7 de Julio
Lunes XIV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 7 julio 2025
Gén 28, 10-22
La 1ª lectura de hoy nos presenta la visión y el voto que hizo Jacob en Betel, mientras se encaminaba de Berseba a Jarán, y su llegada a este lugar. Teológicamente, la 1ª parte es la más importante.
El redactor ha elaborado el texto valiéndose de las tradiciones bíblicas yahvista y elohísta. La participación yahvista se concreta en las promesas de la tierra y la descendencia, y en la bendición de Dios para las naciones. En cuanto al esquema elohísta, éste incorpora el oráculo divino y el voto de Jacob, de acuerdo con el ritual que se desarrollaba en los santuarios mesopotámicos.
Según este ritual, los fieles acudían al santuario para solicitar al sacerdote, en sus momentos de dificultad o angustia, un oráculo de consuelo (mediante el sueño de incubación), emitiendo después un voto en el que se comprometían a realizar algún acto de acción de gracias (en el mismo santuario) en caso de cumplirse las promesas oraculares. De esta forma, la tradición elohísta no sólo avala esta costumbre en Israel, sino también la santidad del Santuario de Betel.
Jacob, sin buscar intencionadamente la incubación (o sueño oracular), yace en el lugar sagrado, y queda confirmado en su trascendencia por la visión de la escalera y de los ángeles (los cuales entran en el oráculo como protectores de Jacob en su caminar; Sal 91,11).
En los antiguos templos orientales se distinguía entre la residencia de los dioses y su lugar de aparición en la tierra. Los zigurats mesopotámicos, en efecto, tenían un aposento en la cima (simbolizando el lugar de residencia de la divinidad) y en la parte inferior (el templo, que era el lugar de manifestación divina). De arriba abajo solía haber una gran rampa.
La constatación que hace Jacob de la santidad del lugar (v.17) corresponde a la revelación de los vv. 12-13. Igualmente, el despertarse con la conciencia de que Dios está presente allí se contrapone al acostarse y entregarse inconscientemente al sueño (v.77).
La Piedra de Betel es al mismo tiempo una estela votiva (en memoria de la acogida divina y del voto de Jacob), cultual (como objeto principal de este lugar sagrado), de pacto ("Yahvé será mi Dios"; v.21) y exclusiva ("los dioses extraños serán depuestos; Gn 35,4). Dicha estela, según este último aspecto, representa la piedra de toque de la fidelidad de Israel al Dios de Jacob, en clara oposición al becerro de oro que Jeroboán hizo colocar en Betel (violando claramente el compromiso patriarcal).
La experiencia de Betel tiene un carácter religioso y sobrenatural: la llegada feliz de Jacob a Jarán, gracias a la guía y protección divina (semejante al caso del siervo de Abraham; Gn 24). Y otro aspecto mundano y normal: la cordialidad de Labán, que al recibir a Jacob disipa la sospecha de futuras luchas fratricidas.
Nuestra experiencia de fe, y la conciencia de que Dios nos protege, nos han de llevar a un compromiso religioso sincero y constante, porque sabemos que Dios nos conducirá hasta el gozoso final de nuestra peregrinación terrena.
Josep Mas
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El sueño de Jacob de la escalera que se levantaba por encima de su cabeza, y sobre la que subían y bajaban los ángeles de Dios (Gn 28, 12), indujo desde el principio a una exégesis alegórica.
Según el pensador medieval San Buenaventura, en su Sermón sobre Cristo Maestro (inspirado en el escrito pseudo-agustiniano De Spiritu et Anima, que tal vez se remonta a Alquerio de Claraval), habría en este Sueño de la Escalera 2 formas de contemplación: el paso hacia dentro (para contemplar la divinidad) y el paso hacia afuera (para contemplar la humanidad), de acuerdo con las 2 naturalezas del Verbo encarnado:
"Este entrar en la divinidad y salir a la humanidad (de Cristo) no es otra cosa que el subir al cielo y bajar a la tierra, que se realiza en Cristo como por una escalera, de la cual se habla en el cap. 28 del Génesis: Jacob vio en sueños una escalera".
