7 de Noviembre
Viernes XXXI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 7 noviembre 2025
Rm 15, 14-21
El epílogo de la Carta a los Romanos, afín en muchos aspectos al prólogo, es una meditación sobre el carisma apostólico, ahora encarnada en un momento concreto de la vida de Pablo. Si la vida del cristiano consiste en inmolar a Dios todo el ser del hombre (como los sacrificios del Templo de Jerusalén, o de los sacrificios paganos), el apóstol es aquel que santifica (purifica, prepara) las víctimas que se han de inmolar. Porque los paganos serían de suyo unas víctimas impuras, que sólo un milagro podría convertir en ofrenda agradable a Dios.
De ahí que Pablo hable tanto de lo que "Cristo ha obrado en mí", de la "fuerza del Espíritu" y de milagros en sentido estricto. Porque, comparaciones aparte, sólo un milagro puede hacer que un hombre se entregue en cuerpo y alma a un ideal tan superior a sus fuerzas.
En este momento de su vida, Pablo contempla ya el triunfo del evangelio ("he completado el anuncio de la buena nueva") y el cumplimiento de las profecías mesiánicas, como la marcha triunfante del sol (que sale de Oriente y llega sin obstáculos a Occidente).
Eso no significa que no quede nada por hacer (pues todavía queda mucho, al cabo de 21 siglos), pero sí subraya el valor que tiene "la proclamación del nombre de Cristo" en una región determinada, y el hecho de que se pueda seguir edificando sobre un cimiento ya establecido (aunque Pablo prefería ir a lugares donde no existiese ese cimiento, sin desaprovechar lo ya existente).
Jordi Sánchez
* * *
Al terminar su Carta a los Romanos, Pablo se siente obligado a hacer una apología de su ministerio, justificando así todo lo que ha escrito a los cristianos de Roma. En particular, se excusará de haber intervenido en una comunidad que él, directamente, no fundó: "Os he escrito a veces con un cierto atrevimiento, en virtud del don que Dios me ha otorgado".
Y pone como excusa las regiones paganas que él ha tenido que evangelizar, para no entrar en conflicto de jurisdicción con el resto de apóstoles: "Me propuse anunciar el evangelio solamente allá donde el nombre de Cristo fuera desconocido, para no construir sobre los fundamentos puestos por otro".
En efecto, Pedro (y no Pablo) había sido el fundador de la Iglesia de Roma. Y al dirigirse a ella, Pablo siente un cierto escrúpulo. Esto dará tanto más peso a lo que está dispuesto a decir. Toda la doctrina del sacerdocio cristiano va a ser revisada. Y es de todos conocida su actualidad hoy.
El ministro no es solamente una emanación de la Iglesia, sino que recibió una función que le viene de Dios, y que no es exclusiva de la Iglesia a la cual va destinada, ni es una función de la Iglesia. No son los hombres quienes le dieron la palabra. Esto le viene de Dios y ello le confiere un cierto atrevimiento. Ocasión de rogar por los sacerdotes de hoy, para que sean dóciles a la gracia que Dios les hace, y atrevidos para hablar con valentía.
La frase que escribe Pablo, respecto a este sacerdocio ("el don recibido de Dios me ha hecho un ministro de Jesucristo para con los paganos, ejerciendo el sagrado oficio del evangelio de Dios"), ha sido de las más utilizadas, en los textos conciliares, para definir al sacerdote.
En efecto, el ministerio del sacerdote es presentado por Pablo como "un oficio litúrgico" y un acto sagrado, y esta liturgia es la "evangelización del mundo pagano" y el "anuncio de la buena nueva" de la salvación, "para que la ofrenda de los paganos sea agradable a Dios, santificada por el Espíritu Santo".
El sacerdote cristiano es, como en la Antigua Alianza, el especialista de ritos sacrificiales, a la manera de los sacerdotes del Templo de Jerusalén. Y lo que él ofrece es "la vida misma de los hombres", invitando a sus oyentes a "ofrecerse a sí mismos". Lo esencial de la misión del sacerdote podría resumirse así:
-revelar a los hombres el sentido pascual de
todas las cosas: la salvación de Jesucristo,
-a fin de llevarlos a unas actitudes de conversión y compromiso al servicio de Dios: ofrecer su vida
"en sacrificio espiritual".
La misa es, ante todo, esto. Y la evangelización es, ante todo, esto: "pasar a ser una ofrenda agradable", "ofrecer nuestras personas, nuestras vidas", "ser transformados por efecto del evangelio". Nuestra vida cotidiana entera consagrada por el evangelio pasa a ser materia de una ofrenda continua a Dios, resumida en la misa.
Como despedida de la carta, y a forma de testamento final, alude Pablo a que "partiendo de Jerusalén y hasta Iliria, he completado el anuncio del evangelio de Cristo". Es la evocación de la "colegialidad apostólica". Pablo, por esta fórmula, se une al Colegio de los Apóstoles y a su envío en misión: "de Jerusalén hasta los confines de la tierra". Es lo que Jesús les había dicho.
