1 de Septiembre
Lunes XXII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 1 septiembre 2025
1 Tes 4, 13-18
En el mundo entero, el sueño es imagen de la muerte. Pero mientras el sueño es dulce y tranquilizador, dando por descontado que de él nos despertaremos, la muerte es un sueño del que ya no se despertará. Pues bien, hoy el apóstol Pablo nos va a hablar de eso, de la muerte: "Hermanos, no quiero que estéis en la ignorancia respecto al mundo de los muertos". Y nos da el motivo de por qué lo hace: "Para que no os entristezcáis como los demás que no tienen esperanza".
Referido al mundo de la fe, y salvando las distancias, se podría decir que quien muere en Cristo puede hacerlo dulce y tranquilamente, sabiendo que se va a dormir para volver a despertar (como en el sueño). Mientras que quien muere alejado de Cristo, puede empezar a sospechar que se va a dormir para soñar profundamente, y nunca más despertar.
Fuera de algunos grupos de iniciados, en las religiones mistéricas de tipo oriental, el conjunto de los griegos de aquel tiempo no daba mucho crédito a una vida en el más allá. Y si nos atenemos a las encuestas más recientes realizadas en Europa, veremos que para nuestros contemporáneos la muerte es también el fin de todo (luego no es que crean demasiado en Cristo, por analogía).
Con pleno conocimiento de esta opinión corriente, el creyente afirma la resurrección como su esperanza y con una alegría muy particular, que bien debiera hacer a los no creyentes replantearse su posición. Con todo, en aquel s. I sucedía que a algunos cristianos les turbaba pensar en la muerte. Y el apóstol quiere darles nuevas razones de esperanza: "Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera creemos que Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús".
Nuestra seguridad proviene de que si vivimos en unión con Jesús, y en comunión con su Cuerpo, el destino de Jesús será también el nuestro. Los evangelios no estaban escritos todavía, pero lo esencial de su mensaje era ya proclamado por todas partes: ¡Jesús ha resucitado! Ayúdame, Señor, y ayuda a todos los hombres a aceptar serenamente la muerte, en la plena certeza de que no se cae en la nada sino "en las manos del Padre". Como dijo Jesús: "Padre, en tus manos entrego mi espíritu" (Lc 23, 46).
Pablo tiene conciencia de no ser el inventor de lo que va a decir por vez 1ª, y por eso dice que "como Palabra del Señor os digo esto". No se trata de una reflexión humana de tipo filosófico, o de una especie de apuesta sobre la ultratumba. Es Jesús quien lo dijo. Quizás Pablo alude a las frases que Mateo nos dirá pronto: "El Hijo del hombre vendrá con sus ángeles en la gloria del Padre, y dará a cada cual según su conducta" (Mt 16, 27). Quizás Pablo piensa en unas palabras de Jesús que no se encuentran en los relatos evangélicos, y que la tradición oral propalaba.
Entrando ya en materia, sobre el mundo de la muerte, comienza diciendo Pablo que "a la señal dada por la voz del arcángel, y por la llamada de Dios, el Señor mismo bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después seremos arrebatados al encuentro del Señor, y así estaremos siempre con el Señor".
Pablo emplea las imágenes tradicionales de los apocalipsis judíos: las voces de ángeles, la trompeta de Dios (traducida por llamada de Dios) y toda una serie de imágenes revestidas simbolicamente, que no hay que tomar al pie de la letra material material.
En efecto, las voces, las trompetas, las nubes, los arrebatos... no están aquí más que para comunicarnos el mensaje más esencial: estaremos siempre con el Señor. Algo que, evidentemente, debería cambiar por completo para un cristiano el sentido de la muerte. Ya no se trata sólo de vivir junto a Jesús, sino de participar de su vida y de sus privilegios divinos. Ya lo dijo Jesús: "El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 53-56).
Noel Quesson
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El de hoy es uno de los pasajes más conocidos de la 1ª carta de Pablo a los cristianos de Tesalónica, que empezamos a leer la semana pasada: el referente a los difuntos.
Pablo no quiere que los cristianos miren la muerte de sus seres queridos "sin esperanza", como los que no creen. Para nosotros, tanto la vida como la muerte son participación en el destino de Jesús: "Si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él". Y esto no es una reflexión que hace él, sino que es palabra del Señor.
Aunque no sabemos bien a qué se refiere Pablo con el misterioso orden en que resucitaremos: 1º los que hayan fallecido cuando llegue el final, y 2º los que en aquel momento estén todavía vivos. Lo que sí parece claro es que el anuncio de la vuelta de Cristo Juez (sea cuando sea), no quiere producir una sensación de terror, sino de esperanza: "El Señor llega a regir la tierra", y "así estaremos siempre con el Señor". Es lo que canta el salmo responsorial de hoy.
Los cristianos tenemos una experiencia de la muerte que, en cierto modo, no se diferencia de la de los demás: nos da miedo pensar en la nuestra, y nos llena de dolor la de los seres queridos. Pero tenemos un plus de luz que da a nuestra visión un color de esperanza: nuestra fe en Cristo Jesús y nuestra convicción de que, ya desde nuestro bautismo, estamos vinculados a su mismo destino.
No podemos vivir en desesperanza, porque la muerte no es la última palabra y Dios nos tiene destinados a la vida. Aunque no sepamos tampoco nosotros explicar el misterio de la muerte, ni logremos consolarnos ni consolar a otros por una muerte prematura o injusta, la fe cristiana enciende una luz de esperanza sobre este acontecimiento y nos dice que, si morimos con Cristo, viviremos con él, y "estaremos siempre con el Señor".
Cuando participamos en la eucaristía deberíamos recordar con frecuencia lo que nos dijo Jesús: "el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día". La eucaristía es garantía y semilla de la vida eterna.
José Aldazábal
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Pablo está de despedida en la comunidad de Tesalónica, y como es su costumbre para estos casos, dedica a los suyos unas palabras especialmente afectuosas. Son palabras cargadas de nobles sentimientos y de gratitud, y sobre todo de consuelo y de esperanza. Entre esa esperanza, Pablo anima a los suyos con la gloria que les espera tras la muerte: el Señor nos espera, y con él viviremos. No estamos llamados y abocados a la muerte sino a la vida eterna, mediando la resurrección.
Las palabras que Pablo dedica a la comunidad de Tesalónica, como despedida de su amable carta, son de extraordinario valor. Nos hacen suponer que en dicha comunidad (como en cualquiera otra de aquel tiempo y del nuestro) la mirada al más allá era preocupación de la que no era posible liberarse.
¿Iremos también nosotros al polvo? ¿Es seguro que Jesús nos prepara morada en el cielo? La clarificación de Pablo está totalmente vinculada a la claridad de la resurrección de Cristo: él triunfó (por divino designio), y nosotros tenemos la firme persuasión de que seguiremos su suerte. Aquí no debemos andar con medias tintas: hay una vida eterna en Dios. No sabemos cómo será, ni falta que hace saberlo, pero sin titubeo alguno hemos de poner nuestra segura confianza en el Señor.
A la comunidad de Tesalónica, como a nosotros mismos, le preocupaba el futuro de la existencia más allá de la muerte: ¿Vivimos para morir y volvernos al polvo, o tenemos un más allá en manos de Dios? Pablo expresa su fe: Viviremos y viviremos con y por Cristo. Vivamos aquí, en la tierra, con él, y viviremos con él para siempre.
Dominicos de Madrid
Act:
01/09/25
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