1 de Julio
Martes XIII Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 1 julio 2025
Gén 19, 15-29
A pesar de la plegaria de Abraham, Dios no encontró en Sodoma los 10 justos que hubieran permitido salvar la ciudad. Sin embargo, Dios acepta que Lot (sobrino de Abraham) se libre del castigo: "Levántate, y toma a tu mujer y a tus hijas, y sal de la ciudad", no vayas a ser barrido por el castigo a la ciudad.
El relato de la destrucción de Sodoma, surgió sin duda a consecuencia de un cataclismo natural (como suele haberlos hoy también) y que arrasó una ciudad del Mar Muerto. Los redactores de este relato, utilizando de nuevo una leyenda popular le insuflaron una significación de fe: el tema de la "huida de una ciudad" es un tema importante a lo largo de la Escritura.
En el contexto rural que era el del conjunto del pueblo de Israel, la ciudad era considerada como la estancia del mal y del pecado. Abandonar una ciudad, o huir de ella, es reconocer su maldad y convertirse. Los hebreos serán así invitados a abandonar las ciudades monstruosas de Egipto (Ex 1, 11), y luego de Babilonia, símbolo de la perversión pagana (Is 48,20; Ap 18,4).
El texto del Génesis se pronunciaba contra la ciudad de Sodoma para "poner un dique" a las prácticas sexuales aberrantes. Ayúdanos, Señor, a saber interpretar estos acontecimientos urbanos a la luz de la fe. Pues como ya decía Pablo VI en su última carta apostólica, sobre el fenómeno moderno de la urbanización:
"En lugar de favorecer el encuentro fraternal y la mutua ayuda la ciudad desarrolla las discriminaciones y las indiferencias y se presta a nuevas formas de explotación y de dominio. Las fachadas esconden muchas miserias que los vecinos más próximos ignoran; y abundan otras miserias en que la dignidad del hombre falla: delincuencia, criminalidad, droga y erotismo".
La mujer de Lot miró hacia atrás y quedó convertida en columna de sal. La leyenda popular debió de explicar así la existencia de una roca de forma caprichosa, en la región estéril y salada del Mar Muerto. El autor sagrado aprovecha este hecho para introducir una lección: "no hay que mirar atrás" (Mc 13,16; Lc 9,62), "no hay que volver a por la capa", "no hay que echar mano al arado y seguir mirando atrás". Pues todos ellos "no son aptos para el Reino de Dios". De esta manera, los primeros apóstoles "abandonaron las redes" para seguir a Jesús.
Noel Quesson
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La impresionante escena de la 1ª lectura impacta nuestra imaginación. No es difícil representarse el cuadro patético que además ha dibujado más de un artista: un diluvio de fuego que castiga las ruinas humeantes de lo que un día fuera lugar de seres humanos. Pero vayamos más allá de la escena como tal. Busquemos la enseñanza: la palabra detrás del acontecimiento.
Por una parte, este drástico castigo revela de modo dramático el estado de gravedad a que conduce el pecado como estructura. En efecto, nos hemos acostumbrado tal vez a mirar al pecado como un hecho personal que involucra sólo una responsabilidad individual ante Dios. Pero esto no es cierto. El pecado tiende a institucionalizarse. Va creando un tejido de complicidades que se vuelve pegajoso y casi omnipresente, hasta producir asfixia en los que no admitan inmiscuirse en él.
Es un poco lo que vemos también en nuestra sociedad. La prostitución o la corrupción administrativa, por citar sólo 2 ejemplos, no son eventos aislados en vidas aisladas, sino verdaderas redes que se adueñan de sectores de ciudades y de amplias tajadas del presupuesto de un país. Estamos en ambos casos frente a pecados estructurales, que no deberían ser evaluados simplemente como una colección de faltas personales, pues de hecho implican procesos, manejo de recursos e incluso leyes oficiales que hacen extraordinariamente difícil erradicar su presencia y su obra.
En otro sentido, la escena del Génesis de hoy nos invita a saber superar el hecho mismo del castigo, cualquiera que sea su expresión concreta. Lo más interesante del pecado no es quedarnos viendo cómo se castiga sino permanecer buscando cómo superarlo. Cosa útil de aprender porque a veces nos preocupamos más de castigar culpables que de hacer bien a los inocentes.
