20 de Noviembre

Jueves XXXIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 20 noviembre 2025

1 Mac 2, 15-29

         El pasaje de hoy narra los comienzos de la Revuelta Macabea contra Antioco IV de Siria. Todo empieza cuando un inspector real llega a Modín, lugar de residencia del sacerdote Matatías. El pueblo, situado a unos 30 km de Jerusalén, ha escapado durante cierto tiempo al control policial. Pero finalmente se presenta un emisario real y obliga a hacer un sacrificio, probablemente el conmemorativo del día natalicio del rey (2Mac 6, 7).

         Invita de manera especial a Matatías, por su ascendiente sobre los demás. Pero éste se niega rotundamente. Entonces un judío, para evitar posteriores represalias contra el lugar, intenta cumplir las órdenes del rey. Matatías lo mata y mata también al inspector real.

         El autor aprueba este acto comparándolo con el de Finés (nieto de Aarón), quien mató a un israelita unido (contra la ley) con una madianita (Nm 25, 7-8). Esta acción supone el paso de la resistencia pasiva a la lucha abierta. Matatías hace una llamada general para irse a la montaña, ya que la situación de Modín, en terreno ondulado pero no montañoso (del Sefelá), era favorable para el ejército real.

         Al grupo de Matatías se suman, entre otros, los asideos, que parecen formar ya en esta época un partido religioso más o menos estructurado. Son los piadosos, los que han permanecido fieles a las tradiciones patrias, mientras muchos judíos se han relajado en lo que respecta a la observancia de la ley. Se cree que son los antepasados de los fariseos y los esenios. Entre todos forman un verdadero ejército, no suficiente para enfrentarse abiertamente con el real, pero sí para hacer una auténtica guerra de guerrilla.

         Pero Matatías, que ya es anciano al comienzo de la revuelta, no puede resistir demasiado tiempo esa vida. En sus labios moribundos se pone una especie de testamento espiritual semejante al de Jacob (Gn 49, 1-33), y en él repasa la historia de Israel y sus principales personajes, para demostrar que Dios no abandona a los que luchan por él. Acaba dicho testamento con una exhortación al coraje (pasaje que se ha omitido en nuestro texto).

         Por último, designa Matatías a sus sucesores. Curiosamente, no nos habla del hijo mayor (Juan), sino que designa a Simón como consejero, y encomienda al 3º (Judas) la dirección militar.

Josep Aragonés

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         El mundo en que habitamos está poblado de ídolos, y también lo estuvo en una Israel helénica en que sus dirigentes helénicos (Antíoco IV de Siria) mandaron a todos sus habitantes: "Sacrificad y os veréis honrados con muchas dádivas". 

         Unos erigen en ídolos a los objetos de sus deseos, y engañándose se olvidan de que los objetos del deseo humano no tienen más que un vínculo simbólico con la felicidad, cuya búsqueda moviliza toda la existencia. El camino se convierte entonces en meta, y las etapas en fin.

         Otros, para promover un valor aislado de los demás (la verdad, el conocimiento, el arte), ejercen sobre ellos mismos y sobre los demás una tiranía que los transforma en propagandistas fanatizados, en inquisidores y hasta en terroristas. Y otros, con pretensiones más modestas, practican en la rutina diaria furtivas genuflexiones ante esos ídolos hechos a su medida (que son el dinero, el prestigio, el placer, el poder).

         ¡Cuántos dioses a imagen de nuestros temores, de nuestras aspiraciones, de nuestras infidelidades! O com dice el pasaje de hoy, en boca de Matatías: "El cielo nos guarde de abandonar la ley". En adelante, esta súplica forma parte de nuestra vida, a la vez como una experiencia cuyos frutos podemos juzgar y como una exigencia nunca cumplida.

         En el seno de este mundo humano sembrado de fetiches, nuestra fe nos encarga una tarea: la de denunciar a cada uno de ellos y decirles: "Tú no eres Dios". Sí, tenemos vocación de ateos, como aquellos primeros cristianos que no fueron acusados por ser edificantes y virtuosos, sino por ser inmorales (porque no sacrificaban a la religión del emperador, y eran ateos).

         Nuestra fe es iconoclasta, porque tiene la vocación de denunciar los falsos absolutos, de relativizar los fanatismos, de criticar las componendas alienantes de lo cotidiano. Nuestra fe denuncia las ilusiones, y anuncia que la felicidad estará en las contemplación y en el silencio. Combate sin tregua por liberarnos.

         Es preciso que muera el ídolo que fascina y estrecha la mirada, para que viva el verdadero nombre de Dios. Cuando se disipa el ídolo, espejismo de un absoluto sustitutivo, entonces aparece el Verbo, imagen del Invisible, único acceso al Padre. Y nuestro deseo coincide con el de Dios: "¡Cuánto me gustaría reunir a todos mis hijos!".

