20 de Enero

Sábado II Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 20 enero 2024

a) 2 Sam 1, 1-4.19.23-27

         No deja de tener una trágica grandeza la figura de Saúl, y pese al resultado negativo de la consulta hecha ayer en Fuendor, hoy acepta su destino y va al combate y a la muerte. Derrotado el ejército de Israel, cayeron muertos los 3 hijos de Saúl, y por último él mismo, cuando es descubierto por los arqueros filisteos. Entonces, para no dejarles la gloria de haberle matado, se lanza él mismo sobre su espada (o según otra tradición también recogida aquí, se hace matar por uno de los suyos).

         Había reinado Saúl unos 10 años, y casi desde el principio lo hemos visto abrumado por la reprobación divina que Samuel le reveló. Encendido de celos contra David, y víctima de una depresión o melancolía, no desertó Saúl de su puesto, hasta morir al frente a sus soldados, en la Batalla de Gelboé (ca. 1.007 a.C). Su destino es un misterio, pero el hecho de que Dios quisiese traspasar el reino a David no prejuzga la suerte eterna de Saúl. No podemos convertir su reprobación política en una reprobación religiosa.

         David, que últimamente había entrado con sus hombres como mercenario al servicio del rey de Gad, se pudo ahorrar el drama de conciencia de tener que combatir al lado de los filisteos contra Saúl, Jonatán y los israelitas. Providencialmente, los oficiales filisteos no se fiaron de aquella tropa de hebreos, y obligaron al rey Aquis I de Gad a despedirlos. David hace ver que le desagrada esa desconfianza, pero está contento de ello.

         En Sicelag, la ciudad fronteriza que Aquis I le había designado como residencia, para que vigilase las incursiones de la gente del desierto, le llega la noticia a David del desastre de Gelboé. Su reacción es característica, pues aunque la muerte de Saúl supone la desaparición del rival político, David inicia públicamente un gran duelo por su muerte, y al saber que los habitantes de Yabés Galaad se habían arriesgado a cobrar los cadáveres de Saúl y sus hijos (profanados por los filisteos), y los han sepultado con honor, les dirige un mensaje de elogio y de bendición (2Sm 2, 4-7).

         Además, ordena matar David al mensajero, que esperaba unas buenas albricias por haberle traído, juntamente con la noticia de la muerte de su enemigo, la diadema y el brazalete reales. Un mensajero que, además, decía que él mismo había rematado a Saúl. David, conjugando una vez más virtud y política, declara crimen "digno de muerte" matar al rey de Israel, que es lo que él está a punto de ser.

Hilari Raguer

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         Se anuncia hoy a David que Saúl y su hijo Jonatán han muerto en el combate, en los montes de Gelboé. Y pesar de todas las dificultades que le ha ocasionado, David está profundamente conmovido por esta muerte, y lejos de alegrarse por ella (pues ahora podrá reinar en su lugar), entona una elegía.

         Entonces, "tomando David sus vestidos los desgarró, y lo mismo hicieron los hombres que estaban con él". Se lamentaron, lloraron y "ayunaron hasta la noche por Saúl y por su hijo Jonatán". La Biblia es un espejo de la humanidad, donde se reflejan todos los verdaderos sentimientos humanos.

         No es necesario poner entre paréntesis ciertos aspectos de nuestras vidas. Nuestra vida entera, con nuestras alegrías y penas, es la que ha de desarrollarse y expresarse ante Dios. Señor, te ofrecemos nuestras vidas y nuestras penas. Mira, Señor, nuestras lágrimas y nuestras angustias. Señor, oye los gemidos de los que sufren. Señor, no cierres los oídos a las lamentaciones de los que están separados.

         Para David, Saúl continuaba siendo el ungido del Señor, y el rey consagrado por la unción divina. Y es profundamente escandaloso que un hombre elegido por Dios conozca tal destino. La pregunta queda sin respuesta: "¿Cómo han caído?". La muerte nos deja siempre desamparados.