Según eso, con el subir y bajar se significaban las 2 formas de la contemplación: contemplación de la divinidad y de la humanidad de Cristo. Las 2 naturalezas están en él unidas y hacen de él una como escalera que conduce hacia arriba.
San Agustín recuerda la Imagen de la Escalera de Jacob en el 1º de sus salmos graduales (que comienzan con su Adscensiones), y evoca a los ángeles que suben y bajan por la escala de Jacob. Acepta por de pronto la interpretación de San Euquerio de Lyon, que viene a decir que el subir podría significar "adelantamiento en el bien" y el bajar "apartamiento del bien", como elementos que constantemente se dan en el pueblo de Dios.
Pero esta exposición le dice poco a San Agustín, al considerar que bajar es cosa distinta de caer y que "Adán cayó, mientras Cristo bajó". Luego caer vendría a ser un efecto de la soberbia, mientras bajar vendría a ser un servicio de la misericordia. Así, con los ángeles que suben se significan "aquellos hombres que adelantan en la inteligencia espiritual de la Escritura", mientras que con los ángeles que bajan se está aludiendo a "los heraldos de la palabra, que se inclinan a los pequeños y les dan la comida que pueden soportar".
San Gregorio y San Isidoro conservaron fielmente, en este punto, la línea agustiniana de interpretación. Gregorio ve en los ángeles que suben y bajan por la Escalera de Jacob la imagen de los buenos predicadores de la palabra, cuyo deseo va no sólo hacia arriba (a los goces de la contemplación), sino que se inclina igualmente por la compasión hacia abajo (a los miembros de Cristo).
San Isidoro, siguiendo su tendencia a las fórmulas exactas, especifica más la interpretación: el Sueño de Jacob significa la pasión de Cristo, la piedra a Cristo mismo, y la casa de Dios es Belén. Además, la escalera es Cristo (que se llamó a sí mismo camino), y los ángeles que están sobre ella son los evangelistas y predicadores (que suben para encontrar su divinidad, y bajan para salir al encuentro de su humanidad). Pero también suben los carnales para hacerse espirituales, y bajan los espirituales para dar leche a los otros. Cristo está arriba (en su cabeza, que es Dios) y abajo (en su cuerpo, que es la Iglesia), luego el subir y bajar desemboca por igual en él.
Josep Ratzinger
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Jacob, como la mayoría de sus contemporáneos, pensaba que Yahveh era el Dios de la Tierra Prometida. Y que si se viajaba fuera de su territorio, se perdía su presencia y protección. Y ocurría con frecuencia que entonces se rendía culto al dios local, para conciliarse sus favores. Pero he aquí lo que ocurrió, una noche: "Jacob salió de Berseba y fue a Jarán. Y llegando a un cierto lugar se dispuso a pasar la noche, porque ya se había puesto el sol. Tomó una de las piedras del lugar como cabezal y se durmió".
La escena es hermosa. Jacob sale de su país, llega a un lugar desconocido, toma una piedra por cabezal y duerme allí. Y tuvo un sueño: "Vio una escalera apoyada en tierra y cuya cima tocaba los cielos, y los ángeles de Dios subían y bajaban por ella". Jacob descubre que su Dios es un Dios universal, presente en todo lugar.
Sí, en todo lugar de la tierra hay comunicación entre el hombre y Dios, y ésta es la significación de la escalera por la que suben y bajan los ángeles. Así, el cielo y la tierra están permanentemente unidos como gran proyecto de Dios, tratando de establecer entre Dios y los hombres unas relaciones personales. De hecho, el término religión quiere decir relación, pues viene del verbo religar (lit. relacionarse).
¡Cómo nos cuesta, Señor, estar convencidos que esto es así! En cambio tenemos a menudo la impresión de que no hay comunicación alguna. En este momento, Señor, quiero creer que me miras, que me escuchas, que te interesas por mí como por cada ser del universo.