Marcel Bastin

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         El mártir no es un fanático. No es un exaltado. Nos sentiríamos inclinados a considerar esos relatos como unas páginas de fanatismo religioso. Tanto más porque los creyentes de esa época se expresan muy fácilmente en términos de "guerra santa", y en ellos la fe y la política están muy ligadas (tomándose las armas para convertir a los demás o para defenderse). Pero no juzguemos demasiado de prisa, porque su intransigencia es también una fidelidad a un mensaje recibido.

         Pero no se trata sólo de una defensa del a las tradiciones y a las costumbres (aun cuando, a menudo, lo parezca). Pues los resistentes al helenismo de Antíoco IV de Siria son también testigos, sentido del término griego mártir.

         Cuando nos toque defender la integridad de la fe, ayúdanos, Señor, a no defender sutilmente nuestras posiciones personales, nuestras maneras de ver, nuestros hábitos de pensar. Ni lo que aún es peor: las ventajas humanas que la fe nos depara. Colócanos, Señor, en la humildad. Haznos receptores de tu mensaje.

         Entonces un tal Matatías, jefe de una importante familia sacerdotal, y harto ya de las artimañas del poder real que se esfuerza en apartar a los judíos de la fe, convoca a los fieles a la resistencia y predica la "guerra santa". En efecto, el combate por la verdad y la justicia tomó en aquel tiempo esa forma violenta.

         Todavía hoy, algunos cristianos afirman que ellos también se ven acorralados a esta misma violencia para conseguir la justicia. La violencia, la guerra, no pueden ser un fin en sí mismas. Sería llegar a ser uno verdugo y asesino, después de haber censurado a los que lo son.

         Pero se comprende que ciertas situaciones puedan llegar hasta estas situaciones difíciles y ambiguas. Ayúdanos, Señor, a descubrir el sentido de tu bienaventuranza: "Felices los artífices de la paz". A los partidarios de la violencia dales vivirla con el sentido y las revisiones que impone el evangelio. A los partidarios de la no-violencia dales vivirla con el sentido y las revisiones que impone el evangelio. Danos a todos, a la vez el sentido de la justicia y de la verdad, del amor y de la paz.

         Pero el poder pagano helénico no aminoró sus amenazas y dádivas, sino que volvió a insistir a los israelitas: "Si cumplís el decreto del rey, recibiréis plata, oro y muchos regalos". El compromiso con las situaciones de injusticia conduce a esos chantajes, a esos despropósitos. ¡El dinero! Como siempre, corruptor de las conciencias.

         A lo que contestó Matatías: "Aunque todas las naciones que forman el imperio del rey le obedezcan hasta apartarse cada uno del culto de sus padres. Yo, mis hijos y mis hermanos nos mantendremos en la alianza de nuestros padres. El cielo nos guarde de abandonar la ley y los preceptos". Incluso si hay guerra santa, la motivación es religiosa.

         Se trata de una fidelidad interior a Dios, de "mantenerse en la Alianza", de permanecer aliado de Dios y hacer su voluntad. Y esto a pesar de la presión general dominante: "Aunque todos abandonen a Dios". ¿Cuál es la situación equivalente, en mi vida?

         Finalmente, Matatías y sus hijos "dejaron en la ciudad cuanto poseían y huyeron a las montañas". Es la prueba decisiva de que ellos no defienden ventajas adquiridas. Huyen al monte y abandonan la vida cómoda, por fidelidad a Dios.

Noel Quesson

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         La ruptura tenía que llegar, y sobrevino con una explosión repentina, causada por la desfachatez de algunos apóstatas y por el celo religioso del fiel Matatías y sus hijos.

         La escena es dura, por la tentadora oferta a Matatías (hombre de prestigio) y por la firmeza admirable de éste: "Aunque todos obedezcan al rey, yo y mis hijos viviremos según la alianza de nuestros padres: ¡Dios me libre de abandonar la ley y nuestras costumbres!".

         No es de extrañar que, animados por esta actitud tan decidida, se encendiera la indignación de aquel grupo de seguidores de Matatías, al ver cómo un judío se adelantaba y ofrecía el sacrificio idolátrico delante de todos. Un judío al que ese grupo le mata, derribando su sacrílego altar.

         Tras lo cual, Matatías con sus hijos y otros seguidores "se echaron al monte". Y uno de sus hijos, Judas el Macabeo (lit. el Martillo), capitaneará a partir de ahora la guerra contra los enemigos del pueblo y de su fe.

         Hay una interesante noticia adicional: "Muchos bajaron al desierto para instalarse allí, porque deseaban vivir santamente según su ley". Seguramente a estos grupos pertenecen los restos de las cuevas de Qumram descubiertos hace algunos decenios. Son los que quisieron seguir fieles a la Alianza, a pesar de que oficialmente se habían introducido normas más conformes al estilo helénico de vida, muchas de ellas contrarias a la ley de Moisés.

         Nosotros no reaccionaremos con esa violencia, matando a los que nos amenazan o a los que se alejan de la fe. Hemos aprendido de Jesús la resistencia no violenta. Pero sí tendríamos que dejarnos interpelar por estos judíos que supieron resistir a la tentación y conservaron su identidad en un ambiente paganizado.