Noel Quesson
* * *
Está terminando la Carta a los Romanos, y Pablo siente un poco de temor que sea mal interpretado el que les "haya escrito, a veces propasándose un poco". Como la de Roma no era una comunidad que hubiera fundado él, siente la necesidad de justificar el haberles dedicado una carta, porque normalmente él escribe sólo a las comunidades que conoce.
Y es que Pablo no puede vivir sin evangelizar, ya que su interés básico y casi único es "anunciar la buena noticia de Dios a los gentiles". Igual que "desde Jerusalén y llegando hasta la Iliria, todo lo ha dejado lleno del evangelio de Cristo", también se interesa por Roma (la capital del mundo), a la que piensa ir próximamente, y de la que se siente corresponsable (aunque todavía no les conozca).
Es admirable el orgullo que Pablo siente por la misión recibida: "predicar la buena noticia de Jesús a todos los pueblos". Ha dedicado toda su vida a eso, y eso le enorgullece (que no envanece), porque reconoce que todo eso es "lo que Cristo hace por mi medio, para que los gentiles respondan a la fe". Él, Pablo, ha puesto todas sus energías para que llegue el evangelio a todas partes, pero el evangelio es obra de Cristo y de su Espíritu.
Aquí emplea una comparación litúrgica para describir lo que ha hecho: él es "ministro (liturgo, en griego) de Cristo para los gentiles", y su acción sagrada consiste en "anunciar el evangelio (lit. ejercer el culto del evangelio), "para que la ofrenda (prosforá, lit. ofrenda sacrificial) de los paganos sea agradable a Dios". Se trata de la liturgia de la vida, y en ella el apostolado de Pablo se une a la ofrenda vital de la fe de los creyentes, en una única liturgia ofrecida a Dios.
Si nosotros tuviéramos tanto amor a Cristo como él, tampoco nos pararíamos ante nada con tal de seguir evangelizando este mundo, a los niños y a los jóvenes y a los mayores, a los de cerca y a los de lejos. No nos asustarían las dificultades y ya encontraríamos el lenguaje y la pedagogía oportunos. Lo importante es si estamos convencidos de que vale la pena esta buena noticia: ése era el motor de Pablo en su admirable actividad evangelizadora.
El salmo responsorial de hoy nos ha hecho expresar un sentimiento misionero: "El Señor revela a las naciones su justicia, y los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Señor". No sé si podremos decir, al final de un año o de la vida, como Pablo: "Lo he dejado todo lleno del evangelio de Cristo". Pero sí tenemos que hacer todo lo posible para comunicar nuestra fe a otros.
José Aldazábal
* * *
¿Hay algún camino en mi vida por el que yo también voy dejando la huella de discípulo de Cristo, compañero de Pablo, en servicio de la fe, del evangelio, de la paz, de la solidaridad, de la justicia, del amor limpio? Sintonicemos hoy con el espíritu y estilo de Pablo, que nos dice en su Carta a los Romanos: "Pongo mi orgullo en los asuntos que se refieren a Dios".
Si a nosotros nos hicieran un análisis profundo y sincero, ¿podrían concluir los analistas que, al modo de Pablo, también nosotros hemos puesto nuestro santo orgullo en pregonar la gloria de Dios?
Santo orgullo de Pablo, que es celo de Dios: "Ocuparse de las cosas santas para gloria del Señor, movido por el Espíritu; y hacerlo a favor de quienes todavía no recibieron la luz de la fe y el mensaje de salvación". Cada apóstol recibe sus talentos, y Pablo los recibió para ayudar a los gentiles.
Nuestra misión consiste en anunciar a todos los hombres a Cristo, buena nueva del Padre. Y quien no sólo llegue a conocerle, sino que lo acepte en su vida, estará aceptando la salvación que en Cristo nos ofrece el Padre. La misión de la Iglesia consiste en eso, en llevar a que que la gente, por su testimonio y por el anuncio del evangelio, se acerque a Cristo, por medio de él se convierta, y se ofrezca en ofrenda de suave aroma a Dios.
Digamos, pues, que el anuncio del evangelio se convierte en una acción litúrgica de la Iglesia. Pareciera que nuestros ambientes familiares, y el de muchos grupos así llamados cristianos, tuviesen ya a Cristo y viviesen un verdadero compromiso de fe con el Señor.
Sin embargo, vemos cómo se ha deteriorado la fe en muchas personas, familias y grupos. No importa que otros hayan edificado o puesto ya los cimientos de la fe. Ahí llegaremos también nosotros con nuestra labor evangelizadora, pues la Iglesia, para ser evangelizadora, primero ha de ser evangelizada. Y probablemente, tengamos que edificar y reedificar sobre antiguas ruinas, hasta lograr que todos, con una vida intachable, se conviertan en una ofrenda agradable a Dios.
Dominicos de Madrid
Act:
07/11/25
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()