2 de Julio

Miércoles XIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 2 julio 2025

Gén 21, 5-20

         El relato de hoy, aparte del nacimiento de Isaac (recogido por las 3 tradiciones bíblicas, la yahvista, elohísta y sacerdotal), nos ofrece una versión elohísta de la expulsión de Ismael, paralela a la versión yahvista del cap. 16. En el fragmento que nos toca, Ismael ya ha nacido y tendría (según los datos de la tradición sacerdotal) 17 años (Gn 16, 16-21, 5). Y se nos viene a decir que el heredero legítimo de Abraham es Isaac y no Ismael (el cual quedará excluido de la protección divina), aunque eso suponga las riñas y discusiones entre Sara y Agar (sus madres respectivas) y la expulsión de Ismael.

         Etimológicamente, Isaac significa "Dios ríe", según el nombre que le puso su madre Sara. En el v. 6 se da una explicación teológica del nombre, que expresa la gratitud de Sara por la benevolencia divina y no las risas de los vecinos (pues Sara había dado a luz en su vejez).

         Abraham se siente afectado por las disputas entre Sara y Agar respecto a la herencia, y si se aviene a la propuesta de Sara es porque concuerda con la voluntad divina, que de esta forma lleva adelante su plan de salvación.

         La descripción elohísta de hoy se centra en describir la tragedia de Agar y de su hijo Ismael, y nos dice que un "ángel de Dios" tuvo que tranquilizar a Agar y decirle: "Dios ha escuchado la voz del niño", en clara alusión al nombre de Ismael (lit. Dios escucha). Porque también Ismael, aunque no sea el depositario de la herencia, será objeto de la benevolencia divina, y llegará a convertirse "en un gran pueblo". Su lugar de residencia será el desierto de Farán (entre Egipto e Israel), y se distinguirá como tirador de arco.

         Del fondo del relato emerge que la salvación prometida a Abraham está reservada a Isaac, y no alcanzará al resto de pueblos vecinos. En la perspectiva global de la Biblia, sólo pueden tener acceso a ella aceptando y acogiendo la fe de Isaac.

Josep Mas

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         Abraham es un adelantado a los avances de las técnicas de reproducción asistida, pues fue padre de Isaac ¡a los 100 años! Antes había tenido otro niño con la esclava Agar (Ismael), y así engendró a los que serían padres del pueblo judío (Isaac) y árabe (Ismael).

         A veces he pensado que el interminable conflicto árabe-israelí, siempre en el candelero, arranca del relato bíblico que leemos hoy. La tradición judía ha puesto el acento en la predilección de Abraham por Isaac. Pero no debemos olvidar lo que se dice al final del fragmento, en referencia al hijo de la esclava: "Dios estaba con el muchacho, que creció, habitó en el desierto y se hizo un experto arquero".

         Judíos y árabes tendrían que sentarse juntos y encontrar su punto de encuentro en el patriarca Abraham. Es la única salida que encuentra hoy la razón, aunque la fuerza emocional racionalista sea inimaginable.

Gonzalo Fernández

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         Hoy nace por fin Isaac, el hijo esperado y de la promesa, del que se espera que dé origen a una numerosa descendencia. Y aunque la casa de llena pronto de alegría, no tardarán en salir a la luz las miserias humanas: los celos de Sara, porque Abraham mira con buenos ojos a Ismael (su otro hijo Ismael, tenido con la esclava egipcia Agar). Por el momento, el protagonista de la historia sigue siendo Ismael (el primogénito, que ya debía tener unos 14 años), aunque no tardará Sara (la patriarca madre) en cambiar la línea de la promesa, según los misteriosos designios de Dios.

         Por insistencias de Sara, Abraham se ve obligado a despedir a Ismael junto con a madre egipcia, y ambos emprenden un amargo viaje al desierto, con momentos de desesperación. Pero Dios "oyó la voz del niño" (Ismael significa "Dios escucha") y le concedió convertirse en padre de los ismaelitas, los nómadas del desierto (hoy día los árabes), que se refieren de buen grado a Abraham como su padre y origen.