He aquí que el Señor estaba sobre ella y le decía: "Yo soy el Señor. Estoy contigo; por doquiera que vayas, te guardaré". Es casi demasiado hermoso, Señor. Eres un Dios que acompañas a los tuyos. Por lo tanto, no estoy solo. ¡Si hoy, por lo menos pensara yo más en ello! Tu presencia es amical, bienhechora. Tú no eres, Señor, desatento ni indiferente.
Despertó Jacob de su sueño y dijo: "Verdaderamente está el Señor en este lugar, y yo no lo sabía". Aquí, donde me encuentro, tú estás aquí, en el corazón de nuestras vidas, y "tú eres el que nos hace vivir". Y yo tampoco lo sé la mayoría de las veces. ¡Cómo cambiaría todo, si tomara conciencia de ello más a menudo!
Pero no olvidemos el lugar en el que se encontraba Jacob. Era un lugar ordinario, no un santuario ni un espacio sagrado, sino un rincón del desierto. En el fondo, no hay espacio profano, y en todo lugar hay una presencia de Dios. Ésta es la casa de Dios y la puerta del cielo. ¿Soy yo capaz de descubrir esta realidad, como lo hizo el viejo patriarca. y de que ello cambie mi vida?
Noel Quesson
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La escena de hoy destaca por su belleza literaria. Jacob sale de su país, llega a cualquier lugar desconocido, toma una piedra por almohada y duerme allí. Jacob descubre que su Dios es un dios universal, presente en todo lugar. Sí, en todo lugar de la tierra hay comunicación entre el hombre y Dios: ésta es la significación de esta escalera simbólica por la que suben y bajan los ángeles. Es el gran proyecto de Dios: establecer entre Dios y los hombres unas relaciones personales.
El Sueño de Jacob es el sueño de todo hombre religioso. En nuestra cultura secularizada soñamos con una escalinata que, apoyada firmemente en la tierra, pueda tocar el cielo. Soñamos con reconocer la voz de un Dios escondido en el laberinto de nuestras búsquedas: "Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac". Desearíamos poder hacer nuestras las palabras de Jacob: Si Dios está conmigo y me guarda en el camino que estoy haciendo, entonces el Señor será mi Dios. Soñamos con unir, en definitiva, lo que nuestra cultura parece haber separado: el mundo de Dios y el mundo del hombre.
Este sueño ya se ha cumplido en Jesús. En su persona, Dios ha descendido por esa interminable escalinata que une el cielo con la tierra. Jesús es alguien que se deja tocar (por una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía 12 años) y que toca (a una niña que acababa de morir). Tocar a Jesús (aunque sólo sea un borde de su misterio) y dejarse tocar por él es el camino para participar del sueño de Dios.
Gonzalo Fernández
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Escapando de las iras de su hermano Esaú, Jacob emprende la huida. Y es allí donde le espera Dios. La escena de hoy, con la escala misteriosa que une cielo y tierra, por la que suben y bajan ángeles, y que conduce hasta Dios, parece que tiene una 1ª intención: justificar el origen del Santuario de Betel, en el Reino del Norte. Jacob erige un altar a Dios y llama a aquel lugar "casa de Dios", que es lo que significa Betel.
Todos los lugares sagrados de las diversas culturas se suelen legitimar a partir de alguna aparición sobrenatural o de un hecho religioso significativo, más o menos histórico. En el fondo, los pueblos muestran su convicción de la cercanía de Dios y de su protección continua a lo largo de la historia.
Pero, sobre todo, esta historia quiere legitimar, de alguna manera, el que la línea de la promesa de Dios, que había empezado por Abraham e Isaac, y que en rigor hubiera tenido que seguir en el primogénito Esaú, ahora pasa por Jacob, aunque sea por medio de intrigas y trampas. Las palabras de Dios a Jacob son casi idénticas a las que escuchara Abraham: "Yo soy el Señor Dios, y todas las naciones serán bendecidas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo". Desde ahora, Yahveh será para los judíos "el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob". Dios sigue escribiendo en la historia de los hombres.