Nelson Medina
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El castigo de Dios sobre Sodoma y Gomorra se ha convertido en el prototipo de castigo contra la corrupción y la maldad. La destrucción de estas ciudades, que se hallaban al sur del Mar Muerto, seguramente fue debida a algún fenómeno natural (el fuego, un terremoto, o tal vez una erupción interior, dado que el terreno presenta características volcánicas, bajo el nivel del mar).
Pero la intención religiosa del Génesis es atribuir todo eso al juicio de Dios, que condena la maldad de sus habitantes a través de las catástrofes naturales. Así sucede muchas veces en la Biblia, como cuando se justifica la destrucción de Babel, de Siquén o de Jerusalén.
La tradición de la "estatua de sal", en la que se ha convertido la esposa de Lot, probablemente también se originó en alguna caprichosa formación rocosa y salina de la zona, interpretada popularmente como "la figura de una mujer". Aquí se presenta como consecuencia de "haber vuelto la mirada atrás", cosa que el ángel le había prohibido.
Si queremos salvarnos de todo eso, debemos abandonar Sodoma, nuestra particular vida de pecado o de vida superficial. A Lot y a su familia les costó decidirse, y fue necesario que se pusiesen fuertes los ángeles enviados por Dios, porque ellos no estaban convencidos de necesitar ser salvados. La mujer cayó en la tentación de mirar atrás. Siempre nos puede la comodidad, la costumbre, la inercia. El mismo Jesús nos dio el aviso, invitándonos a la fidelidad y a la decisión: "Acordaos de la mujer de Lot. Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará" (Lc 17, 32-33).
Estamos en medio de un mundo que, ciertamente, no nos ayuda a vivir en cristiano, y que va encaminado a la depravación moral de Sodoma, con criterios que frecuentemente van en dirección contraria al evangelio.
En nuestra lucha contra el mal, y en nuestro seguimiento de Cristo, deberíamos ser más decididos. Jesús nos advirtió más de una vez que no miráramos atrás: "Nadie que pone su mano en el arado y vuelve la vista atrás, es apto para el reino de Dios" (Lc 9, 62). No vaya a ser que merezcamos el reproche que Jesús hizo a sus contemporáneos: "Y tú, Cafarnaum, te hundirás. Porque, si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy" (Mt 11, 23).
José Aldazábal
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Leemos hoy en la liturgia un texto del Génesis que habla sobre la destrucción de Sodoma y Gomorra, ciudades pegadas al Mar Muerto (en el desierto de Edom, dando al mar Rojo) que fueron terriblemente castigadas por Dios por sus maldades incorregibles.
En la Biblia, como conjunto de libros religiosos de muy diverso corte, es frecuente hablar siguiendo un esquema de discurso religioso, más o menos así: creación buena de Dios, perfección del hombre creado (en el seno de la creación), infidelidad del hombre libre (que se hace pequeño dios y señor), castigo de Dios sobre la maldad (por medio de sequías, diluvios, hambre, guerras, destierros, fuego o destrucción), arrepentimiento del hombre y renovación de la creación de Dios
En el texto presente, se nos da a entender que la iniquidad de los hombres merecía ser castigada, y esto no porque Dios sintiera sed de venganza, sino para que el hombre corrigiese su situación. Y que a Dios le place la cautela y vigilancia sobre sus fieles.
No es fácil entender la teología del amor y la teología del fuego y azufre. Y por eso el autor sagrado hace un esfuerzo por presentar el rostro humano de la ingratitud y pecado: rostro de desprecio, pasiones desencadenadas, egoísmos inmisericordes, autosuficiencias que se engañan a sí mismas, manipulaciones injustas... Y todo ello merece ser calcinado por una especie de ira vengadora que ponga las cosas en su punto y sensatez.
Pero ¿cómo aplicar al corazón de Dios, al amor divino, a la voluntad salvífica, esa figura y expresión humana? Efectivamente, Dios envía fuego y azufre, como antídoto contra las consecuencias de la maldad (que, en este caso, acaba siendo víctima de sus propias obras). Escuchemos, pues, la voz del ángel y de nuestra propia conciencia, y salgamos de la ciudad del pecado (del mal vivir) para hallarnos a salvo.
Dominicos de Madrid
Act:
01/07/25
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ordinario
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