         El salmo responsorial de hoy parece personificar la oración de Agar y de su hijo en el desierto: "Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de su angustia". La lectura termina con una llamada a la esperanza a los desterrados: "Dios estaba con Ismael".

         Nosotros solemos tener prisa por conseguir nuestros objetivos. Pero desde que Dios prometió a Abraham que tendría descendencia, hasta que ésta se produjo, pasaron bastantes años. Sin embargo, Abraham no perdió la esperanza, y eso que ésta se iba volviendo imposible. ¿Perdemos la esperanza en el porvenir de la Iglesia, de las vocaciones, en los valores de la juventud? ¿Queremos resultados a corto plazo, como si todo dependiera de nosotros? ¿O nos fiamos de Dios, que conduce la historia a su ritmo misterioso?

         Otra lección que tenemos que aprender de esta página del Génesis es la amplitud de corazón. Como Dios y como Abraham, ¿sabemos acoger a todos, tanto a Isaac como a Ismael, tanto a la libre como a la esclava? ¿O somos mezquinos de corazón y celosos? En nuestra familia o en nuestra comunidad, ¿sabemos ceder como Abraham, que en su día dejó a su sobrino Lot escoger los mejores pastos, y ahora se preocupa tanto del hijo de la esclava como del hijo de la esposa? Dios está también con Ismael. ¿Quiénes somos nosotros para hacer acepción de personas?

José Aldazábal

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         Tras el relato de la destrucción de Sodoma y Gomorra, el texto continúa hablando hoy del cumplimiento de la promesa del ángel a Abraham: "Tu esposa tendrá un hijo". Efectivamente, nació Isaac. Y Sara sintió celos de la esclava Agar (que había engendrado a Ismael) y logró que fuera expulsada de su hogar. Agar vagó por los montes, pero Dios cuidó de ella y de su hijo.

         "No quiero ver morir a mi hijo". Se trata de la frase de Agar, la esclava de Abraham, cuando es expulsada por Sara, y se encuentra agotada en su soledad y desierto, con el niño Ismael a su lado. Nada más grande para una mujer que haber podido tener un hijo, pero nada peor pagado para con ella que la actitud de su ama Sara (que tras sacar de ella un hijo para Abraham, la expulsó de su presencia).

         En el pasaje de hoy se narra cómo la anciana Sara se hizo fértil y dio a luz a Isaac, y cómo después expulsó a su esclava Agar y a su ahijado Ismael, para que no disputara la herencia con su hijo legítimo Isaac. Pero ni Abraham ni Sara sospechaban que Isaac (la herencia de Abraham, el ser mediador de las promesas de Dios) iba a ser puesto a prueba por Dios, en su florida juventud. Toda la trama es complicada, y el relato pone los pelos de punta.

         Efectivamente, caminando orgulloso Abraham con el hijo de sus entrañas hacia la región de Moria, Dios quiso ponerlo a prueba y le llamó: "Toma a tu hijo único y ofrécemelo en holocausto".

         Con temor y temblor, pero fiel a la voz de Dios, dispuso Abraham y el mismo Isaac todo lo necesario para el sacrificio, e iba a procederse a la muerte del chico, cuando Dios volvió a hablar: "No pongas tu mano sobre el muchacho. Pues ya veo que obedeces y no me niegas ni a tu propio hijo. Te colmaré de bendiciones, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo".

         La escena bíblica podría escribirse hoy al igual que se escribió hace 4.000 años, pues su carga humana es intensísima: hambre de hijos en los padres, desprecio a los hijos de los demás, expulsiones y huidas del hogar y hasta vagar por el mundo sin rumbo. Pero en la soledad y la marginación es donde Dios muestra sus entrañas y ofrece su protección.

Dominicos de Madrid

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