4 de Junio

Martes IX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 4 junio 2024

a) 2 Ped 3, 12-18

         Nos dice hoy el apóstol Pedro en la 1ª lectura que la esperanza es "esperar con impaciencia la venida del día del Señor". Es decir, el día del Señor, la venida del Reino o el fin del mundo, como queramos llamarlo. Sobre todo porque eso es para lo que trabajamos, adelantando ya su advenimiento entre los hombres.

         ¡Si fuera verdad que los cristianos viviésemos así en la esperanza! Aunque a menudo, por desgracia, no esperamos nada, y por eso nos desanimamos. Pero hay que saberlo: no trabajamos para el presente, sino para algo futuro.

         Ese día, nos sigue diciendo el apóstol, "los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos abrasados se disgregarán". Las palabras nos evocan una destrucción completa, y sugieren que no se pasa de este mundo al otro en una continuidad total. Es decir, que el mundo de Dios no será tan solo una prolongación del mundo actual, ni la eternidad una simple continuidad indefinida del tiempo, ni la futura humanidad una extensión de la humanidad presente. ¡Hay una ruptura!

         Cuando se pase del "día de los hombres" al "día de Dios", nos viene a decir Pedro, sucederá algo así como si una ciudad antigua fuese destruida con el fuego para construir otra nueva encima suya.

         No obstante, no nos escandalicemos con estas palabras, aparentemente pesimistas, porque no se trata más que imágenes que no han de ser tomadas en sentido material. Dejémonos captar, por el contrario, por la esperanza extraordinaria a la que está interpelando, porque pronto sucederá ese advenimiento radical del mundo de Dios, mundo de la justicia y de la belleza, del amor y de la santidad... tras la total destrucción de la injusticia, la fealdad, el egoísmo y la mediocridad.

         Ésa es nuestra esperanza, según explica Pedro, y "lo que esperamos, según la promesa del Señor: unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habite la justicia". Como se ve, no hay aquí ningún pesimismo, sino una espera alegre y dinámica, capaz de suscitar el entusiasmo y de dar un sentido a todas nuestras actividades.

         Los cristianos, lejos de ser unos resignados más, deberíamos encontrarnos entre los primeros en hacer crecer en la tierra esa justicia, que estallará triunfante en el mundo nuevo prometido por Dios. ¿Y por qué? Porqude Dios es una fuerza viva de novedad y renovación.

         Lo mejor no está a nuestra espalda, sino delante de nosotros. Lo mejor no está en el pasado, sino en el porvenir. Los cielos y la tierra son ya muy hermosos, pero de momento no son más que un pálido bosquejo de la maravilla que serán "los cielos nuevos y la tierra nueva".

         En la espera de ese día, nos dice el apóstol Pedro, los cristianos hemos de "esforzarnos en ser hallados en paz ante el Señor, sin mancilla, sin tacha e irreprochables". Es decir, que no se trata de una espera pasiva, sino de un "esforzaos para". Cristo espera algo de nosotros, y ese algo es la nitidez. Una vida nítida y sin mancilla, un objeto limpio, un trabajo limpio y lo más perfecto posible, sin mancha ni arruga.

         Ayúdanos, Señor, a poner en todas las cosas ese acabado perfecto que esperas de nosotros. Progresemos en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él la gloria, ahora y hasta el día de la eternidad.

Noel Quesson

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         Acabamos hoy esta breve selección de la carta de Pedro. Y lo hacemos con una mirada hacia delante: el cristiano vive en una tensión hacia el futuro. La venida del Señor -sea próxima o lejana- ilumina y da sabiduría a nuestro camino.

         El lenguaje es apocalíptico ("cielos consumidos por el fuego y derretidos los elementos"), pero no pesimista, sino al contrario, optimista: "Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva".

         Eso sí, debemos estar preparados, de modo que "os encuentre en paz con él e irreprochables" y "no os arrastre el error y perdáis pie", "creciendo en la gracia y en el conocimiento de Jesucristo".

         Nos hace sabios mirar al futuro. Como le conviene al viajero recordar de cuando en cuando el destino de su billete. Como le anima al sembrador la esperanza de la cosecha. Como le estimula al estudiante pensar en el examen final. Como le motiva al deportista la meta final de la carrera.

         A los cristianos, tanto ayer como hoy, Pedro nos invita a crecer, a seguir adelante con esmero, que "no nos arrastre el error" que nos amenaza continuamente a nuestro alrededor. Que no perdamos pie en las trampas de este mundo. La vida cristiana está llena de alegría y a la vez de estímulo y exigencia.