         Serán precisos muchos siglos para que la humanidad reconozca, en Jesús y a la vez:

-la unción divina, signo de la elección irreversible de Dios,
-la muerte escandalosa, signo de la condición humana.

         Pero únicamente la resurrección da la respuesta definitiva. Como dice el Credo, "espero la resurrección de los muertos, y la vida del mundo futuro". Este es el último artículo del Credo, y la última respuesta de Dios a nuestros interrogantes, como el de David: "¿Cómo caíste, Jonatán? Tu amistad era delicia para mí". Debemos prepararnos para el reencuentro con los nuestros.

Noel Quesson

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         A David le duele hoy la muerte de Saúl, que se había levantado en contra suya, y en contra del cual jamás quiso levantar la mano, al ser el ungido de Dios. Y por eso, mientras fuera el rey de Israel, merecía todo respeto. Lo contrario sería ir en contra de la voluntad de Dios.

         Esto es para nosotros un gran ejemplo, de cómo hemos de respetar a las autoridades legítimamente constituidas, especialmente dentro de la Iglesia, viviendo sin rebeldía en contra de quienes Dios puso al frente de su pueblo (conforme a su voluntad soberana). Puesto que ha muerto también Jonatán (su amigo íntimo), David eleva una elegía de dolor tanto por él como por su padre.

         En el fondo vislumbramos aquellas palabras en las que se nos dirá que "a Dios le llena de pesar la muerte de los suyos". Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Y no importan nuestras grandes miserias, pues Dios simplemente quiere que estemos con él eternamente, y a nadie creó para su condenación. Por eso Dios no se recrea en la muerte de los suyos. Dejémonos amar por Dios, y permitámosle llevar adelante en nosotros su obra de salvación.

José A. Martínez

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         Con un desastre militar termina hoy el reinado y la vida de Saúl. Y la de sus hijos, entre ellos Jonatán, el amigo de David. Desde luego, Saúl no tuvo suerte en la vida. Diez años de reinado, para dejar a la historia una imagen bien patética.

         Es conmovedora la reacción de David, que siempre había respetado al ungido de Dios (al rey Saúl), aunque éste le persiguiera. Valdría la pena coger hoy la Biblia y leer entero (aquí está resumido) el poema que el libro II de Samuel pone en labios de David, cantando los méritos del rey Saúl y de su amigo Jonatán, y doliéndose de su triste final. Porque refleja un corazón noble, y aunque la desaparición de Saúl le favoreciera (dejó de ser un perseguido, y le abrió el camino para el trono), parecen sinceros y muy finos los sentimientos que aquí expresa David.

         Tendríamos que revisar nuestro corazón. ¿Somos capaces de sentir este profundo dolor ante la desgracia de los demás? ¿E incluso cuando le sucede algo malo a alguien que no nos mira bien? ¿Solemos reconocer los valores que tienen los otros y alabarlos en público? Jesús era un hombre que mostraba estos sentimientos de amor y amistad, de tristeza y lágrimas, y hasta lloró la muerte de su amigo Lázaro, y por la suerte de Jerusalén.

         Además, ¿no nos enseñó Jesús el perdón a los enemigos? ¿Y no nos dio él mismo un ejemplo magnífico en su muerte, perdonando a los que le crucificaban? ¿Somos capaces de perdonar, aunque sepamos que hablan mal de nosotros? El ejemplo de David nos estimula a tener sentimientos más nobles en nuestra vida.

         El salmo responsorial de hoy apunta hacia otra lección. En situaciones catastróficas para el pueblo, el salmista nos invita a poner nuestra confianza en Dios, que "guía a José como un rebaño" y conduce nuestra historia. Y con valentía se atreve a interpelarle: "Despierta tu poder y ven a salvarnos. Pues ¿hasta cuándo estarás airado, mientras tu pueblo te suplica? Que brille tu rostro y nos salve".

José Aldazábal

 Act: 20/01/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A