamó a sí mismo sumo sacerdote. Aunque los demás sí lo hicieron por él, así como la Escritura: "Tú eres mi Hijo, tú eres Sacerdote eterno". Además, un sacerdote debe estar muy unido a los hombres y saberles comprender, ya que los representa en la presencia de Dios. En ese sentido, debe ser un pontífice, el que hace de puente entre Dios y la humanidad.

         Por lo que toca a la cercanía de Jesús a los hombres, hoy leemos uno de los pasajes más impresionantes que se refieren a la pasión de Jesús: "A gritos y lágrimas presentó oraciones y súplicas a Dios". Los evangelistas nos hablaban de la tristeza, del miedo, del pavor, del tedio, en la crisis de Jesús ante su muerte. Pero aquí se habla de gritos y lágrimas.

         La Carta a los Hebreos añade un comentario sorprendente: "A pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer". Tenemos un sacerdote que ha experimentado el dolor, como nosotros y hasta la muerte. No es que necesitase ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como les pasaba a los sacerdotes de Jerusalén. Pero quiso asumir la muerte, y así se convirtió en salvador de todos, glorificado y proclamado sumo sacerdote.

         El salmo no podía ser otro que el 109: "oráculo del Señor a mi señor", ni otras sus afirmaciones: "tú eres sacerdote eterno, desde el día de tu nacimiento". Oráculo que la comunidad cristiana aplicó desde el principio a Jesucristo.

         Nosotros nos alegramos de tener un sacerdote así, que se ha entregado libremente por nosotros y que ahora es el Mediador por el que tenemos la puerta abierta a Dios. Además, él es un sacerdote que sabe lo que es sufrir, porque lo ha experimentado en su propia carne, hasta la muerte trágica de la cruz. Un sacerdote que se ha solidarizado con nuestra condición humana, hasta lo más profundo. Y eso nos da confianza en nuestro camino.

         Por otra parte, cada uno de nosotros podríamos preguntarnos cuál es su propio estilo de ser mediador para con los demás, cómo intentamos colaborar con Cristo en la salvación del mundo. ¿Somos comprensivos como él? ¿Aceptamos a los demás tal como son, también con sus defectos, para ayudarles en su camino? ¿Estamos dispuestos hasta la renuncia y el dolor para poder hacer el bien a nuestro alrededor? ¿Somos pontífices, y hacemos de puente entre las personas y Dios? ¿Adoptamos una actitud de condena o de comprensión y ayuda?

José Aldazábal

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         La Carta a los Hebreos tiene como tema fundamental el sacerdocio. Y razona y argumenta con unos esquemas muy alejados de los nuestros, a la hora de describir el sacerdocio de Jesús como un nuevo tipo de sacerdocio. El sacerdocio cristiano no es como el sacerdocio del AT o del resto de religiones. Sin duda, la palabra que los cristianos empleamos para referirnos a él es la misma (sacerdote, sacerdocio), pero no es la utilizada por el NT, que aplica la palabra sacerdote solamente a Jesús.

         Jesús logró reunir seguidores, envió discípulos a la misión, y escogió de todo ello a 12 apóstoles. Pero nunca de forma aislada o individual, sino siempre dentro de la comunidad (que es donde surgen los ministerios, como servicios a la comunidad). Así, el sacerdocio que Jesucristo confirió a sus 12 apóstoles fue distinto al sacerdocio del resto de religiones. Y esto es de lo que nos va a hablar la Carta a los Hebreos, para estos tiempos.

         Para nosotros, los cristianos, Jesucristo es el único sacerdote, como mediador entre Dios y nosotros. Porque él es quien nos obtiene la salvación, el perdón de los pecados, la filiación divina y la fraternidad entre nosotros. Y en ese sentido, el sacerdocio del AT era un sacerdocio imperfecto, y a lo sumo llegaba a ser mera sombra (o anticipo) del verdadero sacerdocio de Jesucristo.

         Por otra parte, el autor de Hebreos da a entender que nadie más es sacerdote, tan sólo Jesucristo. Y que cualquier sacerdocio en la Iglesia no es más que participación, actualización o realización, del único sacerdocio de Jesucristo. Por su parte, Jesús ejerció su sacerdocio a través de una perfecta obediencia a la voluntad de Dios, sufriendo por amor nuestro, intercediendo constantemente por nosotros. De modo que en la Iglesia no hay un "poder" sacerdotal, ni una "clase" sacerdotal. Pues todos somos hermanos, y quienes ejercen el ministerio de la Palabra y de los sacramentos, lo hacen como representantes de Jesucristo (y a él han de rendir estrecha cuenta, de ese ministerio que han ejercido en su nombre).

         Por tanto, no hemos de callar otra realidad: todo el conjunto de los bautizados (desde el mayor hasta el menor), participamos del sacerdocio de Cristo, en sus 3 grados de discípulos, enviados y apóstoles. Lo cual hemos de hacer ofreciendo nuestra propia vida, dando testimonio del amor, siendo solidarios, comprensivos y acogedores, ante los de dentro y ante los de fuera. El día de nuestro bautismo nos hicieron partícipes del sacerdocio real de Jesucristo.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 20/01/25     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A