Los caminos de Dios son misteriosos, pues él actúa con libertad absoluta a la hora de elegir a sus colaboradores en la historia de la salvación. Incluso de las debilidades y fallos humanos saca provecho para llevar adelante la salvación de la humanidad. Muchas de estas personas, como Jacob, se muestran disponibles a este proyecto de Dios y aceptan ser un anillo más de esa cadena humana de que se sirve Dios para su Reino.
También nosotros nos sentimos enviados de Dios a este mundo, cada uno en su ambiente. No tendremos sueños como el de Jacob. Tenemos algo mejor: Jesús es nuestro Mediador, que nos abre el acceso a Dios y nos ha llamado a ser discípulos suyos y a colaborar con él, siendo luz y sal y fermento en este mundo.
Ante las dificultades que esto comporta, tenemos que saber escuchar la voz de Dios: "Yo estoy contigo". Él nos ayuda en el camino, nos conoce, nos está cerca. Tenemos que compartir la confianza que expresa el Salmo 90 de hoy, el que rezamos tantas veces antes de acostarnos: "Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti; él te librará de la red del cazador".
José Aldazábal
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El texto de hoy nos ofrece el signo de la acogida y de la bendición de Dios sobre Jacob. Él, patriarca, queda inscrito en la serie de mediaciones por las que se irá manifestando la providencia divina cerca de los mortales, para salvarlos: "Jacob, Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. Tu descendencia se multiplicará como el polvo de la tierra".
En la semana precedente, los textos de la 1ª lectura nos dejaban mal sabor de boca a causa de la malicia humana que veíamos interferirse en los planos de Dios y que marginaba a Esaú, privilegiando con la herencia a su hermano Jacob. Pero, a pesar del engaño, la bendición de Isaac recayó sobre Jacob, no sobre Esaú (el primogénito).
En el texto de hoy, una vez presentado simbólicamente Jacob ante Dios por medio de esa bendición, veremos que el Señor irá prodigando sobre su corazón la verdad de su amor. Sobre Jacob recaerán las bendiciones de lo alto para que por su mediación se cumplan las promesas mesiánicas a favor del pueblo elegido.
El detalle recordado en la liturgia de hoy (renovación de la alianza o promesa, cuando Jacob va a Aram en busca de esposa) es una expresión de cómo Jacob fue acogido por Dios, fue su agraciado, sujeto de bendición divina; y cómo Dios hará que en él se renueve la promesa hecha a sus padres.
¡Cuántas veces, perdonada la infidelidad y el engaño de la malicia humana, los designios salvíficos de Dios a favor de los hombres se cumplen en su esencia! Esos divinos designios están muy por encima de caprichos y voluntades humanas.
A pesar de su malicia, Jacob fue bendecido por Dios y éste le garantizó que estaría con él a dondequiera que se fuera. Nunca se sentiría abandonado. No es poco tener esa experiencia de amor y elección divina. ¿Quién no quisiera escuchar, aunque sólo fuera en visión imaginaria, palabras similares a las que el Señor dedica a Jacob? Sin embargo, observemos que Jacob, en su respuesta, no se entrega en fe y confianza sin poner condiciones, pues se concede la licencia de pedir, y comprobarlos, hechos que muestren cómo Dios ya está actuando a su favor.
Esta es la fórmula del voto de Jacob: "Si Dios está conmigo y me guarda en el camino que estoy haciendo, si me da pan para comer y vestidos para cubrirme, si vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios, y esta piedra que le he levantado será una casa de Dios; y de todo lo que me de, le daré el diezmo".
Señor, Dios nuestro, gracias te damos porque no retiras tu favor a los hombres, aunque a veces obremos con indignidad, como Rebeca y Jacob. Gracias te damos porque no fulminas tus rayos sobre nosotros cuando abusamos de nuestro ingenio y libertad, perjudicando a otros. Gracias te damos porque una y otra vez nos adviertes que, aunque seas tolerante y misericordioso, el camino del engaño, de la suplantación, de la manipulación, no es camino de santidad y vida sino de pecado y muerte.
Por favor, vivamos persuadidos de que Dios está con nosotros, aunque no podamos comprobar tan puntualmente como Jacob los signos de su presencia.
Dominicos de Madrid
Act:
07/07/25
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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