         En la página de hoy ya se ve que el problema no era el tema de la carne. Esta vez se trata de ofrecer sacrificios a los falsos dioses y de seguir las costumbres de los paganos, contrarias a las que Dios había ordenado en su Alianza: "Aunque todos apostaten de la religión de sus padres, nosotros viviremos según la alianza de Dios y nuestras costumbres".

         Jesús nos dijo que estaremos en el mundo, pero sin ser del mundo. Vivimos en una sociedad que en algunos casos se muestra de nuevo claramente paganizada. Tenemos que defendernos y seguir fieles al evangelio de Jesús: "No obedeceremos las órdenes del rey desviándonos de nuestra religión a derecha ni a izquierda". No ofreceremos incienso ni libaremos sacrificios en honor de los falsos dioses que se nos ofrecen continuamente.

         Un joven que camina contra corriente, una familia que no quiere seguir tras los mismos falsos dioses que la mayoría, unos religiosos que dan ejemplo de un estilo evangélico de vida en medio de un mundo indiferente y hasta hostil, no lo tendrán fácil. Pero podrán confiar en la misma fidelidad divina que daba ánimos al salmista de hoy: "Al que sigue buen camino, le haré ver la salvación de Dios. Ofrece al Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo, e invócame el día del peligro: yo te libraré y tú me darás gloria".

José Aldazábal

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         Quien quiera ser fiel al Señor no puede quedar esclavo de lo pasajero; y por salvar su vida no puede vivir adulando a los poderosos. La palabra de Dios ha de ser proclamada con toda valentía; y el anuncio de la misma no puede hacerse sólo con los labios, sino, de un modo especial, con una vida intachable. Cristo, mediante su muerte, dio muerte en nosotros al pecado y a la misma muerte.

         La vida de quienes creemos en él debe ser una continua lucha contra el espíritu de maldad que se ha posesionado del mundo. No podemos satanizar nuestro mundo; pero no podemos cerrar los ojos ante tantas manifestaciones de maldad en el mismo, como son las guerras, la corrupción de inocentes, la distribución ilícita de enervantes, el crecimiento de vicios que embotan las mentes de las personas desde su más tierna edad.

         Si quienes creemos en Cristo no somos capaces de luchar para que el evangelio de Dios llegue a todos y la fe en Cristo libere al hombre de sus males, ¿qué sentido tiene creer en el Señor? ¿A qué somos capaces de renunciar por el Reino de Dios entre nosotros? ¿Acaso queremos creer en Cristo de un modo hipócrita, arrodillándonos ante él mientras continuamos esclavos de nuestra maldad?

         Seamos sinceros con la fe que profesamos. No queramos diluir la palabra de Dios para ganar favores, oro, plata y muchos regalos de los poderosos. Seamos fieles al Señor, aun cuando por ello tengamos que caminar con las manos vacías de bienes pasajeros, pero con el corazón lleno de Aquel que, siendo nuestro Padre, nos dice como a San Ignacio de Antioquía: "Ven a mí".

José A. Martínez

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         En la lectura de hoy volvemos del libro II al libro I de Macabeos, y nos encontramos con la tragedia que sobreviene al sacerdote Matatías, hijo fiel a Dios y su ley, en los días y persecución de Antíoco IV de Siria. Los halagos, ofertas, promesas, ardides de toda especie, tratan de hacerle sucumbir, por más hombre fuerte que se manifiesta: "Tú y tus hijos seréis amigos del rey, os premiarán con oro y plata y otros muchos regalos". Matatías respondió: "Dios me libre de abandonar la ley y nuestras costumbres".

         Y en un momento de arrebato, por ver que un judío, a vista de todos, iba a sacrificar sobre el ara de Modín, como mandaba el rey, "tembló de cólera, y en un arrebato de santa ira, corrió a degollarlo sobre el ara, mató al funcionario real que obligaba a sacrificar, derribó el ara e invitó a que la gente le siguiera, y se echó al monte dejando en el pueblo cuanto tenía".

         El celo de la casa de Dios y de su ley pueden generar en los hombres, radicalizándose, actitudes violentas. Éstas, aunque tengan un origen comprensible, no proceden de la aplicación prudente de la ley misma, sino de las pasiones no dominadas. Aprendamos de la experiencia de Matatías.

         Los libros I y II de Macabeos fueron compuestos para exaltar el espíritu de fidelidad de los buenos israelitas a su Dios, a su alianza, a su ley. Y cada capítulo, como vamos viendo esta semana, es relato de una acción sorprendente por la grandeza de alma con que actúan los diversos personajes en escena. Recojamos, pues, el mensaje: hay que ser fieles al Señor y a sus mandamientos.

         Y después, hagamos discernimiento de lo que debemos hacer en conformidad con el Espíritu que alienta en la letra de estas historias y relatos bíblicos. Señor, Dios nuestro, te suplicamos fortaleza de espíritu para que sepamos mantenernos en fidelidad a nuestra fe y en paciente perseverancia para no dejarnos arrastrar por impulsos de ira o venganza contra nuestros hermanos.

Dominicos de Madrid

 Act: 20/11/25     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A