         La Eucaristía que celebramos es alimento, luz y fuerza para el camino, "mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo". Con la mirada puesta en la Pascua de Jesús, hace dos mil años, y a la vez en su manifestación final definitiva. Celebrando mientras tanto, con densidad, el hoy de cada día, en el que sentimos su presencia y su fuerza.

José Aldazábal

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         La primera lectura tomada de la segunda carta de Pedro refleja las expectativas escatológicas de la primera comunidad cristiana. La expresión "cielos nuevos y tierra nueva" designa la renovación total del universo al final de la historia. Esta esperanza cristiana no es alienante, sino que se convierte en la fuerza más estimulante para que los creyentes asuman su responsabilidad histórica.

         Experimentando en lo más profundo de su ser el consuelo de Dios en medio de las luchas de cada día, el cristiano vive orientado radicalmente hacia el bien, anuncia la palabra de Dios con valentía, supera el temor a las fuerzas hostiles al evangelio incluso en los momentos de más dura persecución y se mantiene fiel en el seguimiento de Cristo esperando con firmeza su manifestación gloriosa.

         Con razón el autor de la segunda carta de Pedro exhorta a sus lectores: "Por tanto, queridos, esforzaos con esa esperanza por mostraros en paz, sin mancha ni tacha" (v.15).

José A. Martínez

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         Dios es el Creador de todo, y a pesar de las insidias del mal y de nuestra propia concupiscencia (que muchas veces nos ha alejado del amor a Dios y al prójimo), Dios jamás ha dejado de amarnos. Él ha creado un cielo nuevo y una tierra nueva, pues por medio de la entrega de su propio Hijo nos ha concedido el perdón de nuestros pecados y nos ha concedido participar de su misma vida; y ha infundido en nosotros su Espíritu Santo.

         Así no sólo ha restaurado en nosotros la imagen y semejanza de Dios, que había deteriorado el pecado, sino que nos ha sellado con su Espíritu para que seamos en el mundo y su historia, un signo vivo de su presencia salvadora para toda la humanidad.

         Que Dios nos conceda crecer en su gracia y en su conocimiento para que, permaneciendo fieles al Señor, podamos santificar su Nombre constantemente y algún día participemos de su gloria eternamente.

Javier Soteras

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         "Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos". ¡Vaya manera de comenzar una carta! San Pedro no se anda con chiquitas. Para algunos podría sonar a cierta amenaza, o género apocalíptico, tal y como la emprende el vicario de Cristo en su segunda carta.

         Con lenguaje de nuestros días, podríamos asegurar que la experiencia de Cristo en medio de sus discípulos fue muy fuerte. No se trataba de la continuidad de algo a lo que estaban acostumbrados (la ley, el templo, los sacerdotes...), sino que la ruptura con todo lo anterior fue radical. El mismo Jesús había dicho que él venía a renovar todas las cosas. Y la ascensión de la que tantos habían sido testigos, no fue el final de nada, sino el comienzo de todo.

         "Mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables". No hay desperdicio alguno en esta carta. Cristo anunció su segunda venida, ya definitiva, y todos la esperan como "agua de mayo".

         San Pedro apela a esa predisposición, necesaria por nuestra parte, para poder completar en nuestra carne la pasión y resurrección de Jesús. Si hemos sido incorporados al Cuerpo Místico de Cristo, no se trata de vivir entre nubes, sino de construir a golpe de rectitud de intención nuestra vida con él.

         "Considerad que la paciencia de Dios es nuestra salvación". Esperar al Hijo de Dios no es cuestión de sentarse en la parada del autobús, y mirar de vez en cuando el reloj porque hoy viene con retraso. La paciencia a la que alude el apóstol es la que tiene como alimento la virtud teologal de la esperanza. "Saber esperar", expresión empleada por santos de nuestro tiempo, es reconocer que todas nuestras expectativas están fijadas en una persona: Jesucristo.

         Por eso, ninguno de nuestros actos caerán en saco roto, sino que se prolongan hasta alcanzar el deseo de Dios: nuestra salvación. Una consecuencia de tal espera es nuestra perseverancia: "Estad en guardia para que no os arrastre el error de esos hombres sin principios, y perdáis pie". ¡Bendita tensión sobrenatural!

Diócesis de Madrid

 Act: 04/06/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A