12 de Noviembre
Miércoles XXXII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 12 noviembre 2025
Sab 6, 2-12
El autor del libro de la Sabiduría (s. IV a.C) se adjudica literariamente hoy la personalidad del rey Salomón I de Israel (s. X a.C). Y al poner sus reflexiones en labios de ese rey, se permite dar buenos consejos a las autoridades de su tiempo. Y lo que es siempre válido para todos, también lo es para los que tienen responsabilidades: "Oíd, oh reyes, y entended; aprended, soberanos de la tierra. Estad atentos los que gobernáis multitudes y estáis orgullosos de mandar".
Guardada toda proporción, lo que se dirá aquí es verdad para todo hombre o mujer, pues cada uno de nosotros tiene una parte de responsabilidad sobre uno u otro punto. Sobre todo, a la hora de adquirir la actitud de la humildad: aceptar instruirse, oír y atender. Y también a la hora de no considerarse perfecto, o de preocuparse a la hora de adquirir nuevas competencias, porque "el Señor es quien os ha dado el poder".
Las antiguas tradiciones judías veían en los reyes davídicos a los representantes de Dios, pero nunca se habían atrevido a afirmar que los reyes paganos detentaban también el poder de Dios. Ya algunos profetas habían presentado a algunos jefes paganos como instrumentos de los que Dios podía servirse accidentalmente (como Ciro II de Persia, en Isaías). Pero aquí el autor de la Sabiduría va mucho mas lejos, sin olvidar que toda responsabilidad viene de Dios, y él pedirá cuentas: "Dios examinará vuestra conducta, y escrutará vuestras intenciones".
En lugar de aplicar esto a los demás, procuremos considerar nosotros nuestras propias responsabilidades, desde este ángulo. Ayuda, Señor, a todo hombre a responder de lo que tú esperas. Ayúdame a aceptar mis responsabilidades bajo tu mirada, pensando que las decisiones que tomaré te interesan, que tú las examinas y que un día me pedirás cuenta de ellas.
Te ruego, Señor, por todos aquellos que tienen las responsabilidades más graves en la ciudad temporal (los jefes de estado, agentes económicos o comunidades de vecinos) y en la ciudad eterna (el papa, los obispos, o los responsables de movimientos).
Te ruego también, Señor, por los responsables de ese nuevo poder que es la opinión pública (los periodistas, los emisores de radio y guionistas de cine). Porque "si no habéis gobernado rectamente, ni observado la ley, ni caminado siguiendo la voluntad de Dios, terrible y repentino se presentará ante vosotros". Porque para los dominadores habrá un juicio implacable.
Los humildes, en efecto, merecen excusa y compasión, pero los poderosos serán juzgados poderosamente. El autor usa aquí de la sabiduría popular que, de instinto, lo siente así: "El Señor de todos, ante nadie retrocede; no hay grandeza que se le imponga".
Es verdad que la gran tentación de los jefes es creer que son amos absolutos y que no tienen a nadie por encima de ellos. De hecho, saben muy bien que su poder no viene ni de su genealogía, ni de su audacia personal, ni de su grandeza. Dios, concebido como garantía absoluta de la rectitud de las relaciones humanas en la ciudad: todos estamos sometidos al mismo dueño imparcial y justo.
Noel Quesson
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Ya desde el principio, el libro de la Sabiduría iba dirigido sobre todo a los gobernantes, y por eso el lunes leíamos "amad la justicia, los que regís la tierra". Hoy el sabio vuelve a la carga, dirigiéndose otra vez a ellos: "Oíd, reyes y entended; aprended, soberanos de los confines de la tierra". Son los que más necesitan sabiduría para tomar decisiones justas.
Y les da unas advertencias muy claras: que "han recibido el poder del Señor", y que el juicio sobre su actuación será más exigente que para los demás: "Él examinará vuestras obras y sondeará vuestras intenciones, pues un juicio implacable espera a los que mandan".
El salmo responsorial de hoy encarga a los gobernantes que "protejan al desvalido y al huérfano, que hagan justicia al humilde y al necesitado". Porque si no lo hacen, o si cometen y consienten injusticias, no escaparán del juicio de Dios: "Aunque seáis dioses, moriréis como cualquier hombre. Caeréis, príncipes, como uno de tantos". Ante Dios, origen de todo poder, no hay autoridad ni grandeza que valga, sino que todos somos pequeños.
También en el ambiente cotidiano, el que tiene autoridad debe recordar que sus acciones serán juzgadas con mayor rigor. Es lo que también enseñaba Jesús, en sus parábolas sobre los administradores que esperaban la vuelta de su señor: A los criados se les juzgará, pero sobre todo recibirán mayor castigo los que tienen responsabilidad, si es que se dejan llevar por sus caprichos y cometen injusticias o se emborrachan de poder y de tiranía.
A los gobernantes políticos y eclesiásticos, además de otros criterios de sabia administración, les va bien que les recuerden que su autoridad deriva de Dios, como dijo Jesús a Pilato: "No tendrías ninguna autoridad ni no la hubieras recibido de Dios". Y que tendrán que dar cuenta a Dios. Esto les urgirá a que vayan actuando según la sabiduría de Dios, y no por propio interés.
José Aldazábal
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Recuerda hoy el libro de la Sabiduría a los gobernantes que, cuando asuman sus responsabilidades, se sepan llamados a actuar con el poder de Dios y en fidelidad a él, sin atribuirse a sí mismos el dominio sobre los demás (como si éstos fueran inferiores o esclavos). Lo contrario sería indigno, y por eso han de prever que, ante Dios, serán juzgados y castigados (o premiados), según el grado de fidelidad a la verdad y a los hombres que hayan tenido (y no por sus caprichos).
Esa idea socio-religiosa, de que el poder del gobernante sea don de Dios, más bien que otorgamiento de los hombres, no es hoy bien recibida. Hoy vemos a los gobernantes es el pueblo el que les confiere los poderes. Y en su ejercicio, se sienten responsables ante los ciudadanos (ante los votos) y no ante Dios (ante la verdad), sirviéndose de la lotería que les ha tocado, más que sirviendo a los demás.
La Sabiduría es maestra de vida, y lo mismo habla a sabios que ignorantes, a señores que a esclavos, a poderosos que a necesitados de ayuda. Y viene a decir que quien no sabe conducirse como hijo de Dios, tiene ante sí un horizonte terrible. San Agustín, en su Sermón sobre los Pastores, nos dice:
"Por una parte soy cristiano y por otra soy obispo. El ser cristiano se me ha dado como un don propio; el ser obispo, en cambio, lo he recibido para vuestro bien. Consiguientemente, por mi condición de cristiano debo pensar en mi salvación, en cambio, por mi condición de obispo debo ocuparme de la vuestra".
Hoy Dios se dirige a quienes han recibido cualquier tipo de poder, en cualquier nivel, para que lo ejerzan escuchando la palabra de Aquel que los escogió para ese ministerio. Entonces, en el día del juicio no serán condenados, pues realizaron el bien y condujeron a los demás, y no conforme a los propios criterios sino conforme a los criterios de Dios.
El nivel más cercano del ejercicio de la autoridad es el de los padres respecto a sus hijos, en la familia. Ojalá no descuiden esa responsabilidad, sino que la ejerzan orientándolos y educándolos para que, desde la familia, pueda surgir un mundo más integrado, más fraterno y más justo.
Dominicos de Madrid
Act:
12/11/25
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